EN ESCENA: «Juana de Arco, Sale de la Estatua». Por MAXIMILIANO CURCIO

MATERIA DE COMBUSTIÓN PARA LA POSTERIDAD

Juan Washington Felice Astorga no deja de sorprendernos, y así es como en gran forma cierra, en la ciudad de Buenos Aires, una magnífica temporada que lo ha tenido como protagonista del mejor teatro alternativo que puede disfrutarse en nuestra ciudad. Luego del suceso de crítica y público obtenido con “Yo me Tengo que Bañar y a Nadie le Importa” y “No Me Vuelvas a Hablar de Amor”, es momento de que el destacado dramaturgo se adentre en una figura histórica de relevancia. Entre los meses de noviembre y diciembre, a través de cuatro únicas funciones como adelanto a su reestreno el próximo año, pudimos disfrutar, en el Espacio Teatral La Tertulia, de “Juana de Arco Sale de la Estatua”, bajo la personalísima mirada de su autor.

Las coordenadas históricas son precisas: en el siglo XV, los reinos de Francia e Inglaterra se encuentran inmersos en uno de los conflictos más sangrientos y crueles de la historia, la Guerra de los Cien Años. En este mundo que puede parecernos lejano, hacia fines de la Edad Media, el teocentrismo seigue siendo una corriente dominante. El deseo de Dios prima por sobre la voluntad humana, y una precoz revolucionaria estaba a punto de elegir el camino que la llevaría a trascender sus designios. Juana de Arco pudo ser una granjera analfabeta perteneciente a una comunidad sin importancia alguna para el reino. Aquellos eran tiempos en donde ninguna mujer que no formara parte de una familia adinerada merecía que alguien la instruya en leer y escribir. Hija de madre extremadamente devota, a Juana le fue inculcado que la conexión con lo sagrado le aseguraría la supervivencia.

En este punto es donde la obra de Felice Astorga realiza un abordaje necesario: la importancia para entender el carácter pionero de esta mujer lo brinda el marco histórico que le tocara atravesar. La postura religiosa versus las medidas tomadas por razón de Estado encienden la polémica que contrapone dos paradigmas. La mirada de Dios observa en cenital. Debajo, en campos regados de sangre, la contienda aviva en ferocidad. Juana, desde las alturas, se dispone a actuar. Un incipiente rey se ve asaltado por dudas más propias de un mortal que de alguien de su condición. ¿Tomará o no la legítima corona? Desde un pequeño pueblo de la campiña, una joven tendrá una visión que cambiará la historia del mundo occidental, tal cual como lo conocemos. Voces místicas llegaron a sus oídos, la enviada del todopoderoso para ejercer castigo está dispuesta a cumplir la predicción.

Durante los primeros tramos de una obra que se extenderá a lo largo de una hora de duración, una serie de diálogos sugieren la brutalidad que requiere el desempeño al mando de las armas. Es tiempo en donde abundan tácticas militares. No todas indican inteligencia, remarca una sutil línea del texto. En aquellas épocas reina el miedo omnipresente. Por su parte, los objetos que forman parte de la obra nos presentan una interesante simbología: una espada pesadísima, una corona invisible y un carruaje alado. Quien lleva a cabo la dirección de arte, con gran acierto, es María de Concepción, habitual colaboradora del director. Comprendemos que Juana se convierte en el incómodo detonante que opera un radical cambio en tiempos de férreos preceptos. Síntoma de divergencia, patrona y futura protectora de las milicias, es ungida con la urgencia de apremiantes decisiones. Mitad indómita guerrera, mitad virgen salvadora, su grito de libertad transformaría por completo al país galo. Martirizada por mantenerse fiel a sus principios, sería a su muerte canonizada como santa.

Su trágico y prematuro desenlace nos alecciona acerca de males atávicos de nuestras sociedades: el conservadurismo suele encasillar, menospreciar y socavar a todo aquel individuo a quien podamos calificar de diferente. Juana fue sometida a juicio por hereje e idólatra y murió en la hoguera; solía vestir ropas de hombre que cobijaron su inseguridad. Vaya osadía. La Doncella de Orleans, que vivió entre 1412 y 1431, es aquí interpretada, de modo magistral, por Guadalupe Mesles. Tamaño desafío resulta colocarse bajo la piel de una de las personalidades más escudriñadas por la historia. Semejante legado no escapa al siempre curioso intelecto de Felice Astorga, dispuesto a brindar su personalísima versión de Juana. Su objeto de estudio cobra vida en las capacidades y talentos de una actriz con el carácter suficiente como para dar vida a tan controvertido y extraordinario personaje. La resistencia fue sobrehumana y su misión divina.

En la historia, en el arte y en la cultura de los pueblos, la estatua representa aquel modelo a imitación que se adora. Dioses de fundición con los que la iglesia católica decora sus recintos. Todo será por evocar nobles valores a defender. Ahora bien, Juana se sale del cuadro. Aquella heroína que honra dichos valores con su propia vida. En este sentido, el título de la obra nos interpela: ¿otorga una estatua consuelo por los siglos de los siglos? Juana desmonta las piezas y coteja su propia figura; en el reflejo se espeja la historia, indispensable testigo. Y se sacrifica porque sabe que no existe otra solución posible. Había tanto en juego, menos un final para ella y su causa. Aunque muerta y acallada, su destino fue convertirse en el punto de referencia. En ese origen del cambio. Son horas de cortar cadenas y la identificación es universal: cada uno libra sus propias batallas. La guerra es interior.

FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA

Dramaturgia: Juan Washington Felice Astorga

Actúan: Luigi Longone, Franco Mastropietro, Guadalupe Mesples, Andrea Saganías

Diseño de maquillaje: María de Concepción, Melina Luna

Diseño de vestuario: María de Concepción

Diseño de escenografía: Guillermo Bechthold, Juan Washington Felice Astorga

Diseño de luces: Juan Washington Felice Astorga

Diseño De Sonido: Juan Washington Felice Astorga

Realización de vestuario: Florencia Collaud, marina moreno

Música original: Alejandro Babouian

Operación de luces: Teatro La Tertulia

Operación de sonido: Teatro La Tertulia

Fotografía: Emmanuel Melgarejo

Asistencia de dirección: Valeria Farmetano

Dirección de arte: María de Concepción

Dirección: Juan Washington Felice Astorga



Categorías:En Escena

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