GABINETE DE COLECCIÓN: Curiosidades, Maravillas, Filias y Obsesiones. Por MAXIMILIANO CURCIO

por MAXIMILIANO CURCIO

En este nuevo espacio, invitamos a nuestros lectores a un recorrido cultural a través de curiosidades, maravillas, filias y obsesiones del mundo del arte.

¿Qué es GABINETE DE COLECCIÓN?

En el Renacimiento, los gabinetes de curiosidades se conformaban de colecciones cuidadosamente resguardadas por sus propietarios, atesorando objetos fascinantes de lo más extraños y en absoluto circunscribiéndose a elementos de origen artístico. Sin embargo, estas precursoras “bibliotecas físicas”, de sumo interés para la ciencia, colocan nuestra mirada en retrospectiva para hablar acerca de la recopilación de objetos preciados, intentando trazar un perfil aproximado de aquel individuo que cumple un rol fundamental en la historia del arte.

Cada coleccionista es consciente del acto de incompletud eterna al que se acomete, aceptando la misión de recomponer, rescatar y proteger aquello minúsculo u olvidado para convertirlo en eje del mundo, en una brújula, en un punto de conexión vital. A partir de los elementos existentes, ordenadores de su propio y privado microcosmos, consolida un imaginario cultural singular e intransferible, poniendo en práctica el deseo irrefrenable de agrupar, articular, acumular o seleccionar objetos o artefactos de su afición o interés más íntimo. La propia afinidad construye cierta narrativa invisible que acaba vinculando elementos comunes de acuerdo a ciertas características particulares.

En GABINETE DE COLECCIÓN, nos impulsa la curiosidad y la firme creencia que las bibliotecas, las cinetecas, las cedetecas, las videotecas y las pinacotecas pueden convertirse en disparadores hacia la fascinación y al conocimiento infinito del mundo. Revelándonos su maravilla, se transforman en grandes colecciones como preciado refugio de toda una vida, a las que dedicamos entera nuestra pasión.

Atesoramos objetos que poseen honda ligazón con nuestra emotividad, resguardamos la memoria, desciframos significados y sentidos. Somos plenamente conscientes de la responsabilidad que tenemos como coleccionistas, sometidos a nuestros gustos o impulsos personales. Esperamos gusten acompañarnos a un próximo viaje, a través del cual, semana a semana, intentaremos cubrir, el mayor número posible de escuelas, corrientes, vanguardias o tendencias del arte en sus diversas expresiones. No olvidemos que el arte es esencial a nuestra educación y un alimento espiritual imprescindible.


TE INVITAMOS A LEER DIARAMENTE NUESTROS SEGMENTOS

ÍNDICE DE COLECCIÓN

★ PINTURAS ★

★ LIBROS ★

★ PELÍCULAS ★

★ FOTOGRAFÍAS ★

★ DISCOS ★

★ DOCUMENTALES ★

★ ESCULTURAS ★

GABINETE DE COLECCIÓN es una creación multimedia de MAXIMILIANO CURCIO

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CONTENIDOS DE COLECCIÓN


PINTURAS

GÓTICO AMERICANO (Grant Wood, 1930) / El “Gótico Americano”, obra de Grant Wood, adquirió rápida popularidad al describir los ideales de la América rural, siempre salvaje y fascinante, que se avecinaba a la caótica crisis financiera ocurrida en 1929. Un retrato paterno filial ficticio fue el punto de partida inspirador, un año después al crack bursátil, para esta influyente pintura, epítome del arte moderno. Siempre creativo, inquieto y excéntrico, Wood probablemente no haya anticipado la honda perdurabilidad de este cuadro, visibilizando la “otra cara” del landscape alejado de los límites citadinos.

Tocando el nervio emotivo del medio oeste estadounidense, su sátira -no ajena de polémicas- desmitifica todo abordaje romántico posible: la mirada nos devuelve la imagen estoica de dos seres postergados del idilio de la vida moderna. El artista retrata las dicotomías de la idiosincrasia americana: el aislamiento social salvaguarda la alienación del vértigo sistemático. La frontalidad rígida de este hombre y esta mujer modelo se arraigan en la cultura popular, mientras una casa típica del gótico rural asciende tras ellos. Como espectador, uno no puede más que identificarse con la suspensión en tiempo y espacio de estos sobrevivientes de su propio mundo privado.

Nativo de Iowa, donde naciera en 1891, Wood cursó estudios en la Handicraft Guild, una escuela fundamental dentro del movimiento de artes y oficios. Profundo admirador del holandés Jan van Eyck, pionero del arte flamenco en el cual se inspira (¿recuerdan el “Retrato del Matrimonio Arnolfini”?), su carrera proliferaría dedicándose a indagar en la vida cotidiana, desligándose frecuentemente de la técnica tanto como del canon de belleza instituido. “Gótico Americano” podría cobrar forma de antiguo álbum familiar para un tiempo que marcó el fin de la ilusión.

EL ANCIANO DE LOS DÍAS (William Blake, 1794) “El Anciano de los Días”, originalmente publicado como frontispicio de un libro ilustrado, retrata una musculosa figura divina, arrodillada sobre un círculo dorado, midiendo un vacío oscuro con una brújula dorada. Intuimos su relación con prácticas masonas. La iconografía planteada nos arroja enigmas de tono apocalíptico. Esta deidad ficticia forma parte de la compleja mitología que vertebra la obra del artista William Blake, encarnando ideales conflictivos de su universo espiritual y moral, en permanente conflicto con la sociedad represiva y materialista que desarrollaba el pensamiento occidental europeo por aquella época. Su fuerza creativa captura un mundo en llamas.

Tanto en “America: A Prophecy” (1793) como en su secuela, “Europe: A Prophecy” (1794), Blake problematiza y cuestiona la incomprensión religiosa de la era que su vida artística atravesó. Con poder visionario, riqueza simbólica y una evidente capacidad para capturar nuestro asombro, su poesía imaginó la esencia humana y su arte cumplió con la premisa romántica de todo aquel que desafía las leyes y tradiciones del paradigma académico. Sentando la huella para los artistas del siguiente siglo, Blake fue un artista total que expresó su comprometida visión del mundo. Superando la dudosa etiqueta de artista maldito, supo captar el espíritu de su tiempo con sabiduría y urgencia. Náufrago de oscuras aguas y fascinante grabador, aplicó su notable talento para ilustrar composiciones ajenas, como el sorprendente “Paraíso Perdido”, de John Milton.

«NEW YORK SERIES» (2013, Richard Estes) / La fotografía jamás reemplazará a la pintura, y es así como la oleada de artistas fotorrealistas surgidos hacia fines de los ’60 entendieron la técnica como una continuación de las tradiciones pictóricas como camino de expresión inserto en la modernidad. Al frente de esta camada se encontraba Richard Estes, sutil prestidigitador siempre dispuesto a manipular imágenes y engañar la más atenta de las miradas. En permanente búsqueda de ángulos extraños y recortes de la realidad inesperados, multiplicó el asombro en imágenes que alteraron la realidad fotografiada. Burlando principios y tradicionalismos, fue un depurado cronista gráfico que se calzó las ropas del más iconoclasta vanguardista. Observen la pintura elegida, perteneciente a su serie “New York City by Night”.

Proviniendo del mundo publicitario, su estreno en galerías se produjo en 1968, a través de una serie de escenas callejeras antológicas. Había nacido el fotorrealismo (palabra propuesta por Louis K. Meisel, impresa por vez primera en un catálogo del Museo Whitney para la exposición anual de 1970) enfatizando el detalle con un naturalismo llamativo. Figurativo y a la vez poético, heredando parte del encanto de Edward Hopper, Estes se nos muestra como un paisajista urbano y maestro del realismo contemporáneo. Jugó a placer con fachadas de edificios, clásicos ‘diners’, espejos, esquinas y espacios verdes. Su obra nos revela simbolismos y dualidades. Fuerzas geométricas del exterior y del interior que se superponen y fusionan. De modo convincente, todo aquello que su mirada registró adapta el contenido a la forma, sabiendo amalgamar la técnica a la evolución del arte fotográfico de mediados de siglo.


YVES KLEIN – ANTROPOMETRÍA, 1960 / Un vacío azul e infinito, espacio que parece contenerlo todo. Azul casi ausente en el reino natural. Azul de profundidad ambigua, al otro lado de la sombra. <<Tinta que derrama lo inexplicable, en el abismo de la noche fatal>>, según palabras del teórico de arte Alexander Theroux, en su ensayo sobre los “Colores Primarios”. Francia, 1946, la guerra había terminado. Azul también había aquella vez, todo a su alrededor. Y el panorama se representó como una epifanía para el joven artista. No había líneas en el horizonte. La ausencia de límites en el cielo de Niza capturaba el alma de un ignoto Yves Klein, tanto como las diferentes gamas de azul de aquella maravilla que su vista jamás se agotaba de contemplar.

Junto al asesoramiento de especialistas químicos, Klein compuso un especialísimo pigmento de azul indisociable al legado de su carrera. Aquí la primera fuente de inspiración había nacido, el International Klein Blue (IKB). Si bien el artista llamaba a sus lienzos ‘monocromos’, la rica variante de efectos ópticos que su obra genera, ante cada quien que la contempla, permite que la maravilla se recree de modo incesante. Otra vez, su misterioso encanto. Fallecido a sus apenas 34 años, la obra de Klein deja, tras la partida física del artista, un legado singular, tan complejo y controversial de definir. Hecho de materia inflamable, de modelos de mujeres desnudas, de objetos reciclados. Su obra, tan abstracta y figurativa, a la vez resonará en nosotros dependiendo del punto de vista en donde nos situemos. Miremos más de cerca: sublime y meditativa, sus revolucionarias puestas dialogan en el tiempo a lo largo de los últimos sesenta años y es esta condición atemporal la que cimenta el carácter contracorriente de un artista que polarizó puntos de vista.

La concepción del arte de Klein, como representante neo-dadaísta y fundador del nuevo realismo, nos brinda indicios que echan luz sobre su salto al vacío. Entreguémonos a comprender aquella sensibilidad pictórica e inmaterial, abrevemos en el concepto de la filosofía zen que constituyó su llamado ‘vacío neutral’, su propio nirvana. Hizo del arte conceptual un sentido expresivo vital, recurriendo a rodillos, esponjas y grabaciones de lluvia; vanguardista, reformuló el uso de materiales a la hora de registrar lo creado. Metafísico y experimental, sus composiciones visuales estimularon nuestros sentidos. Considerado tanto místico pionero como una estratégico y publicitario self-marketer, es el auténtico grado de incomprensión sobre la revolucionaria cosmogonía en la que se asentó su obra, el aspecto que más despierta nuestro asombro. Tanto como observar de cerca, extasiados, su hipnótico azul.


GUSTAVE DORE – PARADISE LOST (1866) / Pinturas en el tiempo que traen las llamas del infierno y hacen a la oscuridad visible. Desde que la primera edición ilustrada de “El Paraíso Perdido”, de John Milton, fuera dada a conocer, en 1688, su poesía visual ha proliferado en la imaginación de artistas, quienes a través de los siglos han intentado desentrañar los sentidos de una de las obras creativas más misteriosas de toda la humanidad. Milton fue un poeta y ensayista inglés, cuyas ocupaciones políticas ocuparan gran parte de su vida. “El Paraíso Perdido” es su obra más emblemática y el ejercicio de la narrativa épica llevado a cabo aquí lo convierte en un referente de la literatura universal. Esta pieza escrita ha inspirado a mentes tan prolíficas como las de William Blake o Salvador Dalí, intentando descifrar las alegorías poéticas dispuestas.

Sugiriendo la ambición por reinar en las tinieblas, Milton escenifica la caída y la debilidad. Es la pecaminosa naturaleza humana aquello que se trasluce través de la fábula cristiana, situada en el jardín del Edén. Las ilustraciones sobre esta obra constituyen una etapa tardía dentro del cuerpo de obra de Doré, dos siglos después de concebida tan atemporal gesta. Artista, pintor y grabador francés, Doré brinda su propia relectura: no le resultaba ajena la labor, habiendo ya graficado docenas escenas literarias de atribuladas mentes, como Edgar Allan Poe o Dante Alighieri, para “El Cuervo” y “La Divina Comedia”, respectivamente.

El nativo de Estrasburgo interpreta a Milton observando su propio abismo infernal. Sus dibujos son dramáticos y melancólicos. El misterio y la profundidad de sus dantescos paisajes nos condenan a un eterno hechizo. Ángeles caídos en la codicia gozan de la perdición infinita a las que son arrastrados.


SATURNO DEVORANDO A SU HIJO (1819-1823) / Podemos apreciar el duradero arte de Francisco de Goya, figura destacada de la pintura española durante el período 1785-1820. Su labor sucede a los grandes maestros barrocos, como El Greco (1541-1614) y Velázquez (1599-1660). Tan bendito por su talento, como atormentado por apocalípticas visiones, Goya vivió una época convulsa, debatiéndose entre el repudio al régimen de una España monárquica controlada por la severa Iglesia Católica y su labor como retratista para la corte real y la nobleza. Su vida no fue menos turbulenta. Su pintura, romántica y oscura, ilustra su paisaje desolador. Tomemos como ejemplo la serie de grabados «Desastres de la Guerra» (1810-20) y los murales titulados «Pinturas Negras» (1819-23). Fantasías de sombría pesadilla e imágenes gráficas de crueldad bestial describen la tragedia del siglo XIX.

“Saturno Devorando a su Hijo” ilustra el mito del dios romano Saturno, quien, perturbado por una profecía eliminó a cada uno de ellos al nacer.  La impactante ferocidad caníbal tiene un antecedente cercano: Peter Paul Rubens había pintado, en 1636, una pintura de la que participara Diego Velázquez, bajo idéntico concepto. Sin embargo, lo horrible bajo la mirada de Goya cobra un cariz singular. El artista nativo de Fuendetodos interpreta con virtuosismo la auténtica cara del mal: su lienzo transmuta la oscuridad, la agresividad y la locura. Sobre un fondo negro, la pintura de Goya animaliza al humano que mata sin piedad. Nos muestra a un carnívoro rey de facciones demoníacas devorando a su descendencia, -su presa- por temor al derrocamiento. Reinterpreta un mito griego que se propaga, de generación en generación, hasta nuestros días: la codicia humana no tiene tiempo cronológico.


YVETTE GUILBERT – HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC (1893) / Henri de Toulouse-Lautrec, bebedor empedernido y habitué del Moulin Rouge, creó una forma de arte indivisible de su espíritu visionario. El vértice de dos siglos lo encontró desarrollando el grabado moderno, en interminables noches en la París, vertiginosamente transformada por la bohemia floreciente en la Belle Epoque. La Ciudad de la Luz atravesaba la explosión industrial y los artistas de la icónica Montmartre ilustraban los carteles autoría del popular litógrafo publicitario, perfeccionando una técnica de impresión que consiste en trazar un dibujo, un texto o una fotografía en una piedra calcárea o una plancha metálica. De tal forma, Henri pintó bailarinas y prostitutas con humanidad y un dejo de nostalgia, quizás anticipando su trágico y prematuro final, a la edad de 36 años, producto de una vida de excesos consumida demasiado pronto.

Popularizó a una de sus estrellas favoritas, emblema de los cafés-conciertos: Yvette Guilbert, inmortal cantante francesa. La extravagante visión del artista exageró sus rasgos, mientras su estilo se influenció de las impresiones ukiyo-e japonesas. Tolouse-Lautrec trabaja el color con contornos fuertes, presta especial atención a las siluetas, prefiere composiciones recortadas y típico de su abordaje son ángulos oblicuos. Pionero del diseño gráfico, cronista de época, narrador de la vida artística parisina y maestro del modernismo, sus carteles representan el culto a la celebridad un siglo antes de la era digital y la proliferación de la imagen como poderoso instrumento portador de un mensaje. Hizo de la litografía un arte, produciendo más de 350 carteles e ilustraciones para revistas y programas de teatro.


WILLEM HAMMERSHØI MOONLIGHT, STRANDGADE (1900-1906) / El título de la obra refiere al domicilio particular del artista y la imagen observada nos brinda una total correspondencia simbólica. La calma nocturna de una casa iluminada por los rayos de luz filtrados, a través de una ventana y a su vez proyectados sobre la superficie interior, resultan el pasaporte de ingreso hacia el universo poético de un ser creativo que trama sus cuadros como representación de sus diálogos en silencio con la fuente lumínica. Tal es el paisaje emotivo del que bebe su inspiración. La simetría en sus marcos de puertas y ventanas cuidadosamente reproducidas captura nuestra atención; somos viajeros de su propio tiempo. Sutil, la exploración cromática perseguida en “Moonlight, Strandgade 30” sintetiza la absoluta armonía.

Artista danés nacido en Copenhague, en 1864, Willem Hammershøi fue discípulo del pintor Niels Christian Kierkegaard, primo del filósofo Søren Kierkegaard y pertenece a la generación posterior de la Edad de Oro danesa surgida a comienzos del 1800. Hammershøi hereda de dicha escuela especialista en retratos el tratamiento de objetos interiores y muebles domésticos como modelo realista. Mientras tanto, el efervescente arte occidental abstracto que se consumía en las principales urbes europeas de comienzos de siglo XX se aleja de las búsquedas más naturalistas de este autor, en donde predominan coloraciones apagadas y una paleta de grises y blancos persistente. El ojo de todo quien contemple esta obra capturará la belleza de esta habitación vacía. Hammershøi es un solitario existencialista que concentra fuentes de luz y puebla espacios interiores con un estilo anticuado.


«El Agua Origen de la Vida» (1942-1951, DIEGO RIVERA) En el interior del Cárcamo de Dolores, una magna obra hidráulica clásica de la arquitectura mexicana, puede encontrarse uno de los murales más destacados de Diego Rivera, artista itinerante que ha plasmado su mirada en puntos geográficos tan diversos, desde Estados Unidos a Argentina. Extendiéndose a lo largo de más de 270 metros cuadrados pintados, sita dentro del Bosque de Chapultepec, se emplaza este acueducto edificado que potabiliza a toda la ciudad, a través del río Lerma. Rivera testimonia, de tal forma, la importancia del agua en la evolución de la vida en nuestro planeta, partidario a las ideas del teórico Aleksandr Oparin. Restaurada durante las últimas décadas desde su recuperación, su concreción data de 1951.

De quien diera asilo político a Leon Trotski, podemos deducir una obra poseedora de un alto contenido político. No resulta exenta de tal enfoque esta pintura subacuática multicolor, en la que el artista trabajó denodadamente. Lo hizo junto a Ricardo Rivas y Ariel Guzik, diseñadores del espacio actualmente parte del Museo de Historia Natural. Paredes internas en el túnel nos muestran las caras de un poliédrico mural: sin principio ni final, el artista congrega microorganismos, obreros, campesinos, vegetales, anfibios y dioses. Este gran friso de vida despierta en la mágica mirada de un creador francamente sorprendente. El mural como elemento expresivo nos interpela con su poder metafórico. La pieza arquitectónica es la matriz que contiene a este ecosistema de vida.


EDVARD MUNCH, «Noche en St. Cloud» (1890)

Decía Edvard Munch que una arrolladora fuerza inspiradora tomaba control de sus manos. Líneas y colores se apoderaban de su mirada sensible. La memoria emotiva hacía el resto del trabajo, pintando un cuadro trayendo al presente recuerdos de infancia. El espacio interior jamás aprisionó su ser. El pequeño apartamento ubicado sobre una cafetería, en donde Munch pasaba días y noches, cobijó sus sueños de trascendencia. El artista se retrató a sí mismo contemplando el paisaje nocturno en el óleo sobre lienzo llamado “Noche en St. Cloud” (1890). Su espíritu contemplativo contrasta con el grito monumental que ensayaría apenas tres años después. Este experto retratista y con preferencia por los desnudos, se preguntó alguna vez acerca del auténtico deseo de pintar.

Con rebeldía, cuestionó el factor mercantil del arte moderno. Sin una pizca de corrección política, se animó a proferir epítetos poco amables sobre aquellos que colgaban sus cuadros en distinguidos salones. La vida y la muerte se encuentran, como en un cruce de caminos, brindando sentido a la obra de este influyente artista plástico noruego y estudiante de la Escuela de Bonnat. Sus raíces culturales nos sitúan en la ciudad de Oslo, urbe que lo viera nacer en 1863. Sus frisos testimonian el puente imaginario que abraza dos siglos. Munch fue un alma atormentada. Curiosamente, un temprano encuentro con la muerte durante su niñez (la terminal enfermedad que sufriera su hermana) se convertiría en la epifanía que actuara como mecanismo disparador para una obra que se extendería por el lapso de casi sesenta años, hasta su fallecimiento en 1944.


Paul Gauguin, EL SENA EN PARÍS – 1875

Su concepción artística traza un paralelo entre el mundo occidental y el oriental. La huida de Paul Gauguin de la artificiosa civilización lo llevó a embarcarse en los designios primitivos y salvajes de un paraje exótico. Sin embargo, años antes de su renacimiento espiritual o de su pleito con Vincent Van Gogh, este artista nacido en 1848, contemplaba las orillas del Río Sena al tiempo que se influenciaba de la obra impresionista de un referente como Pissarro. Admiró a Giotto y a Rafael, cuestionó los tradicionalismos conservadores de la alta sociedad y se preocupó por el destino de los pueblos colonizados.

Su fascinación por la vida indígena generaría un universo propio, que dialoga con el verdadero sentido de su arte. Sin embargo, aún no soñaba con su exilio tropical en Tahití cuando compuso uno de sus primeros cuadros. Su fuga mental contempló un paisaje natural invadido por una grúa y un puente en construcción. Símbolos de la transformación en la incipiente vida moderna. La urbe crecía a su alrededor, y el pintor prefería contemplar el cielo diáfano. Pareciera dibujar la silueta del silencio. Dos figuras en movimiento transitan el cuadro dominado por una interminable planicie verde. Tan apacible atmósfera nos hace partícipes fuera de todo tiempo y espacio.


DIEGO VELÁZQUEZ, LA VENUS EN EL ESPEJO (1651)

Nacido en Madrid, en 1599, Diego Velázquez fue un exponente de la pintura española del Siglo XVII. Pintor contratado para la corte real, llevó a cabo su en una década en donde proliferó el barroco y el arte inspirado en escenas religiosas. Con absoluta maestría, pintó paisajes, retablos y retratos. Su arte, intenso y apasionado, describe escenas históricas y a la oprimida sociedad de su tiempo.

En 1629, viajó a Italia por primera vez, maravillándose con su entorno cultural. Dos décadas después, retornaría por encargo de Su Majestad, siendo recibido por el Papa Inocencio X, a quien años más tarde retrataría. Debía adquirir obras de arte para la corona y su itinerario a través de diversas ciudades resultó sumamente inspirador. Allí concibió la obra “La Venus del Espejo”, de la cual encontramos un inmediato precedente en la pintura homónima de Tiziano. Mientras el italiano renacentista ofrecía una fémina frontal, Velázquez nos ofrece un punto de vista opuesto. Se dice que la sensual silueta de esta mujer pertenece a Flaminia Triva, amante del pintor.

Su arrebatadora belleza reposa en un confortable aposento. Las sábanas no llegan a cubrir su anatomía. Un cupido sostiene el espejo que devuelve su difuso reflejo. El pormenorizado estudio de la luz emprendido por el pintor prefiere una imagen desenfocada. Nos preguntamos si se trata de la Venus mirándose a sí misma o somos nosotros quienes la contemplamos. Hoy en día, esta pintura se encuentra exhibida en el National Gallery de Londres.


GEORGE INNES / EL VALLE DE LA SOMBRA DE LA MUERTE (1867)

En 1758, Emanuel Swedenborg, científico, teólogo, filósofo y místico sueco, publica su más conocido libro acerca de la vida más allá del plano físico: “Del Cielo y el Infierno (y sus Maravillas)”. Allí, debate su mirada espiritual bajo la firme noción de que ‘todo en el mundo natural tiene una contraparte en el mundo espiritual’, y que el velo que separa ambos mundos es lo suficientemente débil como para estar demasiado seguros de qué lado nos encontramos. Swedenborg se había sumergido en una serie de experiencias de lo más reveladoras, al punto de defender su escritura como fruto de auténticos viajes astrales. Concebía el cielo dentro nuestro como relejo de la esencia personal. Ese tragaluz de infinito contenía todo lo visto y oído y elevaba a la enésima potencia la etérea visión literaria de Dante Alighieri.

El icónico libro llega a las manos del artista plástico George Inness, quien se obsesiona con los símbolos ocultos tras su portada. Este pintor estadounidense de paisajes, afín al romanticismo y contemporáneo de la segunda generación de la Escuela del Río Hudson, evolucionó su estética en consonancia con las tendencias pictóricas europeas de la Escuela de Barbizon. Ferviente seguidor de la corriente metafísica de Swedenborg, su arte adquiere un nivel de espiritualidad extrasensorial en la obra titulada ‘El Valle de la Sombra de la Muerte’, realizada en 1867. Representando a un hombre como pasajero diminuto en tránsito hacia su propia inmortalidad, viajando desde el crepuscular mundo de los vivos hacia el inevitable reino espiritual que le aguarda en el horizonte, el artista reafirma significantes y sentidos de su ardiente imaginería.


ODILON REDON – EL DÍA, 1891

Con un pie en lo sobrenatural, Odilon Redon construyó una obra pictórica fascinante. Tan diversas entre sí, las diferentes etapas que vertebran su carrera nos ilustran acerca de su evolución conceptual y estética, tan incesante e inquieta. Romanticistas y de acabado simbolista, sus cuadros nos sumergen en mundos oníricos y travesías de absenta. Hay en Redon lapsus de oscuridad sumamente pronunciados y pareciera ser su intención vislumbrar el mundo de las apariencias desvanecido ante su paleta de lóbregas tonalidades. La presente obra lo ejemplifica a la perfección. Una cosmogonía ancestral lo maravilla desde muy joven. Conoce a Rodolphe Breslin, quien lo iniciara en la técnica del aguafuerte. Su interés por lo misterioso y lo exótico parece no tener límites. Contemporáneo del Impresionismo, su período oscuro prefirió la absoluta renuncia al uso del color. La litografía y carboncillos que conforman esta cronología de su obra sirven como fértil territorio en donde proliferarán animales mitológicos y maquinarias inverosímiles. Según sus propias palabras, la lógica de lo visible al servicio de lo invisible valida su oficio de pintor. Por aquellos años, ilustró “Las Flores del Mal”, de Baudelaire. El amanecer del nuevo siglo lo mostraría como impensado precursor del surrealismo.


OTTO DIX, «Tríptico de la Guerra», 1924

Pintor olvidado, aunque gradualmente reconocido. El alemán nos asombra con su técnica espectacular y su capacidad discursiva. Sus grabados y aguafuertes constituyen grandes obras gráficas del arte. Otto Dix fue un genial cronista de guerra, un adelantado a su época, un analista político y social. Nacido en 1891, se le considera a mitad de camino entre la nueva objetividad y el expresionismo. Su madre lo inculcó en el gusto por la música y las artes plásticas. Creció consumiendo una gran riqueza cultural. Fue soldado voluntario del ejército alemán, participando en la cruenta batalla del Somme, contienda que arrojara un saldo de dos millones de muertes. El desencanto de la idea romántica de la guerra implosionó delante de su rostro: vivenció el horror más recalcitrante. Filosofó acerca de sus experiencias durante el período germano de entreguerras. A la llegada del nazismo, fue destituido de su cargo público. No se ajustó al canon neoclásico, siendo hostigado por el nacionalsocialismo. Sus obras fueron confiscadas, fue encarcelado por la Gestapo a causa de sus ideas antibelicistas.

Su evolución pictórica nos muestra una gran heterogeneidad. De los trazos fuertes empleados, deducimos el bagaje técnico de un academicista de enorme habilidad manual; capaz de someter su capacidad a las necesidades del tema. El ‘como’ sujeto al ‘que’ fue su regla incontrovertible. Privilegió un concepto por sobre el estudio del lenguaje. Los colores fueron herramientas funcionales al servicio de su connotación social. La presente obra desarrolla su imaginería contra la guerra, al nivel del “Guernica” de Picasso. Vívida experiencia en primera persona, este oleo gigantesco augura noches de oscuridad por venir. Sin medias tintas, advierte el desinterés y la apatía social que profetiza al nazismo. Condena a los elementos corruptos que privilegian una Alemania en caos. Dix, de allí en adelante, descubrirá a la lúgubre burguesía, desnudando el síntoma de una sociedad infectada de asesinatos y brutalidad. La mutilación, la deformación y la perversión dominan el paisaje. Estremece contemplar a un artista absorbiendo estímulos vivenciales sin amedrentarse ante tan nefasta visión. Su permanencia en el tiempo rescata la valía de un pensador estético que confrontó sobre su lienzo a la sociedad a la que perteneció. Bajo su paleta, el arte puede redimir al hombre y, también, cobrar la forma de aquel retrato violento que nos seduce.


«MANO CON ESFERA REFLECTANTE», M.C. ESCHER – 1935

M.C. Escher es un imprescindible artista neerlandés. De su especialidad fueron los grabados xilográficos y al mezzotinto; también una cuantiosa obra de dibujos que conciben una imaginería imposible. Incansable experimentador de métodos alternativos, desafió al paradigma de su era. Escher fue un pionero en jugar con la transformación geométrica. Gustaba de destruir contornos y de confrontar valores de positivo-negativo, que se atraen para luego repelerse.

En sus cuadros podemos encontrar animales que mutan su forma. Una mirada pormenorizada sobre su vasto ejercicio nos devuelve la certeza de un estudio de dibujo que no dejó detalle por indagar: efectos de brillos y reflejos sobre esferas cromadas, cristales refractados, luces y sombras proyectadas con extremo realismo o perspectivas de masa arbórea reflejada sobre superficies acuosas. Apreciamos la maestría de su manipulación curvilínea. En las búsquedas estéticas del oriundo de Países Bajos conviven caras piramidales y texturas en intersección.

El carácter ilusorio de su obra nos deslumbra con espacios fractales. Además, existe una configuración tridimensional que excede todo parámetro conocido hasta entonces. Un artista adelantado a su tiempo que nos asombra con su proverbial inventiva. En la litografía “Mano con Esfera Reflectante”, impresa en 1935, nos impactan los ecos de su poliédrica cosmovisión. Escher se contempla a sí mismo. La fantasía inagotable de un microcosmos arquitectónico en perfecta sincronía.


CARLOS ALMARÁZ, PESADILLA SUBURBANA (1983)

Esta obra propone un viaje hacia el corazón de la breve -pero intensa- vida del visionario artista plástico Carlos Almaráz, quien concebía a la pintura solo y tan solo para facilitar y traer un cambio social. Artista y activista mexicano, falleció de SIDA, en 1994. Llegó a New York en 1962 y luego a Los Ángeles en 1965. Se influenció del arte moderno que ambas cosmopolitas ciudades concebían. Adopta allí la composición vanguardista de moda y le adosa sentido social. Intenta construir su propio lenguaje universal, jamás desatendiendo sus raíces. Exponente crucial del denominado arte chicano, este nace como manifestación de rebelión, influyendo la cultura de la literatura, la música y el cine. Almaraz utiliza símbolos religiosos, políticos e indígenas, reflejando las postergaciones sociales. Su arte confronta la propia identidad. Se interesa por el ser humano de su tiempo y pronto se convierte en un ícono mexicano. De propias palabras del artista, pintar es una ilusión, una ventana a algo que podría o no ser real. La presente obra se encuentra expuesta en el Buck Collection de la Universidad de California, vital muestra de un artista asomándose al abismo de su condición. Almaráz rescata el poder de observación de una pintura. Los misterios que encierra la creación de un cuadro otorgan sentido a su labor como artista.


ADRIEN PIPER, 1975 – “The Mythic Being: I Embody Everything You Most Hate and Fear”

Expectativas internas confrontan sistemas de percepción externa. Adrian Piper captura la transformación de la naturaleza humana. Raza y género se visualizan bajo nuevas perspectivas, en el vocabulario artístico de la nativa de New York. Contenido político y conceptos filosóficos vertebran su obra. Alza la voz contra las percepciones erróneas de lo tradicional. Aborda el ostracismo y la otredad. Su ejercicio de arte conceptual persigue una nueva forma de mirar estéticamente. Interviene su propio cuerpo, articula su identidad, diversifica materiales, pretende no ser categorizada. No resulta fácil clasificar y comprender la polifacética actividad de Adrian Piper. Desde aquella primera generación a la que perteneciera, fuertemente influenciada por Sol LeWitt durante los años ’60, denunció comportamientos sexistas y discriminatorios. Es un ícono activista que se reveló contra el establishment, utilizando el sentido del minimalismo artístico para su propósito político.


GUSTAVE MONET LEYENDO, 1872 – PIERRE-AUGUSTE RENOIR

Bulevares arbolados resguardan pequeñas alamedas del barrio parisino. Elegante y residencial. El Museo Marmottan se erige con su fachada neoclásica. Dentro de este recinto de arte, puede encontrarse una valiosa colección impresionista. Un nombre destaca entre aquellos innovadores de figurativa libertad: Gustave Monet. En 1872, Monet fue retratado por Pierre-August Renoir (1841-1919), padre del destacado cineasta Jean. Ambos artistas cultivaban una gran amistad. El creador de “Bal du Moulin de la Galette” imagina una escena dominada por colores oscuros. Absorto en su reposo y envuelto en humo espeso, el artista lee imperturbable. Solo un haz de luz ilumina el periódico. Aquel mismo año, Monet -también un gran retratista- concebiría su clásica obra “Impresión, Sol Naciente”, símbolo de la revolución pictórica y objeto de la primera reunión de artistas en los salones de París, dos años después. Para entonces, el precursor del impresionismo ya había abandonado su refugio rural.


«LA MUERTE DE MARAT», JACQUES-LOUIS DAVID / 1793

El barrio histórico de la ciudad de Bruselas está atravesado por colinas. Piezas arquitectónicas del siglo XVIII y XIX descubren la fachada del Museo de Arte Antiguo. En la Sala 55, íntegramente dedicada al neoclasicismo, advierte la atención de todo visitante la Pintura “La Muerte de Marat”, de Jacques-Louis David (1748-1825). Esta tela homenajea al cercano amigo del pintor, ocasional testigo de instantes después de su trágico deceso. David organizó sus funerales y plasmó la nefasta escena de su lecho de muerte en esta tela. Jean-Paul Marat fue un destacado científico y periodista, involucrado en la política de la revolución francesa. Obra maestra impostergable, la tela testimonia el crimen cometido por Charlotte Corday, fanática defensora de la monarquía. Un baño reparador acaba convertido en un inmersivo sueño de sangre. El cuerpo inerte del insurgente Marat suscita compasión. El papel que este sostiene podría brindar pistas acerca de los motivos fatales. El objeto del delito se devela al pie de la bañera; a su costado, una lápida firma la dedicatoria. Finalizada la Guerra de los Cien Días, David se refugiaría en la capital belga, falleciendo pocos años más tarde.


LAND OF THE LOTUS EATERS (1861, ROBERTS S. DUNCANSON)

Recientes exposiciones dedicadas al genio nativo del Estado de New York, se convierten en disparadores divulgativos de un emblema de la cultura negra. No existe artista que haya sabido captar mejor la magia de su adoptiva Cincinnati. Paisajista precursor, subvencionado por la América Blanca abolicionista, Robert Seldon Duncanson ve sumamente influida su obra del devenir histórico costumbrista. Hijo de ancestros africanos y aprendiz de pintor de escenas callejeras, su proceso creativo aborda, también, el retrato, los bodegones y los murales, tramando una especial relación con el también pintor William Louis Sonntag Sr..  Adhiere al estilo realista y romántico de la Escuela del Río Hudson y visita Europa en numerosas ocasiones. Dinámico y seductor en el uso de la luz, se compenetra con los designios de creación de un recorte en trampantojo que parece cobrar vida en cada cuadro. En su lienzo, el paisaje se convierte en un protagonista insoslayable. Son acaso las leyes inconscientes del proceso creativo, al encuentro de un lugar físico en donde recrear un imaginario cartográfico donde habita el permanente asombro, las que convierten a Duncanson en un fenomenal compositor visual. Dibujante y pintor de la luminosidad, su legado se conserva a la altura de Claude Monet, John Constable, Johannes Vermeer y J.M.W. Turner. Un descubrimiento inagotable que vivirá una etapa especialmente prolífica en tierras inglesas, cuando en 1860 visite la Isla de Wight, trayendo consigo su pintura más célebre, inspirada en el poeta británico Lord Alfred Tennyson.


THE BANJO LESSON, 1893 / HENRY O. TANNER

La presente pintura ejemplifica la maestría que aúna vida y obra de un artista mayúsculo. Nos sumergimos en los designios de su identidad creadora. Las locaciones que inspiraron a Henry Osawa Tanner cobran dimensión en este testimonio pictórico, esencial rescate en el tiempo de un parteaguas del arte afroamericano. Pinceladas de luz, sombras y colores nos adentran en la atmósfera paisajística personal de este hijo de madre esclava y padre pastor episcopal. Dramático e inspirador, luchó por la dignidad inclusiva, develando el truco sin agotar la magia, capaz de superponer imaginarios y paradigmas a su labor de retratista. Académico de condición y único afroamericano de su clase, su ejercicio del arte propuso un cambio de percepción convirtiéndose en un precursor del grabado y la fotografía. Expandiendo su universo de ideas, indagó más allá del misterio que confiere una imagen. Del realismo extremo a las obras de influencia bíblica, en Tanner pervive en una grandiosa producción condecorada internacionalmente, aunque incomprendido en su propia tierra. Ser habitado por impostergables devenires, emigra a Europa, admirando el arte clásico y renacentista. Como una pirámide invertida, todo confluyó en el centro de su gran escenario, admirando a sus mentores Thomas Eakins y Edward Mitchell Bannister.


AUTORRETRATO – LEONARDO DA VINCI / 1513

Realizado con técnica de tiza roja, se encuentra exhibido en la Biblioteca Real de Turín. Una aventura humana, artística e intelectual única. Tan fiel como una fotografía, este dibujo es la fiel prueba de que Leonardo Da Vinci trabajaba cada trazo al más mínimo detalle. Si observamos detenidamente su obra, la incidencia que luz y color otorgan sobre la tridimensionalidad de la escena nos lega una perspectiva de vívida transposición pictórica. En la mirada de Leonardo confluye la dominante imagen del paradigma religioso de su tiempo, con una puesta en práctica precursora que se asoma a la era moderna. Entabla su autorretrato un diálogo entre el sujeto pictórico y el sensible observador. El genio renacentista se escudriña a sí mismo.

Su evolución estética traza una circunferencia planetaria. Pinturas, esculturas y dibujos se acumulan a lo largo de una obra incomparable. Su avidez de conocimiento no dejó rincón del intelecto y sensibilidad por explorar. Pintor, ingeniero y arquitecto del rey, Da Vinci fue un impar polímata, experimentador de método y compulsivo inventor, mente prodigiosa para la milenaria historia, especializada en múltiples disciplinas. Inmemorial legado en ciencias y arte perviven en la figura de quien observara al hombre de su tiempo como una máquina de perfecta simetría. Curiosamente, apenas once pinturas atribuidas a su mano se conocen dentro de una obra en donde pervive el misterio de “La Última Cena” (1498) y los infinitos secretos tras la sonrisa de “La Gioconda” (1503). Hijo ilegítimo de un notario, en su forjado saber divisamos las profundidades de un espíritu adelantado. Infinitos enigmas rodean su vida. Hipótesis diversas se tejen de sus alianzas con poderosas sociedades secretas. Mitos aparte, Da Vinci encarnó la curiosidad libertaria de un humanista.


EL GRECO, LACOONTE – 1610-1614

Podría un suntuoso salón decorarse con semejantes perlas pictóricas de su autoría. Esta es una de ellas. Conservado en la Galería de Arte de Washington, el presente cuadro corresponde a la etapa artística final de El Greco, maestro especialista en grandes lienzos para retablos de iglesia, y cuya línea de trabajo se inscribe en el tardío Renacimiento. Influido por las escuelas bizantinas, venecianas y romanas, gesta su tan particular estilo. Siendo un pintor caracterizado por su fervor religioso, la referencia mitológica abunda en su obra. Densas nubes se ciernen al cielo de Toledo. Escorzos violentos dan forma a la escena tradicional capturada aquí. Podemos encauzar “Lacoonte” a su inmenso cuerpo de trabajo precedente, como si discurriera su esencia a través de un fino hilo de plata que sostiene una verdad incontrastable: se trata de uno de los artistas más fascinantes de todos los tiempos. No obstante, no reside su intención en la nostálgica calidez de un pasado, puede acaso la escena de leyenda congelada convencernos de que la memoria es un muro carcomido por el tiempo. Hábil, El Greco recrea vivencias olvidadas, pero nunca perimidas. Somos testigos del tránsito de seres y cosas, mientras el artista luce en total dominio de color, dibujo y composición. Ecos de su voz artística pretérita. No resulta menor observar que se trata de una de sus últimas obras: genuina prueba de vigencia y necesidad expresiva. Allí está su pupila despojada de lirismo para captar la condición humana. Llave secreta que sigue la huella enriquecedora de dolor, anhelo y ausencias. El curso inapelable de la vida parece detener su curso, la pintura se suspende en espacio y tiempo, retrotrayéndonos al sacerdote troyano consagrado al culto de Apolo. Combativo paragone al conjunto escultórico, en igual medida su afrenta interpreta que el hombre confronta, de modo atávico, el pecado original y todo mal circundante. Magnética sensibilidad que decora cuerpos fantasmales superpuestos y levitantes, como cáscaras decadentes flotando sobre un ominoso panorama terrenal.


OSKAR KOKOSCHKA -THE DREAMING BOYS, 1909

Pintor y poeta austríaco, hombre en poder de su espectro creativo. Maestro del retrato psicologista y del paisaje expresionista. Enfrentar los profundos misterios de su obra es contemplar el tiempo inmóvil que atrapa una pintura con alma. La sabia maduración de un artista atávico. Su reproducción de la anatomía humana captura la presencia emotiva de efímeros momentos en trazos con profundo sentimiento. Oskar Kokoschka fue un incansable creador que extrajo extraña belleza de lo cotidiano como alimento creativo. Concibió la inspiración como esa impostergable voz interior que concreta el íntimo deseo de alteridad. En sus cuadros, parecen conflicto e inseguridad emerger como motor primordial. Dolor, angustia y soledad resultan el excedente de todo escarnio y crueldad humana: acaso moldea sus escenas a imagen y semejanza de su resquebrajada psiquis. Fuerzas complementadas, nunca enfrentadas.

El alto precio que pagar por el don divino creativo sabe de pasiones despiadadas como regla infalible. Su diversidad temática aborda rostros en igual medida que panoramas naturales transfigurados. Su yo íntimo se expande en el color, aunque aquí es la ausencia del mismo el aspecto que llama poderosamente nuestra atención. Kokoschka tenía la intención de que “The Dreaming Boys” fuera un libro para niños, pero el poderoso sentido sexual tras las sugerentes imágenes que atraviesan su grabado lleva la obra hacia una dirección diametralmente opuesta: figuras humanas en natural movimiento persiguen líneas de contorno sensibles en suave claroscuro. Provocativo ilustrador, su costado más íntimo plasmado en los “Cuadernos Eróticos” (editado por Norbert Wolf, en 2008), parte de la colección más polémica del creador de “La Novia en el Viento” (1913-1914). Su vida de leyenda nos recuerda el turbulento romance que sostuviera con Alma Mahler; musa, modelo y amante, tanto objeto de inspiración y deseo como de tormento y locura.


EL BOSCO, EL JARDÍN DE LAS DELICIAS – 1490/1500

Artista como testigo e intérprete de una época ligada a la transición entre el teocentrismo y el renacimiento humanista. Visión alucinada a medio camino entre el oscurantismo del medioevo y la vuelta a los principios antiguos que concebían al hombre como medida de todas las cosas. Adscripto a la tradición flamenca, gestor de extrañas figuraciones y ejecutor de una técnica soberbia, El Bosco nace al norte del Ducado de Brabanto, actuales Países Bajos. Su obra sobre tabla “El Jardín de las Delicias” es una obra de profundo poder simbólico. Un objeto de creación sin parangón en la historia del arte, hecho de pequeños detalles que agigantan su legado y sujeto a infinitas interpretaciones. Imágenes paganas que son himno y rezo para todo ferviente amante de la pintura. Un tríptico hecho de trazos profanos que renuevan la pasión por descifrar tan fascinante misterio. Singular destreza que transita imágenes de propia cosmovisión para la enésima alegoría. Fuente de inconsciente fluir místico, babilónica torre plena de ideas, concreción de laberinto de inexpugnable salida. Arca de Noé para toda forma viva posible, dantesca imaginería. Luz y sombra en bestial pugna. Pinceladas contrastantes de color resultan un atrevimiento para la época, logrando el equilibrio estético adecuado para este paraíso arrasado.

Innovador, grotesco y caricaturesco, su concepción adelanta siglos para la historia de la pintura. Su método, efectuado en contraposición a la rudeza flamenca, concibe una realidad definida en abrumador uso de la iluminación. Composición en diagonal y toque sutil que abandona el eje simétrico, en complejo entramado que combina las más surrealistas interacciones humanas y animales. Un panorama pesadillesco, una orgía sensorial. Este múltiple punto focal, de obsesivo y milimétrico acabado, se exhibe en el Museo del Prado (Madrid).


REMBRANDT – LA RONDA NOCTURNA, 1642

Este pintor y grabador holandés, afín a la escuela flamenca y al estilo barroco, es uno de los artistas más destacados en la profusa historia del arte que nos lega su tierra natal. Hereje y rebelde, encumbró su visión en contra del Dios real que gobierna a las sociedades. Su obra representa el fin de la inocencia, en permanente pugna con el éxito material que se aprecia como medida de trascendencia. La producción gráfica de Rembrandt nos sorprende con dibujos sustentados en estructuras sin rigidez alguna. Su amplia gama de colores transita el recuerdo y el acto presente, dialogando en la esencia de su cosmovisión. La noción de la belleza ejercida por su genio se sitúa en ámbitos preferentemente naturales. Un estilo netamente figurativo ostenta detalles que hacen de cada obra una pieza única.  Cabe decir que el conformismo y la apatía nunca fueron sus aliados. Innovador técnico, poseyó recursos plásticos de conmovedora emotividad.

Prestemos atención a una de sus obras maestras, inspiradora del relato trágico cinematográfico homónimo de Peter Greenaway, estrenado en 2007. Fue realizada por encargo de La Hermandad de los Arcabuceros. Joya de gigantescas proporciones, puede apreciarse expuesta de modo permanente en el Museo Rijksmuseum de Ámsterdam. Percibimos en este anticonvencional cuadro una búsqueda de lo estético en lo histórico, incorporando el rigor dramático. Pareciera el tiempo transcurrir, atrapando a sus personajes en lo más profundo de la noche. Heredero de Caravaggio, Rembrandt aplica el claroscuro y el tenebrismo. Existe un control riguroso que acota la dinámica de las formas desplegadas, otorgando justa y lógica correspondencia entre imagen y concepto. Clara y manifiesta necesidad de dibujar la silueta decadente del hombre de su era. Objeto de inconcebibles ataques vandálicos, el cuadro sufriría un sacrílego acto de mutilación en el siglo XVIII.


CARAVAGGIO / NARCISO – 1597/1599 

Este pintor italiano fue un agudo observador de la condición humana. Su empleo de la luz resulta decisivo para la escuela barroca. Caravaggio es un precursor del uso del claroscuro, faceta que otorga a su obra un realismo psicológico abrumador. Guía al artista su proceso intuitivo, confluyendo en el cauce de su río musas de impostergable aparición. Una mente lúdica pergeña semejante ejercicio de percepción y deseo, caprichos de demiurgo artista. La necesidad íntegra de un creador que traslada a sus lienzos auténtico esfuerzo espiritual. Inagotable es el placer de la inspiración para el creador de “Cabeza de Medusa”, quien reinterpreta aquí la enésima lectura iconográfica uno de los mitos griegos más veces formulado por la historia del arte. Sus valores tonales trazan paisajes emotivos, sus profundas sombras proyectan atmósferas que compendian naturalezas inertes o animadas. “Narciso”, culpable de pecados de vanidad, engendra el lado más oscuro del reflejo, la autocontemplación y el egocentrismo, ahogado en su propio fantasma. Caravaggio asume la intención creativa, aprendiendo las formas para convertirlas en instrumento de su discurso: la fatua belleza física flotando en la superficie del agua nos alecciona acerca de un ser y reflejo de cuanto se es. O la expresión de lo intrínsecamente humano desde la más absoluta falibilidad. Formas que se revelan emergentes del espacio físico. Nada más esclarecedor acerca de la totalidad de sentido en una amalgama de forma y contenido que indaga el dilema de perpetuarse trascendiendo la propia existencia. 


BRUEGHEL – EL TRIUNFO DE LA MUERTE, 1562

Pieter Brueghel ‘El Viejo’ fundó la reconocida dinastía de pintores y grabadores que lleva su apellido. Junto a Jan Van Eyck, El Bosco y Pedro Pablo Rubens, integra el póker de grandes maestros de la pintura flamenca, aunque pocos podrían negar que el siglo XVI le pertenece por unanimidad. Resulta curioso cotejar que tan solo cuarenta y cinco pinturas de su autoría han sobrevivido hasta la actualidad. Una de sus obras más celebradas fue “El Triunfo de la Muerte”, un óleo sobre tabla que simboliza un Planeta Tierra arrasado. Ejércitos de destrucción avanzan sobre la diezmada raza humana, devastadoras pestes proliferantes auguran la próxima visión apocalíptica y un ominoso panorama, que no distingue clase social, se cierne sobre la super consciencia inspiradora del autor de “El Molino y la Cruz”. Estamos en presencia de una ecuménica danza con la muerte. Tempus fugit, la vida se acota en el discurrir de un reloj de arena. Un enemigo implacable nos hace lucir vanos y expuestos. La sofisticada vulnerabilidad que sospecha de nuestra condición.

Esta obra, de profundo calado moral, nos ilustra acerca de la cruel embestida sufrida en Europa por la epidemia negra que costara la vida a la mitad de la población del continente, mayormente entre 1347 y 1353. Perteneció el cuadro a la colección de pinturas de la Casa Real española desde el decenio 1746-1756, y desde 1827 forma parte del catálogo del Museo del Prado (Madrid). Su concepción posibilita el tránsito por regiones en las que la mayoría de los artistas suele apartar la mirada: aliado de la noche, la soledad y el áspero paisaje que cotejaba la desolada civilización, la verdad ausente de luz esperanzadora del patriarca artista apela a la memoria como vestigio inexpugnable. No olvidemos que el ser humano se enfrentó al abismo de su propia existencia. Tal testimonio podemos corroborar gracias a este genuino creador de perspectivas estremecidas.


LA MARCHA DE LA HUMANIDAD EN LA TIERRA Y HACIA EL COSMOS, 1966 – DAVID A. SIQUEIROS

Este gigantesco mural cubre el Foro Universal del Polyforum Cultural Siqueiros, sito en la Ciudad de México D.F.. Realizado por encargo de Manuel Suarez y Suarez, no existe otro de su categoría de similares dimensiones en el resto del mundo. Metal, hierro, pintura acrílica y aerógrafo se configuran como los elementos indispensables para la ejecución de la esculto-pintura dimensionada sobre siete paneles. Acto alquímico en pericia técnica aplicada a un octógono irregular que puede divisarse desde la Avenida Insurgentes. Leyendas, mitos, abstracciones y alegorías confluyen en tan descomunal obra. El deseo de una sociedad más justa impulsa la visión estética y conceptual de David Alfaro Siqueiros. Su arte desdeña el poder de la explotación que multitudes avalan. Su calidad refinada se despliega de forma panorámica, reproduciendo una cosmogonía en expansión, plena de lirismo comunicativo. El mural es un paisaje biológico expresamente vivo. Se pronuncia el artista en contra de la codicia humana que destruye el mundo, su deseo es el de una sociedad más igualitaria. Una melancolía manifiesta nos alecciona acerca de la eternidad que resguarda del olvido todo rasgo identitario. Rostros y clamor de un pueblo sin nombre a los cuales el genio azteca rescata en la memoria. Mediante una paleta cálida que excede todo formalismo, Siqueiros dignifica a esas manos del hombre primitivo que labran la tierra, gesto y raíz de atávicas postergaciones. Simboliza un volcán en erupción la estridencia, germina el fruto del árbol de la sabiduría, venera a la estoica mujer proletaria, se promulga con compromiso acerca del mestizaje y el esclavismo. En el dolor y en el canto de razas antiguas, late el autóctono sabor de la tradición; también en cada evocación de pincel.


NIGHTHAWKS, 1942 – ED HOPPER

Un clásico diner del Greenwich Village inspira este modélico cuadro. Edward Hopper es una conciencia creadora que brinda una referencia objetiva acerca de la vida moderna norteamericana. Sus paisajes urbanos encuentran lo necesario para revelar la clave íntima. Una sobria paleta de tonos contrastados indaga en la aproximación realista, con sobresaliente sensibilidad pictórica. La realidad evidente del plano pictórico nos devuelve una mirada aislada sobre el contexto geográfico. El artista observa y ejecuta con efectismo una imagen tonal equilibrada. Una fina radiografía de mayúscula sensibilidad poética traduce el ensimismamiento y el desánimo del ser humano atravesando el horror de la guerra. Los óleos de esta imprescindible figura del arte captan una expresión honda y nostálgica, constituyendo su recorte geográfico una pintura del alma americana. La ciudad es un personaje protagonista y su mirada representa la memoria fotográfica de un tiempo repleto de introspecciones. Miremos de cerca, parece un fotograma de película, inspirando posteriormente escenas de “Profondo Rosso” (1976) de Dario Argento, “Pennies From Heaven” (1981) de Herbert Ross y “The End of Violence” (1997) de Wim Wenders.


1908-1915, GUSTAV KLIMT, MUERTE Y VIDA

Dual alegoría que ha obsesionado a grandes artistas a través del tiempo. Casi una década de su trayectoria dedicó Gustav Klimt a esta pintura. Como fuerzas pugnantes, vida y muerte fundamentan, complementándose, o repeliéndose, la idea de lo orgánico. Doble interpretación de universo palpitante versus su opuesto inerte, una magnitud de colores se despliega ante nuestra mirada. Klimt erige un palacio de perlas, conocedor de diversos modos expresivos. Ambas perspectivas pueden espejarse y replicarse, en una concepción estética casi fauvista. Líneas paralelas conectadas, figuración de un mundo de sueños. Mientras una se agolpa, la otra observa amenazante. Cálida vida palpitante como antídoto contra el hondo estremecimiento de la muerte. Comunicación inconsciente de intimidad creativa para un artista epítome de la secesión vienesa; Klimt, sutil y sensual, desborda calidad para crear un sentido propio, exhibiendo rastros de pasadas obras. De naturaleza simbolista, proyecta imágenes alucinadas en telas de mágicas expresiones. Arte y tradición del pasado como inspiración inagotable renuevan los sentidos de una atávica dicotomía. Semejante riqueza de matices refrenda la doble realidad pictórica tras el paisaje evidente.


LA CANCION DE AMOR, DE GIORGIO DE CHIRICO, 1915

Este óleo sobre lienzo puede apreciarse en el Museo de Arte Moderno de New York. Autoría del pintor metafísico Giorgio De Chirico, un torrente de ideas se superpone en sentidos a través de elementos equidistantes que capturan nuestra atención. Rastro primigenio de un mundo en creación, todo cambia pendularmente en sueños. Muros y maquinarias, látex para cubrir las extremidades y una bola de mágicos poderes. Formas y colores rescatan, en silencio, el sentido de una alegoría atávica, en uso de la luz y de la geometría para el anhelo de eternidad. Simbólico empleo del claroscuro, como juego de diferentes realidades superpuestas. Inquietante mixtura que provoca la duda sobre lo real. Un mundo mágico traspasando el cristal onírico, su ejercicio de arte vanguardista explora la exactitud clásica deformada, insertando un busto de yeso del Apolo de Beldevere. ¿Cuál es el límite de aquel espacio deconstruido y dónde concluye la frontera imaginada de aquel territorio inexplorado? Próximo destino de este precursor surrealista, «Canción de Amor» engendra el reflejo de una realidad que se completa por fuera de la obra. De Chirico impulsa la inquietud indomable que opera sabiamente el material. Un realismo mágico que coloca en jaque todo verosímil, desarrollando libremente la fuerza de la imaginación, impactará profundamente en la posterior producción pictórica del surrealista René Magritte.

Un libro como refugio y experiencia de fortalecimiento. Una herramienta para atravesar a paso firme el mundo y conocernos mejor a nosotros mismos. Un libro como espacio lúdico para entregar a la voz narradora las riendas de la propia mente. Un libro como infinitesimal eslabón de la biblioteca universal soñada por Jorge Luis Borges. Un anaquel que condense todo lo posible que la lengua pudiera expresar. Reliquias perdidas, clásicos hallados, infaltables títulos de culto o complejos ensayos que expliquen el enésimo misterio del universo.


LIBROS

SYBIL, 1973, F.R. SCHREIBER

Flora Rheta Schreiber fue periodista, profesora y escritora. Impartió clases en el John Jay College of Criminal Justice, antes de hacerse famosa por el éxito superventas “Sybil”, en 1973. Su abordaje representó uno de los casos mejor registrados sobre el trastorno de personalidad múltiple, ahora conocido como trastorno de identidad disociativo. Bajo el nombre ficticio de Sybil, se ocultó y protegió la identidad del caso clínico de la paciente Shirley. Su dominio público representó una auténtica polémica. Un diagnóstico envuelto en una inusitada controversia constituyó materia de discusión literaria: numerosos textos se han escrito intentando refutar el contenido de las casi quinientas páginas que componen la presente novela.

Schreiber traduce, de modo acuciante, la caótica vida de quien padece una fuga disociativa, una forma frecuente de amnesia. Dieciséis voluntades independientes conviven bajo un propio cuerpo. Sybil puede ceder el control de la situación. Sus propios actos racionales le son arrebatados. La protagonista se ve presa de un reloj incomprensible. El tiempo es engañoso, puede el reflejo de un espejo mostrarnos que hemos envejecido años. Tomamos conciencia de una realidad en extremo distinta a la nuestra. Empatizamos con su padecimiento. El libro testimonia once años de tratamiento bajo la tutela de la Doctora Wilbur. Comprendemos el síntoma que dispara la locura. En Sybil, la realidad se hace de contrastes que impactan, unos a otros, con virulencia. Capturado el control de su cuerpo, la mente escapa como mecanismo de autopreservación. El otro lado de la asfixiante realidad. Modos operandi para la supervivencia. Origen como maniobra de salvamento. No todo es genética abominable. Pensemos en el ambiente al que estamos expuestos y a las conductas que nos rodean y podemos percibir como nocivas. Ahora trasladémonos bajo la piel de la paciente: partes del todo proliferantes de la niña original.

Habilidades musicales o idiomáticas; alegre vivacidad o inclinaciones suicidas; madura sofisticación o histeria reprimida; profecía de Armagedón o memoria traumática de un pasado abusivo. Un trauma particular como elemento disparador y la búsqueda inconsciente de ese resquicio en donde los sentidos se refractan. En Sybil no habitaban partes conflictivas de una persona en su totalidad, sino defensas contra un medio hostil e intolerable. La posesión que no se hace de espíritus invasores ni de fantasmas exteriores. Schreiber lo retrata con soberbia capacidad de impacto. Los rastros de la perturbación psiquiátrica se prolongarían en la génesis de su último libro: “El Zapatero”. Mientras tanto, “Sybil” sería adaptada a la pequeña pantalla, en formato de miniserie, y con protagónicos de Sally Field y Joanne Woodward.


SIDNEY SHELDON – LAZOS DE SANGRE (1977)

Nacido en 1917, este maestro del suspenso ha sido adaptado al cine en numerosas ocasiones. Fenómeno de ventas, es uno de los autores traducidos a más idiomas en todo el planeta. Padre de la novela criminal contemporánea, su trabajo escrito exhibe inteligencia narrativa y garantizado entretenimiento. Durante los años ’60, Sheldon creo la serie televisiva “Mi Bella Genio”, proyecto que le reportara un fenomenal éxito. Su nombre ya había cautivado al ambiente desde 1947, cuando se hiciera merecedor de un Premio Oscar por guionar la película “El Soltero y la Menor”, de Irving Reis. Este primer lazo con el séptimo arte se prolongaría a futuras adaptaciones escritas por el propio Sidney. Su concepción del suspenso, bajo perversas mecánicas de poder o relaciones humanas enfermizas, se convertía en materia fértil cinematográfica.

Su novela debut, “A Cara Descubierta”, resultó un mayor suceso. Su siguiente trabajo, la mastodóntica “Más Allá de la Medianoche”, acabó por consagrarlo. Sheldon permaneció por décadas haciendo lo que mejor supo: generarnos temor de la oscuridad, dejándonos en vilo hasta la última página y prefigurando tramas de electrizante tensión. Venganzas contra el crimen organizado, mujeres que utilizaron su belleza como elemento destructor y misteriosos recuerdos que acechan nuestra noche interminable se conformaron como certeros dispositivos genéricos. “Lazos de Sangre” cautivó a los fervientes lectores de Sheldon y representó una de sus más interesantes ficciones. Al momento de ser publicada, su responsable ya era considerado una figura del culto. Sórdida, atrevida y compleja, expuso una visión del género de lo más osada para la época. Hecha de impulsos eróticos, peligro constante y arrebatadoras pasiones, Sheldon consumó la alquimia.

Adquiridos sus derechos para llevarla a la gran pantalla dos años después de su primera tirada, ameritó el retorno de Audrey Hepburn, quien seguía privilegiando su vida en familia, eligiendo sus papeles a cuentagotas. Al comando de la transposición de este modélico thriller estaba Terence Young, quien ya había colaborado con la bella Audrey en “Sola en la Oscuridad” (1967). Rodeó a su actriz de un portentoso elenco: Omar Shariff, James Mason, Irene Papas y Ben Gazzara. En búsqueda de la atmósfera más inquietante y adecuada, se hizo de los servicios de un inmortal de la partitura, Ennio Morricone. Dicen las malas lenguas que al autor no satisfizo totalmente la visión del cineasta.


THE BLACK DAHLIA (1987, James Ellroy) / El asesinato de Elizabeth Short, ocurrido en Los Ángeles hacia 1947, desencadena una investigación que obsesiona a la cúpula policial implicada en resolver el caso; también fascina a los medios que hacen de la noticia una crónica negra donde realidad y ficción se espejan. Bella y joven, Short pasaría a la historia bajo el seudónimo de ‘La Dalia Negra’, y su horripilante muerte se convertiría en uno de los enigmas más resonantes del corazón de Hollywood.

La sórdida concepción de Ellroy pareciera advertir a aquellas nóveles estrellas en busca de su sueño bañado de celuloide: cuidado con lo que deseas porque puede cumplirse. Las fantasías no siempre acaban bien. Experto en los terrenos del noir, el autor sigue la profusa senda trazada por la novela policial norteamericana, gracias a ejemplares como Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Habitué en desgranar crímenes reales bajo su abordaje ensayístico, el ritmo vertiginoso y el carácter seco de su escritura no se reserva eufemismo alguno. Sus palabras son golpes directos que implosionan en nuestra sien. Sin miramientos, retrata la decadencia social, moral y espiritual de una nación culpable del peor pecado capital.

El misterio sin fin del asesinato sería llevado a la pantalla por el realizador Brian De Palma, en el año 2006, adaptando la novela de Ellroy bajo su siempre osada mirada. Para el autor de la trilogía compuesta por “América”, “Seis de los grandes” y “Sangre vagabunda”, el séptimo arte no le resultaba ajeno: el neo-noir sobre corrupción política “L. A. Confidential” había sido llevada a las pantallas por Curtis Hanson, en 1996.


GOLD COAST (Elmore Leonard, 1982) / ¿Qué inspira a Elmore Leonard? Crímenes salvajes y personajes extraños pueblan una obra saturada por una sombría atmósfera. Varios de sus textos se desarrollan en el caluroso estado de Florida. Postal exuberante, epítome de las playas tropicales soleadas de Palm Beach; algo más oscuro se oculta tras su fachada. El lujo fue vulgaridad y Leonard está dispuesto a desentrañarlo. Este es el primero de ellos: “Gold Coast”, publicado en 1982. En 1997, Peter Weller (el actor de “RoboCop”) se colocó detrás de cámara y estrenó para TV una versión en largometraje, basada en la novela, y titulada “Peligro Mortal”.

En sus páginas, lo brutal y violento se torna cotidiano. La venganza es un plato que se sirve frío y la represalia el primer mandamiento. Lo bueno, lo malo y lo feo conviven bajo el cielo inmoral de su literatura. Ángeles caídos pueblan las calles de su lóbrega narrativa. Para Leonard, maldito y sarcástico burlón nativo de Detroit, la minoría étnica y la marginación será culpable de crimen, culpa y castigo. No habrá escape posible a la degradación. El desenfreno lleva al robo y el ingenio enmascara a un asesinato, sin embargo no hay presagio de buen final.

Su thriller no persigue, precisamente, el ejercicio de desentrañar enigmas. No radica allí el interés de Leonard. Es un puzzle más bien moral. Heredero de la suculenta historia del género negro americano, hay un minimalismo marcado en su obra; una economía de recursos notable para reformular el canon del ‘crime fiction’. Mientas la inteligencia del autor articula la belleza profana que conservan estos seres fuera de toda ley, su obra despierta el atractivo de cineastas como Quentin Tarantino (“Jackie Brown”) o Steven Soderbergh (“Un Romance Peligroso”), prestos a adaptarlo al celuloide.

 EL VISITANTE (Stephen King, 2016) / La obra literaria de Stephen King conforma un universo propio que dialoga dentro de sí con absoluta autonomía. Su pasaje al ámbito cinematográfico constituye un caso de análisis pormenorizado y objeto de perenne polémica, habiendo trascendido muchas de sus obras al plano audiovisual, con mayor o menor suerte, no obstante fiel reflejo, al fin, de tan prolífica producción. El misterio sobrenatural, la oscuridad del alma humana, la sensación de extrañamiento y un enigma de intrincada resolución, resultan vectores comunes a la hora de cotejar un cuerpo de obra que ilustra su valía en títulos como “Carrie” (1974), “El Misterio de Salem’s Lot” (1975), “El Resplandor” (1977), “Cementerio de Animales” (1983), «It» (1986) y «Misery” (1987).

La cosmogonía macabra y terrorífica bajo la cual King comprende su mundo creativo, cobra forma en una de sus más recientes novelas, titulada “El Visitante”, bajo un rasgo policial, y cuyo verosímil aborda una temática común al género gótico: el denominado doppelganger, o doble siniestro. Este emblema de la literatura fantástica echa mano del recurso acuñado por el novelista Jean Paul, en 1796, para llevar a cabo un enésimo reformular la génesis del gemelo malvado, figura que ha poblado el folclore y la mitología literaria, materializando el lado más oscuro del ser humano. Indagando en cuestiones psicologistas -aquello que Jung denominara ‘la sombra’-, el trasfondo literario se inmiscuye en el desdoblamiento de personalidad desde un epítome como J»»kyll y Hide» de Robert L Stevenson.

Maestro del terror, King, nativo de la ciudad de Maine, eleva a la enésima potencia toda suspicacia acerca de la fuerza maligna que da respuesta a tan inquietante paradigma: el caso no resuelto acerca de un asesinato que atemoriza a un pequeño poblado. Convidándonos a su juego perverso, desnuda tantas caras del miedo como sea posible y no teme desacralizar el canon sentado por obras referentes como “Wilson, Wilson”, del no menos truculento Edgar Allan Poe.


JULIA (W. SOMERSET MAUGHAM, 1937) / El autor de esta novela fue un dramaturgo y cuentista inglés que, al momento de redactar una de las obras claves de su carrera, gozaba de un prestigio unánime, aunque renegara de él. Había algo de inconformismo tras la calma aparente que mostraba Somerset Maugham; su camino no había sido fácil en lo absoluto. Abandonó sus estudios de Medicina para dedicarse a escribir, y publicó su primera novela en 1897: “Liza of Lambeth”. Como muchos de sus colegas, por aquel entonces, sirvió en la Cruz Roja y en el cuerpo de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial. Al igual que los también escritores John Le Carre o Graham Greene, sirvió al Servicio de Inteligencia, probablemente su inspiración para “El Agente Secreto” (1957). Fue un auténtico trotamundos, de itinerante recorrido por lugares exóticos y paradisíacos. De aquellas experiencias devino “El Velo Pintado” (1925).

El cine conoce de su labor, principalmente a través de la adaptación que Ken Hughes hiciera de “Servidumbre Humana” (1934). Sin embargo, existe un título esencial dentro de su cuerpo de trabajo, que traba lazos indisolubles con el arte interpretativo.  Se trata de “Julia”, publicada en 1937. Adaptada con el título “Being Julia” (2004), por el realizador húngaro István Szabó, esta novela combina, de forma excelsa, valores omnipresentes como obsesión, venganza y talento. Todo ello viviendo, fulgurante, en el corazón de una gran actriz. Ambientada en la Londres de la década del ‘30, se nos retrata de manera bastante ácida el ambiente que rodea a los actores de teatro y sus apasionadas vidas, entre desamores, desmesuras, apariencias y mundos de artificio ante una Segunda Guerra Mundial en ciernes.

Recurriendo a universos tan transitados como inagotables, resulta inevitable, ante su lectura, trazar paralelos con una obra teatral como “The Dresser” (de Ronald Harwood).  La vida en el teatro y las vanidosas personalidades de actores y celebridades reconocidas son descriptas con absoluta vivacidad. El autor hará hincapié en los dobleces y las máscaras que portan estas figuras, quienes, en ocasiones, ocultan intenciones secundarias que validen sus intereses. Claramente, un terreno de simulaciones y egos que la literatura adorar explorar.

Aquella Londres glamorosa, que vivía la era dorada de sus estrellas y, a la vez amenazada por el fantasma de un enfrentamiento bélico inminente, cobra vida bajo la lente del realizador europeo adaptando a “Julia”. Interpretando a la perfección el espíritu de la novela, tan ambigua y descarnada, visionando el film luego de leer el texto original, nos lleva hacia la perdurabilidad de una obra como “Todo sobre Eva” (Joseph L. Mankiewicz, 1950). También, nos recuerda que Annette Bening es, sin lugar a dudas, una de las grandes actrices de su generación. Al fin y al cabo, volvemos a la novela para corroborar el nombre de su autor. Aunque sea Maugham, parece haber sido escrita por la mismísima protagonista.

EL PADRINO (Mario Puzo, 1969) / Mario Puzo nació en 1920, en una comunidad de inmigrantes en la cosmopolita ciudad de New York. Su consagración máxima como escritor no oculta sus raíces italianas: la novela “El Padrino”, publicada en 1969, se convirtió en una pormenorizada radiografía de los temidos mafiosos que dominaban las calles de la ciudad. Con gran pulso, el autor describió en el más absoluto detalle los complejos círculos de mando, conformando una mitología jerárquica que estableció sus bases de dominio a través de comportamientos déspotas e implacables. En sus letras escritas con sangre, Puzo reflexiona acerca del verdadero sentido de la justicia, del rol que ocupa la religión y de códigos ancestrales que grafican el dudoso proceder de aquellos que siembran terror entre los ciudadanos.

Puzo indagó en el perverso núcleo de las familias que rivalizaban por detentar la porción más suculenta de poder. El centro del relato novelado es Vito Corleone, un ‘capo mafia’ tan respetado como inteligente y temido. Su ley de conducta persigue principios de honor y amistad: Don Corleone es la cabeza del clan y Michael su heredero, ejes de un emporio delictivo qué controla sindicatos y juego de apuestas; sus negocios instrumentan el fraude y la extorsión. La obra causaría especial impresión en el joven cineasta Francis Ford Coppola, quién durante la década del ‘70 llevaría a la pantalla, en dos partes, el magistral relato el autor italoamericano quién le asistiría en labores de adaptación de guión.

Un nuevo género cinematográfico se había inaugurado, como punto de quiebre insoslayable para el cine de Hollywood. Las películas de Francis Ford Coppola volverían a poner de moda el cine de gángsters, gracias a la crudeza con la que reconstruye el impiadoso accionar de la Cosa Nostra, merced a una mirada realista a modo de crónica periodística, ejercida sin concesiones. La lente siempre exquisita de Gordon Willis testimonió la descomposición social de un grupo humano envilecido, brutal y violento. De su fuente beben futuras incursiones en el formato, como las realizadas por Brian de Palma -para “Scarface” y “Los Intocables”-, Martin Scorsese -para “Buenos Muchachos”, “Casino” y “El Irlandés”- y Sergio Leone –“Érase una vez en América”-.


EL MAESTRO Y LA MARGARITA (1967, Mijaíl Bulgákov) / Hacia fines de la década del ’20, deprimido por la pobre recepción que tenía su obra y hastiado de la encomiable lucha que debía emprender contra la censura gubernamental, Mijail Bulgakov pensó seriamente en abandonar su país natal. En 1932, se casa por tercera vez, y su compañera sentimental se convertirá en la figura inspiradora de Margarita, la protagonista de la novela “El Maestro y Margarita”. Se trata de un trabajo crepuscular en donde el autor buscaba reencontrar la inspiración perdida, luego de años batallando contra frustraciones personales y obstáculos que el sistema en el cual estaba inserto colocaba a su alrededor.

Problemas renales le causarían la muerte, en 1940, hecho que llevaría a que su inédita novela recién pudiera ser publicada casi treinta años después, gracias al persistente fuerzo de Yelena, su musa indiscutida. “El Maestro y Margarita” es una novela arriesgada, y en la mordaz y satírica crítica que la impulsa puede comprenderse la circunstancia por la cual el libro no fuera dado a conocer durante el tiempo de vida del autor. Si bien jamás hace mención a que se emplace en la Rusia estalinista, una serie de pistas y guiños -más o menos implícitos- nos convencen de lo contrario. La erosión de las libertades individuales es el tema central de preocupación de su última novela, aspecto que se verifica a las claras.

Atravesada por la crítica política, el realismo mágico y la comedia oscura, va conformándose como una heredera natural la complejidad moral que grafica la obra de coterráneos, como fuera el caso de Fiodor Dostoievski. Fenómeno cultural fuera de su tiempo, el rock bebería de fuentes inspiradoras para resignificar este mapa topográfico de una sociedad absurda. La canción “Sympathy for the Devil”, compuesta por The Rolling Stones, nos presenta a la encarnación del mal irrumpiendo en la vida citadina. Los decadentes valores sociales y la mediocridad que arrasa con individuos e instituciones constituyen el caldo de cultivo para que Mick Jagger, fascinado con la novela, reformule el terreno de juego sin escatimar una pizca de la provocación de la que Bulgakov hizo gala en su tiempo.


120 DIAS EN SODOMA (Marqués de Sade, 1785) / El 3 de julio de 1789, once días antes de la Toma de la Bastilla, el Marqués de Sade era arrastrado hacia una celda de la irónicamente denominada ‘Estatua de la Libertad’. Al momento de ser trasladado fuera de París, debió abandonar del receptáculo confinatorio algunas de sus posesiones más preciadas, entre las cuales se encontraba un cilindro oculto en el orificio de una pared. Dentro de este, disimulado en diminuta escritura a mano, se encontraba el manuscrito de una novela inédita, conocida como los “120 días de Sodoma” o “La Escuela del Libertinaje”. Una serie de situaciones fortuitas llevaron al manuscrito, de forma no menos misteriosa, a escapar de la toma misma de la bastilla.

En el arte existen las causalidades, más no las casualidades: luego de pasar de mano en mano por generaciones, cine años transcurrieron para que fuera vendida la pieza escrita a un coleccionista alemán y, por intermedio de este, llegará al sexólogo Ivan Block, quién la publicara en 1904. Pero antes, retrocedamos en el tiempo para adquirir algo de perspectiva. Al momento de escribir la novela, el Marqués de Sade llevado en prisión ocho años. Al finalizar su vida, habría permanecido privado de su libertad en cárceles instituciones mentales por un período de treinta y dos años en total.

La impresión que se llevara la sociedad conservadora de antaño de la vida y obra del Marqués de Sade no implica tanto su palabra literaria sino sus provocativas acciones, desafiando la imperante moral de su tiempo. Obsesiva y metódicamente, Sade comenzó a escribir la novela en 1785, dedicándole el transcurso de interminables noches. Su magna creación es una novela acerca de libertinos y victimarios, de pasiones violentas, de decisiones brutales. El autor se inspira en la tortura para construir un clímax criminal surreal. Sade puede ser mundano, visceral y obsceno. “Sodoma” crepita bajo un frenesí en escala. Es una pesadilla elaborada que nos arroja hacia el centro convergente de un ejercicio de lectura único e irrepetible. La crudeza y lo explícito del deseo sexual, fuera de toda ley de contención moral, sería llevado a la pantalla por Pier Paolo Pasolini, ensayista, poeta y cineasta italiano, en 1975.

Punto inaugural de la inacabada “Trilogía del Terror” -que el autor no llegaría a completar debido a su prematura muerte, en extrañas circunstancias, ocurrida poco después de estrenada la película- la visión de Sodoma según Pasolini transgrede los límites del cine de explotación para adentrarse en los perversos laberintos de la mente de Sade. Ambos artistas de la escritura contemplan lo impensado de la naturaleza humana y no retroceden un ápice. Tramando fértiles lazos con el cine, la polémica leyenda del Marqués de Sade sería llevada a la gran pantalla por Philip Kaufman, adaptando la obra de teatro “Letras Prohibidas”, en el año 2000, y con el actor australiano Geoffrey Rush interpretando al ensayista y filósofo, al que todos conociéramos por su título nobiliario.


JAMES BALDWIN – Notes of a Native Son (1955) / Reconocido ensayista y novelista, James Baldwin visibilizó, a través de su obra, la preocupación de la América segregacionista en la que debió formarse como ser humano y hombre de letras. Testigo de un tiempo en donde el odio y el resentimiento se convertían en moneda corriente, el valor social de su obra intercaló tantas aspiraciones como decepciones, al tiempo que el creciente movimiento por los derechos civiles vio masacradas muchas de sus esperanzas. La obra de Baldwin impacta culturalmente, mientras explora las consecuencias psicológicas del racismo.

El best seller “Notes of a Native Sun” trajo a los lectores la perspicaz y aguda observación del autor, también un sentido de urgencia para toda la comunidad de color. La verdad “negra” en la pluma de Baldwin desnudó los pecados de la América Blanca racista. Su terreno de exploración indagó en el misterio de la curiosidad humana, desentrañando la naturaleza y el sinsentido racista. Hizo de su oficio de escritor un arte, buceando en lo profundo de una sociedad corrompida, desenmascarando el tan mentado sueño americano. Valientemente, confrontó al ciudadano medio con su nula capacidad de autocrítica para lidiar con la calamidad segregacionista que las instituciones gubernamentales judiciales y policiales daban por sentado.

Proveniente de un empobrecido entorno en la marginal Harlem, Baldwin se convirtió en un poeta y activista, portavoz de los más desfavorecidos. En un explorador de horizontes impensados. A la hora de hablar de igualdad racial, quizás, también se forjó a sí mismo, haciendo de la escritura un instrumento de autoconocimiento para granjearse un lugar y nombre propio en este mundo. Los diez ensayos que compila este libro, publicado en 1955 y cuando el autor apenas tenía veintitantos años de edad, uno puede tomar dimensión acerca de su visionario intelecto y de la poderosa protesta que engendra el mecanismo de escritura. Una de las mentes afroamericanas más brillantes del siglo XX es un eslabón insoslayable del amplio reservorio cultural de la raza negra, habiendo nutrido al mundo del cine y permaneciendo vivo en tiempos del ‘Black Lives Matter’, resonando su obra en películas recientes como “If Beale Street Could Talk” (2020)


THE WEARY BLUES (1925, LANGSTON HUGHES) / Langston Hughes ha sido un prolífico poeta y escritor en diversos campos de la materia: ensayista, dramaturgo y cuentista. Su obra nos lega la experiencia de la vida afroamericana. Su pluma y su voz atestiguan el Renacimiento del Harlem del siglo XX. Líder de la comunidad negra, ha capturado el espíritu de una época marcada por el instinto de lucha, perseverancia y preservación. Sus poemas acumulan resistencia. En sus palabras se gestan mensajes de igualdad y justicia. Pionero en adaptar los ritmos del jazz a la poesía, Hughes no separa su labor de un apasionado llamamiento a la democracia y el pluralismo, en tiempos poco tolerantes.

La participación que tuviera en movimientos de protesta nutre las páginas de sus escritos. El black pride que busca concretar su propio sueño americano. El ideal de libertad que pretende contrarrestar el incomprensible racismo. En Hughes, el arte es un motor para el cambio. Una mirada transversal a su obra nos lleva a descubrir canciones, viñetas humorísticas y ensayos periodísticos. No dejó campo de la escritura por abarcar. Frecuentó a Federico García Lorca y escribió condenando la Guerra Civil Española. Nacido en Missouri, en 1902, su primer poema publicado en una revista de renombre nacional fue “The Negro Speaks of Rivers”, en 1921. Cuatro años después, recibió el Primer Premio de Poesía de la revista Opportunity, por “The Weary Blues”.

En “The Weary Blues”, el arte negro se manifiesta en su máxima expresión como elemento transformador, y su pianista protagonista sufre la segregación de un barrio neoyorkino. El blues es una lenta agonía y se canta desde las entrañas. Desde los calurosos campos de algodón de la América Profunda a las tenues luces de aquel bar nocturno en la gran ciudad. En éxodo y en epifanía, Hughes medita sobre el sufrimiento de la comunidad afro en América, sabiendo que tras la belleza poética se esconde un profundo dolor. Para Hughes, la poesía es verdad y las notas musicales que cobijan al atribulado pianista, un lugar de permanente refugio. El inmenso poder sanador del arte cobra vida en este magnífico proceso creativo poético.


LOS SORIAS (1998) – ALBERTO LAISECA / Una obra voluminosa. Un ejercicio creativo al que un autor podría entregar su vida. Un texto de dificultosa concreción. Un libro maldito que no pierde su sentido del humor. Diez años de proceso escrito, más otros tantos en búsqueda de publicación. No hay dos escritores como Alberto Laiseca. Fragmentario, disperso, huraño, pícaro y sumamente original. Un total de 1344 páginas parecerían una tarea interminable. Digna de mención y elogio por pares de la talla de César Aira, Rodolfo Fogwill y Ricardo Piglia.

Ventana hacia un universo de ficción planetario, pergeñado en la colosal imaginación de su descarriado autor. Sociedades ocultas y delirios esotéricos conviven bajo una precisa diagramación. Nos adentramos en civilizaciones gobernadas bajo la tecnocracia. Lenguas, religiones y paradigmas colisionan. Rupturista y satírico, Laiseca dilata el canon. Aquello que llamamos academicismo, corriente crítica o hegemonía cultural, jamás contaminará las intenciones de un autor que no le debe nada a nadie.

Rebelde, explosiva, autorreferencial e incendiaria, “Los Sorias” es la antítesis de la pureza literaria. Es el naufragio creativo de un maníaco estrafalario, que nos deleitara por años ‘leyendo’ el ciclo de “Cuentos de Terror” emitido por la señal I-Sat. Autor de culto, creador de ominosas atmósferas y errante alma revolucionaria, Laiseca concibe este prodigio novelado en representación de una valiente declaración de intenciones. Escrita desde 1982 y publicada en 1998, veamos cuánto de aquel mundo sobrevive hoy.


LENNY KRAVITZ – LET LOVE RULE (2021) / La historia de vida de Lenny Kravtiz está hecha de opuestos. Un inquieto, ecléctico y curioso artista -compositor, fotógrafo, diseñador de moda- nacido bajo el signo de Géminis. Regido por los opuestos, el trayecto personal de Kravitz es puro ying y yang. Hijo de un estricto padre judío y de una madre cristiana afroamericana. Mitad negro, mitad blanco. Atraído por la música dance tanto como por el rock duro. En su cedeteca conviven discos de Led Zeppelin con Jackson Five; también de Little Richard con Marvin Gaye. Se crio en el vértice que divide a Brooklyn con New York, dos ciudades profundamente enfrentadas en su idiosincrasia. Perteneciente a un barrio concurrido (el Upper East Side), convivió con culturas de lo más variopintas. Adoró la efervescente ebullición de una mega urbe cosmopolita, pero encontró paz en las calmas y paradisíacas playas de las Bahamas. En Lenny todo contrastó.

Apropió sus tradiciones de antepasados, engendró el arte afroamericano y exploró sus raíces. Creció educado por su madre, una actriz de teatro que se codeaba con Ruby Dee y James Earl Jones. Su madrina fue la icónica Cicely Tyson. Su padre llegó a presentarle a Duke Ellington, también lo llevó a un concierto de Thelonius Monk. Admiró a Richard Pryor y Sammy Davis Jr., como estandartes del histriónico humor afro. Todo aquello representó una gran revelación cultural para el joven Lenny. Un impacto mayúsculo, sagrado. Durante su adolescencia, acontecía en el Harlem una corriente poética y dramatúrgica que nutriría sus horas de lectura. Una voz poderosa hacía temblar los segregacionistas cimientos de una nación. Escuchó discursos de Malcolm X y Martin Luther King, en tiempos donde el black pride se manifestaba en las calles. Todas estas influencias conforman la radiografía íntima de un ser profundamente carismático, producto de un tiempo social y político convulso.

El presente volumen de memorias llega solo hasta sus 25 años de vida. Ejerce una mirada retrospectiva, sutil y emotiva, acerca de una identidad fragmentaria y orgullosa de su naturaleza mixta. Aborda sus años escolares, sus primeros escarceos con la música, su dieta a base de marihuana, el descubrimiento de un primer amor y el encuentro con su alter ego artístico. Recapitula la importancia de una ópera prima (el disco que da título al libro), editado en 1989, bajo la total autogestión. Allí, Lenny tocó todos los instrumentos y no se dejó tentar por el sonido comercial que buscaba la industria. Supo ser su propia brújula, dando vida a la piedra angular sobre la que se asentaría una carrera musical plagada de hits. Tres décadas después, hereda el desparpajo de Prince, la magia de Stevie Wonder y la rabia de Hendrix. Su música respira ondas de amor, toma de conciencia, tolerancia e integración. Sus líricas son una oda a la salvación colectiva; sus ritmos una poderosa síntesis de rock, soul, funk y pop. Lenny Kravitz es imprescindible.


EL SÉPTIMO CIRCULO (1945-1957, J.L. Borges / A. Bioy Casares) / En 1945, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares crean la colección “El Séptimo Círculo”, una prodigiosa investigación enciclopédica que reúne libros que compendian lo más destacado, a ojo de sendos genios literarios, de la tradición policíaca. Una auténtica búsqueda del tesoro o radiografía de historia profana, bifurcada en oscuros laberintos. Edgar Allan Poe, aquella torturada e incomprendida mente bostoniana gestora del precursor August Dupin, pudiera ser el punto de partida -con “Los Crímenes de la Calle Morgue”, en 1841- para la fascinación hacia una vertiente genérica que despierta sumo interés en una dupla artística fructífera y fraternal. Además de escribir guiones de cine a dúo (“Invasión”/1970, de Hugo Santiago), se dieron a conocer como Honorio Bustos Domecq, autor ficticio de la colección de relatos detectivescos “Seis Problemas para Don Isidro Parodi” (1942). La empatía artística encuentra en esta selección de títulos su máxima expresión, totalizando la monumental cifra de 366 novelas.

Editado por EMECE, de forma ininterrumpida hasta 1956, tanto Borges como Bioy Casares se fascinan con clásicos de Nicholas Blake, James Cain, Anton Chejov, Graham Greene, John Dickson Carr y Raymond Chandler; también un ejemplar del propio Bioy en co-autoría con Silvina Ocampo (“Los que Aman Odian”), entre muchos otros. Devotos del pérfido mundo criminal bajo el canon de la novela negra norteamericana, confluyen en un diálogo creativo que resignifica el modelo: saben rescatar estas joyas en el tiempo, muchas de las cuales han sido exitosamente llevadas al cine. La exaltación de Borges data desde sus tiempos en Revista Sur: durante la década del ’30 escribe ensayos que orbitan alrededor de la figura de su maestro: K.G. Chesterton. La importación literaria del invento anglosajón ancla sus coordenadas en nuestra lengua y la minuciosa elección nos transporta hacia misterios concebidos con sentido de entretenimiento y suma pericia narrativa. La maquinaria policial en su andar preciso y metodológico es puesta en práctica y presente, gracias al profundo sentido de intuición y el exquisito paladar literario de dos eruditos referentes culturales de la Argentina del siglo XX


CHARLES BUKOWSKI – LA SENDA DEL PERDEDOR (1982) / A poco tiempo de celebrar el centenar nacimiento del genial Charles Bukowski, es justo considerarlo como uno de los escritores más iluminados y también polarizados de su generación. Fenómeno de culto por su honesta interpretación de la vida, no exime su obra la polémica de adentrarse en su relación con las mujeres y las prácticas etílicas. El viejo Hank fue un incorregible. Un misógino a ojos de sus detractores. Una máquina de beber, follar y emitir vituperios. Un transgresor, un lunático, un mal consejero. Un pícaro capaz de escribir líneas con la contundencia de una retórica que puede tumbarnos al suelo de un solo golpe. Sus palabras al papel son flechas que van al centro de la diana. Podríamos pensar cómo se insertaría su obra en los tiempos que vivimos. Inagotable fuente de inspiración, sus libros examinan la condición humana con cierta amargura y aspereza.

Su oficio de escritor nato sorteó un sinfín de peripecias para poder darse a conocer. Un tiempo malgastado en una serie de abordajes laborales (se recuerdan sus años sumido en una oficina de correos) que en nada nutrían su faceta creativa. apenas un sustento de vida para llevar algo de dignidad a su mesa y a su techo. Historia de vida que cimentó su incorrección política, su lenguaje crudo y su abordaje, en absoluto condescendiente, a la clase dirigencial. Bukowski fue un working class man que deambuló por bares, hipódromos y callejones. Los escenarios dantescos que auguraban una noche errante. Su pluma extrajo belleza de la mediocre cotidianeidad. Su alter ego (el inolvidable Chinaski) puede resultarnos tan autorreferencial como sórdido; tan falto de esperanzas como frágil y humillado.

Es el miedo a formar parte de la perversa maquinaria de la mediocridad aquel combustible que funciono como mecanismo de ignición a una obra prolífica. Hank fue ese extraño perdido en la inmensidad de una Los Angeles marginal y lozana. La otra cara del sueño americano. El patio de atrás de la fábrica de ilusiones que Hollywood vende al mejor postor. Sus historias filtran la putrefacción Su tragedia nos espeta en la cara la gran mentira del mentado sueño americano. Bukowski vivió para contarlo.


MICKEY SPILLANE – YO, EL JURADO (1947) / Mike Hammer siempre supo darnos su versión más áspera y libertaria de sexo, violencia y acción. Francamente lacerante. Un Spillane tan vintage como de pura cepa. Un hueso duro de roer para la crítica, un complaciente de aquellos lectores cautivos prestos a surcar confines sanguinarios. Fruto de las historias del género hard-boiled proliferado en las publicaciones detectivescas pulp, la icónica creación del incorregible Mickey chorrea tinta y sangre en iguales proporciones; abreva en lo brutal, asomándose al abismo que podría proferirle la postmodernidad. Producto de una era profana, este legendario escritor de crímenes gestó al investigador privado, inicialmente, para Titan Comics / Hard Case Crime.

El misterio por resolver se trasladaría a las páginas de un libro, en “Yo, el jurado” (1947), prólogo a un total de doce novelas más (entre las que se cuentan “My Gun Is Quick”, “The Big Kill” y “Kiss Me, Deadly”). Su influencia cultural lo llevó a indagar en los mundos del cine, la TV, el cómic y la radio. En su debut literario, el antológico ‘private eye’ se mueve como pez en el agua dentro de una sólida narración que nos provee suficientes ‘cliffhangers’. Converso religioso, Spillane echó leña al fuego de la polémica: escribía para vender sus obras al mejor postor, sabiendo que el gusto popular no agotaba el sádico apetito. Puede que su deliberada burla al canon sea hoy justamente revisionada, lo cierto es que, durante su tiempo, supo extasiar la perversión y la atención de una generación entera.


LAS PUERTAS DE LA PERCEPCIÓN – ALDOUS HUXLEY (1954) / Aldous Huxley, pionero de la psicodelia sesentista, considerada como experiencia científica, se maravilló con la obra de William Blake, profeta visionario que vertiera en su obra pictórica una imaginería visual asombrosa. Las inquietudes metafísicas del enigmático artista se amalgamaron al pensamiento de un estandarte de la ideología anti-sistema. El nuevo gurú había emigrado desde Surrey hasta los Estados Unidos y su obra escrita sería consumida con avidez por la corriente intelectual hippie que despertaba al paradigma de la contracultura.

La influencia poética que Huxley generara en el carismático Jim Morrison alude al apelativo de una de las bandas más icónicas de rock de todos los tiempos (The Doors), también a una de sus canciones emblema: “Break on Trough to the Other Side”. El autor había publicado, en 1954, “Las puertas de la Percepción”. Allí profundizaba acerca de la ingestión de sustancias, como la mezcalina, y sus efectos posibles sobre nuestro organismo en su amplitud receptiva. La veta ensayística del creador de la distopía “Un Mundo Feliz” estaba dispuesta a sacudir los anquilosados cimientos de toda mente conservadora. Huxley suspendió cuerpo y alma en el espacio sideral. Su viaje cósmico nos despertó del letargo, e hizo suyas las palabras del poeta Blake: «Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todas las cosas aparecerían ante el hombre tal como son: infinitas».

“Las Puertas de la Percepción” abrió llaves imaginarias, y superó límites tanto físicos como metafóricos. Buceó en el lado oculto de la propia existencia. Escribió el literato en la penumbra de una habitación que contenía la onda expansiva de un big-bang. Hasta que ya no pudo más que soltarla. Atravesando el umbral universal, diletante y filosófica, su prédica había trascendido al mundo que amanecía al miedo nuclear. Materia embrionaria de disertaciones fuera de todo tiempo, la abstracción visualizó la silueta del nuevo hombre. El poder de la mente extralimitó los confines de la conciencia. El hijo adoptivo del País del Norte se sentó bajo el sol de California a observar esmeraldas de otros mundos en las hojas.


HART CRANE – EL PUENTE, 1930 / Que sus escritores contemporáneos, especialmente los vanguardistas, reconocieran el modernismo evidente en la escritura de Hart Crane, nos habla a las claras acerca de un talento complejo, profundamente inspirado en la lectura de “Tierra Baldía”, de T.S. Elliot. Su visión se embebe de los poetas modernistas, y amarra fuertes lazos con Walt Whitman y Ralph W. Emerson. Poeta romántico y figura eje de la literatura norteamericana de su tiempo, encontró en la ciudad de New York inspiración imperecedera. Soportó la tempestad de una familia disfuncional y debió sobrevivir económicamente empleándose en diversos oficios, tiempo antes de hacerse un nombre como hombre de letras. Autodidacta, luchó contra las falsas expectativas que sus padres posaran sobre él. Su vida fue intensa, tormentosa y espasmódica. Su poesía a flor de piel está tensada por hilos invisibles que sujetan de un lado la locura, al otro extremo la inagotable intuición creadora.

Desde una ventana de su domicilio en Columbia Heights podía maravillarse viendo el Puente de Brooklyn, objeto de su libro publicado en 1930. Esta obra de ingeniería data de 1883 y se entrona como metáfora de un tiempo de vertiginoso cambio. Las urbes se transformaban a velocidad considerable. La epopeya del cambio se espeja con la propia búsqueda personal de Crane. Una lírica irregular conforma esta oda a los cimientos de la sociedad norteamericana como síntoma de la Tierra Prometida. Las fotografías de Walker Evans acompañan este poema épico a la Nueva Jerusalén. Sin embargo, no habría resurgimiento posible en el plano íntimo. Cruzaría el puente a pie y este acabaría por derrumbarse a mitad de camino. De alguna manera, Crane sintió que los talentos habían abandonado su cuerpo y alma. La desesperación se volvió insoportable y la angustia acabó por consumirlo. Pasajero de un viaje en barco, se arrojó al mar en el Golfo de México. Tenía 34 años de edad. Su leyenda recién comenzaba…


JOHN CURRAN (LOS CUADERNOS SECRETOS, 2009 / LOS PLANES DEL CRIMEN, 2011)

El director y guionista estadounidense, nacido en 1960, John Curran llevó a la pantalla la novela de William S. Maugham “El Velo Pintado” (2006) y adaptó el clásico policial de Jim Thompson “The Killer Inside Me” (2010). Es experto en la obra de Agatha Christie y un gran conocedor y consumidor de su prolífica carrera literaria. Ha sido elegido por los descendientes de la escritora para catalogar el cuantioso archivo, también ha colaborado en restaurar el museo literario en su antiguo hogar en Devon. De dichas labores, surgen dos publicaciones literarias de imprescindible colección. 

El objeto de estudio de ambas es el genio británico de la palabra escrita. Especializada en el género policial, fue autora de sesenta y seis novelas policiales y catorce historias cortas, bajo el pseudónimo de Mary Westmacott. Nacida en una familia de clase media alta, trabajó como enfermera durante la Primera Guerra Mundial. Creadora de argumentos como auténticos rompecabezas, su nombre comenzó a ser reconocido en los círculos literarios cuando fuera contratada por la imprenta Collins Crime Club. Dueña de una personalidad tan enigmática como fascinante, en múltiples ocasiones, su obra ha sido llevada a la gran pantalla (“Asesinato en el Orient Express”, “Muerte en el Nilo”), al teatro (“La Ratonera”, “Testigo de Cargo”) y a la TV. Editada en cien países, publicó un libro al año desde 1920 hasta su muerte, en 1976.

“Los Cuadernos Secretos”, la primera de las dos ediciones recopilatorias, nos adentra en un work in progress monumental. Incluye dos novelas inéditas escritas para Poirot -“El Incidente de la Pelota del Perro” y “La Captura del Cerbero”-, camino de entrada a mundos de ficción criminal francamente adictivos. Haciendo del cuerpo de su libro una miscelánea de auténtico asombro, Curran transcribe anotaciones personales con una compenetración elocuente. Pareciera el hallazgo de un tesoro escondido. El prodigio del cineasta nos posibilita colocarnos en la mente de la escritora: se nos comparte cuadernos, maquetas, ilustraciones y textos eliminados de sus novelas. Nos lleva a pensar posibles finales alternativos. La vida real de Christie se filtra bajo la pluma del escritor. La autora y su propio volumen de obra dialogan mágicamente.

“Los Planes del Crimen”, lanzada al mercado dos años después, incluye un relato inédito de una de sus principales creaciones, “La Señorita Marple”. No deja secretos por descubrir: reproduce ensayos inéditos y borradores de propio puño y letra de Agatha. Amantes de la literatura de detectives encontrarán en este libro una puerta de entrada fenomenal al proceso creativo de un ícono literario del siglo XX y una de las plumas más publicadas en todo el mundo. Curran hace especial mención a su debut literario, “El Misterioso Caso de Styles”, un ejemplo pionero que derribara las convenciones policiales de la época. Con absoluto dominio de la técnica, el autor analiza más de veinte novelas y la evolución del estilo de esta maestra de lo arcano y lo recóndito para concebir el subgénero ‘whodunit’, variedad de trama criminal compleja en donde la principal característica de interés es el enigma a resolver.

Con su labor, Curran testimonia una obra inmortal y engrandece el mito brindando detalles acerca de su acto final: la novela inconclusa. Pareciera que el misterio cobraba vida, una vez más. No existió otra autora capaz de atrapar a sus lectores hasta la última página, instigándonos con indicios y pistas acerca de la identidad de escurridizos asesinos. Nos hizo parte de la investigación, perpetuando lo más posible la resolución. El prólogo a cargo de David Suchet no puede graficarlo mejor. Se trata del más famoso Hércules Poirot jamás interpretado, en la serie de TV británica emitida desde 1989 hasta 2013. Excéntrico y erudito detective, cuya prevalencia nos convence de que nadie escribió policiales como Agatha.


DYLAN THOMAS – RETRATO DE UN ARTISTA CACHORRO / 1940

Imágenes poderosas cargadas de simbolismo. Luchas de opuestos y a tanta sombra tanta luz por cubrir. Un propio universo de viva naturaleza y constantes interrogantes sobre la muerte. Resolviendo inquietudes acerca de su propia infancia, Dylan Thomas encuentra en el amor a sus semejantes el antídoto perfecto. Lame sus heridas, muta su piel. La oscuridad eclipsa su mística visión religiosa. Tal es el conjunto de bipolares influencias que conforman el propio lenguaje poético del autor nacido en Gales. Su pluma originalísima nos aleccionó acerca de cómo acompasar nuestro tránsito hacia la noche. Furioso y jamás gentil, este dramaturgo cautivó al monumental Bob Dylan. Imagínense el motivo…

El nervio intelectual de Thomas jamás descansó. Tramó su leyenda entre excesos y chorros de tinta. Vivió a la altura del epíteto de poeta maldito. El caos fue su buen consejero, la bohemia su compañera inseparable. Las palabras estallaron sobre él y abrieron la carne, como si fueran un cuchillo. ¿Dominio de la creación o territorio usurpado por la muerte? Las musas acabaron por enloquecerlo. Murió a la edad de 39 años, pero antes, nos legó una obra cabal. “Retrato de un Artista Cachorro” excede la mera referencia a James Joyce (“Retrato de un Artista Adolescente”). Es un relato elegíaco, autorreferencial y marginal. El solitario narrador, alter ego del protagonista de los hechos, colecciona postales y las moldea como si de arcilla entre sus manos se tratara. La hoja de vida transmuta en material literario para saciar la sed del escritor, desbordado por la propia sensorialidad que lo rodea.


CHARLES BAUDELAIRE, LAS FLORES DEL MAL (1857) / Sus figuras literarias nos escandalizan. Para felicidad de Charles Baudelaire, el conservadurismo de su tiempo no pudo detener la brillantez de su obra. Admirado por Paul Verlaine, curiosamente y por medio de la lectura de su poema “Bendiciones” (1847), se atribuye el epíteto de poeta maldito que pasara a la posteridad. Su pluma escandalizó al ámbito aristocrático de una París en plena Belle Epoque. Poeta prohibido, gestó su propio paraíso artificial convirtiéndose en el profano relator de su alma despojada.

Baudelaire no dejó excesos por indagar. Fue un bohemio que llegó a hacer apología del mismísimo satanás. Nacido en París, estudió derecho y vivió apenas cuarenta y cinco años. Su vida en los márgenes de la sociedad acusó recibo en su cuerpo, maltrecho prematuramente. Admirador de Edgar Allan Poe, es autor de “Las Flores del Mal”. Baudelaire fue un náufrago en la isla de Lesbos, inspirado en la poetisa Safo y su vana sensualidad. Habitante de noches cálidas, navegante de Leteo, su propio río del olvido. Interpeló al reflejo del espejo, monstruo indolente que lo consumió sin remordimiento. Su concepción del deseo flotó como el aire. Liviano, exploró el espacio espléndido de aquel líquido espirituoso, puro placer para sus sentidos. A la cabeza de la mesa, en su propio banquete de excesos, contempló amaneceres efímeros.

A. RIMBAUD – COMPLETE WORK, SELECTED LETTERS (1966)

Arthur Rimbaud fue un genio precoz. Se le conocen sus primeros poemas desde sus nueve años de edad. Fue discípulo de Paul Verlaine, con quien luego mantendría una tormentosa relación. El film de Agniezka Holland, “Eclipse Total” (1995), testimonia parte de aquel incendiario affaire. Contrabandista en el corazón africano, turbulento mercenario, fallecería a los treinta y siete años. El creador de “Una Temporada en el Infierno” (1873) e “Iluminaciones” (1886), su obra intenta descifrar el sentido del cielo y el infierno como polos que se atraen. Unir con un lazo las puntas de todo extremo antagónico fue la manera más corrosiva de tergiversar el paradigma. Rimbaud, de inquietante paladar estético, coloreó vocales. Escribió al filo de un cuchillo. Se asumió culpable de condenas de amor, crimen y castigo. Un concierto de infiernos imaginó su prosa, una moral dudosa guió su sinuoso camino. Hacia la meta final, el infierno de un frío crepúsculo encontraría al poeta desencantado hacia el fin de sus días. Rimbaud mostró la decadencia del mundo con asombrosa profundidad. Jamás buscó el lucimiento, abandonó su obra poética de modo tan abrupto como inexplicable, siendo aún un adolescente. Al gran escritor se lo descubre en las páginas que no publica, dijo Stephane Mallarmé. Quien sabe de cuánto nos privó Rimbaud con tan subversivo acto.


PAUL VERLAINE – SELECTED POEMS, 1895 / Cincuenta y un años de una vida transitada a toda velocidad. Referente de la poesía simbolista, Paul Verlaine apropia el sentido de la palabra maldito. A finales del siglo XIX, publicó el ensayo “Los Poetas Malditos”. Dicha afrenta a la timorata moral imperante elevó el concepto pecaminoso objeto de crítica por diversos grupos culturales. La cosmovisión de esta generación disidente no temía indagar en los oscuros y perturbadores designios de la pobreza material, la corrupción social, el apetito sexual o la profanación religiosa. Edgar Allan Poe fue un poeta hastiado, un artista disidente. Blasfemia escupió de su boca aquel que desdeñara el éxito y la gloria. Suplicio versado, mártir de oficio, rebelde abajo firmante.

Escritor ferviente, de vida disipada y hábitos poco saludables, la temática que aborda su cuerpo de trabajo poético fue discutido por la sociedad de su época. Las palabras de su puño puestas al papel nos traslucen al mal como esencia del hombre. Metáforas y sinestesias nos inundan. Sexo y excesos lo maravillan. Las letras de Verlaine poseen imaginación desbordante para tratar lo macabro y lo escabroso. El arte en su máxima expresión extrae belleza de lo horripilante. Al margen de la sociedad y sistemáticamente rechazado por la alta sociedad, Verlaine abrazó la oscuridad sabiendo que el derecho a la libertad intelectual fue su principio irrenunciable.


JD SALINGER, EL GUARDIÁN EN EL CENTENO (1951)/ Un clásico de la literatura moderna. Una novela contrastada en la mirada de especialistas y lectores que han estudiado la influencia que tuviera en la cultura pop del siglo XX. Su autor, un mito indescifrable. “El Guardián en el Centeno” fue publicada en 1951, provocando controversia por su manera de romper el canon literario: se animó a discutir, sin tapujos, acerca de ciertos temas que solían escandalizar a los sectores más conservadores.

Inspirador de infames asesinos, este libro está protagonizado por un personaje llamado Holden Caulfield. Solo lo acompaña su soliloquio; la suya es la historia de un muchacho en búsqueda de sí mismo. J.D. Salinger concibe de tal forma su acto creativo que no teme burlarse de las convenciones genéricas: la repetición de palabras y el uso de onomatopeyas no implica una deficiente concepción del lenguaje ni una llamativa limitación intelectual por parte de nuestro literato. La ausencia de artificios en Holden, a la hora de expresarse, es toda una declaración de intenciones. Es el protagonista hablándole directamente al lector. ¿Porqué debería su discurso maquillar la crudeza? Este mentiroso y sociópata compulsivo es un empedernido que alardea de su condición. El abordaje de Salinger no podría ser más realista. Narrador poco fiable, desconfiamos de su palabra.

Esta es la agridulce tragedia de un adolescente, infelizmente golpeado por la adultez carente de valores que lo rodea. La construcción del verosímil nos lleva hacia los avatares de una nómade aventura, aspecto que no posee mayor trascendencia en sí. Lo que importa y sustenta a “El Guardián en el Centeno” es su examinación de la conciencia, bajo el formato de una clásica novela de iniciación. Representa el debut literario del enigmático J.D. Salinger y pareciera ser su intención describir cierta decepción como percepción dominante del mundo. La carga irónica sobre los temas abordados posa la mirada sobre un pasado en ruinas. Afectado por la posguerra (Salinger combatió en la Segunda Guerra Mundial), cierto pesimismo consolida su mirada sobre el mundo.

Con extrañamiento y ambigüedad, se anima a profetizar sobre la vida oculta que elegiría como método de renuncia. Genio huidizo y reclusivo, su figura fascina por la esquiva personalidad que le fuera atribuida: decidió retirarse del ámbito literario, tempranamente, en 1965. Luego de publicar en The New Yorker el relato Hapworth 16, 1924, diversas hipótesis se han tejido sobre su aversión al ojo público. Enigma tan grande como su obra, el autor nativo de Manhattan es el espejo en donde se mira una generación juvenil que se despabilaba al ecuador de un siglo que en su transitar robaba nuestra inocencia y asesinaba utopías a balazos.  


ESCUPIRÉ SOBRE TU TUMBA, 1946 – BORIS VIAN

Artista multidisciplinar, en apenas treinta nueve años de vida incursionó en la novela, en la dramaturgia, en la poesía, en la actuación, en el periodismo, en las labores de traducción y en la música. Boris Vian creó para sí el heterónimo de Vernon Sullivan, forjando la idea de un escritor afroamericano de novela negra, a través de cuya identidad publicaría cinco títulos, comenzando con la brillante “Escupiré Sobre tu Tumba”. La crudeza de los mundos de ficción pergeñados por el nativo de Hauts-de-Seine nos impactan e interpelan. La sordidez y la obscenidad se convierten en moneda corriente que apunta directo hacia la sensibilidad del receptor. Para su obra cumbre, la toma de conciencia del lector será fundamental en la asimilación de este alegato anti racista moldeado bajo el formato del género policial.

En Vian lo radical es eficaz a la hora de graficar una sociedad hedonista y desentendida, en donde la segregación y la xenofobia son la forma habitual. La venganza que emprende su protagonista de color otorga sentido crítico y universalidad a una obra que llamaría la atención de una productora cinematográfica francesa, comprando los derechos para llevarla a la gran pantalla, con dirección de Michael Gast. Disgustados por la versión del guión proveída, los ejecutivos desestimarían la participación del escritor. Apartado de la adaptación de su propia novela, no habría consuelo para Vian. Excediendo toda lógica, la tragedia se consumaría tramando un final de película, burlón e impiadoso con el genio creativo. Fallecería en una sala de cine, contemplando su ausencia del metraje final y lamentando lo que pudo haber sido.


ANTONIN ARTAUD SELECTED WRITINGS / SUSAN SONTAG – 1988

¿Cuántas caras posee realmente Antonin Artaud? Icónico poeta surrealista, también fértil artista plástico, ensayista y teórico teatral, su obra irrumpe sobre nosotros con una sinceridad y una versatilidad apabullantes. Su carrera como actor y guionista de cine, por otra parte, no resulta en absoluto despreciable. Su crédito y proliferación incluye participaciones en las películas “La pasión de Juana de Arco”, “Napoleón” y “The Seashell and the Clergyman”. La presente compilación de Susan Sontag resulta una provechosa mirada hacia el abismal genio de un auténtico revolucionario.

La intermitente personalidad de Antonin Artaud, a menudo víctima de ataques maníacos, sintetizó una profunda búsqueda de su propia verdad y validación como artista. Ateo declarado, su cuerpo de trabajo filosófico nos ilustra acerca de una de las grandes influencias intelectuales del siglo XX. Aquel que colocó el centro gravitante de su creación contra viento y marea. Con Artaud, todo parámetro de lógica se ve destruido. El artista siempre parece ver más allá, desafiando el conservadurismo imperante de la sociedad de su tiempo. Metafísico, incomprendido y de temperamento nervioso, la paranoia y el dolor físico alimentaron sus procesos creativos.

Habitante de temporadas infernales, entró en contacto con André Breton a comienzos de los años ‘20, período a lo largo del cual escribe las magnas tesis que apoyan su obra: “El Ombligo de los Limbos” y “El Pesa Nervios”, publicadas en 1925. Artaud ardía en llamas e interrogantes; fue tal rigor de creación elevado a la enésima necesidad el que lo convirtiera en el padre del teatro moderno. Porque el nativo de Marsella supo exponer a la crueldad como sinónimo de la vida misma. Sus métodos consideraron actos sangrientos, pero necesariamente purificadores, arrancando de las máscaras falseadas burguesas toda vana impostación.

Su fragmentado gesto atávico hurgó en el inconsciente colectivo. Estudió astrología y numerología, fisuró su propia realidad y entregó su integridad física a su indecente instancia en Rodez. Desplegó ejercicios de ritual peyote hasta internarse en los designios de la divinidad indígena, fascinado por las culturas mexicanas milenarias. Espíritu en rebelión permanente, nos legó sus testamentos finales en la autorreferencial “Van Gogh, el Suicidado por la Sociedad” (1947), así como en un proyecto radial impar: “Para Acabar con el Juicio de Dios” (1948).


1280 ALMAS, JIM THOMPSON (1964)

Un mito de la literatura norteamericana. ¿Es Jim Thompson el autor de novela negra más incorregible de su era? Robert Polito tituló a su biografía “Arte Salvaje”. Figúrense. Emblema de la literatura pulp, escritor maldito por antonomasia y rey de su propio caos creativo. Thompson, nativo de Oklahoma, comenzó a escribir novelas tardíamente, tenía 43 años.  En su obra cumbre, “1280 Almas” (1964), narró en primera persona, y con total magnetismo, el desasosiego que atraviesa a un miserable pueblo hundido en el sur norteamericano, corroído por la xenofobia y el racismo. El inhóspito lugar facilita la proliferación de un hombre de ley psicópata y autoritario. Un individuo moralmente corrompido que justifica sus actos segregacionistas. Existencialista y radical, se respiran en sus páginas el espíritu inconformista de un autor que reflexiona acerca del asesinato como una abominable idea inventada por Dios para purgar una sociedad infectada de un mal incurable. La violencia es moneda cotidiana. Brutal y pragmática, no existe un atisbo de piedad ni ocultamiento de las apariencias en este ejercicio. Fue llevada al cine, en 1981, por el exquisito autor galo Bertrand Tavernier. La visión del autor no escapa a pronunciarse acerca del imperialismo, anclando su relato en una colonia francesa en África. Recurre a los eximios Phillipe Noiret e Isabelle Huppert para interpretar a los personajes protagónicos.  


RAÍCES, 1976 – ALEX HALEY

La novela “Raíces” es una profunda indagación del alma humana. Un sensible canto de amor al prójimo. Una valiente afrenta a todo paradigma social segregacionista y xenófobo. Bajo la genealogía de una familia afroamericana, este best-seller nos impacta mediante el infernal sufrimiento que grafica. El objeto de estudio es la descendencia de Kunta Kinte, ni más ni menos que un antepasado directo del propio autor. Alex Haley deja ver sus cicatrices y la conmoción experimentada ante semejante descubrimiento; existe un intransferible dolor al reconocerse a sí mismo. Aunque para Haley la aceptación identitaria gratifique, a fin de cuentas, el mancillado orgullo de pertenecer.

El proceso creativo de este libro compendia doce años de investigación y numerosos tramos de recolección de datos históricos. También de narración oral. Haley lo apuntó todo. Proveniente del corazón africano, el tatarabuelo del escritor llevó a cabo un viaje, en condiciones de brutal hacinamiento, directo hacia los cultivos de algodón de la América Profunda. Este conmovedor y cautivamente árbol generacional fue publicado en 1976, durante el año que celebró el Bicentenario de la independencia norteamericana. Aspecto no casual: esta obra nos muestra la crueldad del esclavismo sin tapujos. Exhibe la dominancia del hombre blanco, evidenciando una desigualdad social que no cede al maniqueísmo o al regodeo. Pura fidelidad histórica que trasluce la maldad de toda clase dominante por sobre aquella oprimida que padece enfermedades, postergaciones y vejaciones. Su adaptación audiovisual nos legó una de las series de TV más emblemáticas del medio norteamericano.


RAYMOND CHANDLER, EL SIMPLE ARTE DE MATAR (1950)

Nativo de la ciudad de Chicago, Raymond Chandler se crió en Inglaterra, antes de regresar a Norteamérica para vagar en empleos mal remunerados, durante la Gran Depresión. Leyó revistas baratas y vendió novelas a ínfimo precio, antes de hacerse un nombre propio. Fue un buscavidas, Infeliz y maniático. Admiró a Dashiell Hammett, indagó en la psicología de sus personajes y utilizó como nadie la primera persona.

El presente ensayo reúne sus principales intenciones conceptuales. También, incluye los relatos «Pasarse de listo», «Gas de Nevada», «Sangre Española», «Pistolas en Cyranos», «Recogida en la Calle Noon», «El Rey del Amarillo», «Las perlas son una molestia» y «Estar# esperando». Una ínfima porción de la cuantiosa obra escrita por el creador del inigualable Philip Marlowe. Solitario por antonomasia, su estilo mordaz y lacónico desnudó la esencia del detective privado clásico, revivido en la gran pantalla por auténticos dioses del celuloide. La obra de Chandler se prolongó en imágenes en movimiento a través de los films: “Historia de un Detective” (Edward Dmytrick, 1945), “El Sueño Eterno” (Howard Hawks, 1946), “La Dama del Lago” (Robert Montgomery, 1947), “The Brasher Doubloon” (John Brahm, 1947) y “Marlowe, Detective muy Privado” (Paul Bogart, 1969). Asimismo, guionó “Extraños en un Tren” (1951), para la adaptación que Alfred Hitchcock hiciera sobre Patricia Highsmith.

Escritor rebelado y artífice de reveladora escritura, en “El Simple Arte de Matar” confluyen las obsesiones que fraguaron un incesante cuerpo de trabajo. Los elogios llegaron en forma de suculentos cheques, el autor había sido, finalmente, reconocido por sus partes. Llevó al marginal subgénero hard-boiled policial al canon de literatura de primer nivel. Un mérito para nada menor.


«UN DETECTIVE LLAMADO DASHIELL HAMMETT» – NATHAN WARD, 2019

Hay trayectos cronológicos que podrían doblegar la ilimitada imaginación de un guionista cinematográfico. Dashiell Hammett trabajó en la célebre agencia de detectives Pinkerton, mucho antes de engendrarse como un emblema realista de la Generación Perdida y de discutir el título de padre de la novela negra a Carroll John Dale. Mucho antes de consagrarse a la escritura, condujo ambulancias de pelotón durante la Primera Guerra Mundial. En tiempos del brote gripal que azotó a un tercio de la población del planeta cobrándose cincuenta millones de vidas, hacia 1919, contrajo tuberculosis. Debió convivir con secuelas que disminuyeron su motricidad y resistencia física.

El autor de “Red Harvest” (1929) adquiere dotes de pionero adosando al enigma intelectual el contenido social del que carecía la novela detectivesca del canon victoriano al mejor estilo Conan Doyle. El presente abordaje biográfico nos adentra en su incesante obra literaria: el nativo de Maryland publicó sus primeros relatos en la icónica revista “Black Mask”, incursionó en el mundo del comic y dio vida a Sam Spade, para el primer film negro de la historia a manos de John Huston (“El Halcón Maltés”, 1941). Spade fue su alter ego, hecho de papel y celuloide. Tan duro como la condición de los maleantes a enfrentar le exigía. Tan irónico como la vida misma. Tan inflexible como el nefasto panorama que habita las mil y una historias pergeñadas por este eximio contador de historias escritas a punta de pistola. Al filo de su abismo existencial, se adentró en torrenciales pasiones, en oscuros callejones. Luego se calzó el elegante traje de Humphrey Bogart. O viceversa. Caímos rendido ante su encanto.

Hammett escribió también poesía y Hollywood requirió sus servicios como argumentista, mostrando el enésimo rostro de su indetenible capacidad creativa. Acusado de comunista y detenido por el régimen macartista, falleció en 1961.


PATRICIA HIGHSMITH, «SUSPENSE» (2006)

Patrica Highsmith falleció en Locarno, Suiza, en 1995. Había vivido sus últimos años. Dejó para la posteridad una obra literaria singular, hecha de sus propias experiencias. En el presente ensayo, titulado “Suspense”, una palabra encierra el total sentido y concepto artístico. Inspiración y frustración, prueba y error, antagonismos que parecen confundirse. La escritora, a corazón abierto, nos convida de sus sinuosos caminos creativos, materia prima del elemento del crimen que aguarda el profético llamado de las musas.

Su obra literaria nos abre las puertas a un mundo claustrofóbico e irracional. La sensación de peligro personal se cuela en nuestra piel, página a página. Hay algo de placer cruel leyendo a Patricia Highsmith. Nativa de Texas, sus ficciones son tan complejas como sus vínculos familiares. Su amor por los libros fue descubierto a través de obras de Franz Kafka, Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe. El crimen, la culpa y la mentira son tópicos claves de su obra. No resulta extraño; vivió una tormentosa relación con su madre. De joven, fue una lectora voraz. A comienzos de los años ‘40, adquirió el apellido de su padrastro, por el cual todos la conoceríamos. Escribió comics, intimó con Stan Lee, buscó su voz literaria. Rechazó el rol pasivo de la mujer de su tiempo, acaso su mente no pudo ser encarcelada en las coordenadas de un tiempo conservador. No todos estaban dispuestos a valorar su inteligencia superior. La crítica norteamericana tildó su obra de misógina y morbosa.

Un episodio fortuito resultó el disparador de la creación del oscuro personaje snob Tom Ripley, su obra cumbre. Un antihéroe escondido tras la apariencia de un joven gris e inofensivo, con ansias de escalar socialmente. Sin escrúpulos, este villano fascinaría al universo cinéfilo, a la gran pantalla en un total de cinco ocasiones, y siendo interpretado por Alan Delon en “A Pleno Sol” (1960), Dennis Hopper en “El Amigo Americano” (1977), Matt Damon en “El Talentoso Sr. Ripley” (1999), John Malkovich en “El Juego de Ripley” (2002) y Barry Pepper en “Mr. Ripley, El Regreso” (2005). Highsmith explora recónditos lugares en donde anida el tormento psicológico de sus criaturas criminales. Su acercamiento al género se aleja del romanticismo clásico que caracteriza al noir americano. Alfred Hitchcock supo apreciarlo tiempo antes, deleitándose con la lectura de “Extraños en un Tren” (1950).

Cuantiosa obra biográfica se ha escrito sobre su persona. Destaca la semblanza del libro “Demonios, Lujurias y Deseos Extraños”, de Richard Bradford. Su prolífico arco creativo dialoga en contradicción con el propio caos que lo alimenta; Patricia fue presa de sus mareas emocionales. La soledad y los fantasmas de su pasado fueron fieles compañía para noches de intensa escritura. Seres amorales y ambiguos brotaron a raudales. Leyéndola miramos al espejo a nuestra propia monstruosidad. Sucede que Highsmith gustó generar incomodidad en la opinión pública. Hermética, la autora fumó y bebió en exceso. Como pasatiempo, retrató paisajes. Amó a sus gatos y caracoles, por encima de las personas que la rodearon. Suponemos que más de una indecente aventura aguardara por contarse de su críptica vida privada.


GRAHAM GREENE, BRIGHTON ROCK 1938

Los mundos de ficción de Graham Greene mixturan, con perenne encanto, fundamentos religiosos, romances prohibidos y espionaje al filo del peligro. Sus páginas rezuman oscuridad; ha sido el autor un gran ilustrador del alma humana. Fue un experto autor de ensayos y obras de teatro. Varias de sus veinticinco novelas fueron llevadas a la gran pantalla, tal y como lo ejemplifican “El Poder y la Gloria” (1948, John Ford), “El Tercer Hombre” (1949, Carol Reed), “Cónsul Honorario” (1983, John MacKenzie), “El Fin del Romance” (1999, Neill Jordan), “El Americano Impasible” (2002, Phillip Noyce) y la presente “Brighton Rock”, transpuesta por vez primera al cine en 1948, con protagónico de Richard Attenborough.

El libro había sido publicado diez años antes. Greene, guionista y crítico literario británico, concibe el suspenso de forma densa y exquisita. De modo poético y en absoluto explícito, cuenta la historia de un joven asesino a sangre fría, su sórdido entorno y las pasiones que lo conducirán, de modo irremediable, hacia la muerte. Existe una pulsión tanática allí. El autor trama un frío inframundo al otro lado de la colorida fachada de Brighton, un emplazamiento turístico, más pronto que tarde la estadía se nos tornará en insoportable fatalidad. Aquí, el espacio geográfico exterior juega un exclusivo rol, en contraposición al sentido de claustrofobia emocional que sufren sus protagonistas, presos de un mundo que respira incómodo hermetismo.

Ambientada en la década del ’30, la historia explora las dicotomías existentes entre el bien y el mal como polos opuestos que se atraen; y lo hace desde la mirada de un católico romano, detalle para nada menor: el autor se había convertido fervientemente en 1926. Su obsesión se prolongará de allí en adelante en sus siguientes textos. Para Greene, la creencia dogmática determina nuestro comportamiento con una contundencia irrenunciable. Sexo, matones de poca monta, traición y crimen conforman su delicioso menú. Acaso, un sagrado sacramento. Ejerce su novela una comprometida mirada de conciencia social, no temiendo pronunciarse acerca de la confusión moral que caracteriza al hombre de su tiempo.


WE (1924, YEVGUENI IVÁNOVICH ZAMIATIN)

Premonitoria, esta novela representa un ejemplar imprescindible para la literatura sci-fi del siglo XX. Su autor, Yevgueni Ivánovich Zamiatin, mira mil años hacia el futuro. Enfrentamientos llevan a la población mundial a un nuevo paradigma. La lógica narrativa avizora un enorme dilema en su horizonte: el sistema nos utiliza como un medio, como una estadística. Narrada en primera persona, esta obra nos alerta acerca de la progresiva desaparición de la identidad y las individualidades. Somos un número, tan solo un número. Por encima de nuestras libertades aprisionadas, emerge un estado único benefactor y protector. “We” nos interpela, mientras el reduccionismo numérico es un mandato a cumplir. Publicado en 1924, inspiró a George Orwell y a Aldous Huxley, adelantándose décadas. Nos convidó de un mundo sin poesía que no es mundo. Hecho de normas imperantes y automatismo. ¿Qué vida nos espera del otro lado del muro?

En las calles, cantos públicos avalan al ente controlador. Una sociedad sedentaria y sumisa, atada de pies y manos, parece acatar sin demasiada capacidad de confrontación. La profecía perfecta para la gran estafa imperial. Horarios idénticos e hijos como propiedad pública radiografían al nuevo orden. Mediante la observación panóptica, lo privado se ve reducido a la mínima expresión. “We” reflexiona acerca de la patologización del síntoma. No hay nada que ocultar, pareciera. Y no debiera haber motivo, estima el poder de turno. Las masas se imponen sobre el individuo, en tiempos donde la imaginación luce extirpada por completos. Cuando lo opcional se convierte en obligatorio, el relato ficticio se roza con la realidad…la especie marcha camino a la irrevocable unanimidad. Disidentes, rebeldes y divergentes serán etiquetados como enemigos de la felicidad. Cualquier similitud con hechos comprobables no es pura coincidencia.


LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN, 1968 – CARLOS CASTANEDA

Carlos Castaneda se internó en lo profundo de la cultura azteca, entre 1960 y 1964. El también responsable de la esencial “Viaje a Ixtlán” utilizó el presente estudio social como tesis de doctorado. En realidad, se trató de una experiencia reveladora, que cambió su vida por siempre. Publicado en 1968, este libro relata las experiencias del autor conviviendo con Don Juan Matus, el chamán mexicano que da título una de sus más emblemáticas obras. El encuentro con el indígena brujo lo llevaría a internarse en aventuras lisérgicas al borde de la muerte. Castaneda se asomó al abismo alucinógeno y vivió para contarlo.

Castaneda fue una enigmática figura, que casi no ha dado entrevistas ni se ha dejado ver por el ojo público. La presente obra nos relata, de modo pormenorizado, su rigurosa dieta consumiendo peyote como bautismo ritual de su profunda comunión con una cosmovisión ancestral. El completo abandono de la vida dentro del sistema, en pos de perseguir su objeto de estudio, adentró a Castaneda en los tiempos madurativos de la naturaleza, enriqueciéndolo de conceptos filosóficos que lo animaron a tomar el camino correcto. Cuando el escritor interpelaba al autoproclamado nagual yaqui, en las respuestas de este, la lógica brillaba por su ausencia.

Rueda de tiempo sin tiempo, el autor reflexiona, aprende, sintetiza y escribe durante jornadas enteras. Recibe una doctrina milenaria. Su guía chamán distingue cuatro enemigos del hombre: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. En el antropólogo peruano, tales verdades impactan con una fuerza devastadora. Escucha el llamado universal y se prepara para atravesar la última frontera hacia su conquista personal. Castaneda ensaya estados de conciencia ampliados, llevando a cabo un auténtico entrenamiento espiritual junto al líder mesoamericano.

La raíz verídica del presente libro despertó conjeturas. Mientras sus acérrimos defensores estiman que el autor peruano exploró diversas zonas geográficas del centro y el norte de México, existe una corriente que pone en duda la veracidad del relato. Mística y misterio traman la historia sin lograr conciliar posturas. Caben los cuestionamientos sobre su originalidad, no obstante, la minuciosa descripción realizada aquieta posibles incertidumbres. ¿Podríamos subestimar su poder descriptivo? “Las Enseñanzas de Don Juan” se publicó originariamente en inglés, a través de la Universidad de California. Consta de un total de trescientas páginas. Cada una de ellas otorga preciosos saberes.


H.P. LOVECRAFT / 1936 – «LAS SOMBRAS DE INNSMOUTH«

En cartas que el autor enviaba a sus amigos, vertía comentarios y opiniones acerca de sus obras y la vida en general. Su mirada nos comparte frustraciones, éxitos, tristezas y remembranzas. H.P. Lovecraft fue un genio atribulado, hasta en cierto punto prejuicioso. La mente del escritor desnudó el miedo a lo desconocido y asomó su abismo a la profundidad del alma humana. Mitología, hiperbolia y mundos perdidos se enlazan en sus páginas. Lo inspira el imprescindible Lord Dunsany, alimentando la raíz profunda de los conocimientos ocultos de quien escribiera relatos de terror bajo la influencia de Edgar A. Poe. Poseedor de un atractivo estilo propio, publica en 1936 -apenas un año antes de fallecer- la novela de cinco capítulos “La Sombra Sobre Innsmouth”. Fue la única obra de Lovecraft editada en tal formato en vida del autor, y no como entregas en revistas. Esta proverbial historia aborda el terror cósmico en su máxima expresión. Los abominables seres alienígenas se ciernen sobre su frágil estructura psicológica. En Lovecraft todo es ambigüedad en presencia de la oscuridad. De estilo erudito, dota de referencias enciclopédicas a sus ficciones. Fomentando mecánicas de terror inusual, suscita el miedo a lo desconocido. Para el escritor nativo de Providence, el auténtico terror emana de la insignificancia humana.


RALPH ELLISON, «INVISIBLE MAN» (1952)

Invisibilidad física y libertad pensante, la auténtica búsqueda del equilibrio. Ralph Ellison fue un hombre de letras viviendo en la cornisa de un precipicio. Ser un hombre negro en Norteamérica, a mediados del siglo XX, implicaba cierta pérdida de estabilidad moral. Para Ellison, la instrucción nos coloca a salvo de la dominación masiva. La lucha no diferencia el color de piel y toda historia se repite a sí misma. Por ello, sus novelas tratan la postergación racial y la espiritualidad, en temáticas que atañen de modo universal a la especie humana. El impacto de Ellison en la cultura afroamericana contemporánea es mayúsculo: la pugna por la legitimación guía las intenciones literarias de este ganador de la Medalla de la Libertad. Escritor autodidacta, toma su nombre de pila de Ralph Waldo Emerson, célebre autor a quien su padre admira. Se nutre del ambiente musical de su época y estudia de joven las obras musicales de Louis Armstrong y Duke Ellington. Buscaba granjearse un futuro como sesionista profesional antes que ser escritor. Al publicar “El Hombre Invisible”, a fines de la década del ‘40, Ellison captura el costado menos explorado de la América de color. Sus protagonistas novelados son sensibles, educados y culturalmente inquietos. Busca evadirse del cliché opresor que tilda a su comunidad de poco sofisticada. Se interesa por sus antepasados, se pregunta cómo llegaron hasta aquí. Bajo su mirada, la cultura negra adquiere una magnitud compleja; tradiciones, rituales y mitos conforman la frondosa fuente de su identidad. Conocer la propia raíz cultural nos independiza en cuerpo y alma. Solo así el nuevo hombre negro podrá liberarse de toda atadura.


DESPUÉS DE LA GENERACIÓN PERDIDA, 1958 – JOHN W. ALDRIDGE

John W. Aldridge aparece en el mapa literario hacia fines de la Segunda Guerra Mundial. Es un perspicaz crítico que analiza concienzudamente la obra de los magnos escritores de la ‘generación perdida’ y los enlaza con la camada que arribó al amanecer del ‘fin de la ilusión’, entre quienes se cuenta a Norman Mailer, Irwin Shaw y Truman Capote. Cerebros pensantes acerca de nuevos problemas para el nuevo mundo. “Después de la Generación perdida” ficcionaliza la discusión. Es un estudio pionero, desafiante, incorrecto e iconoclasta. No puede pedírsele más compromiso.

Emprende un manual acerca de cómo interpretar aquella quimera de alcanzar la mayoría de edad en medio de los escombros de la guerra. Fue, acaso, ese ambiente ensombrecido a las postrimerías de la contienda que finalizara en 1919, el mecanismo de ignición para contrarrestar la desilusión reinante. La generación perdida alude a la falta de rumbo que sentía una franja etaria testigo de la destrucción y la muerte. Utilizaron la escritura como un salvavidas. Se impregnaron de los cambios culturales que marcaron a la Europa que amanecía al fin de la Belle Epoque.

Ernest Hemingway, influyente novelista y cuentista. Dueño de una vida de aventuras, conductor de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial y ganador del Premio Pullitzer. Amante del boxeo y los manjares culinarios, se exilió en Cuba. Acabó con su vida a los 61 años de edad. Scott Fitzgerald, paradigma de la era jazz. Cuentista y novelista clave para la literatura americana del siglo XX. Reflexionó acerca de las promesas rotas de la juventud de su tiempo. Aadaptado múltiples veces a Hollywood, sus historias nos traen el perfume de un pasado inmaculado. John Dos Passos, viajero itinerante, artista culto e intelectual con afinidad socialista. Cultivó las buenas amistades, se consagró con la trilogía “U.S.A.” y exploró el campo novelado y teatral, guardando una particular nostalgía por el pasado perdido. Ezra Pound, artista expatriado, poeta modernista, aprendiz de la mitología homérica. Una sombra se cierne sobre su ideología fascista. Dedicó gran parte de su vida a la mayestática “The Cantos”. Su furioso antisemitismo daña su legado de modo irreparable. Gertrude Stein, vanguardista en el más amplio sentido de la palabra. Rompió con instaladas convenciones narrativas del siglo XIX. Figura de culto, gustaba de coleccionar arte. Durante la Segunda Guerra Mundial se involucró políticamente, pronunciando su condenable simpatía hacia el General Francisco Franco. William Faulkner, novelista, guionista de cine y narrador experimental. Precursor del monólogo interior y la técnica de múltiples narradores. Seiguió los pasos de James Joyce y Marcel Proust. Fue un maestro de los saltos temporales, influyó al boom latinoamericano. John Steinbeck, ganador del Premio Nobel de Literatura. El cine clásico ha dialogado con su obra de modo singular. Realista, imaginativo y con sensibilidad social, testimonió la otra cara del sueño americano.

Desesperanzados, no cesaron en buscar dar sentido al ejercicio literario como un modo de vida. Partieron rumbo al Viejo Continente, vivieron días y noches de bohemia.  Fue la escritora modernista Stein, afincada en París, quien bautizara con tal epíteto a la generación. Hacia fines de la década del ’20, la Gran Depresión americana acentuaría el sentimiento. La fe en el nuevo paradigma nacía, mientras arcaicos valores morales se hacían añicos contra el suelo. Cambiar para subsistir, subvertir la norma. Se habían extraviado los valores tradicionales, era necesario repensar la condición humana. Benditos expatriados, la generación validaría su estatus en el epígrafe de la novela de Hemingway, “The Sun Also Rises” (1926).

AMBROSE BIERCE – ¿PUEDEN SUCEDER TALES COSAS?, CUENTOS COMPLETOS, 2005

Hijo de granjeros calvinistas, fue reclutado para la Guerra Civil Norteamericana. Sus experiencias en el frente de combate minaron sus resistencias psicológicas. Las secuencias bélicas lo inspiraron en igual medida que forjaron su carácter pesimista, sombrío y desencantado. Maestro del cuento de terror, indivisible es su nombre a la historia de un género nutrido como pocos. Admirado por Jorge Luis Borges, su obra es copiosa y posee una cualidad insoslayable: una imaginación sin límites provee mecanismos narrativos sin fisuras. Ambrose Bierce agudiza su ingenio y demuestra una mirada cínica sobre la sociedad de su tiempo. Visualmente sugerentes, sus historias saben infundir genuino escalofrío. Las tramas que componen el presente compendio, suelen resolver de modo sencillo planteamientos aparentemente complejos, y es en ese carácter ausente de convencionalismos en donde su ejercicio del suspenso se ve dotado de una inquietante ambigüedad. Itinerante, cruzó la frontera mexicana y se unió a la revolución de Pancho Villa. No volvió a saberse de él. Numerosas hipótesis se han tejido acerca de su destino. Un halo de misterio brotó de sus fábulas fantásticas. Corolario a una ruta biográfica más extraña que la propia ficción de quien viviera para contarlo.


NATHANIEL HAWTHORNE / LA CASA DE LOS SIETE TEJADOS, 1851

Siete que no será número dador de suerte. Terror y misterio infundían las paredes que contienen al espeluznante relato “La Casa de los Siete Tejados”. Su imponente fachada está lista para arder. Un impiadoso Dios solo da sangre para beber. La lectura nos despierta un macabro apetito. Somos invitados a una ostentosa mansión, engendro de una maldición que se transmite de generación en generación. El disparador argumental es utilizado por Nathaniel Hawthorne para reflexionar acerca de la condición humana y su costado más oscuro. El primer pecado mortal que condena a todo aquel culpable de crimen y castigo. En Hawthorne, la expiación es un problema que adquiere controvertida dimensión ética, como huella rastreable en su voluminosa obra. Fue biógrafo del presidente estadounidense Frankling Pierce, trazando lazos políticos que lo llevaron a ocupar el rol de cónsul en Liverpool. Creía firmemente en su nación de origen como tierra de oportunidades; sin embargo, y curiosamente, eligió pasar varios años de su vida residiendo en Italia. Su obra cúlmine, “La Letra Escarlata” fue llevada al cine en 1995, bajo la dirección de Roland Joffé y protagónicos de Gary Oldman y Demi Moore.


ROBERT LOUIS STEVENSON – EL EXTRAÑO CASO DE DR. JEKYLL Y MR. HYDE, 1886

El valor de poner por escrito horripilantes paradigmas. Si hasta el alma se horroriza de comprobar que lo que se ve no es producto de una ilusión, o lo que se oye posee una cualidad tan fidedigna como aterradora. Oscuridad que absorbe la luz. Sombra que proyecta el mal como hábito irrenunciable. Una morada humana. Robert Louis Stevenson se pregunta sobre el origen del pecado y nos interpela. Su concepción del terror no viene a darnos respuestas tranquilizadoras. Tanto el suspenso fantástico como el ámbito marino le resultaron igualmente confortables a este maestro del relato. Quizás en dicha condición radique el encantamiento que produce en diversas generaciones de lectores el encuentro con una obra del calibre de “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, vívido manifiesto del ser escindido. De sus múltiples transposiciones cinematográficas, puede rescatarse la joya muda de John S. Robertson, estrenada en 1920. Cuentista impar, su icónica creación refunda el doppleganger literario que despertara tanto interés en la corriente romanticista. De hecho, Stevenson se inspira directamente de “Los Elixires del Diablo”, de E.T.A. Hoffman, elucubrando la pócima que despierta la maligna versión de un trastornado mental. Ensayo soberbio sobre la dualidad, la truculenta y alegórica fábula, como desoncertante cinta de mobius, Jekyll y Hyde representará, por siempre, una incómoda invitación para la silente lectura nocturna.


GUY DE MAUPASSANT – CUENTOS ESENCIALES, 2015

Estados alterados. Oscuridad que invade, súbito pálpito. Incomprensible inquietud. Terrores nocturnos, sábanas temblorosas. Amenaza que se cierne, juicio obnubilado. Inseguridad que oprime, irresistible confusión. Podríamos preguntarnos donde reside la raíz del miedo en Guy de Maupassant. Descendiente de una familia de noble raigambre, fue funcionario y periodista antes de consagrarse como escritor de ficción. Su recopilación de cuentos completos, tan efectivos en el terror psicológico como en su variante metafísica, se cuentan de a trescientos. Influido por la escuela naturalista, su colosal impacto en narraciones breves solo lo hace comparable a otro pionero como Edgar Allan Poe. Se codeó con grandes literarios de su época, como Gustave Flaubert y Emile Zola. La admiración de sus pares brotó en elogios para con su prosa directa. Hábil para dosificar los recursos del suspenso, su obra sintetiza forma y contenido. El autor de “Bola de Sebo” acabó sus días consumido por la locura.


THOMAS MANN – SUFRIMIENTOS Y GRANDEZA DE RICHARD WAGNER, 1933

Proverbial ensayista y narrador. Hijo de padres burgueses, incesante actor literario. Entusiasta escritor, meticuloso lector. Publicó en numerosas revistas antes de editar su primera novela, “Los Buddenbrook” (1901). Thomas Mann proyecta la sensibilidad y la sabiduría de todo aquel faro artístico que lo iluminara. La música clásica es una de sus grandes pasiones y Richard Wagner se entrona como uno de sus padrinos culturales. A través del pormenorizado estudio sobre la obra del compositor alemán, Mann pretende reflejar el mentado ‘stimmung’ de una era. A menudo recurre a la figura del mito para comprender la dinámica de las sociedades modernas, ejemplificando en la leyenda teutona de “El Anillo del Nibelungo” la idiosincrasia de un pueblo. Jamás renuncia a una mirada estética del mundo. Sus fortalezas y debilidades. Su bendición y su condena.

Colocando en perspectiva la incidencia ideológica de Wagner, el autor de “Muerte en Venecia” sabe cómo radiografiar a un hombre inserto políticamente en la realidad de su tiempo. Expone los motivos de la tragedia alemana y sabe dejar indefenso al artista frente a la problemática cotidiana de la vida. El ganador del Premio Nobel de Literatura en 1929 es un humanista que profetiza oscuros tiempos por venir. Su estudio sobre Wagner no pretende la superficie fisionómica, sino que nos introduce en la esencia apasionada de un músico que trascendió la expresión clásica para convertirse en un valor universal de la cultura del siglo XIX: su inquietud alcanzó la dramaturgia, la operística, la teoría compositiva y la poesía. Su cosmos de armonías engendra la génesis de la música clásica europea de su tiempo. Mann no deja de fascinarse traduciendo en palabras su legado musical, representando también su estudio de investigación un viaje de autodescubrimiento personal. Llegó a empatizar con el imperialismo germano, sin embargo, los horrores de la guerra lo llevaron a replantear sus propios ideales. El nativo de Lubeck escribe esta magna obra a medio camino entre su exilio en Zurich y su posterior escape hacia California.


EL HOMBRE SONRIENTE / HENNING MANKEL, 1994

La narrativa contemporánea sueca conforma un auténtico boom de la literatura del nuevo siglo. La novela policial nórdica constituye un fenómeno que ha excedido el campo literario para proliferar, con sumo éxito, en el ámbito del cine y la TV. El encanto y la seducción del crudo invierno que invita a consumar el camino del crimen. Nativo de Estocolmo, Henning Mankell lidera una profusa camada, también integrada por autores consagrados, de la talla de Peter Høeg, Stieg Larsson, Liza Marklund, Jussi Adler-Olsen, Arnaldur Indriðason y Jo Nesbø. Imprescindible autor de numerosas novelas y dramaturgo de suma popularidad en su tierra natal, es el creador del icónico detective Wallander. A través de sus valores morales, Mankell concibe la condición humana. Su mirada es paradójica, lo falible en esencia puede convertirse en allanado acceso a la grandeza.

Allí está Wallander (a quien el ámbito audiovisual colocara bajo la piel del atribulado Kenneth Branagh), haciendo su aparición, enfrentando a su enésimo enemigo invisible e inmerso en una aventura desasosegante que agudizará su sentido de intuición. La muerte de un hombre de leyes eleva la sospecha glaciar. El mal carece de rostro. Las fuerzas policiales ensayan una mueca desencajada. Seres humanos dentro y fuera de la ley, víctima del azar y las circunstancias. Vorágine de ambición, pasiones que conducen a un final fatalista. Un policía entregado en cuerpo y alma a su profesión, pero quebrado espiritualmente. El privilegio de disfrutar el riesgo de la profesión cruza su camino con la magnífica extravagancia delictiva. La eterna antinomia cobra aterradora semblanza. ¿Quién sonríe, finalmente? Constituyendo la cuarta entrega de la serie best-seller, la sensación de peligro no abandonará a ávidos lectores prestos a desentrañar el misterio de tan fantasmagórica aparición. Es una perturbadora revelación de la naturaleza imperfectible que no discrimina héroes de villanos.


RAY BRADBURY – EL HOMBRE ILUSTRADO, 1951

De H.G. Wells a Philip Dick, de Julio Verne a George Orwell. Autores de culto que filosofaron acerca de la conservación o la destrucción de la raza humana. La ciencia ficción literaria del último siglo y medio no ha agotado su originalísima capacidad para tramar mundos distópicos. La creciente industrialización, los totalitarismos, la pérdida de la identidad cultural y las guerras mundiales conformaron los principales temores de esta saga de mentes brillantes. Allí emerge la figura de Ray Bradbury, visionario autor de relatos sombríos y desencantados. Su extraordinaria delicadeza narrativa nos alertó sobre los peligros que se ciernen al amanecer de una nueva era. Maestro de la fábula, sus recursos técnicos colocan al lector como espejo del hombre víctima del engaño: el futuro es apenas una ilusión. Una fotografía que difumina sus bordes hasta derretirse. Las hojas de un libro profético que arden en grados Fahrenheit. La realidad supera la ficción y el poeta de la palabra sabe que emociones pulsar para consumar la pesadilla. ¿Quién activa los monstruosos engranajes de una sociedad sonámbula? Tratándose de crónicas marcianas para la colonziación o de paisajes dotados de moralidad concientizadora, su imaginería no tiene límites. Con el poder de anticipación de un viajero del tiempo, su prosa realiza un fascinante retrato psicologista y un pormenorizado análisis tecnológico. “El Hombre Ilustrado” recopila dieciocho cuentos sci-fi en donde se examina nuestra condición. Bradbury, efectivo guionista cinematográfico y subvalorado relator costumbrista, concibe un mecanismo de invención para la atormentada alma humana. Entre múltiples adaptaciones, en 1969 fue llevada a la gran pantalla, bajo la lente de Jack Smight.

LA PROPORCIÓN ÁUREA: EL LENGUAJE MATEMÁTICO, 2010

Este libro viene a convencernos de que la belleza puede expresarse en términos matemáticos. Nuestra capacidad de asombro no se agota cuando descubrimos la divina proporción áurea. Desde el mundo antiguo a la actualidad, la realidad dispone sobre nosotros hechos incontrastables. Arte y naturaleza dialogan en armonía. Desde la siempre inquietante sonrisa de Mona Lisa tramada por Leonardo Da Vinci a la geometría de una flor. Desde misteriosas formas animales al espiral hipnótico de la galaxia sideral. Una verdad que sacude nuestro raciocinio y emoción. Fractales que se multiplican en perfecta simetría. Números dorados que no fallan y se repiten hasta el infinito. Un bucle que contiene la eternidad. Rectángulos sagrados que guardan simbólico secreto. De Pascal a Fibonacci, secuencias numéricas que se repiten con sorpresiva insistencia. Si agudizamos nuestra mirada, encontraremos rastros de tan mágica combinación de dígitos, oculta detrás de algunos de los monumentos culturales más trascendentales. Tesoros occidentales: desde las proporciones de El Hombre de Vitruvio al estudio de investigación de Luca Pacioli, desde la estructura del nautilo de Frank Lloyd Wright a la obsesión arquitectónica de Le Corbusier.

El presente ensayo de Fernando Corbalán nos fascina, explorando un territorio de relaciones numéricas y revelaciones universales. La múltiple perspectiva traza un lazo indivisible entre arte y ciencia, borrando todo antagonismo arcaico y preconcebido. Ambas miradas confluyen para nutrirse mutuamente, mientras la próxima maravilla aguarda ser encontrada en la silueta de una estrella pentagonal. Vinculaciones complejas estremecen el intelecto, mientras el autor, doctorado en Filosofía y Letras, nos guía por el cuerpo de obra de grandes pensadores de la humanidad. Luego, posa su mirada en la vida natural que palpita a su alrededor y el diálogo estético ensaya una respuesta alquímica. El mundo es matemático y existen cierto tipo de lenguajes que deleitan nuestros sentidos.


BRAM STOKER, LA COPA DE CRISTAL (CUENTOS DE MEDIANOCHE, 1990)

Bram Stoker pervive en el tiempo gracias a la epistolar “Drácula” adaptada múltiples veces al cine, habiendo disfrutado en vida de un ambiente cultural fascinado por su famosa crónica vampírica. Sin embargo, su primer relato publicado y súbito éxito literario resulta un hallazgo dentro de su magna obra. Mundo fantástico y trágico destino de un artista, “La Copa de Cristal” nos habla acerca de banalidades estéticas colisionando con compromisos auténticos. Es una creación de profunda urdimbre moral. De la intrínseca maldad humana y de las drásticas consecuencias que conllevan actos impulsivos. Una historia de venganza tan macabra y reflexiva, un melodrama onírico originalmente publicado en el London Society. Cuento de hadas tergiversado bajo la fórmula del terror gótico, explora el sentido terrible de la belleza. Stoker incluye múltiples narradores con gran pericia, y no vacila en impulsar a sus personajes psicológicamente alterados hacia un condenable acto de violencia.


HERMAN MELVILLE, CUENTOS COMPLETOS – EL CAMPANARIO, 2009

Herman Melville tenía veintiún años cuando embarcó en un ballenero y recorrió los mares del Sur durante casi dos años. Materia fértil para su emblemática “Moby Dick”. Objeto de permanente imaginación para los círculos literarios, su crónica marítima no restringe las versatilidad de un escritor probado en narraciones como “Bartleby, El Escribiente”. La autobiográfica “El Campanario” explora la figura del mítico Bannadona, un villano capaz de desafiar al mismísimo Dios. Tan atractivo en dilucidar resultan las buenas intenciones de un artista que se debate entre la insubordinación a la autoridad y el sometimiento al deseo de la masa. Visionario y pasional, pueden las coordenadas sociales, históricas y culturales que lo atraviesan condenarlo a la irremediable obsesión. A menudo, todo personaje excepcional acaba siendo un escollo difícil de asimilar por un mundo direccionado hacia la aniquilación del individuo inconformista. Mecanismos perversos y volubles tragedias consumarán el banquete principal servido por el autor de origen neoyorkino.


LA TIERRA BALDÍA – T.S. ELIOT, 1922

Poema épico del siglo XX, esencia elegíaca de nuestro tiempo. Mediante imágenes tan líricas e innovadoras, T.S. Eliot (1888-1965) retrata la devastación de la Primera Guerra Mundial, al amanecer del nuevo hombre. Las ciudades crecen vertiginosamente y la vida en la naturaleza supone un exilio auto impuesto. Las voces de su pasado literario susurran en el oído al autor formado en Harvard versos que suscitan genuina emoción. Pareciera el emergente paradigma humano estallar en el más sosegado silencio. Estudiante de la poesía vanguardista anglosajona, Eliot pudo volcar en su obra cabal un extenso relato, tan febril e irreal. Un mutante reverso del paraíso inhabitable, anunciado al territorio arrasado por los desastres de la guerra. El trovador articula versos que recogen un universo devastador de citas, tradiciones e inflexiones. El amanecer de una nueva escritura, misteriosa, laberíntica y reflexiva. Se requería de una fuerza sublime para dialogar con aquel mundo en llamas.  “La Tierra Baldía” nos inunda de su esteticismo y virtuosismo técnico. Su publicación convirtió al autor nativo de Missouri en el poeta más influyente de su generación. Ganador del Premio Nobel de Literatura en 1948, dedicaría los últimos años de su vida a escribir reconocidas obras de teatro, como “El Anciano Estadista” (1958).


KIM, RUDYARD KIPLING / 1901

Obra maestra y narración atemporal. La India colonial británica hospeda el encuentro entre el huérfano que da nombre a la obra y un lama tibetano. Proverbial encuentro que cambiará el curso de vida del primero. La búsqueda del río místico se convierte en una guía espiritual aleccionadora, al tiempo que una misión secreta oculta distintas intenciones. Kipling, tan efectivo en labores periodísticas como en incursiones poéticas confluye las cosmovisiones de Occidente y Oriente en su cabal manifestación literaria. Epítome del crepúsculo victoriano, gozó de un amplio reconocimiento en vida. El autor describe la India desde una mirada panorámica, naturalmente sajona e imperialista, al amanecer de un nuevo siglo. Este descendiente de militar irlandés de baja graduación persigue lo sagrado, en búsqueda de recuperar la libertad de la que algún día gozó. Sabe que el silencio es su aliado y posee la suficiente perspicacia como para desenvolverse en territorios no del todo amigables.


JAMES ELLROY / SANGRE VAGABUNDA, 2009

Magistral cierre para la trilogía americana, el presente volumen clausura la senda iniciada con “América” y continuada con “Seis de los Grandes”. Su nativa Los Angeles sirve a James Ellroy como materia narrativa. Consumado escritor de novela negra, influido por los maestros Raymond Chandler y Dashiell Hammett, aquí Ellroy lleva a cabo un crudo retrato de la Norteamérica más racista y conservadora. Un friso asombroso acerca del castigo que se cierne sobre una sociedad en creciente putrefacción. Ideales fanáticos llevados a un extremo convierten a una comunidad en exclusiva testigo del asesinato de líderes generacionales. Actos conspirativos de multiplican por doquier. Sangre bastarda dispuesta a hacer temblar los cimientos democráticos de una nación. Nadie está a salvo, nada quedará en pie. La pluma impiadosa de Ellroy se encarga de radiografiarlo con precisión quirúrgica. La corrupción acecha las calles y las reglas de juego se definen hundiendo a militantes de dudosa moral en el barro de la confrontación. La autoridad policial brilla por su ineficacia. Un matón preferido de la Casa Blanca se obsesiona con pérfidos planes xenófobos. El negocio de la heroína construye mecas de vil metal. Un detective privado caza tanto por instinto como por convicción ideológica. La rueda del poder dicta el tiempo de una era incendiaria. Se requiere una suculenta dosis de ferocidad y malos modales para pasar a formar parte de los anales de esta historia. Estados Unidos ensaya un acto de sacrificio y purificación. Ellroy está dispuesto a pagar el precio por contarlo todo.


STEPHEN KING, MIENTRAS ESCRIBO, 2000

La moraleja de sus historias nos enseña que, cada vez que miramos un fantasma, no estamos haciendo otra cosa más que contemplarnos a nosotros mismos. El mundo fantástico de Stephen King puebla la memoria de nuestra conciencia. Sus pesadillas y alucinaciones trazan retazos turbios. El sueño y la vigilia se confunden. Lo real adquiere palpable consistencia. Sus historias consuman venganzas implacables. Sus personajes habitan pueblos inhóspitos. No hay criaturas demasiado amigables en la cosmovisión del escritor nacido en Maine. Sus novelas han sido llevadas con gran éxito a la pantalla cinematográfica, desde “Carrie” (1973). Meteórico best-seller, maestro del terror contemporáneo y prolífico creador de ominosas ficciones. Desde “El Resplandor” a “La Zona Muerta”, desde “Cazador de Sueños” a “It”, de “Buick 8” a “El Juego de Gerald”. Escalofriante y malicioso, nos atrae su visión de lo extraordinario.

El imprescindible “Mientras Escribo” fue publicada en el año 2000, concebida como un abordaje autobiográfico, a través del cual el autor relata sus propias experiencias, constituyendo una indispensable guía de lectura para sus fervientes lectores alrededor del globo. King aborda sus miedos, frustraciones, ilusiones, batallas libradas y experiencias reveladoras claves a la hora de despertar y estimular su pasión por la escritura. Relata, de modo pormenorizado, la gestación de su primera novela, así como también incluye una serie de consejos prácticos y competentes para todo aquel aprendiz en el tan incómodo como atractivo arte de narrar lo ominoso.


LA METAMORFOSIS – FRANZ KAFKA, 1915

Nativo de Praga, descendiente de judíos alemanes. Fue testigo del desmoronamiento del Imperio Austro-Húngaro. Integró circuitos literarios e intelectuales, aunque en vida solo pudo publicar mayormente en revistas. Murió de modo prematuro, a causa de tuberculosis, dejando un legado consistente de novelas, cuentos, manuscritos y un diario íntimo. También una copiosa correspondencia con su amigo Max Broad, quien publicaría su obra de forma póstuma. Figura clave del siglo XX, su concepción en “La Metamorfosis” reúne las principales obsesiones de esta pluma iconoclasta. Gregor Sama despierta de un sueño para verse sumido en una real pesadilla. Transformado en monstruosidad, cobra vida la maquinaria kafkiana. Tras su apariencia mutante, subyace un profundo análisis filosófico. La asunción de la nueva y abominable identidad del protagonista dice mucho acerca del deseo reprimido y los miedos instaurados, como mecanismos operantes en la injusta dinámica social y los aparentes vínculos emocionales entablados.


LOS MIL Y UN FANTASMAS, ALEXANDRE DUMAS / 1849

Dramaturgo y brillante pluma traducida a más de cien idiomas, maestro de la novela histórica del siglo XIX, Alexandre Dumas dominó la escena literaria de su tiempo. El francés es responsable de obras como “El Conde de Montecristo” y “Los Tres Mosqueteros”, fértil materia moldeada en celuloide tiempo después. A menudo subestimado en su faceta de creador de dantescos mundos de ficción, fue un probado practicante del género del terror. Una cabeza parlante. Un fantasma con los ojos abiertos. Unos labios que reproducen un grito ensordecedor. Una jornada de caza precede a una docena de relatos malévolamente imbricados. Dumas condimenta la escena con sombrías atmósferas: abundan salones mal iluminados, espectros decapitados y atronadoras tormentas eléctricas. “Los Mil y un Fantasmas” enlazan misterio y tensión, desde las primeras líneas hasta su desasosegante desenlace.


OSCAR WILDE – EL RETRATO DE DORIAN GRAY / 1890

Este incorregible dublinés estudió los clásicos y se doctoró en poesía. Se influyó de un esteta como John Ruskin. Su excentricidad fue objeto de sátiras. Su controvertido accionar lo llevó a la cárcel. Su ingenio igualó su talento, revelándose como un perspicaz ensayista y crítico de arte. En la cima de la literatura de su era, publicó esta obra de teatro, luego convertida en novela. Basil Hallward probablemente haya existido en la vida del escritor, si bien su auténtica identidad permanece un misterio. El joven Dorian añora la frívola inocencia del retrato y es capaz de vender su alma al mismísimo diablo con tal de que sea la tela la que envejezca y no él. Corrompida el alma e intacta la cáscara exterior, el apuesto aristócrata conservará la hermosura. Un acto de lozanía pagado a tan alto precio. “El Retrato de Dorian Gray” nos habla acerca de aquel deseo enfermizo y la tentación cedida. Del deseo monstruoso y la prohibición moral. Del lugar inasible donde habitan nuestros pecados…y del perturbador acto de asumir nuestra falibilidad. Blanco de la conservadora sociedad de su tiempo, Wilde fue acusado de sodomía y sufrió drásticas penurias económicas. Se arrepintió de sus hechos licenciosos, pero el reloj vital ya no jugaba a su favor. Seriamente dañado en sus resistencias anímicas, falleció en su exilio en París, en el año 1900.


SAGA HANNIBAL LECTER (THOMAS HARRIS, 1981-2006)

Esta mítica tetralogía de novelas, comprendida por los títulos «Dragón Rojo», «El Silencio de los Inocentes», «El Origen del Mal» y «Hannibal», estimula a la enésima escala el apetito lector de todo ávido interesado en internarse en una de las mentes criminales más perversas de la ficción literaria. El morbo solo se alimenta con más morbo: Norteamérica vive y muere haciendo un auténtico acto de culto de aquellas retorcidas criaturas que cimentaron su legado escrito con sangre. Hannibal Lecter supo ser la máxima amenaza para el FBI, la indeseable pesadilla en bucle de Will Graham y el desagradable espectro que sumió a la vida profesional de Clarice Sterling en un auténtico calvario. Psicópata consumado y objeto devoto de la cultura popular, Lecter diseccionó a sus víctimas con quirúrgica precisión. Thomas Harris hizo lo propio con su personaje más emblemático, examinando la psicopatología del caníbal más temido y parodiado. La omnipresente oscuridad de la saga y su compleja cronología nos convida de las siempre insatisfechas intenciones de un implacable asesino en serie que fuera encarnado de modo antológico por Anthony Hopkins en la gran pantalla. El exitoso creador es una figura ilusa del foco de la prensa, quien concibiera a su maléfico personaje a través de una serie de novelas publicadas entre 1981 y 2006. Su cosmovisión no guardó límite moral por rebasar. Harris sabía que poseía un material prodigioso entre manos y ofreció los derechos novelados a Michael Mann, quien dirigió la injustamente olvidada «Manhunter», en 1986. No hay inocencia que valga en la meca del cine, la adaptación fílmica producida por el todopoderoso Dino De Laurentis revolucionaría el subgénero de thriller sobre asesinos seriales, sentando un molde que se replicaría de modo endogámico en Hollywood. «El Silencio de los Inocentes» colocó el nombre de Jonathan Demme en boca de todos. Lecter, por su parte, cobraba dimensión de leyenda como uno de los más espeluznantes villanos de todos los tiempos.


EL CADÁVER IMPOSIBLE, 1992 – J.P. FEINMANN

Cualquier sensación antes que tedio nos despierta la novela policial, concebida bajo la pluma de José Pablo Feinmann. Su mirada trama estrechas relaciones entre la vida delictiva y su consecuencia social. Un hecho criminal que no posee pistas esclarecedoras. Un arrebato de locura precoz. El fin de la inocencia que corre el velo a la innombrable cara del mal. Una alegoría de “Moby Dick” (1851), de Hermann Melville. Un cóctel explosivo y materia fértil para la quimera cinematográfica. La idea ficticia de una antología policial como disparador, se coloca bajo la piel de este cuento policial que muta su forma. Como cajas chinas, la brillante pluma de Feinmann imbrica líneas narrativas paralelas. Realidad y ficción se entrelazan, un asesinato siempre rompe un orden racional. El desajuste social que debe ser subsanado. Jamás pecando de timidez a la hora de poner en marcha su lúdica e ingeniosa criatura, el autor salpicará la historia con el profano trajinar político de nuestra nación. Narrador dentro de narrador, testigo poco fiable, artificio metalingüístico. El disparador argumental criminal es el instrumento perfecto: un suceso bañado en sangre se convertirá en hazaña literaria. El ‘cuerpo del delito’ es un texto desmembrado, reflejo simbólico de un ‘cuerpo mutilado’.


LOS CRÍMENES DE VAN GOGH, 1994 – J.P. FEINMANN

Deleite y juego de la inteligencia. Un desafío al paladar policial del lector. La sátira es el registro elegido para que José Pablo Feinmann revise la historia argentina reciente. Personajes coloridos, extravagantes, amorales y repulsivos, atraviesan su brillante ficción. La democracia pende de un hilo bajo desechos dictatoriales, los límites del asombro se rebasan y el discurso vertido por los medios se tergiversa. El ojo de Marion Crane en “Psicosis” (1960) se convierte en un fetiche. Un émulo del enigmático ‘Jack El Destripador’ recrea el funesto paradigma de Whitechapel. Amante del policial negro clásico, el autor bebe de la inagotable fuente literaria-cinematográfica, para concebir una obra que se comprende como un corrompido mosaico social. Con encomiable habilidad y astucia, Feinmann ejerce su notable autoridad para decodificar nuestra realidad como nación y ensayar una reflexión acerca de la condición humana. En la putrefacta superficie, emerge un panorama dominado por el miedo irracional, los valores viciados, la falta total de escrúpulos y las víctimas inocentes acumuladas. La verdad, por improbable que sea, no tardará en salir a la luz.


CARTER EN NEW YORK, 2009 – J.P. FEINMANN

Con el arrojo suficiente como para deslizarse al borde de la cornisa, sin perder un ápice de compostura, José Pablo Feinmann concibe a su enésima criatura literaria. Su siempre aliada provocación y el inagotable recurso del humor grotesco delinean un modelo que carecerá de toda corrección. Su entramado argumental nos coloca bajo la piel de Joe Carter, detective privado bajo el molde de un lacónico hitman. Duro entre los duros, no desperdicia tiempo a la hora de implementar su maquinaria criminal. Su ideología se enfunda en los colores de la bandera norteamericana. Es un patriota, un arcángel vengador. Posee contactos en las altas cúpulas de poder, también en los bajos fondos del hampa. La ambición conlleva un duro precio a pagar: la materia de la que están hechas los sueños suele ser un resbaladizo espejismo. El individuo asesino es víctima de las condiciones sociales y ámbitos en los que ha vivido. Se debe extirpar el mal injerto en las entrañas de un Estado contaminado. Carter lo sabe, presto a cortar la próxima tajada de dolor; es un fanático asesino de todo credo ajeno, cuyas trashumantes aventuras literarias lo llevarán a sembrar el caos en Vietnam y en Los Angeles. A su impasible andar, destila intolerancia y, preso de su paranoia, persigue un enemigo invisible. Adalid de su propio ejército, engendra el rostro más tremebundo del imperio capitalista del norte.


NI EL TIRO DEL FINAL, 1981 – J.P. FEINMANN

Si en su novela debut, “Últimos Días de la Víctima”, editada en 1979 y luego llevada al cine por Adolfo Aristarain, en 1982, José Pablo Feinmann aunaba los rastros genéricos del policial clásico (con Raymond Chandler, Mick Spillane y Dashiell Hammett a la cabeza), mediante su brillante pericia para leer el contexto social y político en el que su obra se inscribe, su siguiente opus refrenda las virtudes de un producto policial anticonvencional. En el cual, sin embargo, abundarán los elementos que constituyen su imaginería: chantajes sexuales, traiciones de poder, desencantados sicarios, eternos perdedores y mujeres fatales. Bajo un caótico paradigma, todo en Feinmann es excesivo, procaz y revolucionario. Atento al marco real con el cual la obra dialoga, articula un metarrelato bajo las irrenunciables reglas de un género inagotable. Prolífico escritor de ficciones, gesta una poética de delirante desconcierto que somete nuestras fantasías literarias. Una variopinta galería de personajes converge en la inhóspita e invernal Mar del Plata, grisáceo trasfondo geográfico que sostiene una historia cruel, adictiva e hiperbólica. Tramando su enésimo vínculo con el cine, Feinmann vería a su novela convertirse en film con destino de culto, bajo la óptica de Juan José Campanella, para el largometraje rodado en inglés, en 1997.


LADY CHATTERLAY, D.H. LAWRENCE, 1927

D.H. Lawrence fue un reflexivo escritor autor de novelas, cuentos, poemas, obras de teatro, ensayos, libros de viaje y críticas literarias. Concibe aquí su obra maestra: la controversial historia que cambiaría para siempre el curso del género abordado, censurada en su época hasta el extremo de ver prohibida a su publicación en 1928, en Florencia. Editada durante los locos años ’20, en plena revolución cultural del período de entreguerras, “Lady Chatterlay” violaba las normas y conductas sociales imperantes, al tiempo que realizaba una crítica a la clase media alta distanciada de los que no compiten con su condición, en la disparidad existente entre sendos grupos sociales y el resto de la humanidad. En esta novela de época británica, editada en tiempos de ‘ismos’ y al despertar de una nueva era, una infidelidad desencadenante en tragedia resulta un perfecto vehículo argumental, cargando sus páginas de erotismo explícito. La obra, es a la vez, una reflexión sobre el amor, la soledad y los mandatos habitualmente aceptados, trazando puntos en común con la polémica generada por «Madame Bovary» (1856), de Gustave Flaubert, “Lolita” (1955), de Vladimir Nabokov, “El Amante” (1984), de Marguerite Duras, o “Anna Karenina” (1877), de Lev Tolstoi.

Escenificada en un lúgubre pueblo, hacia 1917, sus disparadores intelectuales justifican las principales inquietudes del autor: la modernidad nos lleva a la deshumanización, aspecto que no queda al margen del ensombrecido ambiente planificado, reflejando el humor, la apatía y la desesperanza humana, mientras cavila el autor acerca de cómo incide la industrialización en la gestación del nuevo hombre; cómo se relaciona este con su entorno, cómo convive con su salud emocional, balanceándose entre el instinto y la racionalidad. Su abierta opinión sobre la desinhibida sexualidad le valió ser objeto de persecución y censura. Para Lawrence, la libertad sexual es sagrada, mientras la vieja Inglaterra se sacude el polvo del conservadurismo de la época victoriana. La sociedad se escandalizaba ante semejante abordaje tabú; la búsqueda del placer y del goce contrarresta la mirada de una mujer, encorsetada, hasta el momento, bajo los regímenes de una máquina diseñada, en exclusivo, para procrear. El sexo es para amantes de ocasión, tergiversa el paradigma Lawrence, a diferencia de la concepción destinada para personas unidas por un lazo amoroso o religioso. Salvaje peregrino en su perenne éxodo creativo, Lawrence fue tildado de pornógrafo reputado y escandalizador moral por antonomasia. Su incorrecta, sanguínea y explícita visión de un vínculo adúltero sacude la solemnidad de la gran tradición canónica de la literatura europea.


I CHING, 1924, TRAD. RICHARD WILHELM

El «I Ching» o “Libro de las Mutaciones” conserva su encanto de tiempo inmemorial. Un clásico confuciano cuyo primer rastro se remonta al año 1.200 A.C.. Cuatro milenios de historia resguardan el legado de un libro de guía oracular tradicional que, literalmente, muta su significado. Tesoro de la humanidad para tan asombrosa concepción del mundo, entre los múltiples idiomas a los que ha sido traducido, destaca la versión del teólogo y misionero alemán Richard Wilhelm, difundida en su propia lengua, también en inglés, italiano y francés. Precedida por el prólogo de C.G. Jung, sus múltiples interpretaciones despliegan ante nuestros ojos opciones multiplicadas y estrategias oblicuas. Su estructura cosmogónica ha sido objeto de estudio filosófico por siglos, conciliando las doctrinas de Confucio y Lao Tse. Método de consulta de procedencia taoísta, nos invita a tomar el camino correcto respetando el libre albedrío de nuestra interpretación. Origen primitivo que encierra la preciada respuesta para la atávica encrucijada humana. Principio organizador en taxonomía jerarquizada, una constelación de hexagramas conserva el aura de leyenda en cada enseñanza brindada. Escenario cambiante que también alcanza al mundo de la música: el método de composición aleatorio, controlado por el azar, fue utilizado como elemento inspirador y herramienta habitual por el teórico y filósofo John Cage. Centro convergente de escritura mutante a través del tiempo, el “I Ching” aconseja con sapiencia y rigor moral, embebiendo las ciencias, la psicología y la literatura del Occidente del siglo XX. Los modos que atañen a los días futuros están en nuestras manos, en tanto y en cuanto sepamos captar la señal simbólica.


HENRY MILLER, TRÓPICO DE CÁNCER, 1934

Henry Miller llega a París a mediados de los años ’20. Errante y esporádico, es un nihilista que vive marchándose, y la miseria promete encontrarlo antes que tarde. Busca a su mujer, pero allí conocerá a la escritora Anaïs Nin, quien se convertirá en su amante y cuya tormentosa relación Philip Kaufman llevó al cine en el osado film “Henry y June” (1990). Por aquellos tiempos, concibe su obra cumbre. “Trópico de Cáncer” es un firme manifiesto inconformista, portadora de una verdad inescrutable: hay novelas que buscan provocar, y cuya morbosidad y misoginia coloca su legado bajo ciertas reservas.

Jamás exento de polémicas, la carrera literaria de Miller se caracteriza por su vertiente modernista, la utilización del flujo de conciencia, un lenguaje coloquial y una narración orientada hacia su cauce psicoanalítica. En su creación más autorreferencial, leemos la propia mente del autor, abierta de par en par, en una novela biográfica, que es tanto un examen de conciencia como un escupitajo a la cara del arte. Blasfemo de Dios, describe fantasías sexuales con escandalizador propósito, alternando reflexiones que van de lo mundano a lo surrealista. Emprende un azaroso vagabundeo por los bajos fondos y las miserias parisinas, tramando un argumento gratuitamente obsceno y misántropo. A su publicación, la novela fue rechazada por los círculos académicos, irritados ante las pulsiones animales que, página a página, encendían las obsesiones amatorias del autor. Como dardos certeros, letras vivas impactaban en la conciencia del espectador.

La mirada grotesca de Miller ejerce su condición de libertario, mientras se desliga de lo trascendente y toda concepción social convencional. Su pormenorizada descripción sexual desafió todo conservadurismo imperante, motivo por el cual “Trópico de Cáncer” estuvo publicada en la clandestinidad por más de treinta años. Su primera edición pasó, de mano en mano, por la inquieta generación beat, influyendo en el postmodernismo y en la cultura underground. Su revolucionario renombre excedió claramente el canon. La vulgar, extrema, depravada e intensa forma que cobró la escritura de Miller marcó un antes y un después en la literatura del siglo XX.


HARRIETT BEECHER STOWE, LA CABAÑA DEL TÍO TOM, 1851

Publicado en 1851, en plena era esclavista, esta obra suscitó escándalo en igual medida por su temática como por estar elaborado por una mujer. “La Cabaña del Tío Tom” valida una mirada idealista atravesada por la tragedia irremediable. La venta de esclavos y la visión del hombre negro, por parte del paradigma blanco como un mero objeto de explotación, encuentra en el presente libro un precedente del que beberían futuras incursiones del siglo XX, como “Raíces” (1976), de Alex Haley. El costado de la historia que busca negar lo políticamente incorrecto jamás conferirá credibilidad a relatos basados en hechos reales, recordados con la precisa brutalidad en que fueron cometidos. Seres humanos sometiendo a otros de su misma condición; imperdonable pecado.

El negacionismo acerca de la supremacía blanca y el maltrato atávico proferido hacia la comunidad afroamericana, resulta un factor preponderante a la hora de considerar las heridas aún abiertas de una nación. Síntomas de una sociedad lastimada y enferma, arrastrando el karma de la desigualdad y empecinada en ocultar aquella otra cara de la historia que busca ser expiada por la pionera autora, con un grado precursor de búsqueda de la propia raíz identitaria. Hacia mediados del siglo XIX, los Estados del Norte y del Sur se enfrentaban por abolir la esclavitud. Escrita antes de la Guerra de Secesión, Harriett B. Stowe interpreta aquí las coordenadas sociales en donde su obra se enarbola, mientras que su fundamentalista formación religiosa incide en la visión de los hechos relatados.

La escritora se propone salvar las almas diezmadas de un país dividido, prestándose a la flagelación de la sociedad de su tiempo y emprendiendo la misión harto dificultosa de promover los valores morales sobre los que se asienta la propia idiosincrasia. ¿Cómo aceptar que el enemigo provenía de los mismos cimientos de aquello que llamamos patria? Aspecto no menor, tratándose de una mujer inserta en un prototipo harto patriarcal. Récord de ventas apenas publicado, “La Cabaña del Tío Tom”, primeramente, fue editado en entregas de revista, luego como libro, proliferando en dicho formato hasta la actualidad. Sin embargo, su lugar en la historia ocupa un sitial más polémico brindado al popular consenso.

Stowe articula su dialéctica bajos los designios del personaje arquetipo, abundando en valores antagonistas que no temen caricaturizar los extremos. Sus criaturas encarnan los valores morales que ratifican su interés, aspecto que llevó a la autora a ser tildada de efectista y artificiosa, desde elitistas círculos que desdeñaron la auténtica primacía de una obra que no temía, según propias palabras, aleccionarnos con moralina con tal de apelar a nuestra conciencia ocultándose bajo el disfraz del panfleto religioso abolicionista. Una mirada radicalmente opuesta a las verdaderas intenciones de su creadora. Bajo su pluma, la cabaña no es más que una pura metáfora: el refugio representa ese remanso inasible, ese regalo de libertad como próxima frontera a conquistar.

El legado de Stowe ha aprendido a convivir con cierto grado de escepticismo por parte de la misma comunidad: ser un ‘Tío Tom’ representó un auténtico insulto para los afroamericanos. ¿Cuáles son los verdaderos intereses que se deben combatir para acceder a la emancipación y el empoderamiento? Ceder al régimen blanco implica ser dócil, resignado e indigno de su raza en los términos actuales. Convertida en clásico por derecho propio, pocas novelas han tenido tanta repercusión en su época. Un siglo y medio después, “La Cabaña del Tío Tom” indigna, estremece y emociona con genuinos instrumentos literarios.

MICHEL HOUELLEBECQ– PARTÍCULAS ELEMENTALES, 1998

Su edición provocó gran repercusión en Francia, comparada a la “Montaña Mágica” (1924) de Thomas Mann y “Un Mundo Feliz” (1932) de Aldous Huxley. El novelista y ensayista Michel Houellebecq lleva a cabo una crítica social al icónico movimiento generado en el ’68, caracterizado por una marcada liberación sexual y un desarraigo de costumbres tradicionales. Para su entramado conceptual, deja de lado la moral y la fe cristiana, cuestionando los excesos y las mutaciones metafísicas. Emite visiones radicales del mundo que conducen a la desesperación, al desasosiego y a la pérdida de la razón de la vida.

Este poeta francés, nacido en 1958, debutó en 1994, con “Ampliación en el Campo de Batalla”, y es su concepción global que afecta a nuestras convicciones. Dispuesto a sacudirnos, emprende aquí una novela contradictoria, echando mano de un lenguaje explícito, y visibilizando el quiebre de la sociedad de su tiempo. En Houellebecq, nos llama poderosamente la atención la forma provocativa con la que aborda su propia reflexión sobre la naturaleza del ser humano. Su panorámico pensamiento no deja espectro por abarcar, pronunciándose acerca de las culturas new age y la conexión natural generada a su beneficio, a fin de lucrar y comerciar con el fenómeno social contemporáneo.

Es su deseo narrar el absurdo y el vaciamiento espiritual sucumbido ante la banal propaganda, no obstante, no persigue un tono burlón, sino que su ambición literaria genera conciencia sobre los peligros de su tiempo. Concluye la reflexión extremista del autor: la humanidad debería dar nacimiento a una especie asexuada e inmortal que supere su propio devenir, nos alecciona el pensador galo. El humor irónico se avizora como inmejorable herramienta, describiendo una bella y negativa visión del mundo que lo rodea. Óptica que se espeja en cómo nos vemos a nosotros mismos, desde el espacio de lo posible que construye su propia historia (relato) a través del propio recuerdo subjetivo.

Ensaya “Las Partículas Elementales” meditaciones acerca del amor, la soledad, la muerte, la felicidad y la decadencia de la sociedad. Sopesa el valor de la juventud, perdida y usurpada. Es una crónica corrosiva, cruda, original y contestataria. Una reflexión sociológica y trascendental que busca fundar un nuevo valor colectivo. Las fantasías del autor son víctimas del horror cósmico que espera la destrucción de todo lo existente. En profunda relación con la náusea sartreana, Houellebecq adhiere al sistema del positivismo filosófico gestado por Augusto Comte, aseverando que el francés adapta tal concepción de pensamiento a sus novelas. No debería sorprendernos, se trata de un ateo y materialista del confort, encumbrado como uno de los más lúcidos analistas de la realidad contemporánea.


NATIVE SON, RICHARD WRIGHT / 1940

Cuando el asesinato es la única forma y opción redentora. Ya no importa si se ríen de él por ser negro. Un torrente de sentimientos confluye en el personaje protagonista de la novela: el encierro proyecta la liberación que conlleva el acto criminal. Bigger Thomas es un enfurecido adolescente, inserto en una América Blanca que se empecina en hacerle sentir la vergüenza de ser negro. El joven hace frente a la supremacía de quien se enorgullece de su condición, arrastrando el dolor, la opresión y la desidia vivida por enteras generaciones de esclavos fugitivos. Con realismo brutal, el espectro se amplía: Richard Wright radiografía el fenómeno de la experiencia negra urbana. El autor se libera de los estereotipos, tomando conciencia del color de la propia piel. Su latente convicción arroja sobre nosotros, lectores, una pregunta atávica: ¿por qué los blancos lo despreciaban?

Nacido en 1908, en Mississippi, Wright se pronunció en contra de los prejuicios raciales que se prolongaron de generación en generación, comenzando su trayectoria literaria a mediados de los años ’30, cuando la lucha por los derechos civiles aún no se había establecido. Militante comunista, se insertó en los círculos literarios de su época. Instruido autodidacta, concibió a Bigger Thomas, un claro álter ego, como omnipresente protagonista de “Native Son”. Escribió la novela en cuatro meses, con un estilo ágil y visualmente cinematográfico. Llevó su propia obra al teatro, producido por Orson Welles. Un contenido casi documental que superó la censura, llegando al cine en 1951, a través de un film hoy semi olvidado, filmado en improbables locaciones de Argentina.

Thriller y novela de conciencia social convergen en “Native Son”; electricidad y espíritu de igualdad pareciera correr por sus páginas. Los factores motivacionales del libro fueron luchar contra la segregación y las leyes de Jim Crow, aún vigentes en los Estados del Sur. Separados geográfica e ideológicamente, las mitades de una nación dividida evidenciaban profundas cicatrices. La comunidad de color debía viajar en los asientos traseros del transporte público, tomar específicos servicios de gastronomía y hotelería y utilizar baños públicos en exclusivo de su raza. Tan inadmisible como consensuado y prolongado por décadas.

Gracias a la presente obra, Wright fue el primer afroamericano que se ofreciera en la selección principal del libro del tradicional ‘club del mes’. Su novela es también pionera en otros aspectos: crea el género del naturalismo negro. Una declaración poética y personal política que desentraña, página a página, el modelo norteamericano segregacionista, desde los ghettos marginales a la gran ciudad de Chicago. La ley de los derechos civiles puede deber parte de su implementación a una eminente voz divulgadora como la de Wright, quien sentara una de las piedras fundacionales, en tiempos donde se desarrollara uno de los litigios más prolongados del país. El propio autor plasmaría sus vivencias en “Black Boy” (1945), su autobiografía, otra obra francamente poderosa, necesaria y recomendable.


JOHN LE CARRE – EL TOPO 1974

Este gran escritor de novelas de espionaje, nacido en 1931, recibió una importante formación académica. Fue múltiples veces adaptado al cine y a la TV. De su pluma nace uno de los dos espías más trascendentales que han sido trasladados a la gran pantalla. Ambos son ingleses. No nos sorprende, George Smiley puede competir, de igual a igual, con James Bond. En tiempos de la Guerra Fría, John Le Carré demostró conocer como la palma de su mano el contexto geopolítico, la ideología y el vértice que dividía a los preceptos comunistas de los occidentales. Bajo su concepción, un infiltrado turbio y atormentado, que jamás duda de su lealtad al sistema, se convierte en un incondicional servidor de la Corona. A medida de sacrificios y renuncias, pergeña el autor un personaje complejo. Características psicológicas que van generando una reacción frente a las diversas tramas que abre ante el lector la primera de las novelas protagonizadas por Smiley. Conocedor de las precisas técnicas narrativas del género, el creador de “El Sastre de Panamá» y “El Hombre Más Buscado” lleva a cabo un final sorprendente. 

El pormenorizado análisis del conflicto resguarda un sentido biográfico: Le Carré, al igual que Graham Greene, participó para los servicios secretos británicos. Huérfano de madre de pequeño, pudo la ficción recrear tintes autorreferenciales; el juego de espionaje que gira en torno al enfrentamiento de las potencias mundiales deposita sobre nosotros ecos históricos de la infiltración soviética. Materia prima para confección de topos antológicos, las novelas del nativo de Reino Unido se preocupan por la descripción de personajes; si se quiere, son menos atmosféricas y más periféricas. Lentamente y con artesanía, se articulan los pequeños detalles que sostienen los finos hilos tejedores de la gran historia. Habilidoso arquitecto de escenas, emprende la tarea de un narrador barroco conformando anécdotas encadenadas en la visionaria obra de un potente pensador. Curioso resulta observar, en posteriores incursiones literarias de Smiley, que su convicción vira hacia lo cínico y dubitativo, cambiando su postura política hacia las postrimerías de su carrera. Sin proponérselo, Le Carré acabará inspirando la ciclópea obra literaria de Tom Clancy y su icónico agente ficticio Jack Ryan.


H. HESSE – EL LOBO ESTEPARIO, 1927

Filosófica y existencialista, esta obra constituye un viaje hacia la mente de un cincuentón deprimido. El autor confluye lo autobiográfico y lo fantástico. Somos testigos de los lamentos intelectuales de un ser que no logra encajar en el mundo; un solitario sin fortunas ni lazos afectivos duraderos. Observamos el desapego de un ser habitante de su propia dimensión, un lobo instintivo y libre pensador, que se lleva por sus pasiones. «El Lobo Estepario» nos presenta la dualidad de un hombre que ha logrado controlar todas sus pulsiones, analizando, a través del cristal curvo de la inteligencia, el mundo que lo rodea. Hesse acomete la objetiva investigación confrontándolo con la bestia que habita su lado oscuro, acaso su personaje condensa todas las versiones posibles de sí. 

Un narrador en tercera persona nos describe a Harris, contrastando lo salvaje y lo civilizado. Un ser en extremo particular habita su silueta, cuya percepción externa nos es brindada. En parte, el libro se nos presenta como un muestrario de la tragedia de la clase media insatisfecha, bajo un mandato irrevocable: no lograremos salvarnos, ni por la religión ni por nuestra convicción hacia las pasiones que dominan nuestra realidad. El tratado poético del autor coteja para su criatura ideas de suicidio, hasta que el conocimiento de una mujer otorga a su mundo un drástico giro de ciento ochenta grados. ¿Dónde quedó aquella visión de la vida que hacía superflua a cualquier creencia arraigada? El lobo se mira al espejo, preguntándose si puede una fémina tumbar todos sus cimientos ideológicos. Armanda representó el alivio de todas sus penas y confusiones. Una forma para comprender su naturaleza. Presenciamos el desenfreno sexual de un lobo que abre su mente y sentidos. Nunca le fueron ajenos el humor y la capacidad de autocrítica; cree firmemente Hesse que reírse del mundo nos hará únicos.

Al fin, el cuadro de situación presenta a un lobo dentro de una manada, participando de fiestas en sociedad, como prueba fehaciente de aquel cambio drástico, en búsqueda de una transformación total. La vida puede ser una comedia o una tragedia, bajo nuestros propios designios, pareciera ilustrarnos Hesse mediante su autoreflexiva y necesaria visualización del sentido de la vida. A las miserias y a la felicidad las podemos obtener con los mismos métodos, solo es cuestión de elegir el camino. El escritor es un melancólico crónico, quien sorteara conflictos emocionales profundos y viviera el desamparo de dos guerras mundiales. Alemán de nacimiento, expresó Hesse su oposición política sin temores, enfrentando con valor al nacionalsocialismo y su barbarie. Exiliado en Suiza, tramó una obra prolífica; sin embargo, «El Lobo Estepario» continúa siendo considerada su declaración de principios más fidedigna.


EL EXORCISTA 1972 – W.P. BLATTY

William Peter Blatty sirvió en las Fuerzas Armadas. Hijo de padres libaneses, su trayectoria literaria estará siempre ligada a una de las representaciones más polémicas del siglo XX.  Una primera lectura nos arroja una mirada no despojada de controversias: ¿glorifica al mal la novela «El Exorcista»? Con inusitado detalle y pretendiendo congelarnos la sangre, describe el argumento, mediante tan osada incursión en el terror, la batalla espiritual de un sacerdote con un maléfico intruso que se apodera del cuerpo de una pequeña. Semejante atractivo argumento llama la atención de William Friedkin, consagrado cineasta que venía de dirigir «Contacto en Francia» (1971). Pretendiendo adaptar el libro a la gran pantalla, convoca a Linda Blair, Ellen Burstyn, Lee J. Cobb y Max Von Sydow. Durante un año, lleva adelante una producción infructuosa, ¿podría la naturaleza del libro maldecir la próxima fantasía hollywoodense?  La transposición de Friedkin superaría en suceso la obra original, convirtiéndose en un clásico del cine de terror religioso en pleno auge en los ‘70, y revalidado con abordajes posteriores del estilo de «La Profecía» (1976, Richard Donner) o “The Amityville Horror” (Stuart Rosenberg, 1979).

Una franquicia cinematográfica, que se extendería a través de diversos capítulos y con dispar suerte eleva a la enésima potencia el horror de tan espeluznantes eventos paranormales sin explicación aparente. Blatty, fallecido en 2017, supo describir con enorme capacidad de perturbación una serie de comportamientos violentos y extrañas muertes. ¿Sería la de Friedkin una mera osadía o una imposible odisea? La todopoderosa Warner rechazó varios bocetos de guión hasta que, finalmente, la versión final, aprobada por el autor, otorga imagen en movimiento a estas fuerzas sobrenaturales desatadas. «El Exorcista», en su elucubración fílmica, se dispondría a traumatizar a una generación entera, echando mano de un sinnúmero de leyendas urbanas que se tejen en torno a su accidentada producción. Insoslayable eslabón que mitifica la obra literaria y se prolonga en una saga cinematográfica que vería, para su tercera versión, estrenada hacia 1990, al propio W.P. Blatty colocarse tras de cámaras. Del pasado más reciente, se destacan sendas entregas de «El Exorcista: El Comienzo», en el metraje prohibido del siempre díscolo Paul Schrader (2004) y la finalmente comercializada versión a cargo de Renny Harlin (2005).


J. KATZENBACH, EL PSICOANALISTA – 2002

John Katzenbach se sumerge en la psicología de sus personajes, los trastornos de la mente son de su preferencia. Circunstancias que ameritan una implacable venganza activan el derrotero del único de sus trabajos poseedor, a la fecha, de una secuela («Jaque al Psicoanalista», 2018). «El Psicoanalista» se concibe como un thriller de alta calidad, autoría de este periodista especializado en temáticas judiciales. Inmersos en el suspenso finamente construido, como lectores se nos convida de una sorpresa mayúscula. Una epístola de cumpleaños puede cambiar la existencia del desafortunado protagonista, sin el mínimo aviso. Un regalo que hiela la sangre y un macabro juego echado a rodar. Una radical excusa para trastocar la realidad, un camino que se bifurca sin ofrecer regreso posible y un destino bañado en sangre que aguarda tras la cuenta regresiva a vuelta de almanaque.

Deberemos resolver el misterio y puede, para entonces, nuestra perspectiva modificarse por completo. Acaso quien envíe la misiva acabe siendo la persona menos pensada. Tras las falsas apariencias, la imagen del asesino se difumina. Observamos la vida apacible trastocada en un instante de escrúpulo fatal. Somos testigos de la existencia a la deriva de quien da título a la novela. Soltero y sin apuros, desanda su cotidiana rutina. Hasta que, el hallazgo lo coloca a las puertas de un infernal laberinto. Puede alguien ver su vida transformada de raíz. Pueden sus ideas y valores encontrarse trastornados tangencialmente. Puede un hombre tranquilo, de vida y oficio relajados, sumirse forzado a acudir a su sagacidad e inteligencia con tal de sobrevivir. Será su instinto a flor de piel, en cada segundo transcurrido, y en cada línea vivenciada, a sus absorbentes quinientas páginas.

La inquietante y anónima carta que dispara sobre los cimientos de su metódica existencia, muta en un brutal descenso al vacío existencial. Sus relaciones sociales dan un brusco giro. El enemigo sin rostro ha cumplido la misión de convertirse en auténtico calvario en vida.  Emprende Katzenbach un desarrollo de carácter tan completo y exigente, colocando especial énfasis en la vulnerabilidad que provoca la soledad, a veces un arma peligrosa. Bajo su pluma, la cordura y la locura serán dos opuestos que se atraen. Que tan fácilmente se puede romper la burbuja de la asumida seguridad, nos desafía el autor, desglosando la espina dorsal de una trama en donde no todo es lo que parece…ni todos son lo que dicen ser. Múltiples veces adaptado a la gran pantalla (“Noticias Escritas con Sangre”/1985, “Causa Justa”/1995 y “Hart’s War”/2002), bajo la pluma de Katzenbach elementos comunes se vuelven sospechosos, sembrando la incesante paranoia.


EL SECRETO FLOR ORO, Trad. RICHARD WILHELM – 1929

Richard Wilhelm, misionero y estudioso de la cultura oriental, viaja a China para convencer a la comunidad asiática de su perspectiva. Sin embargo, regresa transformado en uno más, abrazando preceptos milenarios. Impregnado de sabiduría y penetrado profundamente por la enseñanza preambular de un antiguo sabio, es introducido en las lecturas de textos sagrados, como el “I-Ching” y “El Secreto de la Flor de Oro”. De este último, le facilita a su muy buen colega y amigo C.G. Jung las traducciones que hiciera del chino al alemán, adhiriendo a conceptos místicos que abrevan en la alquimia y en la unión de los opuestos. Anima y animus. La polaridad da por tierra con la antagónica clasificación occidental del bien y el mal; absolutos que se atraen y que se encuentran convergiendo en el Tao, en búsqueda de un elemento unificador y superador. Cosmogonía que impacta profundamente en Wilhelm, entregado ciegamente a reveladoras lecturas.

Jung, fundador de la psicología analítica que estudia la relación entre el inconsciente individual y el colectivo, abreva en los presentes preceptos. El autor de “El Libro Rojo” (manuscrito concebido entre 1914 y 1930) enfrenta su propio saber infinito y nos lega su arquetipo fundamental, espejando conexiones entre las estructuras mentales que nos forman con las culturales que suelen condicionarnos, y viceversa.  Son los principios y patrones que conforman los fundamentos teóricos de su obra entre 1933 y 1955. Inspecciona al hombre y sus símbolos, interpreta el arte contemporáneo. Se interesa por la mecánica cuántica y la teoría de la sincronicidad. Bajo su óptica, todos los fenómenos anímicos son representaciones de energía. Descubre el psiquiatra suizo, discípulo de Freud, la aceptación del cambio y prologa la presente obra, al otro lado del paradigma unilateral occidental, quebrado ya. Proyecta en un mandala la alegoría de un plano espiritual: una interpretación de “El Secreto de la Flor de Oro” excluye lo negativo del acto, atrapa el movimiento y desafía a la muerte, mirando hacia lo profundo de la siguiente dimensión a conquistar.

Traduce Wilhelm técnicas de meditación sujetas a diversas conjeturas, complementando sus previas investigaciones, desde tres grandes fuentes en donde indaga para congeniar su propia estructura intelectual: la cultura china, la cábala judía y la mitología medieval. Aquí, la identificación con la obra jungiana es total, confluyendo tales elementos en un todo integrador que lleva a la indefectible evolución emocional del individuo y su sentido de la vida. Wilhelm se apoya en disciplinas y filosofías alternativas. Su sombra soporta lo integrado a la conciencia, validando a Jung. Sostiene una contraparte, hay en todo masculino un femenino más allá de las cuestiones tipificadas de género. Reflexiona acerca de la formación del alma humana y los aspectos que la contienen, traduciendo las firmes creencias de un libro sagrado como oráculo para el estado de conciencia y plenitud absoluta, en unión del individuo con el todo. En “El Secreto de la Flor de Oro” se amalgama el caudal y la riqueza en busca de la naturaleza humana.


SONETOS A ORFEO, R.M. RILKE, 1922

En 1822, se lleva a cabo el siniestro y ardiente funeral de Percey Shelley, uno de los poetas románticos más trascendentales de su tiempo. Las cenizas llegaron hasta allí, exactamente un siglo después, en 1922. Cumbre poética secular, el sentido oculto de la metáfora ilumina nuevas formas lingüísticas. Rainer Maria Rilke, poeta de consideración universal, lleva a cabo un auténtico monumento mortuorio destinado a Wera Ouckama-Knoop, joven víctima de un mal incurable, cuyas inclinaciones artísticas cautivaron a la prominente pluma austríaca.

Rilke canta a la metamorfosis del eterno mutar de la materia en espíritu, cuando el reino terrenal abre sus alas al más allá. En su trasfondo metafísico, la memoria descubre el estímulo y la fuente, abriendo ante nosotros un gran tramado de interrogantes sobre aquello que decide su escritura no olvidar. Fuga de realidad placentera o mera continuación de la vigilia, vida y muerte son dimensiones paralelas habitadas, una en otra. Rilke, onírico, no cesa de estimular la instancia creativa. Interpretan sus sonetos a Orfeo toda huella manifiesta, simbólica, críptica y reprimida. Su poesía se nutre del contenido recordado, hecho de imágenes visuales en movimiento y colores que se sublevan subliminalmente. El aspecto menos obvio, las variables jamás desatendidas. Latente y susceptible a ser comprendido.

El incorregible intelecto inaugura el paradigma moderno para la poesía, asimilando posibles alegorías en contenidos abstractos que codifican la esencia. ¿A qué le teme? ¿Qué lo motiva? ¿De qué escapa? ¿Por qué se pronuncia? Su intrigante e inconsciente actividad se transforma en materia de escritura, acto que exorciza una perturbada travesía hacia lo profundo de la psiquis. Deseos camuflados que no descansan en lo apacible de la condición: Rilke supo indagar en lo más oculto del anhelo interior. Quien mantuviera un turbulento romance con la pintora Lou Albert-Lasard, interpreta en su composición de versos el descanso de las almas, acaso el silbido dorado que calma a las fieras. Revelación divina o demoníaca, leyenda de antigüedad clásica, el poemario inspirado en Orfeo se desliza, fervientemente, entre fantasías y oscuros monstruos internos que nublan la razón.

Su cuerpo poético rescata las atípicas experiencias de un genio atormentado. Rilke acompaña al pensamiento en acción, siendo el acto interpretativo un imprescindible aliado mediante nuestra atenta lectura. Poeta rebelde y trashumante, fue un genio viajero e inadaptado intelecto, que renovara la literatura contemporánea. Su gran plasticidad psicológica suscitó la admiración de Stefan Zweig y Auguste Rodin. Adversario de la seductora angustia que lo atrapó, encarnó en su lírica la sombra de la contradicción que forjara un carácter solitario e introspectivo. Su errante luz interior alumbró el camino de un eterno huidizo, quien perseguía con ahínco la máxima expresión de belleza poética posible.


¿Existe algo más sorprendente que aquella recopilación de libros en un mismo lugar? La biblioteca de Alejandría se expandió y difundió la palabra como oxígeno al pensamiento de Occidente entero. Partiendo del mito y en el continuo asombro que nos genera conocer la historia de su procedencia, la traducción de textos milenarios democratizó el saber como instrumento de poder y reservorio del conocimiento, milenios antes de la era digital. Faro de la cultura jamás alcanzada por grados en Fahrenheit ardiendo, su trascendencia de hizo real.


PELÍCULAS




MORGIANA (1974, Juraj Herz )
/ Cruza perfecta entre el “¿Qué fue de Baby Jane?” (1962) de Robert Aldrich y el “Cisne Negro” (2010) de Darren Aronofsky, “Morgiana” se aprecia como un emblema del horror eurotrash, obra del cineasta checo Juraj Herz. Concebida como una pieza de culto kitsch y sadística, está basada en la novela de Alexander Grin, “Jessie y Morgiana”, publicada en 1929. La codicia, la lujuria, la locura, los celos, el complot y la magia negra vertebran la relación de dos hermanas, ambos papeles en la pantalla interpretados por la actriz Iva Janžurová.

La preciosa fotografía convierte a este exquisito tour de forcé en una joya gótica que recarga la puesta en escena de artilugos visuales. Un antiguo castillo nos revela lo bello y lo oscuro que allí habita. Colores saturados, una lente ojo de pez, la inquietante partitura musical, un infrecuente POV, el histrionismo actoral de típica ‘escuela muda’ y angulaciones simbólicas resultan recursos técnicos para interpretar la naturaleza malvada. La actitud pecaminosa de sus criaturas siempre luce exagerada y retorcida. La curiosidad nos invita a ver más allá: el aspecto sobrenatural parte, literalmente, en dos a la narrativa. Cuando lo extravagante captura nuestra atención, ya nos encontramos sumidos en el delirio.

Las hermanas se acechan, una a otra, como una sombra ominosa. Maliciosa monstruosidad y melodrama ilusorio que fusiona dolor y placer, la historia persigue un abordaje de corte psicológico que nos revela los traumas espejados de sus protagonistas. Se convertiría en el prólogo a la antología de películas de terror de Dan Curtis, “Trilogy of Terror”, concebida en 1975 y cuyo personaje principal estaba interpretado por la atormentada Karen Black.


CARNIVAL OF SOULS (1947, Herk Harvey) / Ópera prima y único largometraje en la extraña trayectoria de Herk Harvey, “Carnival of Souls” es un film de terror auténticamente de culto, cuya realización atestigua un arrojo experimental típico de la serie B, con miras a concretar una producción de ínfimo presupuesto. De profundo sesgo independiente, el director hace de la economía de recursos su mayor virtud. Con gran imaginación, su onírica y ambigua atmósfera nos inquieta y el manejo de los climas de suspenso resulta excelso e igualmente efectivo. Harvey bebe de las fuentes de influencias literarias, como Ambrose Bierce, a la hora de tramar un retrato acerca de la delgada línea que separa al mundo de los vivos del más allá. Aproximándose a dicho umbral, el entorno de la protagonista parece mutar a su alrededor.

El horror cobrará palpable forma y la conexión con aquello intangible se presumirá inevitable para el personaje interpretado por Candace Hilligoss. Cada instante del relato luce viciado, siniestro y retorcido. La oscuridad que domina los espacios circundantes nos inhiben a mirarnos sobre espejos que distorsionan. Gema solitaria en la breve carrera del director, su parábola traza un arco con la magnífica fábula macabra “La Noche del Cazador” (1955), singular experiencia tras de cámaras de Charles Laughton. 

Filmada en locaciones de Lawrence, Kansas y Salt Lake City, y habiendo sido remasterizada en 2016, una preciosa fotografía en blanco y negro captura el aura fantasmal de estos parajes. Pionera del ejercicio de género de su clase, se percibe su huella en experiencias futuras como “Lost Highway” (1997), “The Sixth Sense” (1999) o “Insidous” (2010). Que Harvey no haya proseguido su carrera es, francamente, una tragedia para todo fan del terror; no obstante, ello no disminuye en absoluto la legitimación de este film dentro del canon al que pertenece.


«RETRATO DE JEANNIE» (William Deterlie, 1948) / William Deterlie fue un director de cine alemán, de ascendencia judía, y uno de tantos artistas germanos que debieron exiliarse ante el ascenso del nazismo. Nacionalizado estadounidense en 1937, rodó en Hollywood gran parte de sus películas. “Retrato de Jeannie” es, no solo una de las películas más infravaloradas de su trayectoria, sino la preferida en la historia del surrealista Luis Buñuel. Curiosa elección sobre la que vale la pena indagar. Esta fantasía fantasmal pertenece a la vieja escuela romántica (por oposición a la norma clásica) con la que podríamos emparentar la temprana obra hollywoodense de Alfred Hitchcock. Producida por el gigante David O. Selznick, trama invisibles y apasionados nexos entre los mundos del cine, la pintura, la creación, y las obsesiones humanas.

Esta película nos habla acerca de la vida en el más allá, mientras nubes gigantescas se ciernen sobre nosotros y pergeñan una atmósfera lúgubre. Los intervalos temporales de esta historia nos sitúan en una dimensión alternativa: su paralelo de amor y muerte encuentra en una Nueva York invernal el propio paraíso onírico. Allí, un disconforme pintor de mediana edad (Joseph Cotten) requiere trascender la soledad, desesperación y pobreza de alma que lo agobia, sublimando la atracción que siente por la misteriosa Jeannie que da título al film (Jennifer Jones), oscuro símbolo de deseo atravesada por tibios rayos solares y pinceladas que sobre el lienzo dibujan su silueta.

Inquietante y filosófica, su banda sonora utiliza partituras de Dimitri Tiomkin para adaptar piezas orquestadas por Claude Debussy en memorable secuencia inicial. Con fascinación y belleza pictórica de digna escuela expresionista, Deterlie indaga en la naturaleza de la obsesión de su protagonista; también en la dualidad que identifica al objeto retratado. Su creatividad técnica resulta encomiable y certera a la hora de trabajar metafóricamente la riqueza narrativa que el argumento provee para hablarnos acerca de vidas pasadas y destinos trágicos.


LA MARCA DE LA PANTERA (1942, Jacques Tourneur) / Existen marcas de estilo y búsquedas temáticas que convirtieron a Jacques Tourneur en un imprescindible cineasta del policial en blanco y negro. El ejercicio del noir perfeccionado por Tourneur, durante la década del ’40, convierte a films de su factura, como “Retorno al Pasado” (1947), en emblemas de una era prodigiosa. Versátil, su carrera cinematográfica aborda gemas de culto como la precursora “La Noche del Demonio” (1957), inclusive experimentos más bizarros tales como “I Walked with a Zomie” (1943).

Jamás trivial, su espíritu fetichista vertebró inquietudes acerca del comportamiento felino bajo la silueta femenina. El horror gótico y la intriga sobrenatural cobraron forma en la magna “La Mujer Pantera” (1942), film que contaría con una secuela dirigida por Robert Wise, un joven realizador que había colaborado como montajista en “El Cuarto Mandamiento” (1942), de Orson Welles. Aquel mismo año, Tourneur daría una segunda vuelta de tuerca a su fijación animal, adaptando la novela de Cornell Woolrich, “El Hombre Leopardo” (1943). Maestro de la puesta en escena y generador de atmósferas inquietantes que se valen de una ominosa banda sonora, Tourneur utiliza el terror de modo simbólico, para hablar de los grandes males que aquejan a la sociedad de su tiempo.

En palabras del poeta John Donne, “el pecado más negro traicionó la noche eterna”, epílogo de un film en donde el parisino Tourneur hizo de su coterránea Simone Simon un pormenorizado objeto de estudio psicológico y sexual: las huellas del deseo, la satisfacción reprimida, la histeria de la seducción y una sed jamás saciada exploran el territorio de este relato mítico. Fábula maldita acerca de la metamorfosis y ensayo sobre la ambigüedad, el sentido de lo siniestro en el director encierra un poderoso simbolismo. Fue captado, de forma aún más osada y transgresora, por el inefable Paul Schrader, cuatro décadas después, para la remake protagonizada por la alemana Nastassja Kinski, en 1982.


THE DEVIL AND DANIEL WEBSTER (1941, William Deterlie) / Puede que el alemán William Deterlie sea uno de los realizadores de su clase más subvalorados dentro de la camada de directores germanos que huyeran del nazismo y se radicaron en Hollywood. Puede también que haya cineastas con un paladar estético suficiente como para reconocer su inmortal talento. Con un notable estilo visual, Deterlie adapta la gran pantalla el famoso cuento corto de Stephen Vincent Benét (1936), enésima reformulación del “Fausto” de Goethe (publicada entre 1808 y 1836). Las tentaciones de pactar con el diablo asumen trágicas y laberínticas consecuencias, para una temática de inagotable abordaje cinéfilo (recordemos “El Abogado del Diablo”, 1997). Aquí, la estratagema de Daniel Wesbter se coloca del lado de la defensa y, bajo la lente del cineasta, Walter Huston se convierte en el auténtico ángel maldito, mientras Bernard Herrmann compone una partitura musical digna del Premio Oscar.

Los todopoderosos estudios RKO, emblemas del cine clásico hollywoodense financian esta película estrenada el mismo año que es una gema incomparable de su factoría (“Ciudadano Kane”, de Orson Welles). Conocida también por el título original de “All That Money Can Buy”, la película contrapone ideales amorales del ciudadano trabajador, bajo la forma de fama y fortuna ambicionadas, con fuerzas oscuras que suelen apropiarse del protagonismo de tan dantesca escena políticamente incorrecta, solo hasta su desenlace. ¿Puede la salvación final del alma de nuestro torturado protagonista evadir la condena eterna a la que su pacto diabólico la había atado sin remedio ni solución? La elaborada metáfora visual concebida por el autor pervive en el tiempo, no obstante, una considerable cantidad de metraje haya sido eliminada de la versión comercializada en salas en 1941.


LOS INOCENTES (Jack Clayton, 1961) / Quizás el más subjetivo de los géneros: el terror. Resulta particularmente interesante comprender la perdurabilidad de estas obras maestras, las cuales se conservan -décadas después de haber sido estrenadas- susceptibles a la moda y al paso del tiempo. Cabe decir, no todas las películas de horror suelen envejecer dignamente; sin embargo, el presente film nos demuestra todo lo contrario. “Los Inocentes” fue la adaptación sobre la histórica novela de Henry James, “Otra Vuelta de Tuerca” (1898), llevada al cine por el infravalorado director Jack Clayton.

Espeluznante y poderosa, esta transposición fílmica realiza un interesante mecanismo intertextual, adoptando elementos de la puesta teatral homónima, autoría de William Archibald, quien colabora en labores de guión para la gran pantalla. Esta emérita obra, proveniente de una de las plumas literarias más veces adaptadas al cine, suma otro escritor de fuste a la labor: el mismísimo Truman Capote también se lleva créditos a la hora de elaborar el argumento para este film modélico, que instaurara al terror psicológico de modo francamente visionario. Con suma habilidad, Clayton concibe una puesta en escena ambigua que hace hincapié en el frágil estado mental de sus protagonistas. De tal forma, pone en marcha un artefacto cinemático que causará genuina tensión e inaugurará lo que, de aquí en adelante, conoceríamos como ‘película de fantasmas’.

Existe cierto aire surreal y pesadillesco en la atmósfera fílmica, del que deberían futuros especímenes como “El Resplandor” (1981) de Stanley Kubrick. Filmada en Cinemascope blanco y negro por el brillante cinematógrafo fotográfico Freddie Francis, la trama nos inserta en el impuro corazón de esta mansión victoriana. La imaginería visual está tratada de tal modo qué, dejándonos llevar por el poder de sus recreaciones, encontraremos la forma de sentirnos francamente incómodos y acechados por aquella fuerza espiritual. Clayton nos interroga desde aquel rincón oscuro. ¿Hacia dónde nos conduce? ¿Quién se convierte en verdadero receptáculo del mal? Enigmáticas manifestaciones presentes en una novela que adquiriera actualidad gracias a la reciente adaptación, de la cadena Netflix, para la serie “La Maldición de Bly Manor” (2019).


CRIMEN DE AMOR, 2009 -Alain Corneu) / Alain Corneau falleció, tempranamente, a la edad de 67 años, meses después de estrenar una de sus películas más provocativas. Autoría de este subvalorado artesano del cine negro, «Serie Negra» (1979) se mantiene, casi de forma unánime, como la preferida de la crítica. El público menos nostálgico, quizás, pueda inclinarse por «Fear and Trembling» (2003). Claramente «Love Crime» bebe de fuentes hitchcockianas y no tiene nada que envidiarle. Es oscuridad derramada, juego de máscaras para personalidades ocultas e identidades duplicadas. Es un thriller envolvente que ratifica que el autor se encontraba en un inmejorable momento creativo. La competencia desleal femenina, en el marco del acoso laboral, allana el terreno del presente film, un ejercicio de thriller amoral, precipitado, sadomasoquista y despiadado, tan alucinado como malévolo. Veamos cual de las dos voluntades féminas tuerce la fuerza a su favor…

La intriga está servida y la tensión parece siempre en aumento para escenificar un tour de forcé fenomenal entre Kristin Scott Thomas y Ludivine Sagnier. Concebidas como opuestas que se espejan, sendas blondas deidades intercambian juegos de poder y mecanismos de histeria dentro de los límites de un frío compartimento de oficinas. De la indefensión al dominio completo en un solo paso. ¿Quién puede ser más tirana y glaciar por sobre su contrincante? ¿Realmente comprendemos el trasfondo de lo que estamos viendo? La críptica intención narrativa de Corneau desata un cuerpo a cuerpo apoteósico al que no le faltan insinuaciones lésbicas. Elevando la vara de lo exacerbado, el siempre entusiasta Brian De Palma realizaría una lograda remake en 2012, con el perturbador y retorcido policial titulado “Pasión”, protagonizado por Rachel McAdams y Noomi Rapace.


SISTERS (1973, Brian De Palma) / La forma canónica del misterio concebida por Brian De Palma siempre buscó homenajear a Alfred Hitchcock, aun inconscientemente. Pensemos en la imagen mórbida de films como “Obsesión” (1978), “Vestida para Matar” (1981) o “Doble de Cuerpo” (1984). El director nativo de New Jersey reformula sin imitar: incomoda, sintetiza, tergiversa, transforma. Bajo su óptica, lo trivial devela lo horroroso y su deseo alimenta nuestra perversión. Este film, estrenado en 1973, pertenece a su etapa más temprana, exhibiendo prontamente las obsesiones, traumas, fetiches y filias de un autor discípulo del maestro inglés. Su manejo del artefacto cinematográfico, tanto como su espíritu anárquico maravillaron a la crítica especializada.

Los caracteres opuestos de ambas protagonistas (Kidder/Salt) elevan a la enésima potencia el factor de perturbación: la ciencia se convierte en el instrumento de un castigo natural cuando dos cuerpos mutilados ven sus personalidades engendrar la más cruel concepción de la maldad. El responsable de descubrir a Robert De Niro para la pantalla grande (“Greetings”, 1968) ejerce un cine osado, sexuado y voyeurista. Sin temer debilitar el verosímil, cita al Hitchcock de “Psicosis” (1958) y “La Ventana Indiscreta” (1954), convocando a su habitual maestro de orquestas Bernard Herrmann y echando a andar una maquinaria de suspenso prodigiosa. Técnicamente, coquetea con el thriller de clase B, añadiéndole su mirada modernista: innova con el uso de la pantalla dividida, ángulos distorsionados y movimientos de cámaras de típico regodeado estilista.

El alarde técnico adora a Hitch como un tótem, mientras adquiere rasgos de fascinación visual: “Sisters” es un film de contraste psicologista, sostenido en sus dobleces morales. La sangre es el ingrediente favorito del realizador y sus criaturas portan máscaras que disfrazan oscuras intenciones. De su viscosidad inunda la pantalla y también las atribuladas fantasías de sus dementes protagonistas. Exagerado hasta lo barroco, respaldará las credenciales de su moderna estética la aterradora “Carrie” (1976), sobre la novela de Stephen King.


TAKASHI MIIKE – AUDITION (1999) / Ejemplar del j-horror psicológico y fruto prohibido para espectadores impresionables, «Audition» otorga una vuelta de tuerca al género, inclinando la balanza de su peso moral hacia la reflexión acerca del lugar de la mujer en la comunidad nipona. Con una estética grotesca, se interna en abismos mentales, al tiempo que no pretende controlar su furia en pos de validar su mensaje políticamente incorrecto. Adaptando la novela de Ryû Murakami, editada en 1997, continúa presente dos décadas después de su estreno, elucubrando al ser humano contemporáneo como emergente del síntoma social que alimenta. Desde un costado visceral, detona todo arquetipo genérico y su ejercicio del terror reflexiona acerca de los paradigmas que monopolizan al cine industrial. Takashi Miike es un arriesgado y rebelde cineasta despertador de conciencias, un disidente lo suficientemente atrevido como para explorar en lo más oscuro de su sensibilidad artística. Su compulsión por filmar a una velocidad brutal es directamente proporcional a su fetiche por lo gore y la violencia hipersexual, caracterizando obras de su factura, como “Dead or Alive” (1999) y “Ichi, the Killer” (2001). Extremista e incorregible, en “Audition” la tortura invita a mirar más allá.


UNA PURA FORMALIDAD (G. TORNATTORE – 1994) / Claustrofóbica, kafkiana, entretenida e inquietante, “Una Pura Formalidad» es un implacable ejercicio de thriller, cuyo desenlace final no deja de asombrarnos. Un disparo precede a un hombre corriendo bajo la lluvia, quien será detenido y acusado de crimen. Los motivos y las circunstancias son, en extremo, confusos. El interrogatorio que ocupa gran parte del metraje nos sumerge en las profundidades de una intriga policial fascinante, autoría del brillante realizador italiano Giuseppe Tornatore, responsables de ejemplares del género mayúsculos como “La Desconocida” (2006). El duelo actoral entre el novelista acusado (Gérard Depardieu) y el inquisidor policía (Roman Polanski) perdura hoy en el tiempo, imprimiendo al film una intensidad sofocante, de notable factura.

Como espectadores, nos preguntamos quien es el héroe y quien el culpable en esta aguda y extenuante confrontación mental. Intentamos comprender la coartada del asesino, tanto como los indicios que llevaron a su acusación. Se trata de un thriller de profundos dobleces morales. Su construcción narrativa teje lazos en común con la magnífica «Death and the Maiden» (1992), último film de Polanski al momento, sobre la adaptación de la obra teatral de Ariel Dorfman. Continuos flashbacks desencadenan un torrente de imágenes y sentidos, buscando cubrir los vacíos de memoria que afectan al incriminado. El agotamiento psicológico se precipita sobre nuestros protagonistas, a medida que la oscura noche se cierne sobre una inicial desconfianza que muta en fascinación para toda mirada cinéfila. Todo punto de vista es irremediablemente subjetivo: “Una Pura Formalidad” es un ambiguo y artificioso ensayo sobre la condición humana.


THE BIG CLOCK – J. FARROW, 1948 / John Farrow, padre de Mia Farrow, se especializó en guiones cinematográficos y relatos cortos. Su carrera tras de cámaras no fue especialmente prolífica; sin embargo, dirige este abordaje psicológico al cine negro de más pura cepa. En una época donde el estilo proliferaba en Hollywood, se instala esta versión adaptada de la novela del escritor pulp Kenneth Fearing y con guión de Jonathan Latimer. La fotografía de John Seitz captura en tan preciados y sombríos momentos a un héroe de culto a la deriva en la búsqueda de la propia preservación (Ray Milland), atrapado en los designios de un megalómano magnate ávido de poder (Charles Laughton). Es la clásica formula hitchockiana que nunca envejece: aquel inocente inculpado en un crimen no cometido.

Estéticamente nos subyuga la recreación del edificio art déco neoyorkino Janoth. Las largas tomas empleadas por Farrow han sobrevivido al paso del tiempo. Los trucos visuales utilizando inventivos planos desde los ascensores son de una auténtica inventiva. El gigantesco reloj se convierte en un personaje más. Utilizando el recurso del flashback y la narración en primera persona, se nos van brindando pistas para que podamos resolver este puzzle narrativo. Una elaborada maquinaria del engaño, que no escatima incluir tensión doméstica en el postergado rol interpretado por Maureen O’Sullivan. Poco queda del espíritu original de la novela en la película estrenada en 1987, “Sin Salida”, descontextualizada remake protagonizada por Gene Hackman y Kevin Costner, bajo la lente de Roger Donaldson.


GASPAR NOÉ – «ENTER THE VOID» (2009)

El realizador franco argentino adora desafiar lo tabú. Podemos verificarlo en films contracorrientes como “Solo Contra Todos” (1998) o “Irreversible” (2002). Noé hace un culto de su concepción estética y de su mirada autoral abrasiva. El uso de la música electrónica, desde los títulos iniciales, nos adentran en un vertiginoso trance sensorial. Noé nos precipita hacia su cumbre de estímulos. Somos pasajeros de un viaje lisérgico filmado en POV. Miramos a través de los ojos del protagonista, somos voyeurs en primera fila.

El realizador enciende la curiosidad psicodélica, estimulando los límites de nuestra percepción. Maestro del manejo de cámaras, ensaya angulaciones, planos y movimientos como el más osado de su clase. “Enter the Void”, joya oculta y materia embrionaria del fascinante universo de Noé, es una experiencia ampliada de conciencia, una alucinación audiovisual transgresora que dialoga del modo más experimental posible, balanceándose en el vértice que separa al mundo físico del espiritual. Revelación divina fuera de los límites del propio espacio físico que habita nuestro cuerpo, “Enter the Void” nos conecta con cierta sensibilidad que el autor proseguiría en siguientes obras como “Love” (2015) o “Clímax” (2018).

El cineasta compromete su concepto visual al punto de vista subjetivo que la narración requiere. De modo admirable, relata la posmuerte en primera persona, subvierte reglas audiovisuales, complejiza paradigmas. Nos satura de luces de neón, filosofa con sostenido existencialismo. Alma atípica y en absoluto tradicional, Noe aplica su forma al contenido vertido en pantalla. Autor mayúsculo y hábil prestidigitador, ofrece la enésima muestra de su frescura anticonvencional.


TINTO BRASS, «CALÍGULA» (1979)

Bob Guccione, fundador de la revista para adultos Penthouse, produce esta película, que ha pasado a la historia de los anales malditos del cine. Dirigida por Tinto Brass, pronunciarse acerca de este cineasta implica correr el riesgo de toda incorrección intelectual. Controversial y provocativo, este realizador avant garde de los años ‘60 y ’70 hizo del escándalo y la perversión su alimento medular.

 “Calígula” hace empleo de una narrativa cinematográfica de calidad, en altísimos valores de producción. El centro gravitacional de este relato asume que el poder absoluto corrompe absolutamente: somos testigos de la orgía conspirativa del poder. El inframundo extravagante de “Calígula” indaga la autoritaria demencia del ser humano. Es un drama político pornográfico sobre un retrato histórico infame. Es la salvaje pintura al óleo de un megalómano. El semblante del antiguo emperador romano es trazado con un tono sombrío, excéntrico y oscuro. Prohibido en diversos países, se encontró sumido su estreno en el laberinto sin salida de una batalla legal. Considerado un clásico de culto, el film se permite ciertas licencias históricas a los fines de su adaptación.

Brass, quien también incursionara en el spaghetti western (“Yankee”, 1966), supo radiografiar al hombre de posguerra. No es azaroso que el realizador italiano inunde su obra de connotaciones sexuales, excesos y disfuncionalidades. Prohibitivo para toda moral conservadora, “Calígula” encendió la crítica de los sectores académicos. El mundo que se abría al hipismo y la contracultura recibió con brazos abiertos esta profana pintura sociopolítica. Como ventana hacia un tiempo que revisa su propia noción de libertad, lo bizarro y lo surrealista recrean el antiguo paradigma.

Bajo su mirada, Brass satiriza una probable crítica hacia la sociedad de su tiempo. Incendia palacios, derrumba instituciones y nos da prueba de su versatilidad como autor dispuesto a dinamitar todo cimiento de ideal concebido. Sus conflictivas miradas políticas, sociales y culturales continúan generando incomodidad, medio siglo después.


WILLIAM CASTLE, HOMICIDAL – 1961

Admiró a Bela Lugosi y llegó a Hollywood de la mano de Harry Cohn. Productor y promotor de las propias películas que dirigía. Maestro del cine clase B, pionero del marketing del cine comercial. Prolífico creador de aterradores relatos, su cine cumple la premisa de un autor con todas las letras. El hábitat natural de William Castle fueron las mansiones encantadas, tal como lo probara en la modélica “House of Haunted Hill” (1959). Espeluznantes espectros fantasmales fueron captados por su inagotable inventiva, probemos la valía de un film como “Trece Fantasmas” (1960). De inmediato, la monstruosidad cobró vida en nuevas técnicas para la pantalla en “The Tingler” (1960).

Sin embargo, en “Homicidio” (1961), lleva al extremo la síntesis genérica. Inspirada en “Psicosis” (1960), de Alfred Hitchcock, se atrevió a infundir horripilante terror imprimiendo su huella personal. El argumento sugiere que una mujer insana y asesina era, en realidad, un hombre disfrazado. No obstante, la identidad del criminal sostiene, de modo soberbio, el misterio. Rey del espectacular escalofrío y estímulo de frío sudor, aquí quebró toda lógica verosímil. Con este film, prohibió a los espectadores ingresar a la sala una vez comenzado el mismo. Desagradable, macabro y sangriento, Castle supo ser un especialista en trucos de marketing, ejerciendo un gran sentido de la teatralidad bajo irrenunciables reglas.

Su póliza contra la muerte garantizaba el horror. Realizador carnavalesco y dolor de cabeza para los distribuidores cinematográficos, sus trucos y planes de promoción lo convirtieron en una personalidad sumamente famosa para los amantes del terror. Imaginen su impacto en las salas de cine en pleno siglo XXI. Showman fuera de su tiempo y nacido para explotar el valor de la imagen, ofreció una inagotable cantidad de artilugios visuales al servicio de ávidos fans. Estuvo a punto de dirigir “El Bebé de Rosemary” (1968), antes de que Paramount Pictures se decantara por Roman Polanski.


2015, BONE TOMAHAWK / S CRAIG ZHALER          

Sus víctimas mutiladas podrían edificar una nueva necrópolis. El cine de S. Craig Zahler es un testamento de estallidos de violencia, vísceras desgarradas y gritos de desgarrador dolor. El summum de lo grotesco y lo horripilante grafica la inagotable creatividad sin parangón de este realizador norteamericano. Focos de abyecta bestialidad iluminan su incendiaria filmografía. Sus marcas autorales confluyen la exageración visceral de un Quentin Tarantino con la incorrección amplificada de un Sam Peckinpah.

“Bone Tomahawk” justifica el acto caníbal que abruma a todo incauto espectador. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar S. Craig Zahler para escandalizarnos? Mundos sórdidos, despojados de todo glamour, son su especialidad. El suyo es un viaje hacia el corazón de las tinieblas humanas. No hay resquicio de humanidad en el presente film, vivenciamos una odisea desértica que infunde auténtico pánico. Irreverente, coquetea con la dispersión narrativa. En extremo imaginativo, ostenta cabal osadía para filmar ciertos planos. obscenos por su gráfica virulencia, nos demuestra que nos encontramos frente a un cineasta fuera de lo común. Ambiciona un ejercicio cinematográfico colosal. Observamos aquí la dilatación narrativa en secuencias que restituyen la concepción clásica del uso del lenguaje. El tiempo muerto en detrimento de la elipsis nos ilustra al respecto. Digno profanador del paradigma, la psicopatía de villanos impiadosos hace su aparición como manifiesto moral de un rebelde iconoclasta. Un inventivo uso del sonido y cierta artesanía de los efectos especiales empleados nos llama poderosamente la atención: pueden escucharse huesos crujir, sangre brotar, músculos romperse. El laconismo dialogado contrasta con ciertas secuencias de lucha no aptas para seres sensibles. Zahler es un pirómano con malas intenciones.


S. CRAIG ZAHLER – DRAGGED ACROSS CONCRETE, 2018

Uno de los cineastas americanos más singulares del nuevo milenio. La exégesis de la brutalidad. Los siete pecados capitales se encarnan en la figura del emérito S. Craig Zahler. Celebramos su potencia narrativa en función de un concepto estético, faceta presente en su último film a la fecha, “Dragged Across Concrete”. La reformulación del heist movie tradicional encuentra en un cruce de caminos a este ejemplar del cine negro contemporáneo. El autor de “Cell Block 99” (2016), sumamente efectivo a la hora de retratar aquel descenso a los infiernos del modo más hostil, lleva a cabo un maquiavélico festín sangriento. En su cine, el fin justifica los medios:  es un cineasta distanciado del resto de los mortales.

Ejecuta un trabajo de planos demoledor y siente sádica devoción por un cuerpo a cuerpo sanguinario. Ejemplar exiguo del cine de autor, su universo personal se encuentra vertebrado por el riesgo, el desafío y la permanente provocación. “Dragged Across Concrete” dinamita su plan delictivo con extrema morbosidad. Es un golpe maestro en donde todo podría salir irremediablemente mal. Es la batalla moral de dos policías en el filo de la ley. Y no se parece a nada que hayamos visto antes: este cineasta ambicioso, deconstruye las buddie-movies comerciales que Hollywood adora concebir. Digna metáfora de un puñetazo a los buenos modales, nos brinda ese estilo de experiencias anímicas que no dan tregua.


ARI ASTER – HEREDITARY, 2018

¿Podría Ari Aster cambiar el panorama contemporáneo del cine de terror? Maestro de la perturbación emocional, emblema del nuevo subgénero denominado ‘elevated horror’, el significado alegórico presente en “Hereditary” convierte a su ópera prima en una imprescindible gema del terror de la última década. Al cineasta le bastó apenas una película para legitimarse como una nueva voz.

Proveniente del mundo del cortometraje, faceta que abordara de modo provocativo, en Aster el estilo se adapta a la forma. Desgarradora y ambivalente, esta truculenta historia, hecha de pistas y giros argumentales orquestados con precisión, nos recuerda al paroxismo alucinatorio de Brian De Palma o Nicolas Roeg. Jamás falto de recursos, recurre a una puesta en escena que replica formas geométricas y empequeñece las dimensiones del espacio físico. Sabiendo que cuerdas internas pulsar para activar nuestros miedos e inseguridades más intrínsecas, el autor no nos guarda piedad alguna; y no debería. La tragedia familiar se consuma del modo menos pensado, diabólico ensueño tan real que podemos palparlo. Somos pasajeros sin escapatoria de su demencial pesadilla sellada con sangre. Nos es revelado el horrible secreto que bebe de las fuentes de las páginas profanas escritas por Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft.


ARI ASTER – MIDSOMMAR, 2019

Una celebración amenazante, orgiástica y demencial es el punto de partida para esta singularísima pieza de horror. La simbología oculta tras los pliegues narrativos de “Midsommar” enriquece aún más la valía del segundo largometraje de Ari Aster. La búsqueda de la empatía en los lugares menos esperados nos deposita en el festival veraniego llevado a cabo en una remota isla sueca, habitada por una comunidad de extrañas criaturas. La ruptura sentimental precede a la fuga para mutar en festín sádico. La naturaleza de un horror que sucede bajo la luminosa luz del día añade incomodidad a tan infrecuente concepción del miedo. El estilo peculiar de Ari Aster profundiza antiguas exploraciones en el horror psicológico: un culto pagano devendrá en dantesco ritual. El sacrificio pirómano nos convence que los personajes de Ari Aster son vulnerables a un funesto destino. La conexión emocional será inevitable. El cineasta comprende el fundamental valor que cumple el uso del sonido en la creación de genuinas atmósferas de horror, al tiempo que aplica un tratamiento de plano de puro manual bergmaniano. El ardid del indicio narrativo, proveniente del uso literario del presagio nos invita a estar absolutamente atentos.


COP HATER, 1958 (WILLIAM BERKE)

Escritor y guionista cinematográfico, Ed McBain fue un singular talento que se dio a conocer con el seudónimo de Evan Hunter. Adoptaría legalmente el nombre en 1952 y publicaría su novela más celebre: “Blackboard Jungle”, llevada a la gran pantalla con el título “Semilla de Maldad” (1955). Su siguiente trabajo literario, lo constituyó “Cop Hater”, la primera de sus numerosas ficciones que transcurre en el distrito procesal número 87. Cierto aire pesimista, producto del conflicto bélico con Corea y la turbia caza de brujas emprendidas por el régimen macartista, sirven como coordenadas históricas inconfundibles. En apenas una hora y quince minutos de duración, el realizador estadounidense William Berke traslada al terreno audiovisual, bajo el modelo de serie B de bajo presupuesto, a una ciudad de Nueva York en estado de alerta: un inquietante villano hace criminal abuso de su condición. “Cop Hater” replica conflictos sociológicos y presenta una trama hecha de héroes silenciados. Hace un brillante uso del espacio urbano y crea una atmósfera de absoluta desconfianza. Las víctimas se apilan. Los hombres de ley caen masacrados. Los motivos más siniestros dirigirán la búsqueda hacia el corazón de una nación resquebrajada. Cada sociedad fabrica para sí los monstruos que alimentan su perversión. McBain hizo a los uniformados morder el anzuelo, y a nosotros, espectadores, tragar el polvo de la amargura. Escritor prolífico, inspiró una vertiente del género policial que proseguiría su éxito en el formato televisivo. Trazando enésimos lazos con el cine, colaboró con Alfred Hitchcock en la adaptación de “Los Pájaros” (1963).


CHINATOWN, 1974 (ROMAN POLANSKI)

El éxito obtenido Robert Evans produciendo “El Padrino” (1972) le había permitido ascender como director de la Paramount Pictures. Así es como pudo hacerse con la misteriosa “Chinatown”, escrita por Robert Towne. Admirador de Raymond Chandler, el autor de la logradísima “El Último Deber” buscaba emular su estilo, capturando el costado más sórdido de Los Ángeles.

La danza de nombres para dirigir el proyecto incluyó a Mike Nichols y John Huston, quien finalmente se alzaría con un antológico rol de reparto. La codiciada silla fue finamente a parar a manos de un Roman Polanski siempre ávido de tramas que involucren incesto y asesinato. Sangre y putrefacción moral emanaban de un guion monstruoso de casi doscientas páginas. El corazón de California podía albergar tanto una tierra de magnates de cine como un reguero de oscura corrupción. De la mano de Jack Nicholson, el detective J.J. Gittes está a punto de pasar a la inmortalidad del olimpo cinéfilo.

“Chinatown” nos muestra una fachada que indaga en la política hidráulica. Cuando, en realidad, subyace una historia de engaño familiar y esclavitud sexual. Ni un Chandler alucinado pudo haber imaginado similar dimensión para un neo-noir que avanza a pulso lento. Una abominable revelación final es el golpe de gracia de un argumento laberíntico y ambiguo. Sería llevada a la gran pantalla por segunda vez, a modo de secuela, en “The Two Jakes” (1989).


EL CARTERO LLAMA DOS VECES, 1981 (BOB RAFELSON)

En 1946, Tay Garnett dirige para la MGM la adaptación de “El Cartero Llama Dos Veces”, sobre la novela de James Cain, un estupendo autor de policiales que ya había sido transpuesto a la gran pantalla por Billy Wilder, en la fenomenal “Perdición” (1944), y por Michael Curtiz, para la desasosegante “Mildred Pierce” (1945). Una traición sexual y un brutal asesinato conforman el interés de esta compleja obra noir, situada en la Gran Depresión e incesante de alimentar el fuego del placer.

Comenzando a explorar el lucrativo territorio de las remakes, el Hollywood posmoderno que emergía de los turbulentos años ’70 coloca el centro de atención sobre una nueva versión. La dirigiría el talentoso pero volátil Bob Rafelson, y sería protagonizada por la estrella masculina del momento, Jack Nicholson. Su contraparte debía contrarrestar semejante aural amoral con una femeneidad arrolladora. La elegida fue Jessica Lange. La química sería explosiva.

El talentoso David Mamet (“Casa de Juegos”) se hace cargo del guion adaptado, interpretando a la perfección las intenciones de la novela escrita en 1934: suficiente ambivalencia moral, explícita carga erótica y una sangre fría brutal. Tres características omnipresentes en la obra del también periodista Cain, emblema de la ficción criminal estadounidense de la primera mitad del siglo XX.


PURO VICIO / PAUL THOMAS ANDERSON, 2014

Paul Thomas Anderson sintetiza las influencias policiales bajo su singularísimo tamiz. De modo en absoluto convencional, adapta a la gran pantalla la novela autoría del laberíntico Thomas Pynchon, un monumento a la contradicción literaria. A finales de la década del ’60, Norteamérica despertada del último sueño hippie. Sectas New Age, drogas por doquier, protestas sociales y el saldo de una sangrienta guerra, conforman la profana radiografía de una época. No es una California alegre y soleada la aquí retratada, emplazando el relato. El cineasta deja saber sus convicciones sobre la industria y la historia del país que lo vio nacer. Menos heroico y pomposo en su visión, pero no por eso menos vehemente, Anderson examina el tejido social de una nación que asesinaba a sus líderes sin piedad alguna. Un país enardecido emergía, al otro lado de las colinas que fabrican fantasías hechas de celuloide.

Desde el punto de vista de un investigador privado alucinado, se nos convida la lisérgica travesía que recrea un amasijo de ideas inconexas. Cine a la enésima potencia y experiencia visual sin un atisbo de sobriedad, cada secuencia destila una preciosa anarquía conceptual. La incoherencia amarra los hilos de la lógica. En “Puro Vicio”, una caótica estructura argumental nos descoloca por completo. Buscamos comprender la clave que activa la pesquisa emprendida por una sugerente femme fatale (Katherine Waterston), pero caemos tentados ante semejante subversión del paradigma. Como cajas chinas que se revelan en efecto dominó, son los propios sucesos los que sorprenden al desdichado encargado de resolver tan enrevesado enigma.

Un incontrolable Joaquin Phoenix, en la piel del psicodélico Doc, nos remite a esa estirpe de sabuesos modelados para clásicas series detectivescas setentistas. Anderson filma su experimento narrativo más críptico con planos potentes y diluidos. No esperen un ejercicio del método policial industrial, mejor aún una telaraña tóxica hecha de enigmática maravilla. En adición, el autor añade un elocuente toque cómico y derriba utopías con disparos certeros al blanco. No necesita de solemnidad alguna para comprobar su verdad. Puede que todo tiempo pasado no haya sido mejor, pero sí irrepetible.


PIENSO EN EL FINAL / CHARLIE KAUFMAN, 2020                                                                     

El tiempo deja de ser un factor lineal bajo la óptica del inefable Charlie Kaufman. Sus películas suelen presentarnos problemáticas no clausuradas bajo normas predefinidas. Grandes ejes temáticos se ciñen a la anticonvención. No pretende el autor la prisa de la resolución a la que se acomoda el cine de género. La presente, acorde a tales preceptos estético-conceptuales, es una película ensayo, ficción pergeñada, en donde los designios de la mente aparecen fuertemente ligados al deseo. El exquisito creador de “Human Nature” (2001), “Adaptation” (2002) y “Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos” (2004), ostenta una inventiva fascinante, luciendo en la cumbre de su arte en “Pienso en el Final”, un majestuoso y artificioso manifiesto audiovisual de imprevisto surrealista. Obra maestra de las apariencias, nada del mundo real nos pertenece.

Internarnos en semejante aventura onírica anima a cuestionar nuestra capacidad de elección a la hora de sentir, pensar, ser y actuar. Kaufman lleva al extremo la exploración introspectiva, echando mano a la siempre bien ponderada metaficción. Este film compendia transmutación de ideas, enfoque freudiano y mentes en estado de fragilidad absoluta. El problema es temporal; la materia narrativa está hecha de anhelos imposibles. Desde “Quieres Ser John Malkovich” (1999) a “Synedoche, New York” (2008), el realizador y guionista ha mostrado obsesión por lo abstracto y una gran habilidad para tergiversar nuestra noción de realidad. Con llamativa astucia, hace explotar ante nuestros ojos fragmentos rotos de la memoria.

Cada personaje representa una idea universal, a la hora de fusionar recuerdos, añadir indicios, concatenar simbolismos y elucubrar metáforas. No existe elemento utilizado al azar. La suya es una puesta en escena de precisa arquitectura, que representa el inconsciente fractal de sus criaturas, entregadas a los demiurgos actos oníricos y las revelaciones alucinatorias. Acaso toda escapatoria hacia la ilusión que cobija la pantalla, pueda dilatar el encuentro con el propio destino. Nos miramos frente a un espejo extrañado. Kaufman rompe las barreras espacio temporales. “Pienso en el Final” puede ser una poética y fantasmagórica percepción de nosotros mismos. Cuando toda lógica abandona el cuerpo, la quimérica fantasía se nos disuelve como arena entre los dedos.


LA FACHADA, 1993 – SIDNEY POLLACK

El novelista John Grisham es un especialista en retratos judiciales. El volumen de su cuerpo de trabajo nos habla de una capacidad de escritura volcánica y desenfrenada. Abogado de profesión, fue el mundo letrado su fuente de inspiración para libros como “Tiempo de Matar”, “El Informe Pelícano” y “El Cliente”, luego llevados al cine. Considerado el autor más vendido durante la década del ’90, ha trazado una prolífera comunión con el séptimo arte: sus ficciones han sido inagotable materia prima cinematográfica, totalizando más de una docena de transposiciones.

Maestro de la maquinaria legal recreada al detalle, los argumentos de Grisham se emplazan en pasillos de tribunales, también en concurridos estrados en donde se dirime la inocencia o culpabilidad de un acusado. El proverbial Sidney Pollack supo interpretar a la perfección la particular cosmovisión de este emblema del subgénero, siendo “La Fachada” una de sus más logradas obras. Su protagonista es un joven hombre de leyes, interpretado por el magnético Tom Cruise. Una serie de muertes sospechosas auguran al protagonista un terrible destino.  Allí está la huella de Grisham, desnudando la lucha moral de un individuo enfrentado al sistema político-económico y revelando las oscuras intenciones de gigantes corporaciones de poder.

Fórmula convencional nada ajena al citado Pollack, un artesano cinematográfico del thriller político, tal y como lo demuestran los films “Los Tres Días del Cóndor” (1975) y “Havanna” (1990). Co-protagonizada por Jeanne Tripplehorn, Gene Hackman, Ed Harris, Holly Hunter, Hal Holbrook y David Strathairn, “La Fachada” porta el ADN de un escritor fenómeno de ventas, cuyo encanto cinéfilo escandaliza a aquellos que desdeñan al canon anti alta literatura.


JOHN FRANKENHEIMER, OTRA VUELTA DE TUERCA / 1959

Henry James proviene de una familia acomodada económicamente, de origen irlandés. Vive una adolescencia culta y despreocupada. Recibe educación cosmopolita y viaja desde la Vieja Europa a Norteamérica. Experto en la novela breve, será el conflicto cultural entre ambas tierras un concepto central de su abordaje. No obstante, y más allá de sus reconocidas ficciones de época, su tierra incógnita literaria devela un impar ejercicio de genuino terror. Publicada en veinticuatro volúmenes, entre 1907 y 1909, en el New York Edition y para su versión estadounidense, esta obra se erige como un clásico insoslayable de la literatura de fantasmas.

«The Turn of the Screw» fue adaptada en formato de película televisiva, por el debutante John Frankenheimer, en 1959. Producida por la cadena NBC, recurrió al guion de James Costigan, para una de las primeras adaptaciones de la cabal novela de James. El rol protagónico de la ic+onica ‘The Governess’ estuvo a cargo de Ingrid Bergman, cosechando el Premio Emmy como Mejor Actriz. Frankenheimer, por su parte, labraría una copiosa trayectoria, dándose a conocer por sus films de suspenso y acción, como “The Manchurian Candidate” (1962), “Seven Days in May”(1964), “Grand Prix” (1966), “French Connection II” (1975), “Black Sunday” (1977) y “Ronin” (1998).

Clásico por antonomasia de la Inglaterra victoriana, el autor cinematográfico examina presencias y personajes sobrenaturales. Planos paralelos parecen converger en igual medida que una serie de muertes en extrañas circunstancias. Este crescendo de intriga guarda su secreto develado en un oscuro cajón. Henry James no podría estar más a gusto.


VESTIDA PARA MATAR – BRIAN DE PALMA, 1980

Un impiadoso ente asesina inocentes víctimas, cumpliendo la máxima fantasía del creador de “Obsesión” (1976) y “Blow Up” (1981). El erotismo femenino fue siempre su fetiche, y puede que, junto a “Doble de Cuerpo” (1984), sea el presente film la máxima expresión de su lasciva fijación. ¿Cómo llega Brian De Palma a dirigir “Vestida Para Matar”? El cineasta quería rodar “Cruising” (1980), la historia de un asesino en serie que masacraba jóvenes dentro de una comunidad sexual en New York. William Friedkin se hizo con el proyecto, reclutando a Al Pacino, mientras que De Palma continuó alimentando de oscura materia fértil su inquieta inspiración. Encuentros sexuales casuales para convertir a sus targets en blanco perfecto del plan criminal infunden ideas y notas de borrador a la historia principal a desarrollar. De su factura resultaron films de suspenso independientes que lo pusieron en la mira de las majors, capturando la atención de la industria mediante su adaptación de la terrorífica “Carrie” (1976), de Stephen King. Quien luego explorara el terror psicológico con “La Furia” (1978), concibe aquí la prueba más fehaciente de su madurez autoral.

El aspecto técnico jamás quedará a deber en un film de De Palma, resultando aquí cautivante su empleo de movimientos de cámara, implementando grúas y steadycams. Un bellísimo acompañamiento de banda sonora, una fotografía de colores contrastados y una ominosa ambientación en paisajes cubiertos de neblina capturan la quintaesencia del enésimo homenaje hitchcockiano. Angie Dickinson tras el cristal, se inspira en “Psicosis” (1960), convirtiéndose en el rostro de un film que exuda exquisitez estética. Habitual fan del maestro de suspenso, De Palma revitalizó su importancia para las nuevas generaciones cinéfilas, reclamando para sí el título de inmejorable discípulo. El juego narrativo que utiliza el argumento como instrumento para representar un erotismo elevado a gran escala complejiza la trama a más no poder. De rubias fatales se inunda la pantalla, en lúdico desdoble que lleva la fantasía del realizador a terrenos impensados: una transmisión venera libera los instintos de una serial killer sexualmente desatada.

El escenario de tensión aumentará exponencialmente, mientras un asesino de gabardina y guantes negros acecha en las sombras. De Palma fue acusado de misoginia, tipificando a esa clase de rebeldes de los cuales la industria reniega. El thriller invade el territorio del slasher, y el nativo de New Jersey se doctora como un nato provocador. Sin fagocitar la esencia de su cine, “Vestida Para Matar” toma consabidos riesgos, pergeñando una mezcla elaborada. Resulta sencillo rastrear referencias estilísticas en la posterior “En la Quietud de la Noche” (1982, Robert Benton), inclusive reconociendo alguna influencia en gemas de la década como “A la Mañana Siguiente” (1986, Sidney Lumet) o “Sea of Love” (1989, Harold Becker). Heredera del giallo italiano que le fascinara en su juventud, De Palma habilita múltiples capas interpretativas a un argumento enrevesado. Visualmente embriagadora, ningún viaje en ascensor ha vuelto a ser igual desde la proyección de tan imprescindible obra.


LA PROFECÍA – RICHARD DONNER, 1976

Protagonizada por Gregory Peck y Lee Remick, la estremecedora historia del niño satánico llegó a la gran pantalla tres años después de “El Exorcista” (1973, William Friedkin) y casi una década luego de estrenada “El Bebé de Rosemary (1968, Roman Polanski). Una visión apocalíptica del terror que rastreaba su semilla iniciática en gemas de ficción del cine de terror, anteriormente explotando la vulnerabilidad y la inocencia infantil desde “Frankenstein” (1931, James Whale) a “M, El Vampiro” (1933, Fritz Lang). Nada más aterrador que la proyección de un pequeño concebido como anticristo literal. Scary monsters más reales y tangibles para un Hollywood que se asomaba a la posmodernidad. Ejecución ritual a filo de cuchillo, se acumulan las muertes por sangrientas heridas, acompasadas por la tétrica banda sonora compuesta por el brillante Jerry Goldsmith. Prestigiosa nave de misterio y condenable posesión del alma, “The Omen” ha penetrado en nuestra conciencia de la cultura pop, excediendo el canon explícito de la época. Su rodaje repleto de desgracias alimentó la leyenda de una maldición consumada en celuloide ardiendo. Es el tipo de película diabólica que inspira y estimula a una generación entera, lo suficientemente icónica como para generar una serie de secuelas directas: “La Profecía II” (1978), “La Profecía: El Conflicto Final” (1981), “La Profecía IV” (1991) y “La Profecía: El Despertar ” (2006). No podría concebirse el cine de terror religioso en la actualidad, sin la perenne influencia que la emblemática “La Profecía” deposita en la obra de experimentales contemporáneos como James Wan y su interminable galería de abominables seres poseídos. Su sentido artístico se prolonga en tan maléfica como ambiciosa imaginería, dando rienda suelta a productos como la en extremo perturbadora saga “El Conjuro” (2013-2016).


EL DIABLO VESTIDO DE AZUL – 1995, CARL FRANKLIN

Ambientada en la ciudad de Los Angeles de 1948, este ejercicio de cine negro se mantiene vigente como una de las más logradas incursiones en el género durante la década del ’90, a la altura de gemas como “Jade, la Piel del Deseo” (1995, William Friedkin) y “Abuso de Poder” (1997, Lee Tamahori). Carl Franklin combina fabulosamente los típicos elementos narrativos con una atmósfera intrigante, adaptando la novela hardboiled de Walter Mosley, publicada en 1990. Franklin, que venía de dirigir el excelente thriller criminal “One False Move” (1992), se une al siempre inmenso Denzel Washington, siguiendo la huella autoral de Raymond Chandler y Dashiell Hammett. “El Diablo Viste de Azul” derrama clasicismo y no teme internarse en callejones sombríos de la supremacía blanca. Atravesamos los rincones geográficos más oscuros de una urbe atestada de corrupción. El detective privado al que da vida con genuina versatilidad Washington, no es el más tradicional que uno podría imaginarse: antiguo héroe de guerra decorado, por demás inocente y sin un arma en su poder, está endeudado hasta el cuello; busca la pista de una misteriosa mujer, objeto fatal de deseo que cobra atractiva forma bajo la anatomía de la bellísima Jennifer Beals. Si la novela derramaba sexo, su versión fílmica apenas sugiere erotismo, escenificando la trama delictiva casi dos décadas antes; no obstante, no pierde un ápice de efectividad. La crisis de conciencia que atraviesa el atribulado protagonista es arrebatadora. La necesidad de obtener dinero fácil lo llevará a un laberinto de muerte, corrupción política y chantajes. Embriagadora música de jazz anima clubes nocturnos, mientras la mirada del director ofrece su versión desde la idiosincrasia afroamericana, al paradigma propuesto anteriormente por epítomes como “Chinatown” (1976).


PECADOS CAPITALES, 1995 – DAVID FINCHER

Un sermón escrito con sangre, perturbador. Todo el tiempo llueve y podemos palpar la opresión, metáfora para lavar las culpas de una urbe enviciada. Horripilantes escenas de crimen aseveran el sombrío tono de la obra maestra de David Fincher. Un asesino serial replica una fórmula infalible, reinterpretando de modo dantesco la liturgia religiosa. En su bestial ritual conviven el macabro y desequilibrado terror californiano Richard Ramirez, el necrofílico asesino confeso Henry Lee Lucas, el tétrico cementerio doméstico pergeñado por el bufonesco Wayne Gacy y el quirúrgico accionar del destripador de Yorkshire, Peter Sutcliffe. Crónica negra de prolífica factura que mitifica la acumulación de víctimas. Siete pecados capitales consumados en sórdida lectura social, muerte tras muerte, traman el oscuro sendero de uno de los films más impiadosos que la industria hollywoodense haya concebido. “Pecados Capitales” es, a la vez, un estudio de caracteres, una declaración de intenciones acerca de la amoralidad humana y una investigación a contrarreloj emprendida por la improbable, pero sumamente efectiva dupla de policías encarnados en los proverbiales Morgan Freeman y Brad Pitt. El poder del mal parece cernirse sobre los oscuros rincones de una ciudad atestada de violencia, mientras igual cantidad de virtudes cardinales intentan detener la masacre ¿Podrá el asesino sin rostro culminar su maléfico plan? El enigma crece a medida que nuestra capacidad de asombro, mientras perturbadores elementos literarios revisten la atmósfera de un film dispuesto a incomodarnos. La mitología y el simbolismo, dispuestos como instrumentos narrativos, enriquecen a la típica propuesta de neo-noir mainstream, conformando este modélico thriller una travesía psicológica cautivante. Un cínico Fincher retrata en obsceno primer plano los tormentos y el dolor, la bíblica decadencia. Luego, se reserva como revelador as bajo la manga uno de los plot twists más desasosegantes de la historia fílmica reciente. El pecado es atávico en el rostro de Kevin Spacey, y el perdón parece aún no haber sido concebido.

CEREMONIA SECRETA, 1968 – JOSEPH LOSEY

Las dinámicas de poder, la irracionalidad de los actos humanos y las crisis existenciales son una marca registrada en el cine de Joseph Losey. “Ceremonia Secreta” es un perverso juego de dominación y extenuación psicológica. Un lullaby siniestro, susurrado mientras la tragedia disuelve los bordes de la propia ilusión. Losey revela la inmensa profundidad del dolor que embarga a sendas protagonistas, en la piel de Elizabeth Taylor y Mia Farrow. Dos vampiras emocionales en lésbica dependencia existencial reencarnan el trauma de modo demencial. El cineasta captura la otra cara del ‘swinging London’, sobre una historia del escritor argentino Marco Denevi, que George Tabori traslada a la gran pantalla. Los más siniestros deseos humanos ponen a prueba nuestra capacidad de asimilación: es hora de pronunciar lo innombrable, quitándole el cerrojo a la oscuridad y al terror exterior. Una extraña y depresiva atmósfera sobrevuela sobre este film de culto, perdido en el rastro de los tiempos. Robert Mitchum encarna la aborrecible condena incestuosa, pudiéndose el tono erótico elevarse a la enésima potencia. En los dobleces del relato, confluye la tensión existente en las relaciones disfuncionales tramadas con un dejo de referencia al dramaturgo Tennessee Williams. Objetivo de la caza anticomunista, Losey construyó una atractiva pero irregular carrera, sobresaliendo su colaboración junto a Dirk Bogarde, “El Sirviente” (1963). Aquí, la conservadora crítica satanizó la trama, boicoteando su estreno en salas. Con malicia y jamás escatimando tormento, “Ceremonia Secreta” nos habla sobre dopplegangers y regresiones, abrevando en la presencia esotérica de una madre muerta y el ritual establecido entre dos extrañas dispuestas a exorcizar mutuos caracteres culpógenos. La confrontación será reveladora: hay puertas que no deberían abrirse, protegiendo inalterado todo el pecado anidando allí.


PEEPING TOM / 1960, MICHAEL POWELL

Fabulosa concepción del cine de suspenso que tomaría por asalto a la desprevenida platea. Protagonizada por un villano complejo como pocos de su clase, un enajenado producto de la sociedad de su tiempo se convierte en el pérfido rostro de un film maldito. No se trata “Peeping Tom” de un festín sangriento, sino de un abordaje en profundo impacto psicológico, retirada de las salas apenas días después de estrenada. El escándalo generalizado la convirtió en un clásico clandestino, desnudando la naturaleza voyeur de todo espectador del séptimo arte. Somos invitados de lujo, amorales cómplices del acto más aborrecible. “Peeping Tom» de Michael Powell, ofrece un melodrama de misterio que apela a la mecánica y rendidora fórmula hitchcockiana, pero sin deberle un céntimo. Por momentos, recuerda al thriller psicosexual de los films de Jacques Tourneur, sin olvidar el tormento de conciencia que traían aparejadas las fábulas de Fritz Lang.  

Es el síndrome de la violencia encarnado en el morboso e inadvertido Mark, utilizando la cámara como una malvada herramienta que captura el pánico en el rostro de sus atractivas víctimas. El film inspira a la sucedánea “Cabo de Miedo” (1962, J. Lee Thompson) y su espíritu inunda la adaptación de “El Estrangulador de Boston” (1958, Richard Fleischer). Con notable valor precursor, Powell ejerce una cuota de riesgo extra: se trata de un perturbador ejercicio de culto, que firma a pie de página su densa oscuridad. Una fotografía fascinante de Otto Heller, particularmente en las secuencias de estudios, abreva en el uso del color, el sentido del plano subjetivo y la incidencia de la sombra con grandiosos resultados. Sin saber que estaba a punto de adentrarse en un proyecto con destino de polémica sin precedentes, Leo Marks guiona una historia que no fuera dueña de la aceptación en su época, por parte de los círculos académicos. “Peeping Tom” soportó denuncias que la tildaban de perversa y morbosa.

Similar destrato al que debió sufrir el mismísimo Alfred Hitchcock, al estreno simultáneo de la comparable “Psicosis”, su entonces incomprendida obra maestra. En esta auténtica ventana indiscreta sin el más mínimo miramiento ético, sobresale un uso dramático de la música en inquietantes pianos, a tono con el excesivo y estereotipado retrato de sus protagonistas. A más de medio siglo de su lanzamiento, continúa siendo una exploración visual inquietante: el desequilibrado Mark asesina mujeres y captura, en sus polaroids, aquel instante de terror impostergable. El film enfrenta la obsesión sádica con el miedo que experimenta uno de los psicópatas más recordados de la historia del cine. El director Michael Powell, junto con su colaborador el húngaro Emeric Pressburger, formaron una de las piedras angulares de la industria cinematográfica británica en las décadas de 1940 y 1950. Sus créditos incluyen “A Matter of Life and Death” (1946), “Black Narcissus” (1947) y “The Red Shoes” (1948). La presente película se encumbra como la máxima expresión de su exquisita síntesis estética, sellando al rojo vivo, en el sangriento pasatiempo del mirón compulsivo, un audaz sacrifico creativo.


LA INVASIÓN DE LOS USURPADORES DE CUERPOS (1956, Don Siegel)

Platillos voladores y armas en rayo que camuflan la silencio e invisible (pero no desapercibida) propaganda. Esta poderosa alegoría de los miedos americanos, nos presenta el invasor paradigma de alienígenas sustituidos en cuerpos humanos, con ánimos de subvertir los estamentos del cine de terror plagado de monstruos y deformidades; acaso no hay horror más abyecto que el que se oculta tras las facciones de la normalidad. El síndrome de la violencia se encuentra omnipresente en la filmografía de Don Siegel, manifestándose aquí en entes extraterrestres duplicados sin humana emoción alguna. “La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos” pervive como uno de los grandes clásicos de ciencia ficción de la historia, conservando intacto el poderío de aquel retrato sobre nuestra condición, en inevitable pérdida de la propia esencia. En su magnífica utilización del blanco y negro, y en la simbólica inquietud que plantea, Siegel combina los elementos más característicos del thriller y del noir, envolviéndonos en una pesadilla frenética. Inserta en plena batalla ideológica, en una Norteamérica atravesada por la persecución comunista, la metáfora acerca del mentado enemigo externo que aplica, en el robo de cuerpos que funciona como disparador argumental, a una pérdida de la identidad individual, justificando su sentido más implícito. La amenaza de lo desconocido y la extrañeza en su apogeo. El film serviría de imperiosa inspiración al emergente cineasta afroamericano Jordan Peele, responsable en renovar las anquilosadas estructuras del género del terror contemporáneo bajo la forma de un doble oculto fantasmagórico dispuesto a aterrorizarnos, reflexionando acerca de dinámicas socio-políticas en su díptico “Get Out” (2017) y “Us” (2019). Por su parte, el presente panorama distópico se resignificaría bajo nuevos contextos cronológicos, ofreciendo nuevas posibilidades visuales e ideológicas en las versiones de 1978 (dirigida por Philip Kaufman) y 1993 (dirigida por Abel Ferrara). Más allá del temor a las posesiones espirituales paranormales, el auténtico concepto del miedo más retorcido que reconoce el peligro en su semejante, gravita a nuestro alrededor.

ANGEL HEART, 1987 / ALAN PARKER

Figura maligna por excelencia de la religión católica y la mitología, el ángel caído ha sido retratado, de modo pormenorizado, por la cultura occidental, jamás agotando su avidez por colocar al mal un rostro reconocible. Lo ha hecho la literatura con el “Fausto” (1808) de Goethe, las artes plásticas con “El Aquelarre” (1798) de Francisco de Goya y la música con “Sympathy For The Devil” (1968) de The Rolling Stones, ahondando en tan funesta representación. Supersticiones aparte, el cine no ha sido la excepción: el diablo fue creado a partir de conceptos y creencias que, en su artificiosidad, justifican la existencia del enemigo. La parábola que nos alecciona acerca del motivo de nuestros miedos  más intrínsecos. La tradición popular y el imaginario colectivo que alimenta el propio folklore, no escapan a las inquietudes temáticas de Alan Parker, el consagrado director de “Midnight Express” (1978) y “Mississippi en Llamas” (1988). Aquí, explora por vez primera el género detectivesco, dirigiendo uno de los policiales sobrenaturales más destacado de la década.

Lúgubre y turbio, el cineasta lleva a cabo una utilización de los simbolismos en función al cinismo que maneja el relato. Resulta interesante la forma en que “Corazón Satánico” deconstruye la noción del demonio desde el paganismo y adosando elementos de la magia vudú. Parker ejerce una arrebatadora mirada neo noir que inspecciona la oscuridad de una noche eterna. Un descenso mental hacia la ruptura de la propia razón se adivina como la pesadilla en vida del personaje interpretado por Mickey Rourke. Un detective privado, encerrado en un callejón sin salida, derrumbado ante el simbolismo encarnado por un enigmático Robert De Niro. Su figuración de Louis Cyphre no tiene nada que envidiar al impiadoso Keyser Söze (un inolvidable Kevin Spacey) de “Los Sospechosos de Siempre” (1995, Bryan Singer). Aquí, nuestro héroe decreciente se hunde en el fango de la miseria más lacerante. Notable fotografía y ambientación nos adentran en tan desasosegante panorama. El encantador infierno ya no es ese lugar abstracto que imaginamos arder, sino la concreta interpretación terrenal de una ciudad atestada de asesinatos. La tentación, la sexualidad y la culpa juegan su vital rol, mientras la cruda violencia contrasta con la incomodidad de los espacios geográficos que inspecciona. No hay escapatoria posible.


DARREN ARONOFSKY – PI / 1998

Una ópera prima con mayúsculas, Darren Aronofsky concibe un intachable debut cinematográfico. Quien luego adquiriría el status de autor de preferencia, gracias a films como “Réquiem por un Sueño” (2000) y “El Cisne Negro” (2010), firma los preceptos conceptuales y estéticos de una emérita obra de culto. “Pi” es tanto una reflexión existencial, rodada íntegramente en blanco y negro, como un tratado acerca de la condición esquizofrénica paranoide de su protagonista, hundido en su propio laberinto kafkiano. Un brillante matemático descubre la consecución de cifras que rige un pandemonio bursátil. Su obsesión lo sumerge en la exploración de la teoría del caos, el significado oculto de los números y las divinas proporciones áureas.

Aronofsky deposita sobre nosotros un interrogante sideral: ¿nos hace el saber más válidos como seres humanos? Oscuridad y decrepitud circundante se dividen las sensaciones a la desembocadura de un mundo distópico. El autor insinúa posibles respuestas sin dejar un mensaje unilateral. Filosófica, “Pi” nos interpela. La economía de recursos estéticos que imprimen sus fotogramas ausentes de colores son toda una declaración de principios. Somos testigos de la subversión de elementos reales. Valores técnicos impecables engrandecen las cualidades de un film rodado en bajo presupuesto. Haciendo de la limitación una oportunidad para explorar su ilimitada imaginación, el también director de “Mother” (“017) explota las bondades de cada recurso audiovisual. Montaje frenético y fotografía expresionista poseen un sello característico, al servicio de un ambiente claustrofóbico que nos arrebata. Mientras tanto, el exquisito uso musical sirve de soporte a un flujo incesante de imágenes portadoras de simbolismos mágicos y mensajes esotéricos.

Bajo la arquitectura cinética de Aronofsky, convive una palpitante búsqueda de la realización espiritual. La puerta que el conocimiento humano no puede abrir está próxima a descubrirse. Su cine intenta explorar lugares complejos de la psiquis, también desentrañar creencias religiosas. Personajes inestables, cuyas percepciones mentales distorsionan la realidad objetiva, serán luego su marca de fábrica. Para el bueno de Darren, la locura siempre es una opción a considerar. El patrón existente entre la obsesión y la perfección que domina al antihéroe matemático se confirma como recurrente, dibujando la silueta de un sendero tramado en vivo celuloide. Ingesta de píldoras para la ilusión mediante, “Pi” persigue el deseo de exteriorizar las sensaciones internas y plasmarlas en su realidad objetiva, aunque ya no sepamos distinguir en cuál de todas las dimensiones posibles pisamos suelo firme.


UN MALDITO POLICÍA, 1992, ABEL FERRARA

Abel Ferrara utiliza un estilo cercano a la Escuela de New York. Más vanguardista y menos canónico que la profusa camada del insurgente cine independiente que amaneció a los años ’90, el responsable de icónicos films como “El Rey de New York” (1990) y “El Funeral” (1996), emprende aquí uno de sus productos más osados. Procaz y veraz, el autor realiza una excursión al resurgente caos que ilustra la periferia de los barrios de la gran ciudad. En “Un Maldito Policía”, nos atrapa una obra que asquea en su viciado entorno. Sin timidez, nos invita a reflexionar acerca del odio que genera la incomprensión humana. Nos atraganta con una porción de realidad putrefacta, en extremo dificultosa de digerir. Nuestros sentidos asimilan una historia sucia. Plano a plano, Ferrara exorciza sus demonios, mientras Harvey Keitel abreva en su próxima tajada de dolor. La ambientación musical de “Un Maldito Policía” no dosifica la crudeza de las escenas, sino que las contrasta. El autor persigue la escoria callejera, en búsqueda de un aspecto menos artificial y más auténtico.

Entronando a Keitel como un monstruo actoral digno de venerar, Ferrara encumbra a un eterno predilecto del paladar cinéfilo en un papel tortuoso por antonomasia. El intérprete es una bestia salvaje en franco descenso a los infiernos. De cara a un promiscuo abismo moral, un policía camina a ambos lados de la ley: es un investigador de homicidios, un cliente habitual de prostíbulos, un cocainómano sin redención. La corrección no forma parte de su vocabulario. Más ambiguo imposible. Venerado por reductos académicos de la industria, quien pudiera concebir piezas tan arriesgadas como “The Blackout” (1997) jamás edulcorará sus historias. En Ferrara, el plano sucio denota la influencia de Cassavetes, mientras Keitel refleja el vicio al extremo, consumido por las apuestas y el alcohol en igual medida que por su tóxica conciencia. Lo violento y lo profano conviven bajo el imaginario del creador de “The Addiction” (1998), llevando aquí su osadía al límite de lo tolerable. El film sería objeto de una remake, reinterpretada por completo bajo la lente de Werner Herzog, y con protagónico de Nicolas Cage, en “Teniente Corrupto” (2009).


MULHOLLAND DRIVE, 2001 – DAVID LYNCH

David Lynch entrecruza caminos de personajes de lo más singulares. Su hábitat natural es aquella zona privada de confort en donde el más común y corriente de los mortales podría sentir un persistente escalofrío. Siempre a gusto de incomodar, el tiempo discurre diferente bajo la mirada del prodigioso creador de “Twin Peaks” (1990-1991). Realidades paralelas, sueños circulares, idealizaciones que terminan por derrumbarse y una triste realidad que tiñe de tragedia un relato profano, conviven bajo la laberíntica estructura argumental de “Mulholland Drive”, una de sus más ambiciosas apuestas. Lynch siembra precisas claves ante nuestros ojos. Preciosos interrogantes que nos impactan con la contundencia de un teledirigido. El sueño muta en pesadilla, corroborando el verosímil de una película anti convencional. Mundos surrealistas y llenos de imaginación proliferan en su inagotable factoría freak. Se trata de un autor experto en capturar nuestra atención, deshaciendo en pedazos todo verosímil y haciendo de lo abyecto su dogma de fe. Un tratamiento del sexo osado para los cánones comerciales y un arrebatador tono del cine negro que siempre acaba por seducirnos, acaba por conformar las coordenadas estéticas desde donde se erige su cosmovisión.

Desde “Blue Velvet” (1986) a “Lost Highway” (1997), Lynch se ha mostrado como un influyente y en extremo creativo gestor de ficciones modernas. El cine contemporáneo de Hollywood no sería el mismo sin su aporte. Tampoco la cultura pop, adepta a acopiar sus estructuras estéticas para adjetivizar la concepción del mundo de un pionero. El nativo de Montana se ha especializado en extraer de la mundana cotidianeidad la perla horrorosa que justifique aquel viaje extraño hacia las profundidades del inconsciente. En “Mulholland Drive”, ilusiones y apariencias juegan a gusto y placer con nuestra capacidad de asimilación. Una dimensión proyecta a la otra, bucle infinito que nos convence de que la pesadilla aún no ha acabado. El cineasta descubre el talento interpretativo de Naomi Watts, una indetenible fuerza de la naturaleza. Dos horas y media de metraje sostienen la complejidad de una narrativa intrincada, en donde las sensaciones a flor de piel confirman nuestra sospecha más allá de toda realidad tangible. Surrealista como Luis Buñuel y terrorífico como John Carpenter, Lynch sabe de sobra que botón pulsar para activar nuestros miedos más primales. En lo sinuoso del camino protegido por colinas se erige la oscura California, al otro lado de la luminosa fantasía cinéfila donde la lógica brilla por su ausencia. Bebamos de su turbio elixir.


EL AMANTE DOBLE / F. OZON, 2017

François Ozon eleva el listón de la perversión mostrada para la remake de “La Piscina” (2004). El realizador galo, cinéfilo de pura cepa, debió haber consumido todo el arte de David Cronenberg, Roman Polanski y David Lynch. Con semejantes referentes a la hora de pergeñar climas de suspenso en extremo desasosegantes, trama un panorama enrarecido y perturbador. Mediante una alucinada puesta en escena, se permite jugar en los oscuros terrenos del siempre rendidor doppleganger literario. Indagación psicológica y manipulación genética conviven en un desinhibido thriller erótico que explora ciertas pulsiones sexuales reprimidas. La más perversa fantasía esconde la verdadera identidad, rotas las reglas éticas de la profesión, la trama involucra a sendos personajes protagonistas. Inquietantes, complejos y emocionalmente escindidos, sirven al autor de alegoría fractal para pronunciarse sin temor a generar desconcierto.

El siempre impredecible Ozon prefiere una narrativa no lineal, sumergiéndonos en una historia confusa, pesadillesca y anticonvencional. Fascinante y alucinatoria, asume consabidos riesgos estéticos, sembrando inquietantes interrogantes. Planteadas múltiples capas de lectura, el retorcido creador de “Bajo la Arena” (1999) no teme convertirse en émulo de Brian De Palma, sin por ello caer en la mera pretensión. Cada plano ejecutado es una masterclass de cine que eleva a la enésima potencia el efecto alegórico. Todo es geometría espejada al servicio de un banquete de sexo, lujuria, traición y crimen. La fragilidad psíquica, que acaba por convertirse en irrefrenable obsesión, se apoderará de un álter ego tramado bajos los designios del mentado doble oculto, para llevar a cabo una sórdida mirada hacia el aspecto más pervertido de nuestra condición. “El Amante Doble” ofrece un viaje en espiral hacia la pérdida de la cordura, un tránsito onírico que concibe la más horrorosa de las resultantes.


DEAD RINGERS, 1991  – DAVID CRONENBERG

David Cronenberg revolucionó, hacia comienzos de los años ’80, el panorama del cine de terror. Lo maleable del cuerpo y su distorsión fueron su fetiche. Algo inquietaba profundamente a este joven realizador, a quien sus padres le inculcaron la pasión por el arte desde pequeño. Delirios en deformidad anidaban en su alma. En su temprana obra, confluyeron los planos reales e irreales, mientras se materializaron, en carne y hueso, las oscuras fantasías de la psicología humana. La transformación es una palabra que permanece en constante presencia a través de una serie de películas que traman una inseparable relación entre lo psicoanalítico y lo repulsivo. Oxímoron para la cumbre de la enajenación.

Nace su estética desde una imaginación jamás a la deriva: lo surreal inaugura la mutación que explora el horror: se descomponen las estructuras sociales, magnificando a sus personajes protagonistas. Este fundacional concepto lo encontramos presente en una de sus obras más osadas: “Dead Ringers” (1991) proyecta la sombra duplicada de lúgubres recovecos de la mente. En el canadiense Cronenberg, la convención interior contaminada abarca un amplio espectro, desde lo mundano a lo idílico. Desde su metamorfosis atravesando la caja idiota de “Videodrome” (1983) hasta la amenaza latente de “La Mosca” (1984), epítome de belleza en la carne humana descompuesta. Perturbador, mórbido, grotesco y pulsional, indaga en deseos reprimidos. Sexo, violencia y estupefacientes esparcidos son moneda corriente en sus films.  Desde la kafkiana pesadilla de “El Almuerzo Desnudo” (1991) a la fetichista y sadomaso en “Crash” (1996), pudo su incorrecta mirada ensayar la enésima metáfora más procaz posible, rompiendo tabúes y derritiendo termómetros. En el presente film, protagonizado por un encomiable y disociado Jeremy Irons, el vínculo de gemelos explorado se asoma al abismo de la perversión. Opuestos que se repelen, idénticos que se atraen, cara y cruz de una misma moneda.

Lo precioso de un panorama incómodo encuentra fértil territorio de exploración. Se trata de un cineasta especialista en difuminar las fronteras existentes entre el cine sci-fi y de terror. Lo orgánico y lo mecánico confluyen bajo su prisma simbólico. Una mujer se convertirá en el desencadenante de este cabal viaje de locura. Engaños y celos que desatan la insensatez humana, bajo una estructura narrativa que sostiene tan intrincados mecanismos. El punto de vista narrativo guiará al espectador hacia el centro convergente de una progresiva y asfixiante atmósfera. Su onírico desenlace nos arrebata. La forma en que Cronenberg proyecta la mente fragmentada de sendos gemelos es francamente subyugante. Una fiesta orgiástica de sentidos y un estudio de conducta que se convierte en una lección cinematográfica. “Dead Ringers” es el decadente relato de una obsesión sin límites.


AL FINAL DE LA ESCALERA – PETER MEDAK, 1980

Una tragedia familiar desata una auténtica pesadilla en la vida del catedrático protagonista de uno de los films claves para comprender el cine de terror de los años ’80. Acontecimientos paranormales reavivan un misterio oculto por décadas. Nos enfrentamos a una escalofriante sesión de espiritismo. Pueden hipotéticos sucesos reales, ocurridos en Denver e involucrando el robo de niños, haber inspirado a la presente obra del subvalorado Peter Medak ¿Pueden las víctimas de un crimen atroz pedir justicia más allá del tiempo? El plano personal y su contraparte espiritual son puestos de manifiesto, bajo el pormenorizado descenso a los infiernos que realiza su protagonista. En aislamiento forzado y en enajenación de espiral ascendente, su forzado exilio es tanto un salto al vacío emocional como una exploración de los propios miedos. El personaje de George C. Scott paga el karma de su arrojo evolutivo en este salto cualitativo del cine de terror americano.

Película madre para las de su clase, escenificadas en suntuosas mansiones encantadas, se convierte “Al Final de la Escalera” en el germen y semilla para “Poltergeist” (1982, Tobe Hooper), replicada en mil y un historias más para no dormir. Deudora de su estirpe resulta también “Los Otros” (2002), de Alejandro Amenábar. Sin embargo, un antecedente puede rastrearse: recuerda este film a la hipnótica adaptación del cuento de Daphne du Maurier, llevada a cabo por Nicolas Roeg, bajo la atmósfera mortuoria que reviste a la aterradora y sensacional “Venecia Rojo Shocking” (1973). Igualmente aquí, la fragilidad del ser humano se desliza en el territorio de lo irreal. El uso de ruidos, planos y melodías, se convierten en elementos básicos y a la postre clásicos, empleados de una forma sensata y criteriosa, jamás subestimando la inteligencia del espectador. Puertas que se cierran, cristales que se rompen, golpes de martillo sin una presencia física aparente y una intrigante pelota de trapo que invita a un juego siniestro conforman el menú de tan perturbadora gesta de estilo.


OJOS BIEN CERRADOS, STANLEY KUBRICK – 1999

Película póstuma de Stanley Kubrick, adapta al cine la novela “Historia de Sueños” (1926), de Arthur Schintzler. La infidelidad es el corazón del conflicto, orbitando alrededor de una mirada lacaniana acerca del deseo y la dependencia recíproca. Fascinante a lo largo de sus casi tres horas de metraje, este portentoso ejercicio de thriller erótico se estrenó días después del fallecimiento del totémico realizador. Dicen las malas lenguas que el mismísimo Sydney Pollack completó el montaje de un film con destino de leyenda urbana. Se escenifica el relato en una New York encuadrada en colores pastel, y tantas conjeturas se tejen delante como detrás de cámaras, para un proyecto que demandó casi dos años de rodaje. El mito de la auténtica historia afectiva hecha añicos entre Tom Cruise y Nicole Kidman diluye las barreras ficticias, mientras se expone la desconfianza matrimonial latente y el persistente deterioro de la relación, dentro de la pantalla, cimenta el cisma entre los intérpretes fuera de ella.

El misterio alimenta fantasías reveladas en orgiástico fetiche. Una fiesta navideña celebrada en una mansión inserta en un barrio privado de familias bien acomodadas. El film se convierte en un estudio de conductas, ofreciendo un retrato acerca de la mujer menospreciada y subvalorada como mero objeto de deseo. El instinto y la pulsión sexual afloran, cuando la ropa interior transparentada metaforiza el pensamiento jamás cubierto de opacidad. La dominación y el sentido de pertenencia, desde el rol masculino, aporta suficiente tensión. La atracción física e intelectual es ingobernable, mientras la nula comprensión por parte del personaje de Cruise al dilema que atraviesa su compañera añade leña al fuego. Falta de empatía que activa el acto de venganza buscado, denodadamente y con suficiente necedad. Un espiral tormentoso que desemboca en un turbio descubrimiento enciende el vértigo para uno de los ejercicios de suspenso más atrapantes de la década. Una balanza moral que iguala a ambos géneros, tanto encima como debajo de la cama. La convivencia marital como un pacto de dos, los actos privados de una habitación como manifiesto de una sociedad secreta. Un contrato que se puede cancelar.


DENIS VILLENEUVE – LA LLEGADA, 2016

Su cine revela lo trascendental. Denis Villeneuve es uno de los cineastas más fascinantes de las últimas dos décadas, cimentando su legado gracias a títulos como “Incendies” (2010), “Prisioneros” (2013) y “El Enemigo Oculto” (2013). El encuentro humano con lo sagrado se verifica en “La Llegada” (2016), su obra más ambiciosa. Su método infalible es la cámara como artefacto revelador de verdad y la contingencia universal es su propósito: Villeneuve expresa lo metafísico a través del arte.  Introspectivo ejercicio de ciencia ficción, “La Llegada” nos presenta una invasión alienígena fuera de toda convención. Maestro del retrato psicológico, devela lo inefable mientras descubre el rostro del invisible enemigo. Lo desconocido alimenta su curiosidad. Con gran vuelo metafórico, expande el autor su gusto por el detalle y esta inmersiva capacidad por suspender el tiempo alrededor de una circunferencia que encierra una conjugación de extraña poesía. La generosidad narrativa del realizador canadiense construye un inexpugnable armazón, al tiempo que echa mano del elemento fantástico. Su más intrigante film a la fecha lo revela como un estudioso de la belleza que reside en lo extraño. Elocuente, existencial y místico, suele colocar a sus personajes en situaciones extraordinarias, mientras capas de información se acumulan en montaje paralelo, sumando flashbacks y flashforwards que se intercalan. En Villeneuve, el uso del discurso amalgama las formas del lenguaje como herramienta, en estructura circular que dialoga entre matices misteriosos y una interpretación simbólica del sonido que no tiene parangón.


NICOLAS WINDING REFN – SOLO DIOS PERDONA, 2013

Existen ciertos cineastas que definen su legado a través de sus marcas de autor. Uno puede observar determinado manejo de cámara, comprobar el rumbo estético elegido y aseverar, con total seguridad, que se encuentra ante un film de Nicolas Winding Refn. La identidad reconocible es también temática: son de su preferencia los retratos del mundo criminal. Y casi siempre el vehículo para tales rasgos es un personaje de dudosa moral, huyendo de sus propias acciones. Lobos solitarios de parquedad exagerada o agresividad latente, prestos a emprender la venganza. Herméticos e individualistas. Tal panorama es el que nos presenta “Solo Dios Perdona”, heredando la oscuridad existencial del director de “Drive” (2011). 

Perpetrando un simbolismo visual elevado a la enésima potencia, en el presente film se vislumbra una grandiosa puesta en escena, una configuración llamativa de luces y sombras y un raid de actos violentos capturados en plano detalle. El acabado formal de Winding Refn prefiere diálogos escuetos y una violencia brutal, casi siempre en escalada. Un crescendo que responde, desplegando ante nuestros ojos, planos extremos cenitales, travelling de cámara en mano, un uso extravagante del color y una iluminación contrastada como elemento narrativo. Son los parámetros estéticos de un fetichista del diseño de vestuario, en búsqueda de la perpetua belleza que persigue las simetrías, bajo la ejecución de la ley de los tercios, con imperiosa necesidad.

Su contemplativa narración, estructurada en base al color, se compone de acciones disonantes: el suyo es un relato al servicio de la exploración visual más visceral, activando nuestra percepción sensorial en relación de fondo y forma. El misticismo impregna la obra del danés, tejiendo un universo que reduce elementos interpretativos en favor de la imagen. Visualmente subyugante, en “Solo Dios Perdona” prolifera la aspereza y el rigor que rezuma en su obra más temprana (“Bronson”, 2008), directamente proporcional a la deficiencia dialéctica que caracteriza a sus criaturas, personajes a menudo ocultos tras las sombras del dolor. Dicha cualidad intrínseca de la (in)comunicación se convierte en la retórica autosuficiente del lenguaje corporal que acometerá la virulencia injustificada. Es la declaración de intenciones de tan controversial como imprescindible cineasta del siglo XXI.


PAUL SCHRADER – HARDCORE, 1979

A dúo con su hermano Leonard, Paul Schrader escribe el guión de “Yakuza” (1974), para el film dirigido por Sydney Pollack. En pleno Neo-Hollywood, un nuevo paradigma surgía en la meca del cine, y una generación recibía con honores a una camada liderada por Martin Scorsese, Bob Rafelson y Brian De Palma. Para este último, Schrader firmaría la hitchcockiana “Obsesión” (1976). Junto al eterno Marty, establecería una fructífera dupla creativa que se prolongaría a través de los films “Taxi Driver” (1976), “Raging Bull” (1980), “The Last Temptation of Christ” (1988) y “Bringing Out the Dead” (1999). La trayectoria de Schrader como guionista, sabiéndose un recurrente postergado de la industria, arroja algunas perlas como “The Mosquito Coast” (1986) y “City Hall” (1996). Sin embargo, es su itinerario como director el que lo convierte en un espécimen interesantísimo de descubrir. Una veintena de títulos, desde “Blue Collar” (1978) a “El Placer de los Extraños” (1990), sazonan su ecléctica carrera tras las cámaras, abordando temáticas urticantes como la religión, las relaciones familiares disfuncionales, el mundo del hampa, la frustración sexual, los antihéroes del sistema y los impostores de nula moral.

La totalidad de estos elementos se encuentra presente en “Hardcore” (1979), un atrevido film que refleja el grado de inconformismo e incorrección política que habita en Schrader. Para algunos un suicidio artístico, para otros un acto de valiente arrojo; el autor se sumerge en el mundo de la pornografía. Examina tribus urbanas y subculturas viciadas, en el decadente marco de una gran ciudad. Tras su fachada, observamos los restos del desencanto, impregnado en las facciones del desconcertado padre que compone George C. Scott, el eterno Coronel Patton. Una búsqueda fatua corrompe su personalidad, abrevando en el sinsentido de la vida. Una fotografía contrastada y una atmósfera opresiva dan vida y color al californiano submundo de la explotación sexual. La fealdad y la ultra violencia, crepitantes en el costado más marginal de la sociedad, coloca el punto sobre las íes que desnuda a una Norteamérica procaz. Scott se asquea y desvía la mirada: se trata de un hombre de valores tradicionales enfrentándose a nuevas perspectivas, tras su apacible mundo descubre los velos de tan desencantada versión x-rated. “Hardcore” agita la controversia, desafiando su improbable estreno en tiempos donde Hollywood amanecía al relato posmoderno adornado de blockbusters.


EL PRIMER PECADO MORTAL – 1980, BRIAN G. HUTTON

Frank Sinatra compone al lacónico Delaney, un obstinado y solitario investigador tras las pistas de un asesinato. Es el típico ejemplo de aquel hombre de ley enfrentado a un último caso más antes de retirarse. Bajo la obligación moral de reestablecer el orden alterado a la ciudad que lo cobija, seguirá la punzante clave que emparenta a una serie de víctimas. Brian G. Hutton adapta a la pantalla la emérita novela de Lawrence Sanders, colocándonos como espectadores omniscientes del espeluznante accionar de un perturbado criminal. Somos testigos de su plan delictivo, en este modélico y serpenteante thriller, de ejemplar estética ochentista. La presente constituye la primera película en una década para Sinatra; aquí lo vemos componiendo a un taciturno policía, excedido en sus labores al acecho de un escurridizo criminal y sorteando las vicisitudes de un drama personal (asiste a su mujer, interpretada por Faye Dunaway). Sanders, de prolífica trayectoria como creador de ficciones de suspenso, es el mismo autor de la novela “The Anderson Tapes”, editada en 1970 y un clásico inmediato del subgénero heist-movie, llevada a la gran pantalla por Sidney Lumet, en 1972. El creador de la “Serie McNally”, convertiría al presente opus literario en una saga criminal, compuesta por las obras “El Primer Pecado Mortal” (1973), “El Segundo Pecado Mortal” (1977), “El Tercer Pecado Mortal” (1981) y “El Cuarto Pecado Mortal” (1985).


HELLRAISER, CLIVE BARKER (1987)

Inspirado en la antología de terror literaria “Books of Blooad” (1980), Clive Barker comienza a gestar un universo cinéfilo que no temería incursionar en el terreno más macabro del slasher. Por aquellos años, su tradición para abordar el cine de terror clase B lo convierte en un especialista en dar vida a grotescas criaturas. La filmografía del novel autor convertido en cineasta se nutre de paradigmas brutales y propulsa sanguinarios desenlaces. Hasta que, en 1987, Barker logra dirigir un ejemplar del terror británico con destino de clásico de culto, adaptando su propia novela “The Hellbound Heart” (1986). La franquicia se ha mantenido al margen de las más populares en su clase, sin embargo, el encanto de seres de otra dimensión, habitantes de planos paralelos, estimula la apetencia de acérrimos y morbosos fans. Bajo su concepción, en “Hellraiser”, el dolor y el placer no son simetrías opuestas, sino que se complementan. Un oscuro túnel como proyección hacia la humillación y la tortura física deposita sobre nosotros la inquietud más impactante ¿Cómo podemos evaluar moralmente la conducta de personajes sometidos a sus miedos más intrínsecos? ¿Hasta qué límite llegan los deseos humanos más perturbadores? Imágenes icónicas que se inyectan en nuestra retina acaban por conformar un menú bañado en sangre, alimentando el paroxismo del siempre insuficiente para el paladar terrorífico, dispuesto a dejarse tentar por todo aquello que acaba por incomodarnos. No existen barreras para la práctica sadomasoquista. Barker tensa la cuerda que sostiene en sus extremos lo disfrutable de lo insoportable. Los fans de tan demencial puesta fueron compensados con una saga fenomenal, extendida hasta 2018, más por inercia que por logradas prolongaciones creativas.


BAJOS INSTINTOS, 1992 / PAUL VERHOEVEN

La vertiente más candente del cine erótico explosiona en el panorama hollywoodense de los años ‘90, abundando en argumentos de inagotables traiciones y sexo adúltero que sienta las bases imperecederas para el thriller posmoderno, ejemplificado en referentes como “Juego de Adultos” (1992, Alan J. Pakula) y “El Cuerpo del Delito” (1993, Uli Edel). Un Michael Douglas especialista en meterse en problemas de polleras (“Atracción Fatal”/1987, “Acoso Sexual”/1994) encuentra en su partenaire Sharon Stone a la definición de femme fatale que lo ejemplifique a la perfección: la rubia cautivaba la gran pantalla, convirtiéndose en objeto de deseo irrefrenable. Un regalo apetecible con veneno en su interior en delicioso cruce de piernas, que se prolongaría hasta la voyeur intriga “Sliver” (Philip Noyce, 1993).

Un artesano del suspenso como Paul Verhoeven construye un ascendente grado de sugestión, amparado en el sostenido peligro que orbita alrededor de la trama. Un asesinato incrimina a una escritora y ella posee la coartada perfecta. Un hombre de ley entra en acción, disponiéndose a la casa del asesino. La tensión sexual entre la sospechosa y el agente de policía comienza a aflorar. El soberbio manejo de climas redescubre las dotes de un realizador especialista en el género sci-fi (“Robocop”/1987, “Invasión”/1997). En “Bajos Instintos”, abunda una gama de emociones extremas: hay angustia, enojo, toxicidad y sensualidad. A la película la vuelve antológica el protagonismo de una malvada perspicaz y carismática. El lenguaje corporal juega un papel fundamental; sus miradas y gestos, están hechas adrede para embaucar y seducir, tanto al protagonista del film como al espectador. La infartante escena del interrogatorio prueba su fórmula más explícita, camino a erigirse como un mito del celuloide.


LA ESCALERA DE JACOB,1990 – ADRIAN LYNE

Este film encarna la metáfora de una batalla por el propio destino. Haciendo hincapié en el viaje espiritual y físico de su protagonista, un desdoblamiento del plano nos llevará por una onírica travesía que promete cielo o infierno como únicos destinos posibles. La dualidad será la constante para esta ruta de redención por vía invertida. Una ciudad contaminada deja ver el lado oscuro de una urbe decadente, mientras Adrian Lyne examina las consecuencias de la guerra y la película ensaya un mensaje bíblico como alegoría. Oscura magia hecha de imágenes pesadillescas conforman el paisaje tramado por la mano artesana del director de “Infidelidad” (2002).  Traumatizado y perseguido, dudaremos de la cordura salvaguardada en el victimizado antihéroe. El potencial sugestivo del cine se eleva a la máxima potencia, imbricando líneas temporales. Resulta atractivo en “La Escalera de Jacob” su perturbador uso del suspenso psicológico, alimentando las paranoias mentales y conspiraciones que corroen al protagonista. Abundarán prácticas que recrean lavados de cerebro, recordando a otra gema cinematográfica como “El Embajador del Miedo” (1962, John Frankenheimer). “La Escalera de Jacob” no pretende la mínima linealidad argumental y su argumento se pronuncia de modo elíptico, en incesante bucle. El realizador sugiere sin mostrar todas las cartas, prestándose a la faceta lúdica que disfruta confundiendo a nuestra mente. ¿Nos ha jugado una mala pasada la vista? Nada de lo que vemos es lo que parece, mientras sienta el film su reminiscencia en posteriores alucinaciones, como “El Maquinista” (2004, Brad Anderson).

Caja China. Ramificación argumental, testigo y protagonista, ambiguo intermediario de la historia narrada. Punto de giro vital para la historia precedente, realidad alternativa que contiene tantas historias ancestrales como verdades posibles.

FOTOGRAFÍAS

Isabella Rossellini & David Lynch (por Helmut Newton, 1985) / Helmut Newton captura esta instantánea durante el rodaje de “Terciopelo Azul” (1986). David Lynch, director de la película, observa detenidamente cada facción del rostro de su musa y estrella protagónica, la italiana Isabella Rossellini, como si de una obra de arte se tratase. Hija del eminente realizador Roberto Rossellini y del ícono sueco Ingrid Bergman, Isabella luce, ante la escudriñadora mirada de Lynch, como su objeto de deseo. Newton captó aquel instante a la perfección. Miremos más de cerca, parece poseerla.

El fotógrafo capturó desnudos con elegancia y audacia. Fue el pervertido voyeur reconocido como uno de los más grandes emblemas del arte fotográfico del siglo XX. Piscinas, maniquíes y prótesis fueron sus fetiches. Su puesta en escena jamás escatimó provocación y su fijación sobre el sexo femenino constituyó la esencia de su búsqueda artística. Quizás por ello, Lynch lo convocó al set de rodaje de la película por la cual sería nominado por primera vez a un Premio Oscar y que lo convirtiera en un autor de culto. El mismo film que presentara al mundo del celuloide a Laura Dern y eternizara como antológico villano a Dennis Hopper.

Experto en retratar a celebridades del cine, la música y el modelaje, su perfil artístico oscila desde Madonna a Andy Wharol; desde Charlotte Rampling a Claudia Schiffer; desde Sigourney Weaver a Nicolas Cage; desde Grace Jones a Liz Taylor. Su cámara sedujo y divirtió. Existen paralelismos: el mundo inquietante y descompuesto tramado por Lynch parece fundirse hasta la mímesis con las fantasías psicosexuales de Newton. Ambos artistas confrontan la intimidad de los paisajes corporales que abordan. Ambos también poseen una asombrosa y misteriosa capacidad de observación.

Sin embargo, mientras Lynch testimonió la putrefacción social descubriendo una auténtica pesadilla americana oculta tras la fachada de un agradable vecindario, Newton eligió disparar su perversa cámara suspendiendo en el aire el polvo de estrellas esparcido. Artificios de la ficción y artefactos para provocar, ambos, al fin.


LUIS BUÑUEL Y COMPAÑÍA (MARV NEWTON, 1972) / Cuesta encontrar semejante talento reunido en una sola fotografía. Crema y nata de Hollywood. El año, 1972. Una reunión mítica acontecía en la casa del cineasta George Cukor, anfitrión de fiestas que solían congregar estrellas. Pero nunca tan brillantes en el firmamento como en este banquete, sito en su glamorosa mansión, en el corazón de Beverly Hills. Un muro de piedra protegía del exterior la finca ubicada a la altura 9166 del Cordell Drive. Lo que ocurría puertas adentro era pura historia cinéfila.

El consagrado cronista de cine Charles Champlin publicó, el 20 de noviembre de aquel año, en Los Angeles Times, un texto reseñando el agasajo, acompañando la foto tomada por el histórico Marv Newton. En la foto no aparece John Ford, que debió retirarse a causa de su frágil salud. Tampoco Fritz Lang, que estaba invitado, pero físicamente muy débil como para concurrir. Tampoco Francois Truffaut, quien por problemas de agenda debió excusarse. En la instantánea podemos reconocer a Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Mulligan, George Stevens, Billy Wilder, Robert Wise y William Wyler. Todos secundan al invitado de honor: Luis Buñuel. No faltaron a la gran comilona su histórico productor Serge Silberman y su fiel guionista Jean-Louis Carrière.

Cukor quería tributarle su admiración y agasajar al único cineasta del grupo que no rodara jamás en Hollywood. Sin embargo, pocos meses después del evento ganaría el premio Oscar al Mejor Film Extranjero por “El Discreto Encanto de la Burguesía” (1972), su penúltima obra. No existía frontera idiomática. Los detalles pormenorizados de aquella soñada reunión fueron plasmados en un libro, por el periodista, novelista y guionista Manuel Hidalgo. Con detalle y vuelo literario, nos convierte a nosotros, lectores, en dignos comensales de aquella jornada. Entre varias perlas, se incorpora el argumento de “El Discreto Encanto…”, en clara conversación metalingüística. También, nos comparte la peculiar receta del trago favorito de Buñuel: el dry Martini.

En el libro titulado “El Banquete de los Genios”, la ficción sueña mundos de cine e ilumina el legado de una serie de realizadores portentosos. Buñuel, pretexto, principio y fin de aquel cónclave de leyendas, vertebra la creación literaria, mientras el autor recopila varios pasajes vertidos por el propio cineasta ibérico en sus memorias: “Mi Último Suspiro”.


ALEKSANDR RODCHENKO – “Libros” con Lilia Yúrievna Brik (1925) / Junto con su compañero creativo Vladímir Mayakovsky, Aleksandr Rodchenko creó publicidades soviéticas con un tono claramente pionero. Nadie antes de su incursión había realizado fotomontajes, ilustraciones de libros y collages, aspecto que lo convirtió en un precursor del diseño gráfico en la URSS. Este teórico aportó ideales fundamentales al constructivismo, movimiento artístico y arquitectónico que se dispararía luego de la Revolución Rusa, en 1917, proveyendo un sentido de propaganda al uso de las formas geométricas en la composición.

La estética debe testimoniar la revolución en tanto a la vida cotidiana, y ambos aspectos confluyen en un solo sentido para este experimental artista. Visualmente audaz y novedoso, ensayó nuevos conceptos con la cámara en mano, empleó nuevos ángulos y puntos de vista y su concepción del arte fotográfico nos obligó a modificar nuestro método de percepción. Junto al director de teatro Vsevolod Meyerhold, el nativo de San Petersburgo. indagó con contagiosa inventiva en los sentidos de la turbulenta vida política de su país, fuente de inspiración inagotable para su arte al servicio del pueblo. Su obra se dispersó a través de revistas culturales. Aquí, congeló la instantánea de Lilia Yúrievna Brik gritando ‘¡libros!’ y usando su mano de altavoz. Portentoso símbolo cultural.

La autora nos regala su perfil en este inmortal testimonio fotográfico, y de ella recordamos su íntima ligazón con la fértil vanguardia artística soviética: fue la musa de Vladimir Mayakovsky, un poeta, dramaturgo y actor ruso, profundamente involucrado a nivel social en aquellos tumultuosos años ’20. Junto a él, Rodchenko utilizó la creación para adoctrinar a las masas, aprovechando la proliferación artística que se extendía desde el cine histórico-marxista-materialista promovido por Sergei Eisenstein. Su fotografía explora el poder de una imagen, un siglo antes de que estas invadieran pantallas y redes sociales. Claro, no da lo mismo el mensaje de la fotografía tomada por Rodchenko en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial a lo que hoy podría asombrarnos en plena era cibernética. Se trata de nacer antes de tiempo; es el primer ‘meme’ de la historia y, a la vez, un tratado de manipulación y estímulo visual.


EDIFICIO CHRYSLER, MIKE HOLLMAN (2016) / Durante los últimos treinta años, Mike Hollman se ha ocupado en registrar la esencia del paisaje arquitectónico y la naturaleza que lo rodea. Especializado en la veta comercial turística, se ha radicado en Auckland (Nueva Zelanda). Detallista observador, la cámara congela instantáneas de la cultura y los pueblos que ha recorrido. Este fotógrafo nos sorprende con su captura del Edificio Chrysler, mítico diseño del arquitecto William van Alen, emblema Art Decó neoyorkino.​ Fue la sede de la empresa Chrysler, desde 1930 hasta 1950, balanceándose en el período de entreguerras en donde Estados Unidos se vería sumido en una profunda crisis económica, producto del estallido bursátil. En Hollman nos asombra su uso de la perspectiva y la simetría. El punto más alto de la torre parece querer fundirse allí donde no alcanza la vista. Su lente proyecta la inmensidad de los 320 metros de la construcción que supo ser la más alta del mundo, luego destronada por la también sita en Manhattan Empire State, graficando el progreso vertiginoso de las ciudades. Quizás, también, como respuesta a la necesidad inmobiliaria de un rascacielos como epítome de la vida moderna.


ANDRÉ MALRAUX, 1968 (Por Henri Cartier-Bresson) / Conocimos a André Malraux por su autoría de la novela “La Condición Humana”. Su vida atestigua mil y un aventuras. Se trata del mismo hombre que combatiera en la Guerra Civil Española en 1936, una década después de haberse unido a la revolución en Indochina, hacia 1923. Fue líder de brigada, escapista de un campo de prisioneros y realizador de su única película “Lespoir, Sierra de Teruel” (1945). Fundamental gestor cultural, también atesora una trascendental incursión en la política francesa del siglo XX. Se desempeñó como Ministro de Cultura, entre 1958 y 1969. Bajo su mandato, restauró el Palacio de Versalles y envió La Gioconda a Estados Unidos. Fue un patriota que defendió su industria cinematográfica ante el avasallamiento de Hollywood. Con este fin, propulsó la producción de películas francesas y fomentó la recaudación de fondos que contribuyeran al mantenimiento de espacios destinados al cine de autor, de la más pura estirpe intelectual. Construyó salas de cine en pequeños municipios, porque las consideraba un espacio cultural esencial. Recintos sagrados. Fue un cinéfilo que defendió a ultranza la creación, distribución y exhibición del séptimo arte de tradición gala. Su figura no está exenta de polémica, en 1968 cesó al mítico Herni Langlois de su puesto al frente de la Cinemateca Francesa. Aquel mismo año, el impar Herni Cartier-Bresson congeló a Malraux para la posteridad.


MANIFESTACIÓN EN APOYO A HENRI LANGLOIS EN LA CALLE ULM, EL 11 DE FEBRERO DE 1968 / CON CHRISTIANE ROCHEFORT, JEAN ROUCH, CLAUDE CHABROL, JEAN-LUC GODARD Y HENRI ATTAL.

En tiempos donde apreciar películas constituía una forma de vivir y hacer crítica de cine un mandamiento, la legión de cinéfilos adoraba concurrir a las salas. Se firmaban manifiestos, se adoraban directores como auténticas deidades y joyas fílmicas eran reverenciadas como dignos monumentos de la cultura. Una porción histórica, bulliciosa y vertiginosa, cuya memoria se resguarda en las paredes de la Cinemateca Francesa. El padre de esta institución era un auténtico faro cultural para la generación que había dado a luz a la Nouvelle Vague, en tiempos de la proliferación de cine clubs. En sus manos había descansado el futuro intelectual de la república gala, protegido de la amenaza germana durante la Segunda Guerra Mundial. Este archivo de celuloide corresponde enteramente a Henri Langlois.

El denominado “Caso Langlois”, a su polémica destitución al frente de la Cinemateca, sacudió a la prensa y desató un pandemonio en la efervescente París de 1968. Encabezados por François Truffaut, la redacción entera de “Cahiers du Cinéma” (entre quienes se encontraban los cineastas Bertrand Tavernier y Jean Luc Godard) se manifestó en el Trocadero parisino. La policía arremetió contra más de 3.000 ciudadanos congregados. La situación tomó un cauce político. El cine profundizaba la grieta ideológica. Revuelta en las calles, huelga general y suspensión total del Festival de Cannes. También pudo resoplar un viento profético: se acercaba aquel momento que la historia conocería como Mayo del ’68. Francia ardía bajo el gobierno del cuestionado Charles De Gaulle.

Dos meses más tarde, Malraux echaría marcha atrás, restituyendo a Langlois, quien continuaría difundiendo sus ideales hasta su muerte, ocurrida en 1977. En junio de aquel año, se formaría el Gremio de Directores de Francia, cuya finalidad estimaba ‘libertades artísticas, morales, profesionales y económicas’ de cada cineasta. Fértiles semillas habían sido sembradas para que generaciones venideras sigan hoy considerando la cabal importancia de este vital restaurador y conservador de films. Su historia de amor con el séptimo arte atraviesa las fronteras del tiempo. Celebremos la valentía de aquellos cineastas que alzaron la voz en defensa de este patrimonio universal humano.


OSCAR SAVIO (Roma, Italia / circa 1960)

Observemos la obra del fotógrafo romano Oscar Savio (1912-2005). Sus inicios en la profesión se rastrean en la década del ’50, como asistente del también fotógrafo Adolfo Porry Pastore. Experto en documentar el arte y la arquitectura moderna, su archivo totaliza 4.150 fotografías, incluidos 3.250 negativos en blanco y negro. Sus instantáneas, hechas de materia moldeada por la mano del hombre, congelan la atemporal belleza de palacios e iglesias romanas. La perspectiva que su obra persigue exalta espacios urbanos; el artista es poseedor de un punto de vista sumamente inventivo e inquieto. Prefiere encuadres no convencionales y ángulos exagerados, tal y como lo atestigua la presente obra visual. Sorprende a nuestra mirada su habilidad para utilizar la iluminación natural. Su retrato del edificio “El Rinascente” (en castellano significa “subiendo”, “reviviendo”, “renaciendo”) nos asombra, colocando delante de nuestros ojos una línea continua en movimiento en espiral. Simbología de tiempo circular y vórtice imaginario, nos sugiere equilibrio, expansión y crecimiento que busca alcanzar la fuente de luz. Savio condensa en su lente pura energía cósmica.


VIVIAN MAIER, 1959 – NEW YORK / Un enigma dentro de un enigma. Un arte envuelto en misterio. Una personalidad esquiva y elusiva. Ícono de la fotografía callejera estadounidense, nativa de New York pero adoptiva de Francia. Ocupó sus días cumpliendo labores de niñera, sin embargo, en su tiempo libre Vivian Maier se abocó al arte fotográfico. ¿Quién fue realmente esta particular artista? Su labor fue ininterrumpida y prolífica, a lo largo de cinco décadas. Su cuerpo de trabajo arroja la exorbitante cifra de 100.000 negativos. Experta en radiografiar el alma humana citadina, sus postales documentan el mundo que la rodeara, desde Chicago hasta París. No obstante, guardaba en la extrema privacidad su cuantioso archivo.

Ser creativo que no fuera dueño del reconocimiento en su tiempo de vida, la posteridad ha convertido a Maier en fenómeno de culto. Su aguda mirada permanece viva en negativos de películas, grabaciones en Super 8 y colecciones caseras de lo más experimentales; su ojo fascinante captura la esencia de la sociedad americana de los años ’50 y ‘60. Es la fotógrafa que inventó la selfie antes que conociéramos el término. La misma que se diera el gusto de ostentar cameos hitchcockianos en sus propias obras. Hasta que su baúl de tesoros creativos fuera descubierto a su muerte (en 2009), nadie había oído hablar de Maier. Su obra no había sido puesta a debate por el ojo de todo consumidor de arte. El trayecto se vislumbraba incompleto. ¿En dónde radicaba la verdadera causa de su introspección?

La exposición “A Hidden Genius” (2010) nos reveló rincones ocultos de su arte practicado en privacidad, tanto como de su complejo perfil psicológico. Lo propio hizo el documental “Finding Vivian Maier” (2013). Sus autorretratos conforman eslabones de su viaje creativo, en la más absoluta soledad. Sin quererlo, Maier testimonió la vertiginosa transformación de un siglo. Su obra, olvidada y relegada por el paso del tiempo, fue descubierta al amanecer del nuevo milenio, en una subasta por John Maloof, un historiador aficionado. En la actualidad, la crítica especializada considera a este emblema del arte fotográfico a la altura de talentos seculares como Diane Arbus y Henri Cartier-Bresson. Una legendaria artista que prefirió permanecer oculta a dar a conocer su arte: la severa decisión que la convirtiera en un mito.


MARTINE FRANCK, HENRI CARTIER-BRESSON (1992) / Un efecto Droste desencajado, si es que vale la analogía. Henri Cartier Bresson sostiene su propio autorretrato y mira por el espejo. Los ojos de Martine Franck, su compañera sentimental, apuntan hacia la cámara y capturan la mirada, que devuelve a la vez su reflejo de vivas facciones. Una puesta en abismo irregular, incompleta. Imbricación en miradas y dispositivos multiplicados, narrativa fractal, planos alterados. Los sentidos de esta impecable fotografía nos interpelan y subyugan. Ella, dueña de una capacidad retratista poderosa, debió vivir artísticamente a la sombra de uno de los creadores visuales más preponderantes del siglo XX. De origen belga, políglota, hija de padres coleccionistas y apasionada estudiante de arte, fue una itinerante fotógrafa que plasmó la condición humana en exóticas geografías.

Cartier-Bresson fue el padre del fotorreportaje, mítico ojo secular y célebre autor de la frase acerca del instante decisivo atrapado en fragante delito. Podríamos sumar a este auténtico ménage à trois artístico a John Berger, crítico de arte y pintor británico. Quien observara la instantánea capturada por Franck y le consultara acerca de la noción de visibilidad sobre esa porción de vida capturada, suspendida, al otro lado de la lente. Depende si somos la presa congelada o el furtivo cazador que dispara aprisionando tiempo y espacio en una fracción irrepetible. El amor por el arte fotográfico y su veta ensayística es la que empujó a Berger a la publicación de “Para Entender la Fotografía”. Allí, comparte reflexiones, acerca del acto creativo, con sendos protagonistas de la foto elegida para ilustrar el engaño al que podría verse sometido todo receptor óptico. Miremos de cerca para establecer el valor documental de todo instante como testamento antropológico.


BARCELONA / CASA PÉREZ SAMANILLO – MIQUEL TRES, 2002

No existe otra escuela poseedora de semejante carácter y distinción a la hora de rechazar las ideas formales del pasado. No obstante, la heterogeneidad Modernista radica en las influencias históricas y culturales que cada artista persiguiera para llevar a cabo sus obras. Su esplendor, hacia fines de la Belle Epoque, nos lleva al corazón de Cataluña. La ciudad de Barcelona atesora monumentos del modernismo. Partiendo de referentes insoslayables como Antoni Gaudí, el encanto de esta corriente pervive en el legado artístico de residencias, restaurantes e iglesias.

En 1910, el gobierno citadino otorgó a la mansión Pérez Samanillo el premio a la mejor edificación. Esta joya arquitectónica sienta la huella de su manifestación estética rupturista, colocando el énfasis sobre los aspectos más novedosos de comienzos de siglo. Es obra de Joan J. Hervas (1851-1912) y fue realizada entre 1909 y 1910. Constituyó la residencia de Luis Pérez Samanillo, un hombre de negocios de posición económica acomodada, quien gustaba presumir de su estatus social.

La aristocracia de su tiempo se maravilló con la fabulosa mansión. En la fotografía, podemos apreciar su suntuosa escalera, la elegancia de su mobiliario y la ornamentación que decora sus paredes. En sus pisos revestidos en madera y mosaico, observamos detalles florales y figuras de dragones. A la muerte de su dueño en 1948, pasaría a manos del Círculo Ecuestre, como anfitrión de banquetes para la alta burguesía.


YAMIL LE PARC, 2021 – JULIO LE PARC

Un artista mendocino de proyección internacional, exhibiendo individualmente en Tokyo. El espacio de arte Le Forum recibe la fastuosa muestra titulada «Les Couleurs en Jeu». Los espacios del edificio adquieren el sello inconfundible de uno de los emblemas del Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV), cuya manifestación estética investigó los efectos lumínicos, cromáticos y visuales para la experimentación óptica y háptica de los objetos. Representante impar del mundo del arte cinético, el artista fijó su residencia en París, hacia 1958. En su cuerpo de obra, luz y color fueron utilizados como imprescindibles aliadas, herramientas expresivas de un visionario experimental. En actividad, a sus más de noventa años de edad, Le Parc ostenta una creatividad inagotable. Sus óleos y acrílicos traducen los preceptos de una obra moderna, rupturista. El artista incorpora elementos que se relacionan entre sí, acaso la audiencia juega un decisivo factor. La cualidad transformadora y la interacción del público con la propia instalación posee una impronta singularísima en el resultado final del proceso creativo: visionamos su propia matriz multidimensional. Habitamos un futuro hecho de ilusión y trances oníricos. Preservando el aspecto lúdico, la fuente de energía interactúa con vidrios y metales, refractando y reflejando rastros lumínicos de providencial maestría.                         


GORDON PARKS, 1956 – COLORED ENTRANCE

Un maestro narrador de historias que trabajó la fotografía a color tanto como las posibilidades estéticas del blanco y negro. De joven, se desempeñó como camarero en un ferrocarril. Fue un inquieto autodidacta que alumbró un talento oculto: la primera vez que levantó entre sus manos una cámara, tenía 25 años. Gordon Parks supo que la cámara puede engendrarse como un instrumento contra el racismo; acaso como un arma contra toda desigualdad social. Fue fotógrafo de moda y documental aventurándose por Europa; luego trabajó en la prestigiosa revista Life, en donde retrató a celebridades. Antes, había congelado en el tiempo al campeón de peso pesado Joe Louis ¿Cuántas vidas creativas caben en su humanidad? Fue el novelista de la semi-autobiográfica “The Learning Tree” (1963), el mismo aficionado cineasta que dirigiera el film de culto “Shaft” (1970). . También, aquel artista que supiera colocar su ojo en el lado oculto de las cosas, tramando una narrativa que captura la belleza de íconos seculares como Richard Wright o Muhammad Ali. Editor de publicaciones culturales independientes, fue el primer director de largometrajes negro en Hollywood. Su arte registra la monstruosidad de la xenofobia y la cotidianidad mediocre que atraviesa el hombre afroamericano en Norteamérica. La empatía que nos implica con sus criaturas ilumina un ensayo de protesta contra la política de turno, en igual dimensión que exalta su parecer sobre la falta de autocrítica de la América Blanca. El poder corrupto no acallará la voz.


JAMES VAN DER ZEE, 1932 – HARLEM, NEW YORK

Figura esencial del mítico Harlem Rennasaince. Hijo directo y paisajista impar de las calles tradicionales en la New York negra. Testimonió casamientos, funerales y vida social; fue un influyente documentalista. James Van Der Zee tuvo sensibilidad para la belleza y obsesiva capacidad de trabajo para buscar la perfección de su arte. Desarrolló la pasión por la fotografía como si de un mandato de vida se tratara. Retrató con elegancia a celebridades del ámbito religioso y deportivo. Escudriñó detalles de la vida afroamericana, exhibiendo una notable facilidad para componer elementos dentro del cuadro. Utilizó el arte como una herramienta para comprender dinámicas sociales fuera de toda idealización, siendo un vehículo concientizado de la clase media negra emergente. Se mantuvo activo durante cinco décadas, perfeccionando su don natural: mostrar la cara oculta de la América de color.


EL VEREDICTO FINAL, ANDREZJ BARTOWIAK – 1982

Andrzej Bartkowiak captura una instantánea del que sea, probablemente, el mejor film de la prolífica carrera de Sidney Lumet. Nativo de Philadelphia, el realizador debutó en la TV, en plena era dorada para la pantalla doméstica, antes de abrirse camino en el séptimo arte. El paso de los años lo confirmaría como un experto en radiografiar sistemas judiciales, a partir de los cuales Lumet creó mundos ficticios en donde se manifiesta la lucha por la tolerancia. A menudo, sus personajes se encuentran presos en un entorno urbano y violento. La escapatoria no suele ser una opción fiable. Objetivamente, el suyo es un estudio del individuo pugnando contra el sistema.

Cuatro nominaciones al Premio Oscar como Mejor Director respaldan sus buenos laureles. Figura clave del thriller liberal y de denuncia, Lumet es un maestro de la economía de presupuestos y un reloj suizo para la concepción del género thriller. Su fiel director de fotografía, el polaco Andrzej Bartkowiak, capta a la perfección la atmósfera de tensión que se respira en los estrados judiciales en donde se ambienta la novela de Barry Reed, que el encomiable David Mamet adapta a la gran pantalla. Con gran plasticismo y un enfoque teatral de interiores, la estética fotográfica transmuta la oscuridad y tristeza interior del personaje interpretado por Paul Newman. Por ello, más allá del caso judicial que activa la trama, el film nos interroga acerca de cómo una persona puede salvarse a sí misma.

El autor de “Network” (1976), “El Precio del Poder” (1985) y “Antes que el Diablo Sepa que Estás Muerto” (2007) vuelve a colocar el punto de interés sobre el beneficio de la duda. El arte de la discusión legal que disputa con otra gran película de la época, como “Justice for All”, de Norman Jewison, el sitial de film indispensable sobre casos judiciales.


ROBERT FRANK / 1958 – NEW MÉXICO ROAD (US)

La presente fotografía pertenece a “The Americans”, obra magna de Robert Frank. Fluida, cruda, instintiva y desencarnada. Un libro de imágenes tomadas a lo largo y ancho del país. Pasional y practicante de un lenguaje directo, el fotógrafo desnuda el alma estadounidense. Podríamos preguntarnos que convirtió a Frank en leyenda. Su publicación emblema refleja las imágenes de un Estados Unidos que nadie quería ver. Aquí, captura la realidad subjetiva a través de un interminable viaje en donde se encuentra con el estado de marginación en el que viven las clases más empobrecidas.

Comenzó a fotografiar en 1941. Pueden setenta años de arte no encontrar paralelo en la historia de la fotografía del siglo XX. Frank fue un incansable innovador y padre de la fotografía documental, hasta el punto de ser reconocido como un revolucionario del paradigma a mediados de siglo. A medio camino entre el ensayo abstracto y el retrato urbano, disparaba con rapidez para captar la fugacidad de su entorno. Sin solemnidad alguna, no pautaba mensajes políticos ni propaganda social. Su relato deconstruye la exagerada y ensalzada belleza de unos parajes que carecen de toda idealización. Experimental, también indagó en el mundo del cortometraje. Su carrera como cineasta posee un hito mayúsculo, al rodar el documental clandestino sobre The Rolling Stones, titulado “Cocksucker Blues” (1972).


1959, LE CORBUSIER (RENE BURRI)

La excusa de una fotografía para contar una historia de amor con la fotografía. El destacado realizador y artista visual suizo Rene Burri se adscribió a la escuela humanista y documental, siendo Herni Cartier-Bresson un faro inexorable. Su lente captura, en la presente instantánea, el gesto pensante del genio de la arquitectura del siglo XX, Le Corbusier. Protagonista de una postal contundente, el padre del Movimiento Moderno reposa en la tranquilidad de su estudio. Este influyente intelecto, comparable a sus contemporáneos Walter Gropius, Ludwig Mies van der Rore y Frank Lloyd Wright, dominaba a la perfección el arte fotográfico, representando su cuerpo de obra una faceta a menudo desapercibida dentro de su obra.

Objeto central del presente retrato, Le Corbusier fue un incansable observador. Vanguardista, difundió en imágenes que se multiplicaban el pensamiento acerca del mundo que lo rodeaba. Su fiel compañera fue una cámara de 16mm adquirida en el año 1907. Manipulador de la imagen, indagó las raíces culturales sobre las que se asentaban monumentos del Viejo Continente. Materia de inspiración resultaron una serie de viajes que emprendiera hacia Europa Central, Balcanes, Turquía, Grecia e Italia; geografías que luego testimoniarían su legado arquitectónico. Su panorámica visual capturó con fascinación la naturaleza y el contorno urbano que se elevaba alrededor. En 2013, el autor Tim Benton condensó su bellísima bitácora profesional en “Le Corbusier: Secret Photographer”.


HIROSHI SUGIMOTO, «THEATERS» – 1972

Hiroshi Sugimoto nace en Tokyo, en 1948. Artesano y conceptual, su método de trabajo procesa el ensayo y el error. El objeto de observación muta hasta transformarse bajo la mirada de aquel que agudiza su sentido estético hasta lograr la plena consumación de su arte. De imágenes nos hacemos. En “La Cámara Lúcida” (1980), el semiólogo Roland Barthes teoriza acerca de la naturaleza del dispositivo. Su postura intelectual desconfía de una clara distinción entre cine y fotografía, cuando los límites parecen difuminarse. ¿Será que una instantánea revela aquel pasado inmóvil? ¿Serán un conjunto de ellas en movimiento el perfecto testamento de un arte en tiempo presente? La historia de la imagen capturada, conservada y reproducida, según Barthes, cobra vida en Sugimoto, dispuesto a retrata un teatro vacío. Su propia cápsula espacio temporal. La pantalla en blanco proyecta el vacío, interrogando nuestra mirada. La ausencia trepa por las paredes, se apodera de las butacas. Consumado el arte fantasmal, un espectro fugaz captura lo inmaterial y la inmensidad, en un instante de estrépito. En Sugimoto, virtuoso escultor y arquitecto, lo inasible y lo representado convergen como elementos indispensables para reflexionar acerca del tiempo, la memoria y el transitorio transcurrir del hombre por el plano físico. El reino de lo invisible vive en la propia mente del fotógrafo: lo suspendido perdura y la cámara busca su próxima presa, mirando hacia el futuro.


LABORATORIOS DE COLORADO SPRINGS, 1899 / DICKENSON V. ALLEY

¿Quién controla la energía? La icónica foto que no fue. Nicola Tesla se congela para la eternidad, recreando el viejo y nunca desestimable truco de la doble exposición. Cuando se fotografió la máquina en plena descarga eléctrica, el genio nativo de Croacia no estaba allí. De lo contrario, no hubiera vivido para contarlo. La placa expuesta a la luz nos devuelve la silueta de una de las figuras científicas más controversiales de la última centuria. ¿Un excéntrico desequilibrado o un indisciplinado visionario? La noción establecida sobre Tesla divide las aguas. Un precursor ingeniero e inventor incansable, cuya tecnología revolucionó la era eléctrica del siglo XX. Sus profecías oníricas contemplaron escenarios de robots e inteligencia artificial, torres electrificadas, rayos rompiendo las agujas de un reloj, partículas estallando a la velocidad de la luz, radios satelitales en radares proliferando, controles a remoto y semilla dron, la transmisión inalámbrica de mensajes e imágenes de paradigma sci-fi en masa. Bebiendo de la ingrata fuente que lo reputó como un innovador brillante, vivió a la sombra de Thomas Edison, antiguo empleador y archirrival de patentes. Conoció los secretos de la electricidad y viajó a la velocidad del tiempo. Hubiera inspirado a Julio Verne, también maravillado a H.G. Wells. Su concepto humanitario no cedió ante los pérfidos intereses del capitalismo más codicioso. Genio anticonvencional y brillante perla maldita, no persiguió el rédito económico por sus colosales inventos y murió en un triste olvido. Afortunadamente, el tránsito cronológico ha sabido colocar su genio en un justo lugar de reconocimiento, siendo su precioso sentido del futuro rescatado por las nuevas generaciones. Una mente digna de elogio que rompe las barreras espacio temporales.


RICHARD AVEDON: SAMUEL BECKETT EN PARÍS, 1979

No existe retrato enmarcado que rompa la tradición. Cada vez que Richard Avedon disparaba la cámara capturando tu rostro, podría aquel instante certificar tu don de celebridad. Estrellas de Hollywood o prominentes políticos, consagrados literatos o eruditos intelectuales. Crema y nata show business, opio para todo triunfador. Íconos que fueron objeto de su incesante observación. Un pormenorizado estudio de facciones desató su imaginación jamás desenfocada. El deseo de trascendencia capturó la prominencia generacional, acaso el espíritu de un tiempo. El tránsito de medio siglo para la cultura norteamericana podría contarse a través de la lente de Avedon. No hay reglas que seguir más que la propia intuición, supo este impar fotógrafo incrustar una idea a un trayecto conceptual con total elegancia.

En su cuerpo de trabajo apreciamos la mezcla de estilos de un artista visual proveniente del mundo de la moda. Sus instantáneas en blanco y negro exudan una narcótica sensualidad. El nativo de New York, descendiente de una familia judía con raíces en la industria textil, es un poeta de la imagen; por impacto y yuxtaposición, dota a sus fotografías de personalidad, glamour y espíritu. Un primer plano que explota el sentido de su poderío. Inmersión total para una puesta cinematográfica donde todo es geometría, angulación y alineación bajo su arquitectónica diagramación. Es la creatividad que derrota al desánimo de un hombre que busca explicar la barbarie, al pie de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Su originalidad nunca perimida, menos aún subestimada, proviene de las manos de un artista siempre dispuesto a abandonar la fórmula encontrada. Su inconformismo no cesó en la medida que se intensificó su necesidad de reinventarse. Al vacío creativo, Avedon lo atiborró de imágenes; no existe otra opción que crear. Detalle icónico. su admirado Samuel Beckett posa bajo la omnisciente lente en la ciudad de París.


ROBERT CAPABATALLA DE NORMANDÍA

(6 de junio de 1944 – 30 de agosto de 1944)

La Operación Overlord, efectuada por los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial, fue uno de los acontecimientos fundamentales de la contienda bélica. Su culminación permitió la liberación de los territorios de la Europa occidental en poder de la Alemania nazi. El cruento evento fue captado por la lente de Robert Capa. ¿Quién fue Robert Capa? Nada menos que un precursor del fotoperiodismo moderno y fundador de la prestigiosa agencia Magnum. El reportero gráfico es un mito de la historia visual reciente, desempeñándose, bajo tal seudónimo, como corresponsal de guerra junto a su compañera sentimental (bajo el seudónimo de Gerda Taro); viajeros y testigos impares del violento transcurrir del siglo XX. Desde la Guerra Civil Española a la Segunda Guerra Sino-Japonesa. Desde la Guerra Árabe-Israelí a la Primera Guerra de Indochina.

Sostenían algunas tribus aborígenes -y formaba parte de su ancestral cultura en negarse a ser fotografiados- que cada instantánea se apropiaba, no solo de aquel elemento capturado en tiempo y espacio, sino del alma de todo objeto vivo sobre el cual la lente posara la cámara. Supersticiones aparte, bien podría este impar dúo apropiar mediante su trabajo técnico cualidad tan mágica y sobrenatural. Endre Ernő Friedmann y Gerta Pohorylle nunca reposaron su curiosidad. Se entregaron a su labor, dispuestos a la perenne posibilidad de expandir oportunidades creativas. Jamás irrelevancia cubierta de artificio, sus imágenes capturan la condición humana en la más cruda versión de sí.

Un sujeto conocido, bajo una visión diferente a todo lo previamente catalogado. Un realismo que cala los huesos. Una cámara que se desplaza en el umbral de la espesa niebla y realiza ese hallazgo inesperado. A la retaguardia o al frente de la trinchera. Sangre derramada, balas silbando y postales al borde del abismo.


1941, HERNÁNDEZ (ESTADO DE NUEVO MÉXICO) / ANSEL ADAMS

Se celebraba el Día de Todos los Santos. Ansel Adams, héroe americano del retrato paisajístico en blanco y negro, atravesaba el desierto en la noche. Cuando se detuvo en la carretera, pudo divisar ese pueblo en medio del páramo. Un oasis para su pasión de registrarlo todo, con encomiable belleza plástica. Miremos con detenimiento: una pintura fantasmal. Unas montañas nevadas se alzan en el fondo. Sobre ellas, la luna que todo lo cubre. Adams, precursor del llamado ‘sistema de zonas’ hacia la década del ’30, se pasaría los próximos treinta años de su carrera buscando el contraste perfecto para la imagen que define su trayectoria. Semejante nivel de detallismo nos dejar ver su denodada labor. Casi demencial. Un artista al borde del precipicio.

El negativo final ofrece el grado de expresión espontánea de todo aquel ser creativo que jamás cesa de hurgar en el rincón fantástico de su creatividad. En los trabajos de Adams, maestro de desarrollos y procesos francamente vanguardistas, hay emoción de vida diaria, maravillada ante aquel instante natural que encuentra al incesante observador en bendita coincidencia, captando lo irrepetible. Revelación, ese invitado inesperado al gesto observacional.

En su cuerpo de obra hay paraísos naturales francamente surrealistas. Un cúmulo de imágenes encontradas para la realidad inventada. Luz extrema y puesta de sol. La mitad oculta de lo visible, en el resquicio de penumbra que abraza el misterio. Allí donde la intriga aguarda a ser percibida. Zonas de sombra profunda y ausencia de color como sujeto. Variaciones en blanco y negro, texturas palpitantes. Tercer efecto en la mente de quien contempla y panorama telúrico que brinda un aspecto nítido e intenso. Adams nos quita el aliento.


1931, AUTORRETRATO, MAN RAY

El presente autorretrato fue tomado en París, donde Man Ray permanecía hace casi una década. Artista visual estadounidense adoptado por la Ciudad de la Luz, contribuyó notablemente a los insurgentes movimientos dadaísta y surrealista. Fue pintor, escultor, retratista de moda, ingenio visual Avant-Garde e iconoclasta fotógrafo. En Man Ray, la acción es ornamental, sujeta por siempre a sus designios conceptuales. Persiste en la búsqueda de su imagen capturada tanto una aproximación a la verdad como la rotunda negación de esta. Al fin, todo es ilusión. Desorden e imperfección como encantadores rasgos de estilo se perfilan como grandes aliados creativos. En el nativo de Philadelphia, la composición encuentra modos aleatorios para subvertir los espacios físicos. Jamás reposada inquietud, una luz ardiente incandescente abunda en sus fotografías de patrones interrumpidos; la ruptura es su máxima creativa. Sin forzar los sentidos, sabe el artista que la simplicidad puede convertirse en esencial objetivo. Reducir tal instancia a la mínima expresión ofrece la enésima paradoja: su cuantiosa obra nos arroja un cúmulo de imágenes elaboradas en inevitable caos. Una fértil semilla que cultiva lo casual, incursiona en el art-decó y suspende a su amante Alice Prin en auténticas proyecciones mentales. Amigo de Salvador Dalí y compañero de aventuras de Marcel Duchamp, no dejó territorio del arte por explorar.

La materia prima constructora de la curiosidad habitante en cada mente. Piedra preciosa, pulida y modelada en saber y conocimiento. Sedimentos depositados por el pensamiento, luego refinados por la memoria. Descubrimiento intacto al paso del tiempo y corriente colectiva del pensamiento. Idea que otorga base y fundamento, huella que dejamos como propio rastro. Grieta desgarrada, grano de arena o piedra preciosa. Idea como fuerza de enriquecimiento, libertad e independencia.

DISCOS

Murder Ballads” (Nick Cave and the Bad Seeds, 1996) / “Murder Ballads” (1996) cumple con la premisa del disco conceptual que unifica en un sentido homogéneo su planificación instrumental y narrativa. Si pudiéramos imaginar la escena planeada, dantesco sería el inmersivo banquete convidado, regado de sangre, violencia y muerte. El funesto friso trazado por Nick Cave alcanza proporciones épicas: en su poesía hay algo hermosamente bello, también terrorífico y perturbador. Cave, versátil arquitecto sonoro, puede calzarse las ropas de pionero psychobilly, baladista consumado, novelista fantasmal, melancólico reinventado o villano de un crimen perfecto. O todo ello a la vez, a lo largo de una carrera que abraza cuatro décadas.

Canciones de perdición, locura y muerte sazonan el suculento catálogo musical de Bad Seeds, super banda de post punk australiana fundada en 1983. Compositor impar, ícono de culto jamás ignorado, Cave luce autorreferencial mientras eleva el arte a la condición de fábula macabra. Su destreza visual no resulta extraña. Sus laberínticos juegos anímicos cobran vida en mundos de celuloide. Su estética podría fascinar a David Lynch hasta la obsesión, al tiempo que el músico traza con el séptimo arte una relación fructífera que se plasma, entre más de cincuenta contribuciones, a través de una serie de films de John Hillcoat: “La Propuesta” (2005), “The Road” (2009) y “Sin Ley” (2012).


BORN UNDER A BAD SIGN (Albert King / 1967) ¿Qué hace a un álbum volverse atemporal y clásico? ¿Qué convierte a ese grupo de canciones en la definición misma del género? «Born Under A Bad Sign», de Albert King, es ‘electric blues’ de principio a fin envuelto en gloriosas melodías y guitarras incendiarias. King, epítome del Memphis Blues, ya era un intérprete experimentado cuando selló trato con Stax Records, firma con la cual permanecería desde 966 a 1974, y que congregaba grandes artistas negros: Otis Redding, Isaac Hayes, Wilson Pickett y Sam & Dave, entre otros.

Publicado en 1967, “Born Under A Bad Sign” es blues moderno, y en sus acordes viven Jimi Hendrix y Eric Clapton. Disco sumamente influyente, en 2013 se reeditó con varios bonus tracks inéditos. King interpreta la tristeza del blues con intensidad: sus solos derraman la angustia y la maldición que el blues lleva en su esencia. Nativo de Mississippi, su primer acercamiento a la música fue el gospel religioso. Apodado el «Velvet Bulldozer», su imponente marco físico proyecta sobre nosotros cierto poder intimidatorio. Y luego King canta empuñando su guitarra. Se desvanece toda idea preconcebida. Con suavidad, la voz del gurú Albert proyecta fatalidad y pasión. Con crudeza, su poesía expulsa el lamento y la ira.


RINGO (Ringo Starr, 1973) / Oficiando de perfecto anfitrión, Ringo Starr orquestó lo más parecido a una reunión Beatle que hayamos conocido. En su tercer disco solista, estuvieron involucrados, y tan a gusto de participar, los tres miembros de la banda originaria de Liverpool. Cada uno de ellos compuso especialmente para Ringo, devolviendo anticipados favores de este, en recordadas participaciones para experiencias en solitario de sus excompañeros, con la excepción de Paul McCartney, para quien Ringo grabaría durante los ’80. Al momento, se recordaba su intervención en discos de John Lennon (“Plastic Ono Band”/1970) y George Harrison (“Wonderwall”/1968 – “All Things Must Pass”/1970 – “Living in the Material World”/1972).

Mientras Lennon sacó a relucir su costado más narcisista y petulante con “I’m The Greatest”, MacCartney (a medias con Linda) desempolvó una balada notable en “Six O’Clock” y Harrisón entregó la pieza country “Sunshine Life For Me”. Producido por Richard Perry, el ex baterista de Beatles Ringo Starr se unió a grandes músicos sesionistas: Marc Bolan, Billy Preston, Klaus Voormann, Nicky Hopkins, Harry Nilsson y Jim Keltner.  Si sus primeros dos discos –“Sentimental Journey” y “Beaucoup Of Blues”- pasaron a la historia más por su excentricidad que por su estricto valor musical, este tercer opus solista (publicado tres años después de sus antecesores) respalda un gran presupuesto y un elenco de lujo con un puñado de canciones luminosas.

A puro ritmo de rock y publicado por el sello Apple Records, este disco de alma y corazón Beatle presenta (a diferencia de sus dos primeras experiencias solistas) composiciones propias de Ringo, reflejando su auténtica identidad musical a sus flamantes 33 años de edad, firmando temas como “Step Lightly”, “Photograph” (junto a Harrison) o “Devil Woman” (a dúo con Vini Poncia). Es su mayor éxito de ventas a la fecha.


“GIGATON” PEARL JAM, 2020) / ¿Qué entendemos hoy por rock? Sin limitarse a una estructura rígida de instrumentación ni prescindiendo de elementos del lenguaje musical que puedan resignificarse, Pearl Jam se desentiende de los formatos establecidos por la industria, en tiempos donde el concepto líquido del arte ha trastocado, de modo radical, el esquema de producir discos. Misma ruptura de paradigma podría trazarse hacia una elección estética que contribuye a generar un aura de desconfianza respecto a un futuro que se interpreta distópico. Con un inspiradísimo Eddie Vedder al comando, la descomposición del paradigma humano como revolución conceptual o la desintegración glaciar que anuncia un deterioro climático resultan grandes fuentes de inspiración para esta lubricada maquinaria del grunge.


«LA COLONIA» (JAVIER MALOSETTI, 2020) / En su nueva aventura de estudio, luego de un paréntesis considerable, Javier Malosetti lidera una banda en formato trío (junto a Milton Amadeo y Tomás Sainz) que suena potente y ensamblada. Ejecutando, en clave jazzística, las complejas melodías y armonías que entregan canciones como “Ostura Furita”, “Cleanie” y “KDS”, la columna vertebral del disco se apoya en el virtuosismo de su líder y bajista. Alternando ricos pasajes instrumentales, la banda recurre a un repertorio presentado en vivo durante los últimos tres años. Malosetti reformula un clásico de Ray Charles (“Hallelujah, I Love Her So”) y le pone voz y sensibilidad al preciosísimo poema de amor llamado “Mapa”. Es, sencillamente, la figura más relevante del género a nivel nacional.

«PETTINATO PLAYS GARCÍA» (CHARLY GARCÍA/ROBERTO PETTINATO, 2020) / La versión actual de Charly encuentra a un artista visionando su espesa obra, en búsquedas estéticas y sonoras que revitalicen el legado de sus canciones, acaso la reciente edición del disco “Pettinato Plays García” (2020) nos ilustra acerca de una serie de ‛lados b’ de la discografía del artista (“Veinte Trajes Verdes”, “Total Interferencia”, “Tango en Segunda”, “Say No More”) reversionados en clave jazz. Nos conmueve encontrarlo asomando su longilínea figura al mando del teclado; al otro lado de El Aguante, incluso auto exigiéndose a reinventarse antes los ojos de las nuevas generaciones. La invitación luce a modo de homenaje por parte del ex integrante de Sumo, quien hace las veces de un anfitrión de lujo para una apuesta estética que remite a las sesiones de free jazz de la década del ‘50. Es nuestro amado Charly, eterno avant garde, calzándose las ropas de crepuscular crooner. presten atención a la tapa: la obra pictórica pertenece al propio Charly, quién ya ha realizado dibujos para portadas de sus discos en anteriores ocasiones, como para «Random» (2017). Pensemos, también, en las pinturas que acompañaron la edición en DVD del postergado «Kill Gil» (2010), bajo el anuncio de ‘un disco que se ve’. Charly es una artista todo terreno…


MARILYN MANSON – «WE ARE CHAOS» (2020) / A tres décadas de haber sacudido los cimientos del rock moderno, Marilyn Manson se ratifica como un hábil y malévolo titiritero que nos conduce a su cíclica y perpetua pesadilla. Explícito, autoparódico y grotesco (acaso su pecado capital, a ojos de tibios y conservadores melómanos), su compleja arquitectura sonora profana una catedral gótica y pone en marcha el juego del miedo que selló como marca personal. Ostentando con orgullo la etiqueta de antihéroe y villano favorito, Manson divide a seguidores y detractores, por igual. Supo ser el ruido y la furia, transmutar en alfa y omega, encarnarse en andrógino dios de látex. Subvirtiendo la fórmula del rock and roll en envase glam, estableció el canon industrial del nuevo siglo. Creador tan variado y prolífico, en “We Are Chaos” luce impredecible, irreverente y políticamente incorrecto.


PAUL McCARTNEY – MCCARTNEY III (2020) / Algunos artistas, frente al ocaso de sus años creativos, se ocupan de redactar una autobiografía a modo ‘resumen de vida’ o editar un ‘grandes éxitos’ como una suerte de testamento discográfico que traiga a la memoria tiempos mejores. Nada de eso, Paul McCartney se mantiene igual de activo a sus setenta y ocho años que en sus mejores momentos musicales, a la par de grandes leyendas. Con excelente factura, Macca concluye la trilogía comenzada en 1970 y continuada en 1980, regalándonos trascendencia en su etapa de madurez. De igual manera, nos sorprende gratamente, tomando la senda dejada por sus anteriores discos de estudio, proveyendo sostenido interés en mantener los estados animados, sin dejar de lado el espacio para la reflexión. En tiempos de emergencia sanitaria, grabó el disco en su estudio casero. Tocó todos los instrumentos. Comenzó el álbum con un delicioso tema instrumental. Perder un ápice de frescura no se encuentra entre sus intenciones, a lo largo de un álbum sólido y de amplio recorrido, poseedor del sello característico del oriundo de Liverpool.


BOB DYLAN – ROUG AND ROWDY WAYS (2020) / Orbitando alrededor de esta perfecta maquinaria de armonías encontramos una potente visión de la soledad, bajo la lupa emocional de este sagaz narrador urbano capaz de dedicar una oda compositiva a la madre de todas las musas, aquellas a las que tiene hechizado en perpetuo canto tribal. Dylan nos propone una mirada cenital del gran sueño americano y surca ciudades y grandes influencias musicales y cita guiños cinéfilos y desnuda al ser de su tiempo, con sus luces y sombras. Este eterno trovador nos lleva de travesía hacia el corazón de la noche de una nación resquebrajada que ‘mata en el altar del sol naciente’ y nos ilustra en postales lumínicas que mutan en carteles de advertencia acerca de tiempos tan fatuos como artificiales: cuerpos en roce masificado pululan en mero tránsito, decorados de una hipnótica y febril ola pasatista. Palpitante y jovial, sus melodías exudan enérgica cadencia alcanzado su éxtasis apoteósico en “Murder Most Foul” y sus diecisiete minutos de duración. Bob Dylan es un músico de otra galaxia.


AC/DC – POWER-UP (2020) / El reciente estreno “Power Up”, compuesto por un total de doce canciones, se adivina como la apuesta con la cual la formación australiana AC/DC pretende renovar credenciales como la banda más arrolladora del planeta. Luego de una serie de años infructuosos, resulta la receta perfecta para superar el período de luto (Malcolm Young murió en 2017) y polémicas en que se viera sumida la banda: rockear duro para sobrevivir. Brian Johnson, ausente de 2016 producto de su frágil salud, retoma su papel de cantante principal en excelente forma, aportando ese registro vocal que se convirtiera -desde la partida de Bon Scott en 1980- en marca registrada de este auténtico monumento pesado. Suban el volumen.


B.S.O. «One From the Heart» (1982, Tom Waits) / La película “One From the Heart”, estrenada en 1982, suponía ser un pequeño proyecto al que se abocaba Francis Ford Coppola, luego de dedicar una década entera de su trayectoria cinematográfica a films meramente colosales. En el término de siete años, el realizador nativo de la ciudad de Detroit había estrenado las primeras dos partes de “El Padrino” (1972-1974), el thriller de espionaje “La Conversación” (1976) y el crudo retrato bélico “Apocalipsis Now” (1979). Prefiriendo un enfoque autoral, personal y minimalista, “One From the Heart” debía de ser esa película que llevara la carrera de Coppola hacia otras latitudes.

Costó la exorbitante suma de 25 millones de dólares, fue producida por sus propios estudios cinematográficos -Zeotrope-, dentro de su equipo técnico contó con Vittorio Storaro -inmenso fotógrafo ganador de tres Premios Oscar- y en el elenco participaron actores de notable trayectoria, como Natassja Kinski, Raúl Juliá y Harry Dean Stanton. ¿Qué podía salir mal? “One From the Heart” tenía todo para resultar en un éxito, sin embargo acabó siendo un fracaso de taquilla inexplicable. Quizás, recordemos su lugar en la historia por la maravillosa banda sonora compuesta por el fenomenal Tom Waits, cantante y compositor estadounidense.

Su registro de voz áspero es la auténtica marca registrada de quien ha construido un particular y singular arquetipo musical, amalgamando el rock con el jazz y el blues. Sus lazos con el cine también recuerdan su participación en la banda sonora de la “Bajo el Peso de la Ley” (1988), de Jim Jarmusch. Las melodías de Waits se inspiran en la Generación Beat, llamando la atención del contracultural Coppola. Este artista todo terreno también ha emprendido una carrera como actor, apareciendo en las películas “Mystery Train” (1989) y “El Tigre y la Nieve” (2004). “One From the Heart” fue su primera nominación al Oscar, y la banda sonora de esta película se editó bajo el sello Columbia Records, contando con la colaboración de la cantante Crystal Gayle, quien interpreta a dúo junto Waits casi todo el repertorio. En 2004, sería reeditada incluyendo dos temas inéditos.


«CURTIS», 1970 – CURTIS MAYFIELD / Se denomina “Gran Migración Afroamericana” al desplazamiento de casi dos millones de ciudadanos de color, desde los estados meridionales hacia los del medio oeste, noroeste y oeste norteamericano, entre 1915 y 1930.  Un cambio demográfico que impactó profundamente en el acervo cultural estadounidense y en las inquietudes artísticas de un joven Curtis Mayfield. Desde temprano en su carrera, este cantante y compositor mostró sus credenciales como gran creador de canciones. Su veta comercial nunca estuvo en duda, desde su primera banda, ‘The Impressions’, dominando la escena soul de Chicago y llegando a impactar la siempre efervescente Motown. El canon concebido reflejaba la lucha negra por los derechos civiles en los tumultuosos años ’60.

De cara a la siguiente década, planearía el primer álbum en solitario, “Curtis”. Virando del pop suave al áspero funk, adosando toques psicodélicos a su relato urbano y lanzándose sin red hacia la experimentación sonora, Mayfield integra una instrumentación sorprendente a unas letras de profunda conciencia cívica, en protesta contra la violencia policial imperante. El orgullo racial presente en la obra otorga realismo a un disco que no por ello deja de ser bailable. Había nacido un portavoz generacional, romántico y luchador, capaz de cumplir con una auténtica máxima: la obra de arte debe testimoniar al hombre de su tiempo. La juventud en las callas bailaba al ritmo de un gran creador de pinturas sociales.


USE YOUR ILLUSION I (1991, GUNS N’ ROSES)

Caso extraño el de Guns n’ Roses. Apenas un lustro condensa toda la discografía editada por el núcleo original de la banda, conformado por el cuarteto Axl-Slash-Izzy-Duff. Dentro de ese lapso de años, editaron, bajo el sello Geffen Records, un total de cincuenta canciones. Treinta, más de la mitad, se encuentran desplegadas en este álbum doble de majestuosa composición. Tres años habían pasado de su última aventura en estudios, el EP “GN’R Lies” (1988). De aquel tiempo a esta parte, Guns había sabido colocarse en el centro de la polémica: la xenófoba y homofóbica letra de “One in a Million” encendió los ojos de la prensa sobre la figura de Axl. Un error que el cantante lamenta hasta el día de hoy. Años después, el grupo estaba dispuesto a mostrar mucho más que solo cumplir con la receta probada para la típica pose de sex-drugs & rock and roll. La grabación de sendos discos había sido maratónica, caótica. Los primeros ecos de la revuelta en el seno gunner se hacían sentir. Se asomaban a su propio abismo sideral. Pronto, la química del grupo estallaría por los aires… Mientras tanto, la imagen colectiva había crecido hasta límites impensados. Convertidos en fenómeno de culto, el boom todavía no había llegado a su ápice en nuestras tierras, desembarcando en Argentina a finales de 1992. Al borde del precipicio, colgaba una ilusión dispuesta a dar un salto mortal.

El primer volumen de “Use Your Illusion” combina tonalidades en rojo, naranja y amarillo, replicando una sección del fresco denominado “La Escuela de Atenas”, obra de Rafael. Fue creada por el artista de ascendencia estonia Mark Kostabi. Obteniendo múltiples premiaciones como disco de platino, oro y diamante, un recorrido por su ecléctica arquitectura sonora nos lleva a bucear profundo a través de la imponente y sublime concepción del rock que Guns n’ Roses ostentaba. Un talentoso grupo humano que parecía no poseer techo creativo, al fin y al cabo, la guerra de egos en que acabaron viéndose sumidos, se convirtió en el principal obstáculo y factor desencadenante de la próxima separación. Como novedad, la banda incorpora teclados. El flamante Dizzy Reed aporta al grupo una nueva variante sonora que enriquece y amplía posibles armonías, claramente, en consonancia con la nueva orientación musical que Axl perseguía. Además, cuenta con participaciones especiales de auténticos all-stars del universo rock: Michael Monroe (armónica en “Bad Obsession”), Shanoon Hoon (voz en “Don’t Cry”) y Alice Cooper (voz en “The Garden”).

La turbulenta vida sentimental de Rose se convierte en el combustible de muchas de las letras que vertebran este grandioso acto creativo. La épica “November Rain” es rescatada desde un viejo demo de la era “Appetite for Destruction”, consistente de un total de…¡25 minutos! Axl compone una nueva versión reduciéndola a casi un tercio (¡9 minutos!): el resultado es épico, grandilocuente y sentimentalmente atemporal. Es la síntesis de sus influencias en canciones de Elton John, Procol Harum y Todd Rundgren. Punto de partida de la famosa trilogía llevada a videoclip, fue inspirada en el relato “Without You”, autoría de Del James (amigo personal del líder gunner y coordinador de logística de tour). La balada más grande de la historia posee su reverso perfecto: Guns puede sonar atronador, rabioso y a toda velocidad. “Perfect Crime”, “Garden of Eden” y “Right Next Door to Hell” son la fehaciente prueba de un Axl Rose a punto de volar por los aires. El cantante y alma mater no teme firmar líricas misóginas dignas de ‘parental advisory’ como “Back Off Bitch”, en un arrojo que hoy lo sacrificaría en la hoguera de las vanidades. Tampoco, de dar un último aviso a malas compañías en “Double Talkin’ Jive”, vociferando rabia y malos modos. Algunas de las mejores versiones de estas canciones, pueden escucharse en el CD en vivo/DVD “Use Your Illusion World Tour”, publicación que compila la mega gira desarrollada entre 1991 y 1993, con cierre en nuestro país.

Guns siempre se ha caracterizado por reversionar canciones con un excelente nivel (escuchen “The Spaghetti Incident” y se darán una idea). Paul MacCartney podría darse por satisfecho con semejante cover de “Live and Let Die”, de su etapa en The Wings. Mientras tanto, el tándem Rose-Stradlin nos regala una perla imperecedera: “Dust n’ Bones” nos aconseja sobre aquellas féminas cuya apariencia puede engañar. Todo fanático de la banda se ha preguntado el porqué de la renuencia de Axl en tocar más canciones de este álbum en vivo. Decidiendo rotar, por años y años, en derredor de imperecederos clásicos, nos ha privado de la escucha de auténticas obras maestras, como lo es el auténtico manifiesto personal “Don’t Damn Me”. No menos alabanza merece “Bad Apples”, urticante pintura de un tiempo profano y marginal. Incorregible, Axl exorciza sus demonios en “Dead Horse”, aunque hay cosas que nunca cambiarán. Como corolario tan versátil, en UYI I nunca nos cansará la escucha de “Coma”; proeza vocal de un Axl en diez minutos de gloria, deslumbrándonos con sus múltiples registros. Del cielo al infierno en nueve minutos, desde su latido inicial a su nota sostenida final, comprendemos la pérdida de la inocencia al despertar de la pesadilla: nuestro paraíso terrenal ha sido arrasado. Existencial, trágica y metafísica, es la suma de las partes que congregan las enteras capacidades musicales de una banda faraónica. Para ser apreciada IN THIS LIFETIME.


USE YOUR ILLUSION II (1991, GUNS N’ ROSES)

El lanzamiento simultáneo de “Use Your Illusion I y II” conmocionó al ámbito musical estadounidense. A la medianoche del 17 de septiembre de 1991, se pusieron a la venta en Tower Records, un díptico de álbumes que se convertirían en dos de las más grandes creaciones de rock de todos los tiempos. Dos discos dobles acopiaban una treintena de canciones. Demencial para estos tiempos en donde el formato físico perece. Algunas de ellas, superaban los ocho minutos…de esas gemas que ya no se hacen. La magnificencia sonora, la extensa duración y el estilo por el cual sendos productos habían sido concebidos los hacía pertenecer a una era que hoy se nos vislumbra nostálgica. Podrían haber competido con algunos LP clásicos de Led Zeppelin, Queen o Black Sabbath, y no desentonar en absoluto. Precursoras de una nueva era o enemigos íntimos teledirigidos hacia el colapso, se abrían paso en medio de mapa musical que atestiguaba la proliferación del grunge. Rock Ain’t Dead, compremos la ilusión de cara al nuevo milenio.

Ninguno de los cuatro miembros originales (Axl-Duff-Slash-Izzy) había cumplido treinta años. Estos precoces genios, estaban en el pedestal del rock mundial. Habían sacudido las oxidadas estructuras de la vieja escuela. Estaban dispuestos a seguir pateando traseros y sin deberles un céntimo a nadie. La portada azul y violeta replica la intención visual del primer volumen. Esta perfecta maquinaria de rock moderno, integra contenidos de heavy metal, blues y hard rock. Slash es un semi dios de la guitarra que nos maravilla con su prodigiosa digitación y Duff un héroe de excesos que exhibe con orgullo sus raíces (y cicatrices) punk. Este fue el último disco con participación del genial letrista Izzy Stradlin, un eslabón vital para el andamiaje del grupo. Steven Adler ya había sido reemplazado en batería por el ultra eficiente Matt Sorum, proveniente de The Cult. El díscolo Adler, antes de partir, grabaría percusión para “Civil War”, una canción con profundo compromiso social, una pintura salvaje de la Norteamérica setentista más convulsa, editada dos años después en en el EP “The Civil War”. El mito acerca de toda gran banda dispuesta a fagocitarse estaba a punto de cumplirse, por enésima vez. Guns redactaba la profecía sobre su propio big-bang invertido.

Mientras las placas ascendían en los rankings, Guns se cansaba de sacar sencillos en las radios. Eran los años gloriosos de la cadena MTV en pleno auge del videoclip y GN’R era un invitado de lujo. Axl proseguía con su visión cinematográfica, proveyendo de calidad estética y conceptual a la arquitectura audiovisual detrás de “Estranged”, un subibaja emocional de casi diez minutos como terapéutica regresión en donde W.A.R. entierra los rastros derruidos de su ultimo fracaso amoroso. Mientras, en “14 Years”, Stradlin predestina el futuro silencio gunner de más de una década, en “Yesterdays”, Axl ofrece su mirada más melancólica hacia un pasado de armas tomar y rosas marchitas. Aunque el mundo se precipite sobre nuestras espaldas, no vamos a abandonar la ilusión. En “You Could be Mine”, GN’R se convierte en BSO de “Terminator: El Juicio Final” y en “Pretty Tied Up” firma la banda ese tipo de letras incorrectas que hoy ya no podrían editarse.  En la oda espiritual “Knockin’ on Heaven’s Door” hace propio un clásico de Bob Dylan y en la originalísima “Get in The Ring” arremete, con furia y desdén, ante el constante asedio de la prensa amarillista (¿forajidos?), advenediza (¡Mick Wall!) y genuflexa (¡¿Circus Magazine!?). Un Axl procaz se viste de improvisado rapper y empuña un fusil: dispara epítetos ofensivos y jamás se muerde la lengua. Bravísimo.

UYI II nos ofrece la versión alternativa de “Don’t Cry”, acto maestro de un Rose en su ápice creativo, sellando una de las líricas más conmovedoras. Una pena que no nos haya regalado ninguna versión de este tema en vivo. “So Fine”, joya oculta, es un relato desgarrador y autorreferencial sobre un hombre quebrado, examinando los restos de su propia historia hecha cenizas. La cumbre sonora de este disco la conforman las colosales “Locomotive” y “Breakdown”, de una extensión infrecuente. Aquí, el amplio espectro vocal de Rose va de la pureza melódica hasta el portentoso ensayo de un grito primal. Su brillante poética examina daños y beneficios, acaso ganadores y perdedores, de su propio volcán en erupción. El frontman es un narrador profano que expulsa la angustia, escandaliza a detractores, rima las palabras, juega con dobles sentidos. El fuego quemaba y no podemos pararlo, ¿no es acaso de lo que se trata hacer rock and roll?. Luchó por su propia ilusión y logró llevarla lo más lejos posible. Cualquier mortal que firme lírica y melodía de sendas canciones tendría el pasaje asegurado al olimpo musical de todos los tiempos. Lo hizo Axl Rose, un genio enigmático, volátil e incomprendido. Si existen las leyendas vivientes, aquí está una de ellas…pongámonos de pie.


IMAGINE, 1971 – JOHN LENNON / Películas, libros y documentales han reflexionado, de modo profuso, acerca de uno de los más grandes discos del siglo XX, tanto como del sencillo que le diera título. Obra de un artista big one, John Lennon. “Imagine” es un mito cultural que excede las fronteras de la música. Ráfagas de protesta, álbumes experimentales, un romance mediatizado y una ruptura hecha crónica de una muerte anunciada precedieron a esta publicación, en septiembre de 1971. Al final, solamente queremos saber la verdad.

El Lennon post-Beatles traía consigo sueños de paz y revolución jamás acallados. Sus convicciones propulsaron el grito eufórico de un sentir: el nativo de Liverpool encaraba su incipiente carrera solista pronunciándose con desconfianza acerca del mundo que lo rodeaba. Asesorado en materia de sonido y producción por el especialista Phil Spector, el disco “Imagine” volvía a reunirlo con su compañero de ruta George Harrison. ¿Qué aspectos motivaban su andamiaje creativo por aquellos años? La actividad política y la vida de protesta que sazonara sus últimos años habían sido la fértil materia para el abrasivo “Plastic Ono Band”, editado en 1970. Su siguiente aventura musical elegía una dirección diametralmente opuesta. Grabado en tiempo récord (menos de un mes) en el estudio personal de Lennon, “Imagine” fue luego mezclado en New York.

La icónica portada es una fotografía en polaroid, tomada por el artista visual Andy Warhol; puerta de entrada universal a un disco inspirado en la lectura del libro “Grapefruit”, autoría de Yoko Ono. John se vislumbra a sí mismo entre nubes goteando. Un total de diez canciones ofrecen un maridaje perfecto. La idealista “Imagine” sugiere un mundo utópico, derribando todo dogma tradicional. Su simplicidad técnica es indirectamente proporcional a la potencia ideológica de este himno imperecedero. Observamos la desnudez emocional de un Lennon inspirado por su último viaje hacia Oriente. Existe una conexión emocional entre la vulnerabilidad que siente el músico y el deseo ferviente de un mundo igualitario. Sin embargo, no por ello se trata su mantra de una súplica pueril. En todo el disco, la luminosidad de ciertas melodías se amalgama a la perfección con la oscuridad de las letras que componen esta obra. Un sugar pill como método confesional para las verdades menos amables y más amargas.

“Imagine” es un golpe al corazón hecho de firmes intenciones: la sincera disculpa de “Jealous Guy”, la honestidad de “Cripple Inside”, el lamento sucio de “It’s so Hard”, la fenomenal construcción lingüística de “I Don’t Want to be a Soldier”. La prensa amarillista y los círculos de poder son los blancos de su ingenio inagotable; sus dardos certeros y su lengua afilada nunca fallan. El disco prosigue con “Oh, My Love”, la enésima influencia Beatle tomada desde un leftover de “Get Back”. En “How do you Sleep?” asesta John un golpe maestro a la mandíbula (y al ego inflacionario) de su otrora cómplice Paul McCartney. El epílogo con “Oh Yoko” asume la forma de una carta de amor explícita, radiografiando las coordenadas sentimentales de un artista en la cumbre de su arte. Genio precoz, artista en el cabal sentido de la palabra, John Lennon fue un adelantado a su tiempo. Su obra magna se supo un clásico imperecedero al momento mismo de nacer.


RADIOHEAD / A-KID, 2000

Probando que estaban errados aquellos entendidos en el negocio musical, quienes aseguraban que la británica Radiohead era la típica banda ‘one hit wonder’, la formación liderada por un multinstrumentista Thom Yorke en el ápice de sus facultades creativas emprende aquí su cuarto trabajo discográfico, luego del celebradísimo “Ok Computer” (1997). El resultado sería una obra maestra que sintetiza influencias de Talking Heads, Smashing Pumpkins y REM para aunarlas bajo su propio sello sonoro. Con gran estilo, esta banda generacional se convierte en la voz de una juventud ávida de incorrectos y emergentes rockstars. “A-Kid” nos trae una música interplanetaria que dialoga acerca de la pérdida de la individualidad. Es un disco que se alimenta de la soledad y deja a su paso beats devastadores.

La electrónica abraza el rock y nos genera sensaciones encontradas, tan próximo se encuentra Radiohead a subvertir el propio paradigma. Referencias al jazz y a la música ambient se cuelan a lo largo de un álbum que contiene gemas como “Everything is in the Right Place, “Optimistic”, “In Limbo” y “The National Anthem”. Hacedores de un rock progresivo que mira al abismo de su condición, se colocan a la vanguardia compositiva e inaugura conceptualmente el nuevo milenio. Con profundidad, se permiten reflexionar acerca de la inteligencia artificial, la proliferación de las tecnologías, la clonación y el modelo de sistema posmoderno. Un collage variopinto para la era digital, firmado por una de esas bandas de estadio de las que ya escasean.


JANE’S ADDICTION / NOTHING’S SHOCKING, 1988

Luego de editar el álbum en vivo epónimo, grabado en 1987, desde Los Ángeles, California, Jane’s Addiction lleva a cabo su debut discográfico mediante un trabajo que sienta el precedente que fortalecerán las bases de un rock emergente alternativo que proliferaba desde la cálida costa oeste americana. La banda tergiversa las bases del hard rock de la forma más visceral e intuitiva. Sabe sonar con suciedad de garage y vestirse con elegancia glam. De tal manera, concibe una ópera prima de culto haciendo un dogmático ritual de la habitual fórmula de sex, drugs & rock and roll.

Con absoluta personalidad y autenticidad, Perry Farrell desnuda su alma de noctámbulo en pena. Sus líricas vociferan adicciones y el cantante se muestra proporcionalmente vulnerable a las altas dosis de exceso, artificio y transgresión que su figura encarna. Siempre dispuesto a escandalizar con su lasciva performance sobre el escenario, la actitud atrevida está allí para mostrar su más procaz fijación sexual. Canciones imbuidas de las guitarras robustas y dinámicas del desaforado guitar hero Dave Navarro, conforman la arquitectura sonora de “Nothing’s Shocking”. Prestemos atenta escucha a «Up the Beach», «Ocean Size», «Had a Dad», «Ted, Just Admit It… «, «Standing in the Shower… Thinking», «Summertime Rolls» y «Mountain Song». Síntomas de la madurez musical alcanzada con inusitada rapidez.


STEVIE WONDER – SONGS IN THE KEY OF LIFE, 1976

Una colección de canciones que no peca de timidez. Dos LP más un EP pueden condensar la ambiciosa carrera de uno de los músicos afroamericanos más destacados del siglo XX. Wonder, el maravilloso. La decimoctava aventura en estudios de este genio prodigio totalizan ochenta y cinco minutos de música y veintiún canciones. El disco es intenso, catártico, ecléctico. Su composición de arreglos sorprende. Satírico, reflexivo, con conciencia social, con hondura espiritual.  La contundencia de Stevie abruma: es el único en su clase en ganar por tercera vez consecutiva el Premio Grammy, en un lapso de actividad discográfica que abarca sus anteriores “Innervisions” (1973) y “Fulfillingness’ First Finale” (1974)

Puede que aquel momento de su carrera atesore el mayor pico de creatividad, luciéndose en una época en donde proliferaban artistas de R&B, jazz y soul. Las copias de “Songs in the Key of Life” se vendieron de a millones. Leyenda viviente a la par de Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong y Glenn Miller, el nativo del estado de Michigan demuestra que es un reverendo del ritmo. El pop utópico de «Sir Duke» la lobreguez de «Ordinary Pain», el ánimo festivo de «Isn’t She Lovely» y el romanticismo de «As» confluyen en esta obra editada por el esencial sello Motown. El triple disco fue grabado junto a una interminable banda de acompañamiento, dentro de la cual destaca el hoy legendario Herbie Hancock.


JIMI HENDRIX – «ARE YOU EXPERIENCED» (1967)

Publicado en 1967, a través del sello discográfico Track Records, “Are You Experienced” constituye una gesta comercial y un fenómeno de crítica. Pocos debuts han estado a igual altura. Hablamos de historia de rock y de innovación. La composición experimental de Jimi Hendrix da un drástico giro al género manufacturado por entonces: había nacido una nueva era. La psicodelia encuentra al hard rock y la síntesis abreva en elementos vanguardistas. Es música futurista y, a la vez, es semilla arraigada en las tradiciones del rock, del pop y del soul. Hendrix es la crudeza eléctrica, una marca de fábrica fresca y sin precedentes. Asistimos a la inauguración de un monumento lisérgico. En “Are You Experienced” confluyen grabaciones poco convencionales y una búsqueda por parte del alma mater de la banda en regenerar modos de producción: ensaya con la reducción de pistas e incluye la ‘Octavia Pedal’. La inventiva interpretación y la veloz digitación baña de oro a este Guitar hero generacional. Disco inmersivo y punto cardinal para la historia del rock, sobresalen de su escucha las inmortales “Foxy Lady”, “Hey Joe” y “The Wind Cries Mary”.


“SKELETONS FROM THE CLOSET: THE BEST OF GRATEFUL DEAD”, 1974 (THE GRATEFUL DEAD)

Este disco contiene canciones que abarcan el período desde el primer álbum de la banda, “The Grateful Dead” de 1967, hasta “Europe ’72” de 1972. Probablemente, la edad dorada de un grupo que tramó su legado de modo paralelo al de consagradas bandas como The Beatles, The Beach Boys, The Doors y The Rolling Stones. Nacidos durante la década que amanecería al verano del amor, no había muro de sonido capaz de detener a estos mortales agradecidos. Florecerían en interminables campos teckincolor, concibiendo la psicodelia como necesario escape de la realidad. Originarios de California, se dieron a conocer en el Festival pop de Monterey ’67. Su estilo, fusionó el rock con el gospel, el blues, la música ambiental y el jazz. Su principal emblema fue el guitarrista Jerry García. El presente greatest hits coloca en perspectiva el brillante sentido de innovación de The Grateful Dead, concibiendo el lenguaje musical como una forma artística capaz de alterar percepción del tiempo. Se dieron a conocer como The Warlocks, entre 1961 y 1965. El letrista principal, Robert Hunter, componía experimentando con LSD. El viaje cósmico recién comenzaba: la banda brindó un total de más de 2.300 conciertos, muchos de ellos gratuitos. Sus shows eran auténticas celebraciones tribales.


KIND OF BLUE / MILES DAVIS, 1959

El año 1959 fue clave para la historia del jazz. Fue el año de “Chet”, de Chet Baker. También de “Gerry Mulligan Quartet”, de Gerry Mulligan. Y Miles Davis lo celebra editando una joya absoluta. Representa el epítome de la grabación improvisada, registrando en apenas diez horas. Armónicamente, explora el territorio modal. Aquí, la referencia jerárquica no son los acordes, sino la escala. Remite a la estética expresionista que narra un paisaje musical. “Kind of Blue” es música evanescente y materia de sueño cinematográfica. La tristeza se cuela por sus poros. “So What», «Freddie Freeloader», «Blue in Green», «All Blues» y «Flamenco Sketches» derraman sutileza y frescura. Sus notas rezuman elegancia y son escucha inmortal en inmersivo vinilo. El siempre innovador Davis consuma un disco francamente atrapante, en el cual participan los no menos icónicos Bill Evans en piano y John Coltrane en saxofón. Uno de los álbumes más vendidos en la historia del género. Otro ladrillo en la pared del colosal mito llamado Miles.


COLTRANE SOUND, 1964 – JOHN COLTRANE

“Coltrane Sound” fue registrado durante las sesiones de “My Favorite Things” (1961). Su técnica de grabación confió en la improvisación del free jazz. Cuatro años transcurrieron hasta su publicación, en 1964. En 1999, el disco se reeditó con bonus tracks inéditos, con motivo del 50° aniversario de Altantic Studios. Para entonces, la figura de John Coltrane se erigía como la de un auténtico monumento de la música del siglo XX. Afecto a las problemáticas sociales de su comunidad, utilizó el lenguaje musical como instrumento para visibilizar sus preocupaciones acerca de la lucha por los derechos civiles afroamericanos. Una meteórica carrera hacia el estrellato condensa un total de discos que alcanza el número cincuenta. Nativo de Carolina del Norte, su nombre se cuela entre grandes del jazz como Louis Armstrong, Duke Ellington, Charlie Parker y Miles Davis. El compositor y saxofonista exploró al hard-bop y el jazz avante-garde. Revolucionario, transgredió y transformó las convenciones técnicas. Otorgando a su música una dimensión espiritual, asumió el riesgo artístico de la constante experimentación. Adicto a la heroína, Coltrane falleció a la prematura edad de 40 años.


GLASSWORKS, 1982 – PHILIP GLASS

Joven interesado en la filosofía y las matemáticas. Nativo de Baltimore, estudió en la prestigiosa Juilliard School. Realizó un revelador viaje a Europa, en donde se embebe de la tradición de la música clásica. Explorando la India, se convierte al budismo. Incorpora a su lenguaje musical sonoridades que abrevan en la iluminación espiritual. Su viaje físico, de New York a París, y de allí a diversos puntos del viejo continente, resultarán materia fértil para su descomunal obra discográfica. Solemos asociar a Philip Glass por su vínculo estrecho con el séptimo arte. Maestro contemporáneo generador de atmósferas cinematográficas, ha creado obra musical para una veintena de films. Ejerció un sinfín de oficios para subsistir, jamás abandonando el llamado de la vocación. De la música minimalista a la experimentación electrónica, de la partitura para concierto de cámara a la interpretación de piezas de dramaturgia. Las mil vidas musicales de Glass conviven en este ejercicio intelectual musical diseñado para escuchar en inmersivo walkman. En las hipnóticas texturas de “Glassworks” afloran patrones incesantes, comulgando lo tradicional con lo radicalmente innovador. Armonías de profunda sensibilidad se filtran en la esencia de su vivo testamento musical.


BRIAN ENO – NORALI – 1993

Luego de dejar Roxy Music, durante los años ’70, Brian Eno construyó una carrera solista impoluta, gracias a discos como «Before and After Science» (1977). Luego se unió a David Byrne, para “My Life in the Bush of Ghosts” (1981). Su carrera se ha prolongado desde entonces hasta hoy, haciéndolo dueño de un catálogo discográfico onírico, meditativo, espiritual y relajado. Ha colaborado y producido junto a grandes bandas y artistas como U2, David Bowie, Talking Heads y John Cale. Como si fuera poco, su imaginería nutrió soundtracks de películas consideradas gemas de culto. Hacia 1993, su afán creativo gozaba de una envidiable libertad. Este álbum obtuvo la reverencia unánime de la crítica. Un mérito en absoluto exagerado para quien llegara a cumplir los deseos del mismísimo Bill Gates.

La única pieza melódica que funciona como columna vertebral del disco es construida por Eno, con la paciencia de un artesano y la dimensión sonora de un visionario. Su técnica elevada a la máxima expresión nos muestra su eximia habilidad compositiva. Su arrojo de experimentación a la hora de grabar es francamente surreal. Bucles, permutaciones de tonos, combinaciones de formatos, instalaciones audiovisuales. Eno, pionero del ambient y del arte algorítmico, manipula a gusto y placer. Música para volar en parlantes que reproducen ondas de hipnótico efecto. Vanguardista hasta la médula, “Norali” parece concebido para ser escuchado suspendido en el espacio sideral. El patrón puede resultar aleatorio, pero en su naturaleza anida la esencia de lo estrictamente planeado. Eno concibe una hora de épica organicidad sonora.


BSO/ LET’S GET LOST (1988, CHET BAKER)

Cuando falleció, en Ámsterdam, en 1988, había nacido la leyenda. Ese mismo año, Bruce Weber estrena el documental «Let´s Get Lost». Su banda sonora nos hipnotiza bajo la concepción musical de un prodigio. El seductor Chet Baker irrumpió en el ambiente del estruendoso bebop de los ’50, dominado por la comunidad afroamericana. Poniendo en perspectiva sus cuatro décadas de trayectoria, una enorme sombra de tragedia, casi siempre proporcional a la forma de su arte, se cierne sobre su figura. Baker conoció el éxito en igual medida que el caos; su estirpe de estrella hecha de materia inflamable solo supo de extremos. Excesivo, supo ser el eterno adolescente del ambiente, también encarnar la guapeza y melancolía de un facsímil razonable de James Dean. Sin embargo, con el tiempo, en su rostro se ensañarían los monstruos de mil traumas. Un reflejo lúgubre dejaba ver una sonrisa que se parecía más a una herida abierta. Noctámbulo, de bar en bar, sumergió sus penas en el alcohol. La suya fue una vida para guionista de arte y ensayo shakesperiano.

De joven, había dejado el ruido de la ciudad a la crisis económica que tumbó la bolsa de valores. De regreso a la gran urbe, lo conquista el nuevo jazz que se está gestando a fines de los años ’40, más tarde tocará con Dexter Gordon y será escogido por el propio Charlie Parker. Graba LPs para la marca Prestige, luego ingresa en el célebre cuarteto sin piano de Gerry Mulligan y su trayecto de vértigo lo lleva, en 1955, a girar por vez primera en Europa. Se metió en mayúsculos líos de drogas y amoríos, dibujando la silueta de un personaje trágico y ensimismado, viviendo bajo la bendita pluma de Jack Kerouac.

Su música dio que hablar más pronto que tarde. Fue un enemigo del efecto fácil y del registro agudo instrumental que conoció a la perfección. Su sello de fábrica fue una sonoridad suave, acompañado de una riqueza melódica reconocible. Sin embargo, sus demonios acabarían por conquistarlo. Adicto a la heroína, su regreso a Norteamérica sería infructuoso; se recluye en un hospital de Kentuchy para desintoxicarse, pero su ánimo desmejora. Un raid de arrestos culmina con su encarcelamiento. Su vida se había convertido en una sucesión de encontronazos con la ley. Sobrevive en la impiadosa California, hasta que los códigos del hampa le rompieron la mandíbula. No cesó en crear una vez rehabilitado, profiriendo una actividad constante de grabaciones, conciertos, festivales y clubs.

Demencial jazzman, el plano personal determina su carrera entera. Baker fue un talento innato que vivió en su mundo propio, por completo al margen de la sociedad. La inseparable trompeta fue una extensión de su cuerpo y más que un mero vehículo musical. Fue su pasión, su refugio, su ángel y su llanto eterno.


IN THE COURT OF CRIMSON KING / KING CRIMSON, 1969

El enigmático rostro del hombre esquizoide decora una portada antológica. Magnífico arte de tapa a cargo del artista y programador informático Barry Godber, capturando el gesto de horror transformador. Digna heredera de la apocalíptica visión congelada en el tiempo por Edvard Munch, hacia fines del siglo XIX, un primerísimo primer plano observa la destrucción de un mundo en llamas. Emblemas del rock progresivo, inspirados por el ocultismo bíblico, King Crimson concreta su debut discográfico con una obra musicalmente memorable, un pilar sonoro y travesía digna de parque de diversiones, que se convierte en un puente hacia una prolífica siguiente década, en donde el género aseguraría su fértil presente en bandas como Yes, Génesis, Jethro Tull, Rush y The Alan Parsons Project. La grandeza sinfónica del disco se transformará en la piedra angular de la experimentación psicodélica, conservando su hechizo de escucha, medio siglo después. King Crimson hibrida la fórmula clásica de rock and roll con el free jazz, descansando su suerte en la proverbial fuerza compositiva de su alma máter, Robert Fripp. La formación original de Crimson contaba en sus filas con el baterista Michael Giles, el bajista y cantante Greg Lake (futuro líder del culto progresivo Emerson, Lake & Palmer), el tecladista Ian McDonald y el letrista Peter Sinfield. Registrado en los Estudios Wessex, de Londres, el grupo concibió un álbum digno de provocación. Cinta invertida de un multitrack interplanetario, estremecedores riffs, redobles de batería y aullante saxofón nos cautivan en ascendente y vertiginosa velocidad.


SUMMIT (1974, GERRY MULLIGAN – ASTOR PIAZZOLLA)

En la ciudad de Milán, se reunieron en 1974, en antológica sesión de estudio, el saxofonista Gerry Mulligan y el gran artista de tango Astor Piazzolla. Un evento singular, capturado en un álbum de amplia variedad tonal, sonido revolucionario, deliciosos pasajes y estética destreza, que escapan a todo tipo de encasillamiento, digno de sendos precursores. Mulligan es un emblema neoyorkino del jazz del siglo XX, legendario barítono y arreglista. Gentleman especialista en ejecutar notas graves deliciosas, de sus manos brotan acordes para un imaginativo pianista, correcto clarinetista y sorpresivo improvisador. En Mulligan, la destreza es velocidad y deliciosa herramienta. Aquí, se complementa de modo magnífico con el compositor y bandoneonista nativo de Mar del Plata, dueño de una marca estilística que refundó las bases tradicionales del ritmo rioplatense más característico, incorporando a su visión vanguardista elementos de jazz y música clásica, que lo convirtieron en un referente de renombre internacional. Arreglos de orquestación e innovadoras armonías sintetizan el encuentro creativo de dos genios en sus respectivos géneros. Piazzolla y Mulligan llegaron a presentar el material en una selecta gira de conciertos en Italia, Francia, España y Brasil.


QUADROPHENIA / 1979, BSO

Años ’60, Estados Unidos ardía de revueltas sociales y el rock británico hacia su explosión al otro lado del Atlántico. La ola implosionaba en las costas del país del Norte, a la vuelta del Verano del Amor. The Who volvía a colocarse en el ojo del huracán: la banda rivalizaba con super grupos de la talla de The Rolling Stones y The Beatles por la primacía en venta de discos, apenas tiempo después de convertirse en una de las figuras claves de la Invasión Británica, junto a epítomes como Cream, mítico power trío que hibridó el blues al rock y al pop.

Cimentando su legado, desde el seno de The Who, nace su cuarto disco de estudio, el brillante “Quadrophenia” (1973). Epítome de aquellos discos conceptuales que son, hoy en día, un auténtico arte perdido. La gesta nos contaba la historia ficcionada de un mod, interesado en el pop art, la filosofía existencial y el cine de la Nouvelle Vague, acérrimo fan de la banda, y quien padece de una personalidad fragmentada, identificándose con cada uno de los cuatro integrantes. Protagonista excluyente de la eminente ópera rock, considerada por los círculos especialistas como la obra maestra de la banda proveniente de Londres y fundada en 1962, bajo el nombre de The Detours.

The Who reincide en el abordaje integrador que indagara en “Tommy” (1969). Fuerza sonora poderosa y leyenda setentista en la cumbre de su masividad, el cuarteto comandado en voces por Roger Daltrey no cesó de innovar las estructuras genéricas. La realidad está alejada de los preciados sueños de juventud, en tiempos donde rockeros y mods luchaban por la primacía. Reflejando las coordenadas temporales que la vieron nacer, si existe una película que refleje el desánimo juvenil, la subcultura, los disturbios y la decepción generalizada al amanecer del fin de la ilusión, claramente es “Quadrophenia” el ejemplar adecuado. Su producción sorteó infructuosas condiciones y el profundo cisma que significara en el núcleo de la banda la trágica muerte del baterista Keith Moon, ocurrida en 1978.

Promovida por Universal, coincidió con el resurgimiento del fenómeno floreciente de la subcultura inglesa nacida en los años ‘50. Film británico de culto, representó el debut en la industria para el cineasta Frank Roddham. Su argumento buscaba visibilizar los dilemas de una porción generacional inmersa en una vida repleta de excesos, entre noches de juerga, cócteles y anfetaminas. A diferencia de la citada adaptación de “Tommy”, no es la presente una transposición musical convencional. Es relegada la música a un segundo plano, no obstante, podemos disfrutar logradas versiones de “I Can Explain” y “My Generation”. Diez de las diecisiete pistas de la ópera original fueron utilizadas para la película, recurriendo a mezclas renovadas, entre las cuales sobresale “The Real Me”, elegida para la secuencia inicial. La banda sonora incluye tres pistas inéditas, escritas por Pete Townshend hacia 1973. Lanzada la BSO en formatos cassette y LP, llegaría en versión de disco compacto para sus sucesivas ediciones de 1993 y 2001.


PRINCE, PURPLE RAIN / 1984

Prince se sube a la ola electro funk y navega las aguas turbulentas de su inquieta condición artística. Declaración de principios estéticos, tan audaces fueron sus aventuras sexuales como la reputación que lo acompañara hasta el fin de sus días. Habiendo impactado el mercado discográfico con el álbum doble publicado en 1982 (“1999”), su siguiente opus persiguió tintes autobiográficos. Como método creativo, Prince escribe ideas que se convertirán en una película, dirigida por Albert Magnoli y estrenada en 1984. El furor era absoluto; en un abrir y cerrar de ojos, Rogers Nelson era el artista más notorio de Norteamérica. Como próximo destino, su conquista mundial se abría paso ante los gigantes de la cultura popular ¿Podría un mercado conservador por antonomasia permitirle sentarse a la mesa junto a Michael Jackson y Stevie Wonder?

“Purple Rain” rebosa de androginia y, en la fluidez de su escucha, el compositor nos transmite un mensaje vital desde la óptica de todo aquel disidente. Preciosa inspiración para diferir de la norma, la ruptura se asume como su principal motivación. Producido, compuesto e interpretado junto a su banda estable The Revolution, la canción que da título al álbum es hoy un célebre himno generacional. El disco se grabó a lo largo de todo 1983, y sus tracks exudan la cruda naturaleza de la mentada toma en directo, un arte casi perdido en el que Prince se zambullía por primera vez, tocando todos los instrumentos.

Desde la gélida Minnesota al corazón de Hollywood, el otrora predicador góspel había mutado en procaz bailarín. Su obra maestra es también entendible como una alegoría religiosa: el músico es un mesías que hace de la autenticidad su dogma de fe. Ambiguo y especulativo, jamás cediendo a valores binarios, Prince se consagraba ante los ojos del mundo, obteniendo un Premio Grammy, el galardón más ilustre de la industria. Guitarras difusas, batería rápida, ritmo trepidante y sintetizadores con visión de futuro abundan en un disco que se invita a escuchar colocando los parlantes a todo volumen; sugerencia que cede a las tentaciones que serán mandato del futuro Rey Funk. La energía canalizada hacia la felicidad más escandalosa cobra forma de solo de guitarra en los dedos de Prince, acallando detractores.

“Purple Rain” es una oda al amor, tan contagiosa y pegadiza. Sus acordes iniciales inmortalizan la apertura del disco. Incólumes al paso del tiempo permanecen “Let’s Go Crazy”, “Take Me with U” y “The Beautiful Ones”. Mientras que “When Doves Cry” sigue siendo recordada como el primer sencillo promocional de un disco que vendió trece millones de copias. Ese mismo año, la emergente cadena MTV estrenó la versión censurada de un videoclip dirigido por el propio compositor, cuya naturaleza sexual, en su corte original, resultó demasiado explícita para la TV norteamericana.


NIRVANA, NERVERMIND – 1991

Referente generacional parteaguas, Nirvana representó un necesario cambio en la escena alternativa de fines del milenio. La música del siglo XX se vería transformada para siempre: el trío conquistó lo más alto del mainstream, quebrando en dos mitades un panorama saturado por los himnos del stadium rock de los ’80. La explosión Nirvana supera la coyuntura de un caótico tiempo, marcado por las muertes de Syd Vicious e Ian Curtis. Cuando los especialistas se preguntaban quien llenaría los zapatos de lo anticonvencional, la banda oriunda de Seattle replicó que el punk no estaba muerto. Los adolescentes insatisfechos de toda una nación avizoraron su próximo objeto de devoción.

¿Cuáles son los elementos que componen su identidad musical? Puede en Sonic Youth encontrarse un precedente, desde “Day Dream Nation” (1988), lo cierto es que Nirvana elevó la calidad de su música a terrenos francamente inauditos. Fieles a su filosofía y a un sonido nunca consumible para la masividad, la magnética hermandad compositiva se calzó la corona de perennes relegados del sistema, sin sacrificar jamás su dogma. Eran tiempos dominados por la cadena MTV, rivalizando con los poco amables modos de la subcultura grunge. El resultado fue un álbum de culto, tan corrosivo y políticamente incorrecto. No había en el seno del grupo la mínima intención de realizar un esfuerzo por encajar bajo las normas estipuladas.

La conflictuada personalidad de Kurt Cobain encontró en el oficio de hacer canciones el escape legítimo de los demonios que lo atormentaban. Temas como “Smells Like Teen Spirit”, “Come As You Are”, “In Bloom”, “Lithium”, “Drain You” firman su manifiesto de radical inconformismo. En “Nevermind”, obra maestra del ruido y la furia, anida el detonante de una revolución cultural efervescente. Grabado en California, fija la utilización de la técnica multitracking como un estándar de producción eficiente para años venideros. La icónica tapa iguala en su impacto colectivo al grito primal de Kurt. Lo alternativo había fijado un nuevo estándar, y esa sería la huella que seguirían Soundgarden, Alice in Chains y Pearl Jam.


BLACK SABBATH – 1970, BLACK SABBATH

Un sonido atronador, líricas cargadas de misterio y ocultismo, así como violencia y rabia a granel, alimentan la música de Black Sabbath. Guitarras distorsionadas se convierten en los cimientos sonoros de los creadores del heavy metal. La inquietud generada en los círculos más conservadores, por reiterados guiños al satanismo, les colocó el mote de grupo maldito. Tal conducta los llevó a enemistarse con grupos religiosos fanáticos. La publicidad gratuita no podía resultar mejor atinada. Como si fuera poco, las polémicas actitudes de sus integrantes sobre el escenario han dado que hablar a multitudes y sus excesos debajo de este llevaron al itinerante medio siglo de vida del grupo hacia un abismo pronunciado.

Proveniente de Birmingham y contemporánea de gigantes como Judas Priest o Deep Purple, Black Sabbath fue fundada por Tommy Iommi. Geezer Butler, Ozzy Osbourne y Bill Ward completarían la formación. Admiraron a Muddy Waters y a B.B. King. Se nutrieron del cine de terror bizarro de los años ’60, cóctel de culto inigualable. Se preguntaron si sus fans pagarían porque los asustaran. La esencia que busca emular al celuloide encontró un referente bautismal. Una sobrenatural historia de fantasmas, venganza y asesinatos, dirigida por el maestro del giallo Mario Bava y protagonizada por el otrora Conde Drácula, Boris Karloff, se convierte en el principal foco de inspiración para la emergente banda inglesa. Son las acentuadas características que conformaron un semblante estético innovador.

 “Black Sabbath” se hace de atmósferas oscuras: rezuma el sonido pesado en “Evil Woman”. Luego, “Behind the Wall of Sleep” se asemeja a un rock ‘groovy’. La primaria influencia cargada de blues se deja ver en “The Wizard”, mientras que el cover “Warning” se adapta a las diferentes facetas de la banda. Su ópera prima se convierte en un debut contundente, superando el rechazo de la crítica especializada y los medios radiofónicos. El arte de tapa nos interpela: una inquietante foto de una mujer encapuchada viste de intriga a un paisaje lúgubre a la vera del río. Icónica, influyente y controversial, cinco canciones originales y dos reversiones conforman su itinerario breve pero contundente.


DR. JOHN – CREOLE MOON, 2002

Aunando los ritmos y melodías de las calles de Nueva Orleans, el rock psicodélico, y la tradición de R&B, Dr. John se convirtió en una figura fundamental de la música del siglo XX. Genio a menudo infravalorado, fue inspirado tempranamente por la presencia musical de Louis Armstrong, Fats Dominó y Little Richard. Célebre pianista de nueve dedos, buscador de pleitos y traficante de sustancias prohibidas, acumuló arrestos policiales antes que éxitos discográficos. Fue un multi instrumentista que demostró su versatilidad a través de una veintena de discos. Una figura icónica que nos legó un disco imprescindible, en donde guitarras fundacionales y baterías crispadas sobresalen a través de la escucha de canciones como “In the Name of You”, “Queen of Cold”, “Now That You Got Me” e “Imitation of Love”. Con gran sentido de compromiso social, el músico en ensaya su penúltima revolución estilística para la necesaria ‘wake up call’ de las nuevas generaciones, que colocan esta amalgama de ‘reverbs’ y ‘vudu-feels’ bajo estridentes auriculares. Del blues al funk, su virtuoso ejercicio musical no deja campo por explorar. Prolífico y visionario, permanece presente la huella de su obra más temprana. La discografía setentista de Dr. John erige la piedra angular de la catedral sonora de Mardi-Grass.


CHARLIE MINGUS / AH UM – 1959

Un especialista en el contrabajo, que traslada a su concepción musical influencias de diversa procedencia. Nativo de Arizona, Charles Mingus desembarca en el centro neurálgico del jazz en los años ’50, para convertirse en el nexo de unión indisoluble entre el bebop y el free jazz. Innovador, el manejo sin parangón de su instrumento favorito se convierte en su imperecedera seña de identidad. Hijo de una familia religiosa, se crió en Watts (California) y fue buen amigo de Charlie Parker. De joven, comenzó estudiando música clásica. Dominó el chello y el trombón. Se instruyó ejecutando música de blancos y llamó la atención del mismísimo Louis Armostrong, quien llegó a decir que Mingus era un maestro.

El jazzman dedicó su vida a la música de carácter personal y uno de sus más grandes discos ejemplifica su facilidad para transmitir el paisaje tonal de la América frenética de mediados de siglo. En el compositor, confluyen los caminos tradicionales del género, en tan diabólicos, estruendosos y caóticos rasgueos, junto a una vertiente denominada ‘third stream’, que buscaba fusionar el jazz y la música clásica. Aquí se visibiliza evidente su contacto con el góspel, aplicando a las canciones disonancias y abruptos cambios de tiempo. De quien admiró a Duke Ellington, se interpretan sus típicas armonías a través de una serie de perlas fundamentales. Predominan los vientos en “Open Letters to Duke”, mientras que “Bird’s Call” combina melodías como si simularan graznidos de pájaros. “Jelly Road”, por su parte, suena penetrante y contagiosa.

Años más tarde, Mingus creó su propio sello discográfico, Debut Records. Incansable y vanguardista, fundó la Jazz Workshop; se comprometió con los problemas raciales, entronándose como un ícono de la comunidad negra. Simiente negra y juglar de fábula, perfeccionando su arte en solos embriagadores, brotaban de sus dedos historias que nos aleccionan sin medida.


LED ZEPPELIN – LED ZEPPELIN IV, 1971

De los restos de The Yardbirds surge una de las bandas más emblemáticas de los años ’70. Jimmy Page reúne a Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham, quienes cimentan su legado de auténtica realeza de rock. En Led Zeppelin confluye el sonido psicodélico experimental y la furia arrebatadora del blues, abrevando esta última en influencias que van desde Wilson Pickett a Ottis Reading. Prestos a surfear la inmensa ola de la revolución sonora, al amanecer de una nueva era para el género, Zepp concibe la infalible fórmula de sexo, drogas y rock n’ roll. Una década salvaje los verá protagonizar giras repletas de excesos. Su gusto por la moda y el derroche los hará pagar el precio de caros placeres, al peregrinaje noctámbulo de grouppies de leyenda. Reliquias de mitología nórdica, así como experiencias literarias extravagantes y oscuras, sirven de fabulosa inspiración. Las primeras obras discográficas establecen una identidad estética influyente de marca registrada, conformando una cosmogonía iconográfica de indudable pertenencia. Todas aquellas marcas se representarán en su obra cumbre, la representativa “Led Zeppelin IV”.

Seducido por lo tenebroso del ocultismo y la magia negra, Page se convirtió en devoto admirador del alquimista y mago ceremonial Aliester Crowley, incesante materia de inspiración compositiva. La simbología que se desprende de su arte de tapa y título despierta incontables leyendas. Grabado en una casa victoriana aislado de la gran ciudad, una segunda parte fue registrada en Londres, donde se agregaron segundas tomas y nuevas guitarras. El histórico disco sin nombre, una afrenta a la prensa. ¿Enigma con afán publicitario? ¿Subversión de normas del mercado? Tildados de vulgares y diabólicos, Zepp ejerce su último acto de rebeldía: la presente es una abierta crítica a la sociedad auto reprimida de su tiempo.

En una primera escucha, sobresale “Black Dog”, rabioso manifiesto de naturaleza blusera, poseedor de un intrincado riff desplegándose sobre el compás rítmico. Promediando el disco, surge una pieza magnificente como “Stairway to Heaven”, extensa composición con sabor a balada, virando en su intensidad hacia estados de embriaguez sonora. Dinámica épica que rompe el molde compositivo convencional, constituye un epítome: el goce y la energía conviven en un álbum totémico. No menos disfrutable es el tema “Rock and Roll”, digna de ser apreciada mediante estados de conciencia alterados, con un pie en el acelerador y bajo un profundo deseo liberador. “Led Zeppelin IV”, un catálogo musical impecable, se erige como esa clase de álbumes que ya no se hacen.


VELVET REVOLVER, 2004 – CONTRABAND

Una constelación de recorrido fugaz, pero intenso. Pueden apenas dos discos de estudio editados encender una hoguera de vanidades jamás extinta. Desde las crepitantes cenizas de una de las bandas californianas más grandes de todos los tiempos surge el modelo de una combinación de talentos igualmente dispuesta tanto al exceso de la vida rockstar como el escarnio de la prensa más conservadora. De peligros latentes se hacía el sinuoso camino emprendido por esta arriesgada combinación de chicos malos. La clase desplazada, la raíz bastarda. Guns n’ Roses, Stone Temple Pilots, The Cult. Una de las últimas super bandas del mapa musical contemporáneo conjuga a Dave Kushner, Matt Sorum, Slash y Duff McKagan, quienes planifican sacudir el universo rock hacia 2003. Se abocan a la búsqueda de un cantante. Los mismísimos Sebastian Bach y Todd Kerns tomaron parte de una audición en busca del vocalista definitivo, rol que caería en manos del electrizante Scott Weiland, dueño de un potentísimo registro y de unas capacidades histriónicas que lo convertían en un magnético centro de la escena. Su primer álbum fue “Contraband”, editado en 2004. Las poderosas “Slither”, “Sucker Train Blues”, “Fall to Pieces” y “Dirty Little Thing” conforman la columna vertebral de un disco dispuesto a acribillar a balazos a todo incrédulo desprevenido. 


 GEORGE HARRISON – ALL THINGS MUST PASS, 1970

El más joven de los Beatles fue un héroe silencioso, capaz de destacarse, de modo precoz, al comando de su guitarra. Un chico bien, de ascendencia familiar católica, despertando a las luces de Liverpool y fascinado con Elvis. A sus jóvenes veinte años, mientras John y Paul se repartían la fábrica de hits, George refinaba sus destrezas compositivas sin la mínima pizca de ego estelar, firmando ocultos ‘lados b’ de cada disco editado por The Beatles, a la postre convertidos en clásicos de culto. Inconformista integrante de un fenómeno masivo sin precedentes, descubrió la filosofía hindú y se volcó hacia prácticas espirituales orientales. En exótico trance místico, adhirió al hipismo, indagó en su propio pasadizo cósmico y buscó nuevos rumbos musicales, lanzándose hacia las aventuras de su emergente carrera solista. El mundo ardía en llamas, pero Harrison encontró su propia burbuja pacífica, en donde levitar en total armonía. Incesante gestor de melodías y armonías de exquisito paladar musical, gestó una trayectoria de impar hallazgo.

“All Things Must Pass” representó su hito solista trascendental, hacia 1970. Un ambicioso proyecto que colecciona canciones guardadas por años, prestas a ser liberadas. Un set de tres discos, remasterizados en 2020, con motivo de su °50 aniversario, conforma la arquitectura sonora de semejante debut en las ligas grandes de la música. Influenciado por su contacto directo con Bob Dylan y el asesoramiento recibido de parte de Phil Spector, rock y folk intercalan los registros de las primeras cuatro (de seis totales) caras del disco, mientras que jams instrumentales completan la tríada de lados en donde intervienen músicos de fuste como Eric Clapton, Klaus Voormann, Gary Wright y Bobby Whitlock. Parte de su núcleo esencial, han pasado a la historia gemas como la canción homónima que da título al álbum, además de “My Sweet Lord”, “Isn’t it a Pity”, “Beware of Darkness” y “Behind That Locked Door”. Harrison completa una obra maestra, y lo hace bajo sus propios términos: meditativo y arrollador a la vez, firma un tratado de paz personal a la próxima salida su desengaño amoroso. Minotauro liberado del propio laberinto que convirtiera a The Beatles en una fratricida guerra de egos, Harrison no haría más que evolucionar delante de nuestros ojos.

Coleccionismo: Difusión de patrimonio, mapa de motivaciones, hilo invisible, rito jamás clausurado. Coleccionar como una respuesta a la propia finitud, vehículo que transforma la metáfora como un llamado del tiempo. Un intento de ordenar el propio mundo y darle a cada objeto su sentido. Una historia de la adquisición de la propia leyenda que aquel nombre guarda. Ética del detalle que se apropia del tiempo y de las formas. Estética fragmentaria de acumulación.


DOCUMENTALES

THE LIFE AND DEATH OF AILEEN WUORNOS (2003, Nick Broomfield) / Año 1992, Estado de Florida. Aileen Wuornos está presa y su figura causa conmoción pública: es la primera asesina en serie del mundo. O, al menos, eso pensamos. El documentalista Nick Broomfield conoce a la asesina en prisión, semanas después de su arresto. Haciéndose eco de la notoriedad del caso, y recurriendo a su reflexivo estilo, revela negociados policiales para un guión que Hollywood ya estaba dispuesto a comprar, desnudando las intenciones de rapaces y amarillistas estandartes del periodismo más descarnado.

Diez años después, y cursando el “corredor de la muerte”, Broomfield regresa al caso que lo obsesionó por años. Había trabado amistad con Wuornos, quien le brindó su última entrevista. Su retrato documental realiza un cruel y sufrido abordaje a una reclusa cuyo estado mental luce en perfecto desequilibrio. Aileen Wuornos va camino a convertirse en la tristemente célebre asesina en serie cuya vida…¿y obra?…la fábrica cinematográfica llevara a la pantalla, en el año 2003 bajo el título de “Monster”, protagonizada por la descomunal Charlize Theron. Valiente perspectiva de una industria acostumbrada a pergeñar en serie relatos de asesinos…en serie. Nada más lejos del acercamiento de un David Fincher, aunque todo conlleve su costo. Una historia cruda que potencia el atractivo de su naturaleza al resignificar aquella mirada sobre nuestra sociedad y valores, en el tiempo presente. Los crímenes reales ocurrieron en 1990 en Estados Unidos; intuyamos la visión y condena que una sociedad patriarcal (y un sistema legal) colocaron sobre ella.

El famoso grabado de Goya, «el sueño de la razón produce monstruos», traza una probable analogía con los monstruos sociales que producimos, para luego encasillar. Desde “The Life and Death…” a ”Monster”, intentamos concebir la psicología de esta mujer, lo que cada acto proyecta, los años de postergación que su rabia expulsan; acaso aquello que cada muerte provocada dice de las propias oportunidades perdidas, de sus carencias e imposibilidad de amar. Intentamos comprender su mundo, empatizar con su tragedia. La atmósfera claustrofóbica de Broomfield nos rodea de desencanto. La puerta se cierra tras el interminable corredor y nos invita a pensar, siembra preguntas. Sin rodeos y sin temer incomodar. ¿Retrato de víctima o victimaria?


«CAMERAMAN: THE LIFE AND WORK OF JACK CARDIFF” (Craig McCall, 2010) / En 2010, se estrenó la película documental cuyo objeto de estudio biográfico acababa de fallecer, a la edad de 94 años ¿Quién fue este hombre? Un magnífico fotógrafo cinematográfico que posee en su haber la distinción de ser el único técnico, a la fecha, en recibir el Premio Oscar a la Trayectoria. Quintaesencia del caballero inglés, Jack Cardiff fue uno de los artistas de la imagen favoritos de Martin Scorsese, quien fuera encargado de restaurar y remasterizar algunas de las fundamentales obras que contaran con el aporte de este nativo de la localidad de Nortfolk. Adentrarnos en el documental nos brinda algunas pistas acerca de los motivos del cariño incondicional que Marty profesa hacia la cabal importancia de este genio.

Influyente en el cine británico hasta el punto de ser considerado un precursor, Cardiff respiró cine desde la etapa muda y llegó a trabajar con John Huston y Alfred Hitchcock. Sin embargo, cruzaría con una dupla fundamental que dialoga su legado. Cardiff no sería Cardiff sin Michael Powell y Emeric Pressburger, y viceversa. Se convirtió en eterno colaborador, asistente de dirección y fotógrafo. Películas como “A Matter of Life and Death” (1946), “Black Narcissus” (1947) y “The Red Shoes” (1948) son pura fantasía hecha en celuloide, que nos estimulan en su precioso gusto estético. La dupla nos legó un pionero uso del color y un sentido cabal de controversia (“Peeping Tom”, 1960).

Expresionista, sofisticada y grandiosa, la obra de Powell y Pressburger nos convida, a través de su ejercicio del lenguaje, poderosas imágenes capturadas por el brillante Director de Fotografía, quien abordó cada fotograma como si de una pintura se tratara. Evaluando el peso de su huella artística, el documental se convierte en uno de visión obligatoria para todo cinéfilo: a lo largo de su metraje, personalidades de la talla de Thelma Schoonmaker, Kathleen Byron, Kim Hunter, Moira Shearer, John Mills, Lauren Bacall, Charlton Heston y Kirk Douglas, entre otros, testimonian admiración y afecto hacia esta sempiterna fuente de luz.


HITCHCOCK / TRUFFAUT (Kent Jones, 2015) / La historia aquí empezó en 1954, a través de un ensayo que sería un punto de inflexión en la historia del cine. Su autor, era un incipiente crítico de apenas 22 años de edad. Se llamaba François Truffaut. Firmando tal enfervorizado manifiesto, cuestionaba la anquilosada tradición de un cine francés con anclaje en el relato literario. De modo urgente, instaba por una «política de autores» que devuelva al director el control total sobre el producto llevado a la pantalla. Una hipótesis rupturista cuya tesis afirmaría de la obra de Alfred Hitchcock. Ningún cineasta supo, mejor que él, equilibrar arte y entretenimiento para hacer de su obra un objeto tan personal acerca de las propias obsesiones que la incentivaron. Había nacido un autor con todas las letras, revalidado ante la conservadora estima hollywoodense.

Hitchcock, inserto en el olimpo cahierista, se convirtió en leyenda dueña de su tiempo, inventando una forma de hacer suspenso. Su cosmovisión maravilló a la emergente camada de cronistas de la revista especializada más vendida de Francia. Escritores nóveles y directores autodidactas camino a dirigir sus primeros largometrajes estudiaron pormenorizadamente cada uno de sus films. Con Truffaut a la cabeza, quien conocería a su admirado Hitch en 1962. Haciendo las veces de periodista, acordó con el creador de “Vértigo” y “Psicosis” una serie de conversaciones que darían cuerpo a una entrevista que se extendería por el tiempo de una semana. Hitchock dio al autor de “Los Cuatrocientos Golpes” la lección más grande de su carrera: se había gestado uno de los libros más fundamentales en materia de cine. Mientras su magia despertó los sentidos de todos los cinéfilos que crecimos adorándolo, esta voluminosa edición (publicada en 1966) abrió un auténtico cofre de secretos acerca de la concepción del arte audiovisual.

Casi cincuenta años después, el documentalista y también crítico cinematográfico Kent Jones, resignifica el papel ocupado por Truffaut. Tramando la enésima vuelta de tuerca metalingüística, convierte en fotogramas su propia visión del libro. El resultado es un objeto de culto del séptimo arte, un relato vívido y palpitante acerca de la mirada del mundo confluyente en mentor y pupilo. Reflejo de sendas personalidades polémicas por donde se las mire, en Truffaut y Hitch se espejan dos pioneros y provocadores natos. Luminarias del calibre de Martin Scorsese, David Fincher, Kiyoshi Kurosawa, Wes Anderson y Richard Linklater dan testimonio de lo atemporal de aquel encuentro sito en un hotel de Beverly Hills, inmortalizado en la lente del fotógrafo Philippe Halsman, reconocido por retratar a célebres personajes del siglo XX.


EL ANIMAL MÁS PELIGROSO DE TODOS (2000, Kief Davidson, Ross M. Dinerstein) / ​Thomas de Quincey inmortalizó la frase, en su magnífico ensayo «El Asesinato como una forma de las Bellas Artes», editado a mediados del siglo XIX. Podría más que una simple analogía trazarse con el raid criminal perpetrado por el célebre e infame ‘Asesino del Zodíaco’, serial killer paradigma del enigma sin resolver, que aterrorizara al Estado de California, entre 1968 y 1969. Burlando a la policía y provocando a la prensa con cartas cifradas, se convirtió en un fenómeno popular, en una extraña figura de culto: cada sociedad fabrica para sí el molde de villano que mejor le place. No obstante, su prolífica saga de asesinatos sin resolver (37 víctimas fatales) se prolonga en el tiempo, excediendo las zonas aún oscuras acerca de la verdadera identidad del asesino. Un mito a la altura del jamás cazado Jack el Destripador. Múltiples hipótesis y teorías conspirativas han tomado como objeto a un epítome del criminal en fuga, poseedor de un metódico proceder y cuya impune conducta y complejo perfil psicológico fascinara a los mundos del cine y la literatura: «Zodiac» (1986), de Robert Grasymith, fue llevado al cine por David Fincher, en 2007. Tras las pistas que diluciden tan escurridizo modus operandi, cada espectador se coloca las ropas de avezado investigador privado, intentando traer algo de cordura al despiadado festival criminal que se diera lugar en la cálida costa oeste norteamericana.

¿Quién era el monstruo que se escondía tras el esbozado identikit que circulara por la portada de periódicos y noticiarios de la época? Un criminal lo suficientemente astuto e inteligente como para atraer publicidad para sí sin ser atrapado. Un ser despreciable que hizo de sus macabros actos una obra de escape. Poderoso e intangible, inauguró una nueva era para los asesinos en serie norteamericanos, en tiempo donde la tasa criminal se disparaba, las listas de víctimas se acumulaban en nombres escritos con sangre y las listas de más buscados por el FBI, a nivel nacional, sobrepasaba toda expectativa. Síntomas de una sociedad enferma de violencia y de un sistema policial inepto e ineficiente. «El animal más peligroso de todos», traspone el libro de Gary Stewart, mediante el cual se conforma como una nueva apuesta documental de cuatro partes, estrenada por FX. Probando la atemporal vigencia, el fetichista frenesí y el mórbido encanto de esta clase de sucesos, ejercita el enésimo abordaje a tan asombroso proceder, brindándonos un enfoque inédito para el más legendario de los Cold Cases. ¿La clave íntima para desentrañar el último de los interrogantes o un arrojo oportunista que bebe de las fuentes de un misterio insondable?


THE SOURCE (1999) – Chuck Workman / En el documental «The Source», el director Chuck Workman se adentra en el impacto cultural que causara la Generación Beat, y lo hace enfocándose en cuatro de sus principales protagonistas: Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William S. Burroughs y Neal Cassady. Recreaciones ficcionadas (lectura de pasajes de obras por parte de los actores Johnny Depp, John Turturro y Dennis Hopper), entrevistas, archivo televisivo y fotografías de época sirven como valioso testimonio que busca reconstruir la historia y dilucidar un legado hecho de escritura urgente. Los Beats poseyeron la firme convicción de una nueva forma de literatura.

Quizás encontremos la fuente de este auténtico apetito de insurrección en el movimiento contracultural que revolucionara a la sociedad americana de los años ’60. Nuevas formas de vivir, pensar el arte y comunicarse a través de los medios de comunicación derribaron las anquilosadas estructuras morales de un sistema cuya vida política erosionaba los propios cimientos de la nación. Era el tiempo de otorgarle una voz al pueblo, al hombre común. Allí estaba Allen Ginsberg y su gemido secular, un llanto herido y apasionado, estimulado por experiencias lisérgicas. Allí estaba William Burroughs para corroer todo paradigma de civilidad, en su ejercicio de un lenguaje crudo y rudo, elevado a la enésima expresión de lo grotesco. Allí estaba Neal Cassidy, calzándose las ropas de héroe secreto y silencio antes de abandonarse en las vías de un tren hacia ninguna parte…un explorador de la ‘prosa espontánea’ basada en su propio ‘stream of consciousness’. Allí estaba Jack Kerouac, amalgamando a su escritura las formas musicales del jazz, y en esa improvisación -en búsqueda de la total libertad autoral- encontró la esencia de una expresión emocional jamás aprisionada.

Tan enérgico estilo confluye en «El Primer Tercio», «Howl», «Junkie» o «On the Road». Desde el Greenwich Village de Nueva York a la North Beach de San Francisco. Rompiendo con los tradicionalismos, esta camada se animó a hablar de sexo, a cuestionar a la política imperante y a consumir sustancias vedadas con meros fines creativos. Haciendo de la libertad y la disidencia su bandera de cambio posible, encendió la chispa que desató una auténtica revelación. Desarraigó valores la Generación Beat en la cristalización de un sentido que anteponga la propia realización personal a las férreas estructuras de sometimiento y masificación social.


THE SALT OF THE EARTH (2014, WIM WENDERS)  / La tradición de Wim Wenders dirigiendo documentales nos lleva a conocer títulos como «Buena Vista Social Club» (1999) o «Pina» (2011). Sin embargo, quizás sea «La Sal de la Tierra» su obra más lograda. Su precisa observación sobre el grandioso archivo fotográfico del artista brasileño Sebastián Salgado nos inunda de imágenes monocromáticas que testimonian un siglo XX vertiginoso. Grandiosa, la lente nos revela con asombro cuatro décadas de apasionada labor en el fotoperiodismo. Salgado es un auténtico trotamundos que radiografía la condición humana cual perfecto etnógrafo. Capturando el aura salvaje y postergada de parajes olvidados de América del Sur, África y Europa Central, su mirada cenital se asemeja a la de un Dios pasivo que contempla la agonía humana. Wenders sabe bien como impactar nuestra conciencia. El nativo de Brasil posee la sensibilidad suficiente como para orientar su arte hacia visibilizar la violencia, el hambre y la desigualdad imperante en el tercermundismo. Sus instantáneas se compadecen de todo mal que el poder corrompido ignora. Su crudeza es materia de reflexión moral. El gusto estético de este prodigio visual ilumina el horror y nos alecciona. La noción fotográfica del carioca captura el poder dramático de la esencia humana.


MY PSYCHODELIC LOVE STORY – 2021, ERROL MORRIS / Siempre presto a indagar en las teorías conspirativas, el documentalista Errol Morris investigó un asesinato en las altas cúpulas de la CIA, con el fin de descubrir una conspiración que haría tambalear los estamentos de poder. Tal abordaje pudimos verlo en la serie de formato híbrido “Wormwood” (2017). Tiempo antes, había elucubrado acerca del papel de Robert McNamara en la historia política norteamericana en “Fog of War” (2014), obra por la que obtuviera un Premio Oscar. Estética y conceptualmente desafiante, su siempre aguda mirada posa su atención sobre el controvertido Timothy Leary, sumo pontífice del LSD y enemigo público de la Estados Unidos gobernada por el inepto Richard Nixon.

Leary, junto a su misteriosa compañera sentimental (la aristócrata Joanna Harcourt-Smith), protagonizan una historia que, en su aparente fachada de lujuria, podría convertirse en un poderoso instrumento de insurrección para los fieles seguidores de este arriesgado experimentador. Imaginen al gurú psicodélico víctima de una condenable traición moral. Primero, una breve reseña biográfica: este disidente enseñó psicología en Harvard y, en 1960, comenzó a indagar en los efectos de sustancias alucinógenas ilegales. Alteró, sintetizó y combinó componentes. Su alquimia fascinó a la generación beat y le proveyó de fértil materia creativa, desde Kerouac hasta Ginsberg. Sin reparos, desconcertó a la estirpe lisérgica rockera, comenzando por The Who en “The Seeker”.

Su vida no supo de tibiezas: aprendió sobre el cerebro y sus infinitas posibilidades mediante la ingesta de hongos sagrados, y llevó a cabo un programa de investigación, conocido como el Proyecto de Psilocibina, epicentro de polémicas. Tan fascinante personalidad es la pieza clave de un documental que, más allá de toda forma funcional al contenido, se convierte en un mosaico político, social y cultural insoslayable. Ahora, el problema de ‘la verdad’ y el absoluto control fílmico sobre su objeto de estudio. La zona gris de todo artificio argumental. Casi siempre, la realidad doblega la capacidad de sorpresa contenida en los límites de un mecanismo de ficción salpicado por el caos, la extravagancia y los viajes en ácido.


El INFIERNO DE HENRI GEORGES CLUZOT (2009, Serge Bromberg)

Una historia paralela acerca de la historia del cine podría contarse si tenemos en cuenta magnos proyectos que naufragaron antes de ver la luz. La lista es prolífica y variada. Las causas también. Películas malditas hechas de materia inflamable y funesto destino. Una de ellas es objeto de este documental: “El Infierno”, rodaje de Herni-Georges Cluzot, inacabado en 1954. La historia de este film, protagonizado por Romy Schneider, se inmiscuía en las profundas oscuridades del deseo y los celos. Un estudio sobre la posesión y la locura. Opresivo y pesimista largometraje, era la cumbre de su arte. El estudio de filmación, renuente a financiar un presupuesto astronómico, retiró el apoyo al cineasta francés. A la deriva, complicaciones técnicas y repentinos trances de salud sufridos por su intérprete principal haría colapsar la empresa. Cluzot viviría un auténtico infierno en vida.

Tal es la historia que maravilló al archivista Serge Bromberg, quien hizo de su hallazgo materia documental con el apoyo de la realizadora Ruxandra Medea. El rescate a tiempo de tan valioso material de archivo, nos muestra al maestro del suspenso atrapado en su propio laberinto creativo. Considerando la importancia de Cluzot a la honrada tradición del cine francés, resulta oportuno mencionar que su figura, en tierras galas, es equiparada a la de Alfred Hitchcock. El manejo del ritmo genérico por parte de H.G.C. nos hace dudar, francamente, quien es el discípulo y quien el maestro de la intriga, entendida bajo el peso de la ambivalencia moral. Otra línea paralela que el cine sabe relatar e interpretaremos, según de qué lado nos situemos.

Influenciado por el expresionismo alemán, gestaría una obra que arroja gemas afines al thriller policíaco más sórdido y agobiante como “El Asesino Vive en el Número 21” (1942), “El Cuervo” (1943), “El Salario del Miedo” (1953) y “Las Diabólicas” (1955). Ávido lector de novelas policiales noir, también abordó el cine documental en “El Misterio de Picasso” (1956). La película inacabada por infinidad de contratiempos permaneció inédita casi medio siglo; sin embargo, otorga una vuelta de tuerca extra a su desenlace: en 1992, la viuda de Cluzot vendió los derechos a Claude Chabrol, quien filmaría su personalísima versión, en 1994, en un film estelarizado por Emmanuelle Béart.


EDGAR ALLAN POE BURIED ALIVE, 2016 – Eric Strange

Narrado por Kathleen Turner y con el actor Dennis O’Hara interpretando al brillante escritor, este documental nos ofrece una recreación ficcionada de infrecuente hallazgo, sobre una vida marcada por la tragedia. ¿Quién fue Edgar Allan Poe? ¿Cuál de todos sus rostros puede aterrorizarnos más?

Autor de una obra prolífica, cómplice del hada maldita vestida de verde ajenjo. Opositor a toda mirada romántica y adalid de la ciudad sublevada, pareciera su funesto destino incapaz de deshacer su maldición. Su labor poética y su estilo tétrico lo han convertido en una de las plumas más leídas del siglo XX. Pionero de la novela de terror y detectivesca, su abordaje al género negro fue horripilante: habitó aquellos callejones oscuros en donde nadie se anima a adentrarse. El nativo de Boston posee un amplio cuerpo de trabajo que también alcanza el terreno de la edición periodística.

Huérfano de padre a temprana edad, fallecería prematuramente a los cuarenta años de edad. Ser huraño, especialista en indagar en rincones macabros de su mente, se aficionó por el alcohol y las apuestas. Maestro gótico, experto profanador de tumbas y fenomenal creador de atmósferas ominosas, dialogó con los fantasmas de sus féminas trágicamente desaparecidas. El creador de August Dupin y “El Cuervo” utilizaba el acto creativo como una posible tregua a su dolor espiritual. Tanto se alimentó de sus frutos artísticos, como selló con sangre su condena en vida.

Poe atravesó un sinnúmero de problemas financieros. Su despiadada labor como crítico de arte le otorgó una nueva oportunidad para ser aceptado dentro de los círculos literarios. Su producción al frente de editoriales de revista nos brinda otra perspectiva acerca de su talento. Un gran misticismo rodea a tan magna figura. Acabó sus días convertido en un espectro moribundo, preso del delirio; su muerte representa una auténtica leyenda urbana.


DARIO ARGENTO – AN AYE FOR HORROR (2000, Leon Ferguson)

Imprescindible documental para comprender el legado de un auténtico rebelde de la industria cinematográfica. Hijo del productor Salvatore Argento y padre de la actriz Asia, Dario Argento se influencia de Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Michelangelo Antonioni. Su visión fílmica se apropia de territorios oníricos que difuminan los límites entre la realidad y la ficción. Sus inicios lo vinculan a la crítica de cine y al guión de spaghetti westerns.

El autor de “El Pájaro de las Plumas de Cristal” (1971) y “Rojo Profundo” (1975) estableció las reglas del giallo italiano, subgénero inspirado en novelas que replicaban, en tierras europeas, el éxito norteamericano del pulp. Sus paradigmas narrativos abordaron el policial bajo una concepción en extremo sangrienta, sirviendo de inspiración a Brian De Palma. La mirada psicologista de este nativo de Roma adapta el giallo literario de los años ’30. Experto, reformula la máxima de Jack El Destripador (“Rojo Profundo”), las historias de hadas malignas (“Suspiria”), reverencia a Edgar Allan Poe (“Los Ojos del Diablo”) y resignifica la obra cúlmine de Gastón Leroux (“El Fantasma de la Ópera”).

Obsesivo perfeccionista visual, es un maestro de la sugestión que coloca las pistas delante de nuestra mirada. Los decorados camuflan tan ominosa realidad. ¿Despertaremos a tiempo de la pesadilla? Su abordaje al cine de suspenso provoca la participación de un espectador dispuesto a calzarse las ropas detectivescas. Sus bidimensionales villanos se visten para matar. Sus frágiles féminas se atavían para ser masacradas sin piedad. Lo violento da placer al paladar del cinéfilo afín a sus propuestas, y el asesinato es un sustento a la concepción genérica, sin reducirse a la resolución explícita.

Pionero imitado pero jamás igualado, sus escenas dantescas de crímenes son auténticas obras de arte. Los asesinatos que concibe Argento son pormenorizados ritos de iniciación. La elucubración de un thriller estéticamente dotado, se vale de la imaginativa y siempre pensante cámara de Argento para narrar atmósferas acuciantes sin caer en el cliché o la manipulación. Sus armas cinemáticas jamás traicionaron sus principios ni boicotearon las expectativas de un espectador siempre al borde la butaca.


MARIO BAVA – MAESTRO OF THE MACABRE (2000, Garry Grant)

Retrato diabólico, este documental es una invaluable semblanza de vida de uno de los artistas más preponderantes que el cine italiano haya concebido. Pionero del gótico, fundador del giallo y del slasher en su tierra natal, comenzó su carrera como fotógrafo, montajista y escenógrafo.

Sus mundos surrealistas de pesadilla nos encandilan. Bava rodó con bajo presupuesto, haciendo de la escasez de recursos su mejor aliada. Pergeñó sangrientos asesinatos y elucubró las más horripilantes aventuras criminales. Su alfabeto no dejó palabra profana por inspeccionar. Su obra ostenta guiños hitchcockianos y se embebe de atmósferas poco agradables con efectos de sonido francamente aterradores.

Una maldición parece perseguir, de modo incesante, a sus sufrientes víctimas. Es el castigo moral del sadomasoquista Bava proferido. Provocativos, sus relatos psicológicos prefiguran enigmas con eficacia. El autor de “Seis Mujeres para el Asesino” (1964) y “Operación Miedo” (1966), concibió universos espeluznantes e inquietantes. También, exploró la ciencia ficción en “Terror en el Espacio” (1965).

Modeló un abordaje al cine gótico inédito en la industria italiana. La actriz Bárbara Steele le debe su fama como la reina del grito para el género del terror.  “Bahía de Sangre” (1971) representó su cumbre sórdida de la explotación y la psicopatía. Hollywood reverencia su sádica osadía. Todo el cine de terror comercial americano, concebido desde entonces hasta hoy, se inspira en fotogramas manchados de violento rojo sangre.


F FOR FAKE (1973, ORSON WELLES)

La originalidad como concepto a la hora de hablar de arte puede proferir un juicio tan subjetivo como políticamente incorrecto. ¿Qué hace a un artista original? ¿Qué golpe de suerte hace trascender su obra en el tiempo? ¿Qué factores hacen a una obra vendible? ¿Se puede ser, de modo radical, absolutamente auténtico? El cine se ha encargado de abordar tan atractiva temática, y bajo los más variados formatos. La sátira siempre es un fiel terreno para burlarse de los códigos del arte contemporáneo. En el plano internacional, puede que no haya habido mejor acercamiento que el llevado a cabo por Orson Welles en “F for Fake” (1973). Todo un manifiesto audiovisual, tan interdisciplinario, atípico, hereje y rupturista, acerca de la delgada línea que separa lo genuino de la fuente de la que indefectiblemente bebe.

El fraude y la falsificación son moneda corriente en las vidas del émulo pintor Elmyr De Hory y su biógrafo, Clifford Irving, autor de una polémica biografía sobre Howard Hughes. Fértil materia prima para la próxima aventura cinemática, son ellos los protagonistas del film más inclasificable en la trayectoria de Orson Welles. De Hory, vendió más de mil falsificaciones de cuadros, una vez que su nombre cobrara fama gracias a la atención que le dispensara esta originalísima propuesta documental. Podía copiar a los grandes maestros del pincel con llamativa pericia. Quien se definía como un imitador de estilos, defendió su inocencia y culpó a su marchante sin jamás poder librarse de tan poco confortable status. Un artista de la simulación sin escrúpulos. Irving, por su parte, fue un escritor, investigador periodístico, novelista y biógrafo, cuyo fraudulento retrato sobre el magnate Hughes, le valiera mayor reconocimiento que su veintena de novelas editadas. No pudo escapar al dictamen de la justicia: fue sentenciado a prisión por violar derechos legales a la obra en cuestión. Al igual que De Hory, este cazador cazado se mantuvo incólume en su postura como víctima de un mayúsculo engaño.

Orson Welles se convierte en un cronista profano en tiempo real. Impactado por la noticia, acaso maravillado por el tinte de trágico culebrón que enhebraba los extraños designios profesionales de sendos creativos al filo de la ley y permeables a toda sospecha, el incorregible autor de “El Ciudadano” (1941) perfecciona un gigantesco mosaico meta cinematográfico. Una lúdica pintura que se ríe de su propia amoralidad. Un ensayo conceptual del propio arte del engaño. Welles filma su propia noche americana: el artilugio reflexiona, con ingenio y sagacidad, acerca del encanto intrínseco del arte falsificado. “F for Fake” es un espectáculo de masas que jamás devela el truco final de tan exquisito prestidigitador. Juego de espejos entre fantasía y realidad, el emérito Michel Legrand firma la portentosa banda sonora de este híbrido entre género documental y narrativa de ficción orquestados con asombroso desparpajo.

¿Cuánto hay de célebre y de infame, de valedero y de falaz, en las obras que hicieran pasar a la posteridad a sendos ejes de la polémica? Walter Benjamin se explayó acerca de la transformación del arte en la era de su reproductibilidad técnica, constituyendo una referencia insoslayable para entender una teoría del arte funcional a la formulación de demandas revolucionarias en la política del arte. Despojándola de su valor ritual tradicional y corriendo los velos sobre cada objeto analizado, el filósofo, crítico literario y ensayista versó al respecto de la ‘pérdida del aura y politización del arte’. Quizás, esta conocida sentencia pueda graficar de inmejorable manera las motivaciones estéticas y sociales que llevaron a juicio a los tristemente célebres estafadores. Si Benjamin identifica ‘el aura con la experiencia de lo irrepetible y la reproducción técnica destruye toda originalidad’, ¿cómo podemos establecer el valor de un objeto con respecto a su funcionamiento dentro de la tradición? Síntomas de un ámbito artístico desvinculado de su derecho de autonomía, el ‘contorno del sentido’ al que hace mención el autor, en sus alcances conceptuales a nivel estético-plástico, atañe a la epidermis social y política sobre la que se estructura “F for Fake”.


«AUGUST WILSON – THE GROUND IN WICH I STAND», 2015 / SAM POLLARD

El presente documental conmemora el setenta natalicio de August Wilson, una de las plumas afroamericanas más destacadas del siglo XX. Indagando en sus archivos teatrales, así como en entrevistas brindadas a lo largo de su profusa trayectoria, el realizador Sam Pollard nos sumerge en la palpitante obra de un intelecto superior. Wilson dialoga con el hombre afroamericano de su tiempo: narra un siglo de la vida al margen de la supremacía del paradigma blanco.

Coproducida por la serie American Masters (estrenada en 1986 y ganadora de un total de 28 Premios Emmy), la presente investigación rastrea las influencias, la evolución creativa, los triunfos, las luchas ideológicas y la búsqueda del determinismo cultural de Wilson. El documental trasluce la inclaudicable tenacidad de un pensador estético capaz de observar la experiencia afroamericana con total valentía y sensibilidad. Y la resonancia en sus pares: el encuentro con la génesis del autor de “Siete Guitarras”, “La Lección de Piano” y “Fences”, ha cambiado por siempre el curso de las vidas profesionales de monumentos de la interpretación afroamericana como Denzel Washington, Viola Davis, Laurence Fishburne y James Earl Jones.

El dramaturgo, ganador de un Premio Tony y un Premio Pulitzer, supo ser un joven birracial criado en la pobreza, que abandonara la escuela secundaria debido a la intimidación y los prejuicios imperantes en un tiempo menos tolerante. Autodidacta de biblioteca pública y poeta en calles de la ciudad, sus aspiraciones jamás colapsarían por autoindulgencia. Quien dejara su resplandeciente huella en el distrito Hill de Pittsburgh, bebió del deseo de igualdad que entronara el ‘black pride’, vociferado por la creciente conciencia negra de la década de 1960. Se convirtió en activista, haciendo de sus ideales el concepto, medio y fin de su cuerpo literario.

Su impacto se mide, desde la fundación del Black Horizon Theatre (Pittsburgh) y sus primeros trabajos en el Penumbra Theatre (St. Paul, Minnesota) hasta su gran oportunidad en el Eugene O’Neill Theatre Center’s. Vital resultó el encuentro con su futuro mentor, el director teatral Lloyd Richards, que lo colocara al frente de fundamentales producciones originales de Broadway. “The Ground in Wich I Stand” nos ilustra y facilita herramientas para explorar  cada tramo de su carrera, valorando el impacto cultural de Wilson a través de los temas universales que su interés altruista abordó: comunidad, identidad, diversidad, activismo, autosuficiencia y resiliencia, conforman el rasgo identitario de un pionero.


JODOROWSKY’S DUNE (ALEJANDRO JODOROWSKY, 2013)

Un trotamundos: Alejandro Jodorovsky emigró de Chile a la edad de veinticuatro años, afincándose primero en París, luego en México y New York. Artista todoterreno, escritor, poeta, psicólogo y gurú espiritual. No existe campo de la cultura, la creatividad y el saber que el chileno naturalizado francés no haya explorado. Ensayista, actor de cine, director de teatro, compositor musical y titiritero. Jodorovsky aportó su noción experimental al cine de vanguardia, con ejemplares impares como “El Topo” (1970) y “La Montaña Sagrada” (1973). Pionero fundador del movimiento contracultural “Pánico” (1962), sus imágenes surrealistas hibridan la violencia y el tenor onírico de una mirada del mundo abstracta y alucinada, atravesada por la magia de lo ancestral y lo espiritual.

Uno de sus más personales proyectos resultó llevar a la gran pantalla la fenomenal obra de ciencia ficción «Dune» (1965), de Frank Herbert, prolífico fotógrafo y periodista que construiría una auténtica cosmogonía alrededor de las cinco secuelas que componen el inclasificable universo desértico. Una pieza literaria destinada a convertirse en un clásico de culto. El proyecto frustrado el director y artista multidisciplinar adosa el profuso legado de aquellas películas míticas que jamás llegaron a rodarse. Un film gigantesco, inaudito. Idénticas fueron las proporciones de la desilusión al frustrarse tan quimérica empresa, que soñaba con Mick Jagger, Salvador Dalí y Orson Welles para su elenco. El propio Dalí presento a Jodorowsky al artista y diseñador H. R. Giger, un especialista en arquitectura y diseño de interiores, quien, a la postre, crearía una serie de escenarios para “Alien” (1979), de Ridley Scott.

Pink Floyd y Magma compondrían la banda sonora de tan colosal obra. Jodorovsky buscaba registrar, al menos, diez horas de metraje. Solo así haría justicia a la voluminosa novela. Un sueño relatado con poderes telequinéticos, una película maldita que no asemeja a ninguna otra que porte tan selecto mote. Cancelada luego de dos años de preproducción, la historia más grande contada sería recapitulada por su creador, en el documental «Jodorovsky’s Dune», estrenado en 2013. Sin embargo, su leyenda se había inscripto tiempo antes: los productores del film, Arthur P. Jacobs y Michel Seydoux, vendieron los derechos de la novela al incorregible David Lynch. “Duna” habría de encontrar su consabida revancha en celuloide.


THE AGONY AND THE ECSTASY OF PHIL SPECTOR, 2009 – VIKRAM JAYANTI

Vivió una vida solitaria. En su enorme mansión, las paredes no podían abrazarlo. Se rodeó de objetos de interés, entre ellos, una colección de armas que auguraban un trágico desenlace. Su vida fue grandiosa, operística. Su final escandaloso y anunciado. Allí esta el creador del emblemático ‘muro de sonido’, fórmula de grabación redituable para bandas de pop y rock. Spector selló su marca clásica de sonido denso y reverberado. Especialista en el uso de la sala de eco y los arreglos instrumentales de orquesta, allí está la mente productora de algunos de los discos más fundamentales del siglo XX, como gran parte de la trayectoria solista de John Lennon hacia los años ‘70. Autodefinió su estilo como rock wagneriano, oponiéndose al sonido estéreo. Prefería el sencillo al LP, otorgando nueva perspectiva al sentido comercial de la música. Spector, visionario, es también una mente atribulada, que acabó sus días condenado a prisión perpetua por el asesinato de la actriz Lana Clarkson. El presente documental sazona la mirada biográfica con la pesquisa policial. Fruto de tres horas de conversación, Vikram Jayanti ofrece una impiadosa radiografía sorbe el legendario y controvertido cerebro musical. Culpable de crimen, castigado por su propia megalomanía. Víctima de sus delirios de grandeza. Recluso del ojo de la prensa, diversas conjeturas se tejen sobre su vida privada. Un creador de estrellas con un oscuro pasado. Su vida y obra no es ajena al ámbito cinematográfico: David Mamet dirigió la biopic epónima en 2013, con el proverbial Al Pacino en la piel del excéntrico músico.


ROGER ROSS WILLIAMS – THE APOLLO, 2009

Tomando su nombre del dios griego que define en total equilibrio el sentido poético de la belleza, el Teatro Apolo cobra vida cinematográfica en este imprescindible documental producido por HBO. Construido en 1914, el recinto fue gestionado por familias judías hasta inicios de la Segunda Guerra Mundial, cuando abre sus puertas para la comunidad afrodescendiente. Fértil usina cultural e influyente alma y corazón de Harlem, redefinió un área segregada del Upper Manhatan. Ubicado en la calle 125th, noches inolvidables testimoniaron el ascenso de figuras claves, desde la performance musical de géneros como el jazz, el blues, el soul y el R&B. Simbólico templo, fue privilegiado testigo del debut sobre las tablas de una estirpe de ilustres intérpretes. El realizador Roger Ross Williams echa mano a un material de archivo vibrante; un túnel del tiempo hacia el palpitante corazón artístico de la América Negra.

Allí está Charlie Parker, legendario saxofonista, figura primaria en la evolución del jazz y pionero del bebop. Creador de nuevas variaciones cromáticas y genio díscolo consumido por las adicciones, tempranamente desaparecido. También Muddy Waters, nativo del Delta del Mississippi, precursor del slide, padre del Chicago Blues e inspirador de la escena británica. No habría B.B. King sin Muddy. Monumentos del rock como The Rolling Stones y Led Zeppelin han reconocido su paternal influencia. Hace su aparición James Brown, progenitor del funk, padrino del soul, eléctrico cantante, por sus venas corría R&B. Artista torturado por controversial vida doméstica. Admirador de Little Richard, bailarín frenético, pulsaciones de afrobeat y alma de cántico gospel. No puede faltar Marvin Gaye, productor y cantante. Influencia de sonido típico de Motown, príncipe del soul, pilar setentista e inmaculado intérprete. Artista influyente fenómeno de ventas, falleció en circunstancias extrañas luego de una violenta discusión con su progenitor. La galería se engrandece con Jackson Five, bautismo triunfal en la escena musical para el impar Michael Jackson. Hermandad proveniente de Indiana. Habilidades histriónicas, eximio sentido del ritmo, precisión performática, gestores de precoz furor discográfico. New York no sería la misma sin Duke Ellington, pianista, compositor y líder de big band, durante cinco decenios. Sus partituras se cuentan de a miles. Portento intelectual y cultural, es el primer afroamericano retratado en el reverso de una moneda estadounidense.

Este homenaje a Apollo Theathre es el perfecto curtain call de un escenario iluminado por estrellas resplandecientes, cuna gestora de leyendas inmortales.


JOHN MUSILLI / GOING WHERE I’VE NEVER BEEN: THE PHOTOGRAPHT OF DIANE ARBUS, 1972

Su obra posee un carácter homogéneo: la visión del mundo de Diane Arbus escudriñó seres de extravagante esencia. Nativa de New York, retrató la excentricidad como nadie; la normalidad fue un factor que jamás encontró consonancia bajo su concepción de belleza. Cronista del espanto y siempre sujeta al escarnio moral, las calles de su ciudad resultaron un territorio fértil para la exploración.  Su mórbida fijación añadió combustible a sus demonios internos. Su arte, auténtico descenso a los infiernos de aquello abominable de representar, acabó por consumirse demasiado pronto. escenario. Arbus se suicidó en su apartamento, a la edad de cuarenta y ocho años. Su obra fotográfica ha sido material de estudio insoslayable, tal y como lo demuestra este cortometraje documental de John Musilli, valioso canal de acceso a un cerebro creativo tan inquietante como incomprendido. La retrospectiva ejercita un diario de vida retratado por su entorno íntimo y recreado en cuantioso archivo visual, acaso un intento en vano por dimensionar el mito. Su registro fotográfico es un micro universo sórdido que se precia de escandalizar; contemplar su obra jamás nos brindará ninguna clase de sosiego. Sus anómalas criaturas capturadas despiertan curiosidad a los ojos de una tibia sociedad, siempre dispuesta a etiquetar y desprestigiar a aquel fenómeno freak que fue para Arbus su misión de vida. Con habilidad quirúrgica, la lente de la artista indagó en el despedazado espejo interior de unos seres retorcidos.


THE PAINTING LIFE OF VINCENT VAN GOGH – 2008 – PAUL MOJLIN

Un documental único que recopila la agitada cronología del fenómeno holandés. Un viaje geográfico que reconstruye el sinuoso itinerario de uno de los artistas más fascinantes y misteriosos del siglo XIX. Técnicas de digitalización moderna se apropian de la sensibilidad de Vincent Van Gogh, trayendo al presente una nueva perspectiva a sus pinturas. El realizador Paul Molijn abreva en los universos de singular belleza tramados por tan auténtico rupturista, maestro del retrato y la acuarela, hábil dibujante. Nos subyuga en Van Gogh el enigma que enciende su improvisación creativa. Atado a su dolor, al vuelo de la vida derribado, el velo descubierto erige un nuevo prototipo desde las ruinas de su propio ser. Extraño fluye el tiempo, mensurando su nula trascendencia en vida y en absoluto liviana transcurre una obra condensada en apenas diez años de trayectoria artística, durante su estadía como misionero en una remota localidad belga, período resultante en una ferviente actividad.

El nativo de Zundert fue un encomiable vehículo de torbellino inconsciente, dueño de una energía y una fuerza vital azotada por aquellos fantasmas que nublaron su razón. Uno podría realizar un estudio pormenorizado en su uso del color para expresar sentimientos y vibraciones introspectivas. En sus cuadros encontramos tonos brillantes irradiados sobre matices sombríos contrastados, podemos comprobar la encantadora vigencia de “La Noche Estrellada”, “Los Girasoles” y “Cuervos Sobrevolando Trigales”. La de Vincent fue un alma esplendorosa camuflada bajo infinitos pesares; inmerso en el pantano de la desesperación, su demente quimera diagramó frisos de palpitante trama con prolífica capacidad. De su corazón herido brotó oscuridad que encegueció a todo mero mortal, y la delicadeza de sus convenciones post-impresionistas alimentaron el contrasentido de no encontrar otra forma de ser sino creando; acaso la paradoja que hace a la esencia de todo artista inconformista y rebelde. Genio maldito que reveló su inquietante mundo cotidiano, artista que transformó incesantemente camino a la autoextinción. Transcribiendo en espacios de tela el poder melancólico de su cosmovisión, Van Gogh -eterno objeto de biopics y retrospectivas cinematográficas- nos enseñó que existe una nueva realidad plástica sin realidad concreta fuera de sí.


CÉZANNE: RETRATOS DE UNA VIDA (2018) – PHIL GRABSKY

Phil Grabsky dirige este documental, directamente basado desde la muestra inmersiva homónima exhibida en el Museo de Orsay, en París. Afortunadamente, cada artista conserva un lado oculto de su obra que descubre una enésima y fascinante faceta. No es la excepción Paul Cézanne, padre de la pintura moderna. Su correspondencia personal va tramando una gran radiografía del pintor impresionista. Incansable investigador de las estructuras, el color y la geometría, Cézanne buscó las formas de representación más naturales posibles. El tenor de su obra nos lega un compromiso inquebrantable, en igual medida que una palabra surge con inusitada fuerza. El caos que conlleva tan singular poder, entendido como cambio permanente; acaso un orden bien interpretado. Podría comprenderse el legado pictórico de este fenomenal experimentador como ritmos, líneas y motivos que forman una sólida organicidad. Una unidad de procesos ausente en la vida cotidiana, es aquel instante a mano alzada reproducido en permanente transformación, el que da sentido a una existencia. El motor y el deseo creativo inextinguibles comparten en Cézanne un lugar común, de firme convicción. Ignorado en vida y trabajando en silencio, aislado de sus pares, solo pudo exponer al público de modo ocasional. Reconocerse como un personaje verdugo y víctima a la vez, puede llegar a implicar tan duro precio a pagar por crear de modo incesante.


DAVID HOCKNEY EN LA ROYAL ACADEMY OF ARTS (2018) – PHIL GRABSKY

Phil Grabsky repite tras de cámaras para “Exhibitions on Screen”. Uno de los artistas vivos más admirados y respetados del arte británico se convierte en el hilo conductor del presente documental. David Hockney, denominado pintor pop, expuso en la Royal Academy of Arts, durante los años 2012 y 2016. A sus ochenta años de edad, su volumen de trabajo continúa siendo un fenómeno que congrega multitudes. Su técnica es tránsito e imbricación, su lenguaje concibe la hibridación. Hockney captura distintas instancias de la belleza, un elixir para la eterna juventud. Núcleo de un testimonio cultural inapelable y dispositivos en incesante retroalimentación: el nativo de Bradford es también proyectista, escenógrafo y fotógrafo. El registro audiovisual nos lega, en ferviente composición, el resplandor de una vida entregada al oficio que deposita sobre nosotros la siguiente pregunta: ¿se adapta la obra al artista o viceversa? Retrato sensible de un legado y tiempo detenido bajo la polaroid de Andy Warhol, Hockney se inspira en la estética cotidiana y en los bienes de consumo cultural masivo para construir un eterno y mayestático work in progress. Bien lo sabe el artista, la obra nunca está terminada y un camino creativo no conoce de líneas rectas. Una poética del riesgo, jamás desprovista de escollos, ilustra el rostro de un descarado ícono avant-garde. Referente del arte contemporáneo, a la altura de la maestría abstracta , iridiscente e íntima de Jackson Pollock, de la monumental y conflictiva cosmovisión de Kerry James Marshall, y de la deslumbrante vista neo expresionista de Jean-Michel Basquiat. Su mirada multicromática y vibrante utilizó la sinestesia como motor y herramienta creativa.


PABLO PICASSO: EL MISTERIO DE PICASSO, 1955 – HENRI-GEORGES CLOUZOT

El emérito director galo, maestro del suspenso gracias a films como “El Cuervo” (1943), “El Asesino Vive Arriba” (1947), “El Salario del Miedo” (1953) y “Las Diabólicas” (1955), elige un territorio de expresión diametralmente opuesto: el cine documental. Bajo tales coordenadas, se decide a filmar, en plano secuencia y con cámara fija, al artista Pablo Picasso durante su acto creativo. Ventana planetaria a la cosmovisión de un artista impar. Observamos una obra mayúscula gestarse. Sin embargo, no se nos concede ver a quien empuña el pincel. ¿Realmente hacía falta? Tras la silueta alucinada, se esconde quien fijara un nuevo estándar para las artes plásticas contemporáneas. Tan original muestrario fue galardonado en el Festival de Cannes de 1956.

El pintor malagueño, quien bautizara la inflexión vanguardista cubista hacia 1908, indaga en el uso de colores, también de lápiz y carbones, de tal manera que deconstruye el abordaje clásico. Las texturas del film se amoldan a las decisiones estéticas de Picasso, y allí está el vital cineasta francés, adentrándose en los designios de su mente. Henri-Georges Clouzot elige un seguimiento didáctico hacia la magna figura del creador del “Guernica”; contemplamos el work in progress de un artista tan ecléctico como comprometido políticamente. Mágicamente, el lienzo se nos revela sobre la gran pantalla. Multifacético y estudioso del arte abstracto, Picasso, padre del cubismo junto a Georges Bracque, viró más tarde hacia el surrealismo, abordó el dibujo, el grabado, la ilustración de libros, la escultura, la cerámica y el diseño de escenografía y vestuario para montajes teatrales.


SALVADOR DALÍ: EN BUSCA DE LA INMORTALIDAD / DAVID PUJOL, 2018

La provocativa obra de Salvador Dalí cobra vida en este imprescindible documental. Adquiere magnitud la mirada de Gala, quien fuera su incondicional musa y colaboradora, antes compañera sentimental del poeta dadaísta Paul Éluard. Sesenta años de estudio convergen en el presente metraje, trayéndonos el legado duradero de quien supiera elevar a la enésima potencia la excentricidad de su locura. Una naturaleza artística más allá de toda concepción realista. La ambigüedad fue el territorio preferido para su expresión. Exponente surrealista, no cesó en su interés de indagar en los sentidos del subconsciente. Bajo su impronta, el impulso irracional derribó toda lógica, en búsqueda de la construcción de una súper realidad. Expulsado de la escuela vanguardista en 1934, debido a sus inclinaciones políticas, este pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor de silueta inmortal, es abordado bajo la lente de David Pujol, así como por el minucioso análisis de media docena de narradores que intercalan sus voces en off. Dalí no cesó en estimular el pensamiento automático, conformando impactantes y oníricas imágenes. Sus habilidades pictóricas se suelen atribuir a la influencia y admiración por el arte renacentista. También fue un experto dibujante a quien Alfred Hitchcock contactara en 1945, para crear la freudiana escenografía de “Spellbound”.

Colección atesorada que revisa la propia historia del hombre. Prestigio por exhibir lo poseído. Cámara de maravilla o exploración del conocimiento del mundo que clasifica y sistematiza. Fascinación por la recopilación artística, despojada de la etiqueta vicaria que ejerce su esnobista poderío.


ESCULTURAS

FORMAS UNICAS DE CONTINUIDAD EN EL ESPACIO (Umberto Boccioni, 1913) / Umberto Boccioni, pintor y escultor italiano, es uno de los principales exponentes del futurismo italiano, cuyo ideólogo principal fuera Filippo Tommaso Marinetti, escritor, dramaturgo y poeta renovador de las formas expresiva. En tal sentido, el dinamismo de las formas y la descripción abstracta de la velocidad y el movimiento fueron el principal enfoque de este movimiento. Versátil artista, igualmente efectivo en varias disciplinas, fue también un teórico que rubricara manifiestos.

Hubo una etapa de la carrera de Boccioni en donde las figuras musculosas y enérgicas se convirtieron en una obsesión. Bajo su mirada, el dinamismo expresaba su valor de fuerza en la distorsión. La presente escultura, quizás, represente su paradigma experimental. Cinco versiones se conocen de ella, una realizada en escayola, producto industrial que se obtiene del yeso natural, compuesto principalmente de sulfato cálcico. La escultura original en yeso precedió a futuros modelos en bronce: curiosamente, el autor jamás podría observar la fundición, falleciendo en 1916.                                                                         

En “Formas Únicas de Continuidad en el Espacio”, las fuerzas humanas y mecánicas pugnan; los rasgos anatómicos parecieran difuminarse y los elementos sintetizarse. El movimiento otorga dinamismo y multiplicidad a la mirada, influenciada claramente por el cubismo. Abolida la tradición, desarrolla la periferia. El punto de vista adquiere aquí un rol primordial, contrastando líneas y curvas, luces y sombras, el creador interpela la mirada de todo consumidor de arte.


EL RAPTO DE LAS SABINAS (1574/1582, Jean de Boulogne) / Jean de Boulogne, nativo de la región flamenca de Douay y también conocido como Giambologna, fue considerado un virtuoso maestro en su estilo. Fue contratado por el Papa Pío IV y luego por la familia Médici, quien lo convirtió en escultor de la corte para su propia colección privada. Uno de sus trabajos más emblemáticos fue realizado como encargo para ser emplazada en la Plaza de la Señoría de Florencia. Grandes dimensiones talladas en un bloque de mármol nos representan la escena mitológica del rapto romano de las mujeres sabinas.

La historia del secuestro perpetrado rompe con los tradicionalismos para mostrarnos una realidad que oprime al género femenino, llevándonos directamente hacia la Roma antigua, inserta en un tiempo patriarcal y convulso. La verticalidad, la tridimensionalidad y la línea serpentinata son tres características que nos anuncian que estamos frente a una composición manierista, perteneciente a la última etapa del Renacimiento italiano, hacia la finalización del XVI. El manierismo rompía con los ideales clasicistas escenificando este acto tribal. Su paradigma expresivo anticipaba al barroco, distorsionando las geometrías. Aquí los cuerpos se retuercen y la angustia física refleja el desequilibrio psicológico.


EL BESO (1889, AUGUSTE RODIN) / En 1880, en París, se construye el Museo de Artes Decorativas (dedicado a las artes aplicadas o menores), y en conmemoración se le encarga al escultor hijo pródigo de la ciudad, un diseño al que entregará su más íntima visión personal. Inspirado por «La Divina Comedia» de Dante, también por “Las Flores del Mal”, de Charles Baudelaire y por “Metamorfosis”, del poeta Ovidio, concebirá “El Beso”. Apareció, por vez primera, en el costado inferior derecho de la tercera maqueta del voluptuoso grupo escultórico monumental llamado “Las Puertas del Infierno”. Una magna obra creada en colaboración con su antigua discípula, luego musa y compañera sentimental, la escultora francesa Camille Claudel.

Estamos ante una de las esculturas más reconocidas de Auguste Rodin, a la altura de otra obra cabal de su autoría como «El Pensador». Las figuras pergeñadas por Rodin enardecen las pasiones de todo aquel antihéroe maldito, quien, indigno de su tiempo, acaba expulsado al infierno. Contemplar “El Beso” nos provoca una latente sensación de sensualidad y romance. Su intención grafica el epítome del amor carnal con trágico desenlace. Elaborado en mármol y asentado en piedra, esta representación de cuerpos esbeltos y flexibles es un ícono del enamoramiento universal. La construcción atlética y las poses adoptadas por sus protagonistas nos lleva a la Grecia antropocentrista clásica. Apenas podemos distinguir los rostros de estos cuerpos entrelazados, mientras elaboramos nuevas lecturas de un amor fatídico. La lujuria los hace olvidar, por un instante al menos, de aquel funesto destino.


LA VENUS DE MILO – Alejandro de Antioquía / s 130 a. C. y 100 a. C. / Enterrada en un nicho de pared, Venus de Milo fue encontrada en las ruinas de la isla griega que le otorga el nombre. Su mutilación mitológica fue inmortalizada durante el alumbramiento del siglo XX, lapso cronológico donde conquistaría la cultura pop. A su descubrimiento, la escultura de piedra estaba dividida en dos piezas principales: la parte superior del torso y las piernas. A su alrededor, fueron hallados varios fragmentos escultóricos restantes, incluidos un brazo, una mano y un pedestal inscrito en referencia a su creador, Alejandro de Antioquía, escultor helenístico y artista por encargo. Antiguamente, fue atribuida a Praxíteles. Según la mirada experta, esta obra representa a la diosa mitológica griega Afrodita y a la historia del Juicio de París, si bien podría ser alternativamente la diosa del mar Anfitrite, a quien adoraban en la isla de Milo en ese momento.

La Venus de Milo fue elogiada por la crítica de arte, de modo incesante, como uno de los grandes tesoros del arte griego:  el epítome de la belleza engendrado en un cuerpo simétrico, elegante y calmo. Es el símbolo de la fertilidad femenina, gracias a su notable fusión de grandeza y estética. Semidesnuda e inclinada, distribuye el peso realista como seño distintivo griego. Parcialmente cubierta por un manto, su imagen reproduce insondables misterios que perduran inalterables en el tiempo. Se encuentra en el Museo del Louvre, y su contemplación capta la atención de continuos visitantes. Allí ha permanecido desde su descubrimiento (en 1820), salvo excepciones a causa de razones de seguridad o mantenimiento.


GROWTH / 1938 – JEAN ARP  / Jean Arp estudió arte en París, Munich y Weimar, aspecto que le brindó una aproximación cultural universal. En 1914, estallaba la Primera Guerra y su trabajo llegaba a ojos de Wassily Kandinsky y Henri Matisse. En un mundo pronto a ser aniquilado, una lógica confusa pretendía rescatarnos de la extinción total. Así nació el revolucionario Dadaísmo. Este movimiento artístico y literario, creado por Tristan Tzara en 1916, resultó un eslabón fundamental dentro de la oleada vanguardista que marcara un antes y un después en la historia del arte del siglo XX. El distanciamiento de los tradicionalismos propulsaba la liberación de la fantasía. La ruptura que cuestionaba todo modo de expresión conservador. Bajo dicha óptica se insertaron sus ideas, antes de asociarse al grupo «Abstraction-Création» y al periódico «Transition». Vital poeta y lúdico ensayista, su obra fue reverenciada por André Breton. Influyente artista conceptual, trabajó el movimiento de las formas y el elemento del azar como instrumento creativo. En las misteriosas profundidades del inconsciente, su obra halló fértiles respuestas.  Su escultura en bronce «Growth» se nos presenta como una forma abstracta en metamorfosis. El artista rechaza los valores corrompidos de la vida moderna europea. Perteneciente a una etapa en particular radical, los postulados de Arp prefieren el retorno a la naturalidad, la pureza, la sensualidad y los métodos de inspiración que el espíritu bélico había socavado. 


SOLDADOS DE TERRACOTA, Dinastía Qin, Qin Shi Huang, en 210-209 a. C. / El antiguo ejército de terracota constituyó uno de los descubrimientos arqueológicos más asombrosos del siglo XX. La conservación milagrosa de milenarias estatuas, posibilitada por las condiciones climáticas del lugar, no cesó en maravillar al mundo de la ciencia. Más de ocho mil ejemplares enterrados bajo tierra fueron encontrados, a treinta tres kilómetros de la ciudad china de Xián, extremo oriental de la Ruta de Seda. Se trataba de figuras a tamaño real, que reproducían un gran batallón de guerreros ancestrales, cuya misión era proteger al primer emperador de la China unificada, Qin Shi Huang.

Materia de estudio para expertos historiadores, un misterio insondable encendía interrogantes que exceden la dimensión del plano físico. Un hallazgo casual, en 1974, descubrió la silueta de hombres de mayor altura y envergadura, elegidos para la misión militar. Miles de ellos, cuidadosamente dispuestos. Estas figuras fueron pintadas con pigmentos vivos y llamativos, trabajadas en terracota, un material en base a arcilla horneada. Cada estatua es singularísima en su concepción. Artesanalmente, una a una, reproduce armas, vestimentas y rasgos faciales con prodigiosa exactitud. No se replican, se multiplican.

Estas piezas mitológicas nos ilustran acerca del ingenio y el desarrollo que las antiguas sociedades orientales poseían. La aparición de restos de cromo brinda pistas acerca de su perfecto estado de mantenimiento. Miles de hipótesis se trazan acerca de la artesanía humana al servicio de semejante labor. Desde el año 1987 están considerados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. A su excavación, fueron depositadas en un hangar en ruinas, llamado Museo del Ejército de Guerreros.


LOLA MORA / LA FUENTE DE LAS NEREIDAS – 1903 / Nacida en Tucumán, en 1867, Dolores Mora se interesó por el dibujo y la música. Hija de padres pudientes, comenzó a retratar a la aristocracia tucumana. Prosiguió con sus estudios artísticos en Roma. Fue apoyada por el expresidente argentino Julio A. Roca, jugando un papel destacado en su carrera como artista. Por aquel entonces, la Intendencia de Buenos Aires le encarga la construcción de una fuente a emplazarse frente a la Casa de Gobierno, de cara al centenario de la Independencia. La obra es inaugura en 1903, representando el nacimiento de la Diosa Venus. “La Fuente de las Nereidas” es su obra cumbre. De proporciones majestuosas, divinidades del mar reproducidas en mármol macizo de carrara serían objeto de polémicas a causa de su emplazamiento.

No era habitual para una mujer de su época hacerse camino en medio de un ámbito cultural patriarcal. Sin embargo, allí estaba Lola, pugnando por el respeto a la libertad de expresión y dejando, con su inconfundible sello artístico, visionaria presencia en una ciudad en plena transformación. La escultora soñaba con crear monumentos que repliquen la antigua grandilocuencia romana. No obstante fuera convocada para la conmemoración de la Revolución de Mayo, cierto sector conservador de la era desconocería su mérito y calidad. No estaban preparados para su osadía. El mismo poder que la había contratado, ahora la acallaba de la forma más repudiable. Su leyenda nos remite a una provocadora, habitante de un tiempo que no supo hacerle justicia.


1877, EDAD DE BRONCE, AUGUSTE RODIN

De Fidias a Policleto; de Camille Claudel a Donatello. Algunos principales exponentes de la historia del arte han trabajado el método de esculpir el bronce a la cera perdida, una práctica que data desde el siglo IV A.C. En absoluto novedoso, los escultores de la África Occidental llevaban utilizándolo siglos, incluso antes de la exploración portuguesa del 1480. Quizás pueda rastrearse su primera implementación en la antigüedad grecorromana, para luego diversificarse por todo el globo.

La gran resistencia que este material posee a la tracción posibilitó la creación de “La Edad de Bronce”, obra de Auguste Rodin. Un elemento de aleación como el cobre posee un punto de fusión menor, aspecto por el cual facilitaba su utilización líquida a la hora de llenar un molde. Allí estaba el maestro para consumar el acto alquímico: la habilidad en la manipulación de la arcilla, los conocimientos metalúrgicos y cierto grado de anticipación a los cambios térmicos, convirtieron a Rodin en un experto de la técnica. Este influyente artista, en el vértice de dos siglos, había dedicado años al trabajo como escultor ornamental antes de adquirir fama y escándalo internacional, en iguales proporciones. Padre de la escultura moderna, su propia cosmogonía es llevada a la práctica con sensibilidad y sencillez. Innovó abandonando la idealizada figura academicista y fue considerado una suerte de Miguel Ángel contemporáneo.

La personalidad de los cuerpos en acción, bajo la mirada de Rodin, evocaba la vida real y se alejaba del retrato de dioses en perfecta armonía anatómica. Aquí, el joven y heroico soldado August Ney cobra vida en tan emblemática escultura. La polémica se suscitó cuando su método de observación fue puesto en duda, una vez exhibid la obra, hacia 1877. ¿Había copiado el molde o la reproducción era producto de la más detallista observación? Conocida también como “El Vencido” o “El Despertar de la Humanidad”, puede contemplarse hoy expuesta en la Galería  Nacional de Arte Moderno de Roma.


DETALLE DE LA FUENTE DE LOS CUATRO RIOS, 1650, GIAN LORENZO BERNINI                                                                               

Lorenzo Ghiberti, Alessandro Algardi, Aristide Maillol, Luca Della Robbia; todos estos nombres propios convergen como exponentes de un proverbial uso de la arcilla como el material escultórico más utilizado de todos los tiempos. La principal aportación de Gian Lorenzo Bernini, hacia 1650 y en plena transición entre el manierismo y el barroco, llega con este detalle de modelo para el Río de la Plata, perteneciente a la “Fuente de los Cuatro Ríos”, ubicada en la romana Piazza Navona, y creada por encargo del entonces Papa Inocencio X.

Bernini modeló las bondades de la arcilla, como opción alternativa más económica al bronce y al mármol, a la hora de hacer bocetos preliminares de futuras obras. Si bien la utilización del endurecimiento de la arcilla, a través del fuego, databa de más de 30.000 años, el arte de esculpir se convertiría en materia de estudio obligatoria para las principales Academias de Arte que proliferaban en Europa por aquel entonces. Por su parte, la práctica de ‘trabajo a pedido’ de los mandatarios provenía de la antigüedad grecorromana. La obra representa a los cuatro dioses para igual cantidad de ríos y continentes conocidos a la fecha: el Nilo en África, el Ganges en Asia, el Río de La Plata en Sudamérica y el Danubio en Europa.


LA PIEDAD, MIGUEL ÁNGEL, 1498-1499                                                   

En la Basílica de San Pedro, del Vaticano, puede contemplarse esta maravillosa obra en mármol, autoría de Miguel Ángel, responsable de monumentos artísticos como “David” y “El Juicio Final”. Artista admirado, pero jamás igualado, fue un prolífico arquitecto, pintor, escultor y poeta. Discípulo de Doménico Ghirlandaio, fue protegido bajo la tutela de la Familia Médici. En su Academia estudió las eméritas obras de los escultores de la Antigüedad grecorromana, maestros en el uso del mármol. Encontró en este material, la suavidad, la traslucidez y la durabilidad necesaria para la realista representación de la figura humana. Su uso data de más de 3.000 años, y artistas de las más diversas procedencias lo han aplicado. Sin embargo, Miguel Ángel llevó la experiencia más allá: descubrió el sentido oculto de la piedra tallada y transmitió con total plasticidad apasionados sentimientos.

Virtuoso de la grandeza imponente y encarnación en vida de la divinidad artística, combinó pericia técnica, dominio emotivo y una poderosa concepción del realismo. Su representación de uno de los ‘Siete Dolores de la Virgen María’ tiene una fuerte consonancia religiosa, afín al encargo de la presente obra, al fallecimiento de un notable cardenal. Este enorme bloque de mármol de Carrara tallado nos asombra por su proporción, tanto como por la percepción de una escena que sucede a la Crucifixión de Cristo. Las ropas parecen cobijar al inerte cuerpo, mientras la mirada apacible de María causa cierto sosiego. Dos años de arduo y detallista labor demandó al artista representar sendos cuerpos gráciles. La gestualidad que acepta la inevitable mortalidad.


LA PEQUEÑA BAILARINA, 1878-1881, EDGAR DEGAS

El sentido de lo artificial en la historia del arte, es algo acerca de lo cual podemos teorizar conceptualizando la obra de Edgar Degas, Pablo Picasso, Georges Bracque y Marcel Duchamp, entre otros. La incorporación de elementos manufacturados se percibe especialmente en Degas, y su invención “La Pequeña Bailarina”, la cual lo convierte en un precursor del montaje artístico. Casi sin pretenderlo, crea una intervención tridimensional de objetos superpuestos. Un total de tres años demandaron la creación de este peculiar ejercicio, hecho de cera de abeja pigmentada, armazón metálico, cuerdas, lazos de seda, pinceladas de pintura, cabello humano, algodón, zapatillas de lino en miniatura y base de madera. Punto de partida para que diversos artistas crearan objetos desde el absurdo como método de protesta.

Pionero de la corriente minimalista, los artistas conceptuales y el performance art, Degas fue un especialista en usar materiales industriales con gran sentido de innovación. Las corrientes futuristas, dadaístas y surrealistas llevarían estos preceptos a obras concebidas bajo el concepto ‘collage’, inédito por entonces. Nótese aquí que la incorporación de técnicas y elementos no tradicionales al proceso escultórico rompe con las reglas tradicionales clasicistas.

Una estudiante afroamericana de la Ópera del Ballet de París da vida a esta transgresora puesta en práctica: un modelo en cera de una figura desnuda, a la  que luego el artista se dispone a vestir y ataviar. Una nueva era en la historia del arte comienza a aceptar otro realismo como posible. Una mera cuestión de perspectiva. Actualmente, la escultura se exhibe en el National Gallery Art de la ciudad de Washington.


APOLO Y DAFNE, 1622-1625, GIAN LORENZO BERNINI                                                             

En la Galería Borghese de Roma, podemos contemplar los casi dos metros y medio de altura de esta escultura obra del autor de “El Rapto de Proserpina” y “Éxtasis de Santa Teresa”. El nombre de la galería proviene del cardenal Scipione Borghese, quien encargara al artista renacentista una de sus, a la postre, obras cúlmine. Gian Lorenzo Bernini fue un excepcional arquitecto, pintor y escultor, devoto católico y padre del barroco. En sus manos, los rostros de Apolo y Dafne expresan grandeza y teatralidad en idénticas proporciones. Desafiante, el artista traslada a sus figuras una concepción del realismo que distaba del tradicional clasicismo de la época. No pareciera frío y duro mármol el que moldea, sino viva carne humana.

Bernini transmite energía emocional y psicologismo, convirtiéndose en un emblema del manierismo tardío. El virtuosismo técnico del artista traslada a la obra el aspecto mitológico planteado por Ovidio en su “Metamorfósis”. La conversión arbórea de Dafne (hija del Dios Peneo) destruye la belleza haciendo realidad sus suplicas, y el acto persecutorio de un Apolo (Dios de la luz y la poesía) consumido por el deseo, aporta temáticas de ritualidad pagana que debían ajustarse a cierta moralidad religiosa. El mensaje indica que todo aquel que pretenda la búsqueda del amor fugaz y placentero, solo obtendrá amargura y    hojas secas. Presa del pánico, la transformación de Dafne rompe el corazón de Apolo, luego diana de la flecha de Cupido. Se consuma la leyenda que concede al árbol la eterna juventud.


LAOOCONTE Y SUS HIJOS, SIGLO I D.C., Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas

El artista de este tiempo histórico es considerado un simple artesano, y en ocasiones no se conoce su nombre. La evolución de las tres distintas etapas del arte pertenecientes a este período nos enseña que el helenismo confrontó al realismo con el idealismo. Observamos la presente escultura y sus violentos escorzos, los músculos de abdomen contraídos en cada una de las figuras. El dolor intenso se percibe en el rostro de sus personajes, devorados por una serpiente monstruosa. La otra cara de la leyenda troyana que descubre la trampa del caballo de madera.

La obra fue realizada por escultores pertenecientes a la Escuela de Rodas del periodo helenístico. Su exactitud cronológica es objeto de controversia, inclusive algunas fuentes llegan a ubicarla dentro de la era cristiana. Sin embargo, la historia no oculta que la contención de la invasión persa en el año 479 A.C. renovó de esperanza al pueblo ateniense. La confianza experimentada se tradujo a un tiempo en donde proliferó el arte en sus diversas ramas. Escultores como Policleto, Fidias y Praxíteles otorgaron dinamismo y vivacidad a sus obras. Figuras humanas de belleza armónica y simétricas proporciones contribuyeron al afán estético del arte antiguo grecorromano, sentando las bases que inspiraría a todo el arte occidental.

Probando tal perspectiva, la presente escultura griega encarna el ideal de belleza y los métodos utilizados para su talla y fundición de contribuiría a expandir la denominada Edad de Oro. Un arte al servicio de la medida del hombre y en el ejercicio de la escultura como reflejo de un mundo mitológico. Imagen y semejanza del período clásico, epítome de la ambición que ahondaba en la vitalidad, la fuerza y la belleza, como rasgos omnipresentes. Podemos constatarlo en esta obra en mármol, de dos metros de altura, exhibida actualmente en el Museo del Vaticano de Roma.


AURIGA DE DELFOS, 475 A.C., AUTOR DESCONOCIDO

Su cabeza deja ver detalles de incrustación en pasta vítrea. La escultura exhibe ojos esculpidos con mayor naturalismo. Una observación de cuerpo entero nos permite apreciar pliegues de la túnica que asemejan a estrías de la clásica columna dórica. Esta obra se ubica, cronológicamente, en plena época de transición. El bronce cobra importancia como material primordial. Por la escasa dureza de los materiales utilizados, cuantiosa producción del citado período se ha perdido. La singularidad de ciertos rasgos convergentes nos permite apreciar un trabajo anatómico que se acerca a la perfección clásica. Se encuentra presente el concepto de frontalidad, que rompería el eminente “Discóbolo”, perfecto ejercicio de ‘momento pregnante’. De autor desconocido, puede contemplarse exhibida en el Museo de Delfos.


MOSCÓFORO, AUTOR ANÓNIMO, 570 A.C.

“Moscóforo” es portador del objeto de sacrificio que servirá como modelo primitivo para el buen pastor cristiano. La temática griega atendió a la representación de la ofrenda divina, como escena mitológica ritual. En la época arcaica, estas obras eran anónimas, y a dicho período pertenecen las primeras esculturas en piedra que reproducían rasgos masculinos, denominadas Kuroi. La figura nos interpela con su rigidez, escaso trabajo anatómico y cierta tosquedad en los gestos. La sonrisa, no obstante, busca cercanía con el espectador, mientras la barba rizada nos induce insuficientes detalles. En el Museo de Acrópolis de Atenas puede encontrarse una de las primeras representaciones del milenario arte occidental.


VICTORIA ALADA DE SAMOTCRACIA, SIGLO II A.C., AUTOR ANÓNIMO

Fue descubierta en 1863, en la isla de Samotcracia, por el cónsul y arqueólogo francés Charles Champoiseau. Existen versiones encontradas acerca de los auténticos motivos históricos que explican su creación. Algunos expertos la atribuyen esta pieza de mármol blanco a Pithókritos de Rodas. Las probabilidades son escasas. Esta alegoría de diosa Niké representa al helenismo en su estado más puro. Observemos las alas tensadas y su ropaje moviéndose. Podemos compenetrarnos con la sensualidad que insinúa las formas. Exhibida actualmente, aunque de modo parcial, en el Museo del Louvre, representa cierta etapa del arte griego que se desarrolla desde la muerte de Alejandro Magna y se extiende, incluso, al Imperio Romano. El concepto abstracto se aleja del idealismo clásico, acelerando el movimiento y teorizando sobre el efecto de la luz sobre el objeto trabajado, de acuerdo a la perspectiva desde la cual nos situemos. Sorpresivo resulta constatar que el artesano escultor persigue una búsqueda de la composición más bien pictórica. Fue prescindida por Filippo Tommaso Marinetti y celebrada por Yves Klein, la historia del arte se hace -también- de esta clase de dicotomías.


STANISŁAW SZUKALSKI, LAW, 1916

Genialidad y olvido se cruzan en la historia de este polémico pintor, escultor y dibujante. En 1939, un bombardeo nazi sobre la ciudad de Varsovia destruyó el taller de quien haya sido considerado como el Miguel Ángel del siglo XX. Hasta el momento, Stanislav Szukalski contaba con una prolífica producción artística. El sentido de erotismo y sensualidad en su concepción de belleza se traduce en una serie de trabajos escultóricos notables. Capturando la figura humana, como lo ejemplifica la presente obra, conquistó el paladar artístico norteamericano, llegando a exponer en Los Angeles. Profundo fue su conocimiento anatómico. El trayecto profesional que emprendiera no está exento de polémica: en los años ‘30, trazó oscuros vínculos políticos. Llegó a realizar tareas por encargo del nacionalsocialismo e incluso dedicó una escultura al mismísimo Benito Mussolini. Publicó su único libro de poemas, “Krak”, en donde vertió ciertas consideraciones antisemitas. Gustaba de provocar al extremo. Complejo resulta descubrir la auténtica esencia de un artista autodenominado antisistema, pero que acabó ofreciendo sus ideales estéticos al servicio político. Experto escultor en relieve, fue un niño prodigio que pecó de soberbia, diciendo que podía colocar a Rodin en su bolsillo. Tales aires de superioridad agregan suficiente polémica al fascinante fresco sobre este megalómano y prodigioso genio. Una vida errática, una figura discutible. El destino se decidió a jugarle una mala pasada. Perdió todo su capital artístico. Buscó redimirse de sus pecados nada veniales; nunca pudo recuperarse de tal impacto emocional. Sufrió una debacle económica, se exilió definitivamente en Estados Unidos y murió ocupando un incómodo lugar en la historia del arte.


DONATELLO / DAVID – 1440

Donatello interpretó el clásico tema bíblico que da título a su obra labrando el primer desnudo integral, mediante una técnica implementada de modo pionero por el arte renacentista. Su inventiva nos legó una fuerza innovadora en el campo de la escultura monumental y en el tratamiento de los relieves: nativo de Florencia, en 1386, este versátil artista empleó la perspectiva, retornando a los valores clasicistas occidentales antiguos. Junto a Brunelleschi, estudió en Roma el arte de la Antigüedad: su estancia allí sería decisiva. Por encargo del linaje de mecenas Médici, en el período histórico que pertenece al Quattrocento italiano, sus manos grabaron esta figura de bronce, representante del concepto humanista que primara en el Renacimiento. El «David» nos lega la perfección de la belleza concibiendo al hombre como medida de todas las cosas, en el gesto impiadoso de aquel mitológico vencedor empuñando su espada. Triunfante, fuera de plano en la presente fotografía, su figura de tamaño natural se apoya sobre el Goliat decapitado.


VERROCCHIO – BUSTO DE ST. JEROME, 1481

Orfebre perspectivista, grabador, escultor y músico, la inquietud permanente resume el trayecto de vida de Verrocchio. De joven, estudió ciencia y geometría, aprendiendo la gracia del arte escultor. Había nacido en 1435, en Florencia, en tiempos del Bajo Renacimiento. El más inventivo artista de su generación llegó a tener como discípulo nada menos que a Leonardo Da Vinci. Este innovador dibujante concibió, en las postrimerías de su trayectoria, el busto de San Jerónimo, representando la cabeza, el pecho y los hombros del viejo santo, un solitario asceta que vive en la más absoluta contemplación espiritual. Observemos sus facciones de ojos piadosos, mejillas hundidas y mandíbula prominente. El genio de Verrocchio enfatiza su anatomía, la robustece. A diferencia de posteriores versiones que se inclinan por la caricatura, en las manos del escultor, la morfología de su rostro parece cobrar vida, resultándonos en extremo precisa y realista. Objeto de estudio en forma y estilo para los posteriores siglos, su gesto de dolor nos sugiere un acto de devota autoflagelación.


ALONSO BERRUGUETE – EL SACRIFICIO DE ISAAC, 1526-32

Hijo del gran pintor Pedro Berruguete, Alonso hizo de su curiosidad ilimitada su principal aliada, en pos de explorar nuevos horizontes creativos. El inconformismo permanente lo llevó a la completa refundación de su arte. A comienzos del siglo XVI, acude a Italia a beber de las fuentes del Renacimiento. Martillo y cincel en mano, se convierte en un escultor rupturista, en tiempos donde las artes plásticas atravesaban un fecundo período de expansión. En su taller de Valladolid trabajó denodadamente, llamando la atención de las clases nobles. La presente estatua pertenece al retablo de San Benito. En el grupo escultórico de Abraham sacrificando a Isaac, el estilo pictórico de Berruguete exhibe, tanto la influencia italiana como el sentimiento trágico autóctono español. Con enorme sensibilidad, indaga en los recursos góticos remanentes, incorporando la precursora policromía al modelado y a la composición en madera. El presente detalle remarca el sentido de tercera dimensión, enfatizando las facciones y expandiendo la tensión dramática de tan legendaria y brutal escena. Puede apreciarse expuesta en el Museo Nacional de Tallas Religiosas.

El deseo y la obsesión se prefiguran como criterios de ordenamiento. La causalidad como el golpe de suerte de aquel objeto que llega a nuestras manos, de forma impensada. La colección inacabada como eterno retorno a la pieza perdida en el mundo. La cultura de la curiosidad que se mueve por el deseo de conocimiento y la pasión por aprender lo extraordinariamente bello que testimonie al mundo del arte. El coleccionista como un guardián de objetos.