RELATOS: La silla. Por MARÍA CECILIA MARSILI

Me cuesta creer que es la última vez que puedo entrar al departamento tranquila.

Un conocido lo alquila a partir del fin de semana. Se siente menos nuestro, como si no hubiéramos vivido ahí unos cuantos años hasta casarnos; como si no hubiéramos pasado navidades, días del padre, días de la madre.

Ya no es la posta en el centro, el descanso a mitad de camino. Ya no hay nadie a quien visitar.

Los primeros fines de semana después de su partida, mi hermano, aturdido por los llamados de la vecina del “C”, se encarga de limpiar y descucarachizar.

El tercer fin de semana voy con Gisela para que me ayude a limpiar y a tirar. Entro por primera vez al “cuartito del lavadero”, cuartito que no debería haber en ninguna casa. ¡Qué manera de repartir entre el merendero donde ella colabora, el contenedor y mi cocina!

Mirando y descartando souvenirs y adornitos, pienso que no puedo ser tan hija de puta con mis hijos y tengo que empezar a tirar. Luego, uso la frase de mi mamá: jódanse y arréglense cuando yo me muera. Así que, si bien hago limpieza cada tanto, siempre aparece un nuevo chirimbolo que dejo para los herederos.

Luego viene otra limpieza y Gisela nos compra la heladera, la mesa y otras yerbas.

Viene el plomero/albañil/pintor, el todero, y comienza a remodelar y con la lija descubre recuerdos, cuánto crecimos, secretos en las manchas de plastilina o en marcas de las veces que se cambiaron los cuadros del living, cada vez más grandes. Todo lo que mi mamá no quiso hacer. Pero qué lista es, así como dijo me quiero ir y se fue; así está la cuenta en el banco que como Bonnie and Clyde vaciamos en 16 horas, con el dinero para las refacciones y la sucesión que todavía no nos decide.

Después de dos largos meses de soportar a la vecina – Metamorfosis de Kafka- para ella cada cucarachita que encontraba en su departamento provenía del nuestro, aunque plastificamos, pintamos, pulimos; después de dos largos meses de discutir con el todero y el consorcio y el vecino del segundo y el carpintero el departamento queda soñado, ya nos da lástima alquilarlo, pero nos cubre los gastos y lo cuida.

Doy el último recorrido, sola, por un hogar desarmado, ahora es solo un inmueble. Sin embargo, algo sigue allí. No noto nada en las fotos que acabo de sacar. Todo limpio, hasta el vacío.

Creo que con mi madre saldamos cuentas en los últimos meses, pero es obvio que algunas cosas no nos dijimos.  Alguien habla en mi cabeza, ¿un reproche por haber hecho todo tan rápido? ¿Tocamos algo que no debíamos? ¿Nos habremos desprendido de un objeto valioso?

La veo sentada en una silla, con el poncho que le traje de San Luis.

Le encanta la refacción del departamento. Está de acuerdo con que le hacía mucha falta y feliz de no haber sufrido toda esa movida. Después de tres meses, ¿es todo lo que tiene para decir?

—Ahora puedo entenderte, aunque vos seguís sin comprender —me dice.

¿Qué significa ese ahora? ¿Qué sentimientos guardamos tantos años? ¿Por qué se mezclan   melancolía, angustia, celos, alegría, algo de envidia y hasta cierto rencor?

Entiendo que es criada en el campo, a principios del siglo pasado, la sexta de diez hijos, con un padre que no deja que las mujeres jueguen a los naipes.

Entiendo que es una mujer a la que le sobran chancletas y chirlos, pero no abrazos.

Entiendo que todo lo soluciona con un “tranquilízate y tomá vitaminas”.

Entiendo todo lo que me esfuerzo en no repetir con mis hijos.

Entiendo el orgullo que siento cuando me dicen que me parezco a ella.

Entiendo su partida callando verdades que juró decir.

Sabe que le hablo, que le pido cosas.

Sabe que como siempre tengo la última palabra: “Ufa”.

Sabe que ahora entiendo muchísimas más cosas.

Me repite que me escucha, que sabe que le pido ayuda, que yo no hago caso y que después recurro a ella con más confianza y más afecto que antes.

Me repite que me escucha, que sabe lo que estoy pasando.

Me repite que no estoy haciendo tan mal las cosas.

Me repite, – no, no lo repite- que está orgullosa de nosotros.

Me repite –no, no lo repite- que me ama.

Le digo, ahora que me escucha, que la amo, que no la extraño porque la siento conmigo.

Con lo que hay preparo un té y seguimos hablando de los arreglos del departamento y del inquilino.

Nos cuesta despedirnos. Me dice que se me hace tarde, que tenga cuidado.

Ella se lleva la silla, creo.



Categorías:El Muro

1 respuesta

  1. Hermoso y emotivo Ceci.!

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