RESEÑAS DE LÁPIZ Y PAPEL: Análisis de la novela “Esperando a los bárbaros”, de John Coetzze. Por JESICA SABRINA CANTO

“Esperando a los bárbaros”, de John Coetzze, es una novela con trasfondo real de una situación dramática y cruenta respecto a la desigualdad de derechos de las personas de color. Se trata de una novela que existe en un tiempo destiempo, en una zona fronteriza de un imperio que no se sabe si es alérgico o no. La sutileza de la situación, que esta abstraída, se hace más fuerte con el trasfondo real de la época en que fue escrita (1980), la vida en las colonias en Sudáfrica, en un contexto de alzamiento armado de guerrillas.

El título de la obra tiene referencia a un poema de un poeta griego del fin de S. XIX y comienzo del S. XX, que se expreso en un momento crítico de su actualidad, desplazándolo al foro romano, como una situación de advertir que el senado solo tiene una justificación por sus acciones porque inventaron un enemigo, los “bárbaros”.

El libro está dividido en seis partes: La primera, es la llegada del coronel Joll al pueblo fronterizo en que está la colonia. La segunda, cuando el magistrado, al relacionarse con la muchacha (víctima del coronel), nota que sus “enemigos” no son personas planificando una invasión, pretexto bajo el cual a ella le han dañado las piernas, los ojos y matado a su padre. La tercera, cuando el magistrado decide llevar a la muchacha de regreso, realizando un viaje que produce un cambio importante en la situación del protagonista y lo que él representa. La cuarta, cuando se produce el regreso al pueblo y el magistrado es acusado por el Estado por traición, producto de lo cual es arrestado y torturado. La quinta, cuando se produce la reconstitución del rol del magistrado en el pueblo, él que se pensaba opuesto al coronel se da cuenta que comparte complicidad y roles. La sexta, cuando el coronel deja el pueblo y los lugareños quedan solos para prepararse para el invierno, siendo que entonces el magistrado aparece como líder y considera escribir una crónica, pero no se cree capacitado.

Algunas ideas que se presentan en la obra son las del sano esteticismo, la capacidad de sostener lo indeterminado y lo indeterminable, el resistir la tentación y la presión de hacer una narrativa cerrada. Se pone en juego la concepción de apertura, el ver o no ver, y el ver a través de qué. Al principio el coronel tiene lentes oscuros, luego la muchacha queda parcialmente ciega por las torturas, también hay otros personajes ciegos. Aparecen dos respuestas al problema de lo que no se ve, que refieren a dos tipos de violencia: Por un lado, hay una escena prohibida, que no se puede representar, que no tiene presencia aún en el ámbito de la opinión pública sudafricana, que es la tortura física. En la novela, la violencia sobre los cuerpos es permanente, una de las marcas más importantes y que resuena en los cuerpos cicatrizados, heridos, como una escena suprimida. Por otro lado, el modo en que funciona la maquinaria de poder imperial como un proceso de vaciamiento en el texto de referentes históricos, geográficos, que se convierte en una suerte de análisis o evaluación del modo en que funciona la soberanía y la dinámica imperial, ejerciendo una violencia territorial y simbólica.

La cuestión del tiempo también aparece como un elemento trabajado en la obra con una intención deliberada. Se representa de diferentes modos en relación a los personajes, instituciones que lo pautan: Por un lado, está el tiempo del Tercer Departamento (parte del Estado), que maneja la extracción de las victimas torturadas. Por otro, el tiempo de las campañas, que tienen un diseño y plan diseñado en la Capital. En una tercera instancia, los tiempos del pueblo fronterizo que intercambia mercancías. Y en un cuarto lugar, el modo cíclico en que el coronel habla del tiempo, de las estaciones y de los ritmos del cuerpo, reflejando discordancias entre el tiempo de la ley y el del pueblo.

La historia no es una que sucede, sino que es una que se construye y se impone. Hay un sueño recurrente que genera otro tipo de tiempo, que es progresivo ya que cada vez que lo repite avanza. El personaje en su sueño se acerca a una niña haciendo un castillo de nieve: primero la ve de espalda sin verle la cara; luego la ve de frente, pero tiene una capucha y la cara no está formada; en una tercera instancia logra verla; y en un cuarto momento se produce un desplazamiento a la realidad.

El libro expone varios mecanismos de la relación entre el protagonista y “el otro” (la muchacha): la limpia como un mecanismo de expiación cristiana, mira sus marcas de lastimaduras para entender, y busca que le hable. Aparece la idea de que el silencio es un modo de resistencia. Se produce también un contraste en los personajes femeninos, siendo que una de ellas, la de la cocina, es descripta como mujer pájaro.

La obra presenta un contexto de administración colonial, como un estamento intermedio entre los invasores y los que son inválidos, que debe responder a las metrópolis. El autor trabaja sobre el problema de la segmentación, fragmentación y contacto con el “otro”, en el marco de las lógicas de poder donde la invasión, la ocupación y la manipulación están presentes de manera poderosa y contundente. Se muestra una preocupación por pensar el problema de la relación con una otredad desde la perspectiva de sujetos que tienen un rol político en esa relación.

Hay un desmantelamiento de la máquina de armar discursos cerrados. Se desarrollan procesos de autoanálisis, examen y cuestionamiento que tienden a desencadenar un cierto desplazamiento, que a su vez produce una disgregación que va convirtiendo a los personajes en seres aislados y marginados. El personaje del magistrado se da cuenta de la manipulación y se opone a la tortura de los “bárbaros” al final del libro, refiriéndose a los hombres como todos iguales. La plurivalencia de la palabra “bárbaros” se pone de manifiesto hacia el final del texto, cuando se produce un corrimiento y se pasa a la idea de que los “bárbaros” son el Imperio, los torturadores. Se produce una apertura de un espacio de autorreflexión que tiende a suspender las dinámicas literarias del contexto ancladas en el realismo y la unidireccionalidad, en un intento por llevar adelante políticas de la representación mucho más miméticas y referenciales. Se critica al poder de la autoridad y a las figuras autorales, tanto en términos literarios como políticos. El magistrado ocupa un lugar incomodo dado su carácter de sujeto político y su figura de escritor que deriva en un proceso de exclusión y apartamiento. Al mismo tiempo que forma parte de la maquinaria de poder del funcionamiento imperial, es también objeto de tortura física y psicología, en este personaje convergen los dos elementos, se muestra la trayectoria de un autoexamen de consciencia y transformación, siendo que al inicio de la novela se sustituye al personaje de su puesto.

La novela transcurre en un estado de urgencia, lo que supone la suspensión de la ley. Se construye un enemigo en la figura de los “bárbaros”, pero que son el significante vacío, no existen como tales. Los intentos de empatía del magistrado con la muchacha bárbara no dan resultado hasta que él no padece de la violencia física en su propio cuerpo. La construcción de la otredad por parte imperial viene acompañada por una incapacidad para comprenderla por vías meramente intelectuales. La relación entre la violencia física y psicológica se extiende más allá de los “bárbaros” a la comunidad de la frontera.

Se representa en la historia la relación entre la escritura y el deseo. El significado y el sentido no están atados a una mera acción individual sino a una voluntad de deseo, de fluir y expresarse. El imperio funciona en base a una construcción discursiva basada en el tiempo y la historia. Aparece la idea del vivir fuera de la historia (dimensión espacial) como un modo de salida de la lógica temporal que el imperio intenta imprimir en las poblaciones.



Categorías:Reseñas de Lápiz y Papel

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