DESAYUNO DE CAMPEONES: Una Mirada Sobre «El Equipo Redentor» (2022, Netflix). Por MAXIMILIANO CURCIO

TRAIGAN ESE ORO, CUESTE LO QUE CUESTE

<<Tu intensidad guerrera, tu fuego apasionado, tu inspiración jamás aprisionada. Imperecedero atento al detalle y showtime siglo XXI, desnudaste cicatrices a tu desayuno de campeón. Carta de amor anaranjada y Madison rendido a tus pies, fuiste pilar del orgullo recuperado en las ruinas de la Antigua Grecia. Tu delirio de grandeza vivió a la altura de un legado nunca reposado. Mejor nunca fue suficiente, derrota una herejía, rendirse una blasfemia y más allá de lo posible tu sagrado mandamiento>> extracto de VIII / «QUINTAESENCIA DE LA LUZ», ESTO LO ESTOY ESCRIBIENDO MAÑANA

El orgullo herido de una potencia basquetbolista mundial, la necesidad y la urgencia de recuperar el lugar preponderante que sido arrebatado. Quizás, el mayor pecado sea la arrogancia de subestimar a sus rivales…la competencia internacional nivela el territorio. TEAM USA flaquea. El básquetbol europeo evolucionó a niveles superlativos: la emergencia del universo FIBA instala en la escuadra norteamericana del nuevo milenio el deseo de defender los colores de una nación que toma el desafío como una mera una cuestión de orgullo. El regreso de Atenas no ve más que ruinas. A veces es hambre de gloria y trascendencia, en otras un efecto de marketing…la NBA globalizada augura una nueva era. En 2004, la selección de baloncesto estadounidense cae víctima de la errónea intención de privilegiar el individualismo y el apellido de cada estrella por sobre las nobles intenciones del juego colectivo y la historia anuncia que todo imperio, indefectiblemente, sucumbirá. Ante nuestros ojos surgía la Generación Dorada Argentina…

El documental de reciente estreno “El Equipo Redentor” aborda, de modo sucinto, a lo largo de sus primeros minutos, casi cincuenta años del básquetbol olímpico norteamericano de absoluta primacía, casi sin conocer la derrota. Desde aplastantes éxitos como los juegos de Helsinki ‘52 o México ‘68 hasta la evolución del deporte en la era moderna, gracias a la performance de los recordados seleccionados de Seúl ‘84 y Barcelona ’92. Dos décadas después, el roster se ha configurado sin héroes o villanos de último minuto: la estrepitosa debacle en Atenas, cayendo ante la generación dorada Argentina, desnuda inéditas vulnerabilidades. Tiempos complejos, en donde la competencia deportiva se encontraba atravesada por el temor a un atentado terrorista en pleno conflicto armado en Irak. Aspecto no menor, aquella representaba la primera competencia internacional de Estados Unidos luego del atentado de las Torres Gemelas. Ecos de un tiempo convulso, la coyuntura política y social afectaba el entorno deportivo. Daños colaterales…

Ante la negativa de varias de las más rutilantes estrellas en boga (con Shaquille O’ Neal a la cabeza) de incorporarse al seleccionado comandado por el veterano técnico Larry Brown, se lleva a cabo una recluta de veteranos -entre quiénes se contaban Allen Iverson, Stephon Marbury y Tim Duncan-, mixturándolos con un plantel proveniente de la nueva camada, quienes apenas había completado una temporada como profesional en la NBA. La resultante fue desigual: un híbrido sin identidad. La urgencia por sanear la dañada imagen pública colocaba en los titulares camino a la cuna de la civilización occidental a talentos como LeBron James, Dwyane Wade y Carmelo Anthony. La falta de cohesión y química fue notoria, E.E.U.U. debió conformarse con el bronce; masiva fue la crítica de los medios especializados y el doce de elegidos cumplió la incómoda labor de hacer el ridículo a nivel mundial.

La revancha los esperaba en el Mundial de 2006, pero una nueva derrota les arrebataría el oro de las manos y el mundo entero volvería a colocar el punto de duda sobre el equipo reclutado por el experimentado Jerry Colangelo (de cuya labor gestora se auguraban méritos de salvador) y ahora bajo el mando entrenador de Duke, Mike Krzyzewski, el mítico Coach K. Con dirección de Jon Weinbach, y a través de testimonios claves de referentes de aquella escuadra (LeBron James, Carmelo Anthony, Dwayne Wade, Chris Bosh, Jason Kidd, Carlos Boozer), “El Equipo Redentor” centra su atención en la gestación de la empresa olímpica por recuperar el trono perdido. Se nos comparte la intimidad del plantel, podemos apreciar el espíritu de camaradería imperante, conviviendo en días y noches de hotel. Mística y química en formación, apremio por limpiar la dañada imagen. Falta una pieza clave que hará fungir a las demás. ¿Imaginan su nombre y apellido?

La llegada de Kobe Bryant al plantel nacional cambiaría por siempre el rumbo de la historia. El mito angelino traía consigo el liderazgo de una superestrella sentando la tónica, exigiéndose al máximo y colocando en cada uno de sus compañeros la responsabilidad de seguir el ejemplo. Para Kobe, el desafío era doble: una estrella que también necesitaba limpiar su imagen, otorgando un drástico cambio de rumbo a su carrera (sacudida por eventos de índole privada, delicados escándalos judiciales con final de culebrón y la controversial salida de Shaq de los Lakers), convenciendo a sus detractores -y a los más escépticos especialistas- de que podía dejar de lado sus números exorbitantes en lo individual y convertirse en el alma máter de un colectivo deseoso de encontrar un líder a la medida de lo que fuera el colosal Michael Jordan, para la generación inmediatamente anterior. Mamba trajo al entrenamiento su férrea defensiva, un espíritu competitivo impar y una exigente rutina de gimnasio, descolocando los parámetros y hábitos de sus compañeros de escuadra. Disciplina, disciplina, disciplina. El seleccionado masculino escribe nuevos mandamientos…

Los comienzos del 2000 eran tiempos en donde la NBA daba la bienvenida a un nuevo amanecer, marcado por la proliferación de talentos internacionales -en porcentaje inédito, en relación a la cantidad de nativos norteamericanos que integraban cada plantilla-, hecho que trazaba un mapa completamente desconocido, en el cual reinaban singularidades como Dirk Nowitzki, Manu Ginobili, Yao Ming y Pau Gasol. Meritorio se tornaba recuperar el sentido de imbatibilidad perdido. Por ello, los juegos olímpicos de 2008 en China se inscribirían con letra dorada de leyenda incluso antes de disputarse. El momento era ‘ahora o nunca’, y mucho tuvo que ver, respecto al desenlace conocido, el dominio físico y mental que estableciera Estados Unidos con cada uno de sus contrincantes, culminando con la exhibición brindada sobre la temible selección española. Como era de esperar, la responsabilidad recae sobre la férrea naturaleza e inigualable hambre de ganar inscripto en el ADN de Kobe Bryant, líder vocal indiscutido. Fenómeno superventas en el lejano mundo occidental y omnipresente centro de todas las miradas de las cámaras de todo el mundo, congregadas en aquel mes de competición.

Kobe, aquel que no dudó un instante en colocar una fulminante pantalla a su fraternal Gasol; aquel al que no le tembló el pulso a la hora de encestar la canasta definitoria, mandando a la afición rival a callar, mediante un gesto provocador. ‘The one and only Kobe’…sentimos la estima que sobre él deposita un hoy experimentado LeBron en sus palabras, también el emotivo mensaje de una imagen que vale más que mil palabras en Dwight Howard, atravesando el área del pecho de su buzo deportivo. Conmueve ver registros de aquel cumpleaños de Kobe en plena concentración, más aún recibir el oro rodeado del amor de su familia, con Gigi en brazos. No se trata, no obstante, de un golpe bajo sentimental. Su grandeza captura la pantalla, K.B. es un imán…¡cuánto se lo extraña! El homenaje es genuino, y recabamos en las emotivas palabras de Doug Collins recordando una instantánea. Su brazo rodea los hombros del escolta MVP, pero el emblema Laker no está entre nosotros. Un nudo se hace en la garganta de cada televidente, otro en la de Collins, para quien el triunfo otorga justa revancha al boicot de Munich  ’72.

Promediando el desenlace, nos llega la voz inconfundible de Black Mamba, quien, con claridad y contundencia, testimonia el devenir de una empresa deportiva que excedió, en su conquista, los límites de la práctica deportiva. La deuda era moral, al karma solo hay que sacarlo de encima. Dos magnos exponentes generacionales confluyen en la gesta: el carisma del impetuoso Bryant, en perfecta sinergia con el imparable ascenso de LeBron (ya no importa quien es más Alpha Dog de los dos, los periódicos encenderán la polémica). Ambos hacen la suma. El primer equipo estadounidense supo expresar en la tenacidad de su juego la dificultad de los laureles obtenidos. El valor extradeportivo de poder saldar la cuenta otorga peso específico a los frutos de difícil alcance.



Categorías:Desayuno de Campeones

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