CONVERSACIONES SIETE ARTES – Mauricio Kartun: «Los seres humanos tenemos una inteligencia muy singular y hermosa, que es la narrativa». Por MAXIMILIANO CURCIO y ANTONIO SÁNCHEZ.

Mauricio Kartun nació en Buenos Aires en 1946. Es dramaturgo, director teatral y maestro de dramaturgia. Durante estos últimos años estrenó, como autor y director, las obras La Madonnita, El niño argentino, Ala de criados, Salomé de chacra y Terrenal. Pequeño misterio ácrata. Sus textos teatrales y teóricos han sido publicados en más de un centenar de ediciones nacionales y extranjeras. Recibió gran cantidad de premios y reconocimientos, de los cuales se destacan el Gran Premio de Honor otorgado por Argentores, el ACE de Oro, premio máximo de la crítica escénica, y el Premio Nacional de Dramaturgia. En el año 2014 ha recibido el nombramiento de Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires. Kartun ocupa hoy un lugar central en el teatro argentino por su triple actividad de dramaturgo, maestro de dramaturgos y director. La visión retrospectiva de su obra afirma la vigencia de su clásica poética.

La siguiente entrevista forma parte del ciclo de conversaciones llevado a cabo en el programa ALGO DISTINTO, conducido por Antonio Sánchez y que se emite por Radio Nehuén, los días jueves de 8 a 10hs. La producción periodística de la entrevista y la transcripción de la misma contó con la participación del escritor Maximiliano Curcio.

-Mauricio, si mirás hacia atrás, ¿qué recuerdo viene primero a tu mente al descubrir el mágico mundo del teatro?

Cuando yo era chico, mis padres me llevaban a ver teatro de revistas. Era una costumbre habitual en los años ‘50, cuando el teatro de revistas era apto para todo público. Me impresionaba ver los cuerpos, los desnudos, los brillos. Se configuraba como una rara poesía, aun no entendiendo los chistes o lo que ocurría con la gente. Recuerdo las carcajadas, a mis padres reunidos conmigo, alrededor de toda esa gente. Creamos una ceremonia curiosa, que al día de hoy recuerdo y me sigue conmocionando. También me recuerdo quedándome dormido en un teatro…y años después conocí al autor de esa obra. A la memoria vienen fragmentos y lo que uno encara se hace de cuestiones positivas y negativas. Por un lado, el deseo de ser parte de esa ceremonia con el teatro de revistas. Por otro, el riesgo que implica quedarse dormido en una sala.

-Desde tu lugar en el oficio y a la vez como consumidor de cultura, ¿cuál es el principal sentido que tiene el arte en nuestras vidas?

El arte es fundamental en nuestras vidas. Las cabezas de los seres humanos tienen un mecanismo siniestro. Lo que se llama el rulo de la vida. La construcción de una red conceptual: estamos dando vueltas alrededor de las mismas ideas, no podemos resolver nuestras vidas, nos obsesionamos con las mismas cosas, nos reprimimos con aquello de lo que no podemos salir. Los seres humanos tenemos una forma de inteligencia muy singular y muy hermosa que es la inteligencia narrativa, es decir, la capacidad de salir del rulo en narraciones, en relatos, en historias. La Biblia está hecha de ello. El arte cumple esa función. ¿Qué otras alternativas tenemos? La religión es opresora, la filosofía es difícil, el psicoanálisis es caro, las drogas nos dañan. Hay otra forma de mirar la vida, alguien te representa desde otra mirada. Eso es el arte. Sino no se entendería porque pasan miles de años y el hombre sigue resignando en una parte de la sociedad el trabajo del artista. Alguien que prepara y representa algo para que vos, sintiendo eso, puedas salir de tu rulo y te ayude a elaborar tu vida.

-A tu criterio, ¿qué convierte a una obra de teatro en un clásico?

Un clásico es un relato al que la gente vuelve, una y otra vez, porque se siente expresado en él. Tiene que haber un relato, una narración, una idea de teatro en donde el espectador se siente proyectado. ´Porqué volvemos a “Romeo y Julieta”? Nos vinculamos con las pasiones adolescentes, sentimos hasta donde el ser humano es capaz de brindar en el campo del amor, comprendemos la relación represora que establecen con nosotros nuestros padres. Es como la reproducción humana o animal: para que nazca una nueva criatura debe haber algo vivo. Eso es a lo que llamamos narración. Y por otro lado, debe existir el deseo, en la obra de arte, en el teatro. Para que sea un clásico haya lo debe producir el placer de verlo: lo divertido, su juego, la intriga, la capacidad de componer personajes, lo entretenido.

-¿Cuál es el principal incentivo que te inspira al momento de escribir?

Comunicarme. La palabra comunicar es poner en común. Su raíz es muy sencilla. Hacer que algo que está dentro tuyo pase a ser parte de una comunidad. Los artistas asumimos ese rol, de manera consciente o inconsciente, generamos lo necesario para ponerlo en común. A eso llamamos el impulso de comunicación. Yo me siento y escribo porque siento que dentro mío tengo relatos que pueden expresar al resto de la comunidad. Es un mecanismo y es la aceptación del concepto de servicio. Cada uno de nosotros cumple un servicio. Te ocurre a vos como comunicador. Entenderlo como tal y sacarlo del riesgo de que se vuelva meramente un trabajo, una obligación, o algo que uno hace por narcisismo, es lo que le da sentido a nuestro trabajo. Yo lo acepto y me impulsa.

-Como importante partícipe de la cultura, ¿cómo percibís el estado actual del teatro luego de atravesar el duro trance que produjo la pandemia?

Con el teatro ocurrió algo rarísimo. La gente estaba muy asustada al principio… venía a la sala con barbijo, se escandalizaba por la distancia si no se cumplía y, de pronto, empezó a pasar el fenómeno contrario. No respecto al cuidado, que se debe mantener, sino a animarse a volver a la sala, a perder el miedo fóbico de permanecer en un lugar cerrado, algo que hemos pasado todos. Uno mantiene ese cuidado, es cierto. Pero lo notable es que la gente volvió manifestando el deseo y estaba con ganas de volver al teatro, superando la abstinencia. Las salas volvieron a llenarse, que es un fenómeno maravilloso, y habla del teatro como una necesidad. La gente tiene ganas de seguir haciéndolo.

-¿Y cómo te afectó a vos particularmente ese lapso de tiempo?

En mi caso particular fue muy curioso. A mí me agarró fuera de Buenos Aires, en una  casa que tenemos para retirarnos con la familia, un  lugar que uso para escribir. En una localidad balnearia, desierta. Me pase un año y medio allí, caminando por el bosque. Pensaba en comunicar, ¿pero a través de dónde? Esa curiosidad encontró el canal. Me puse a escribir relatos, cosa que no hacía desde la juventud. Volví a escribir cuentos y hasta terminé escribiendo una saga de historias que se transformó en una novela. A falta de editorial que lo publicara, lo di a conocer en un blog. Se generó una cantidad de seguidores muy importantes y el proyectó cobró cuerpo en una novela, que saldrá finalmente editada este año, por medio de la editorial Alfaguara, y se llamará «Salo Solo, el Patrullero del Amor».

-¿Qué significa para vos los premios que has obtenido en tu carrera?

Una excusa perfecta para transformar el trabajo en fiesta. El trabajo suele estar connotado a lo sufriente, a lo estipulado. Cuando aparece un premio, destapás una botella de vino y te reís con los amigos. Lo compartís, le das carácter trascendente al trabajo. Lo sacás de ese lugar y mecanismo melancólico y lo ubicás en el lugar humano de la fiesta. Ya el hecho de estar ternado o nominado da para celebrar y es parte de la felicidad. En definitiva, es una participación social en una fiesta, los premios tienen que ver con eso.

-En tu trayectoria cumple un rol fundamental la docencia. ¿Cómo viviste el nombramiento como Profesor Honorario en la Universidad de Buenos Aires?

Ese es, en realidad, un viejo nombramiento. Después de ello, la Universidad de San Martín me dio el Doctorado Honoris Causa, y ahora, durante la pandemia, también lo recibí de parte la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Son reconocimientos interesantes, para quien participa en la docencia, como es mi caso en treinta años de trayectoria. Le brinda transcendencia al trabajo sufrido del docente. Yo me pasé muchas horas al frente de alumnos tratando de transmitir estos conocimientos. Cuando aparecen estos reconocimientos, lo que el marco académico te esta diciendo es que lo que hiciste está más allá del contrato convencional que une a una institución con un maestro. Que se reconoce, de alguna manera, tu vocación por enseñar y el efecto producido. Es un acto de orgullo y nueva excusa para brindar.

-Uniendo docencia y premios, en lo personal y particular de tu sentimiento, ¿cuál es el mayor premio que recibiste en tu trayectoria por parte de tus alumnos?

Después de tantos años tratando de transmitir el oficio curioso del teatro, a mí me da un placer extraordinario cada vez que un alumno estrena algo reconocer ese talento. Mirarlos es también sentir que, de una manera u otra, uno ha colaborado con el granito de arena de esa construcción. Uno no tiene monopolios en la formación de nadie; no es que uno lo forma al alumno. Es más, algunos de ellos ya venían formados y no lo sabían. A veces, uno los ayudó a desmoldar en cambio de formarlo. Pero esa relación de formación, ese transmitir, cuando vos lo ves en el resultado final, te enorgullece. Cuando ese ex alumno es un dramaturgo o director, que estrena una obra y se instala en el medio, uno siente que ese servicio tuvo sentido, produce la certificación de ese servicio. Lo vivo y lo sigo con mucha alegría. En tal sentido, las redes sociales me sirven mucho para eso. Ver en que están aquellos que han estudiado conmigo.

-Tu obra “Terrenal: Pequeño Misterio ácrata” ha sido un suceso teatral durante varias temporadas, presentándose actualmente con las actuaciones de los maravillosos Claudio Da Passano, Claudio Martínez Bel y Tony Lestingi. En la obra apreciamos una suerte de desierto existencial, en donde se reescribe el mito bíblico de Caín y Abel, para reflexionar acerca de aspectos fundacionales en las formas de vivir y relacionarse. Es un abordaje político y crítico, que nos asoma al corazón de un conflicto humano atávico. Bajo tu mirada, ¿arte y compromiso son indivisibles?

En el viejo concepto del compromiso político yo no creo. Alguna vez practiqué algún tipo de teatro comprometido. Pero creo todo lo contrario: los compromisos políticos se convierten en una especie de enturbiadores de la actividad artística. Creo en el impulso propio e interior de cada creador, con la complejidad que los impulsos tienen. A quienes pregunten dirán: <<Mauricio es un autor de teatro político>>. Porque mis obras tiene mucho de pensamiento, de filosofía de ideología, pero no por compromiso sino porque lo político me habita. Desde muy joven, he observado las posibilidades e imposibilidades de cambio. He militado y he luchado para que el cambio suceda. Eso pasa en mi cabeza, hablando de necesidades que tiene el artista de comunicar. Si en mi cabeza atraviesan ideas vinculadas a lo ideológico, eso estará plasmado y presente en mi obra. Lo que no creo es en la imposición, es decir en el artista que se impone por compromiso en decir algo. Siempre, inevitablemente, eso será artificial.

-¿Cómo vivís el fenómeno de «Terrenal»? ¿Sigue aún en cartelera?

Efectivamente, estamos en Caras y Caretas (Sarmiento 2037), los sábados y domingos a las 20.00 hs. De momento, vamos a estar hasta mediados de diciembre. Vamos por la novena temporada, un fenómeno que nos asombra. Uno estrena una obra deseando que llegue al final de la primera temporada y ya llevamos nueve completas. Ni siquiera paramos el año de la pandemia, ya que llegamos a hacer los dos primeros meses del año, hasta la interrupción. Actualmente seguimos en gira, hemos dado vueltas por muchos puntos y seguimos con la posibilidad de continuar hasta entrado el año que viene.

ESTAS SON ALGUNAS OBRAS DE MAURICIO KARTUN QUE SE ENCUENTRAN EN LA CARTELERA PORTEÑA:



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