RESEÑAS DE LÁPIZ Y PAPEL: Análisis de “Corazón que ríe, corazón que llora” de Maryse Conde. Por JESICA SABRINA CANTO

“Corazón que ríe, corazón que llora”, de Maryse Conde, es un libro de cuentos autobiográficos sobre la infancia de la autora. Lo narrado acontece en una zona del caribe que es colonia de Francia.

La escritora trabaja en esta obra con la elaboración de vocabularios y procesos de la memoria. Hecha luz sobre la diferencia de trabajos acerca de la memoria a oposición al género rígido de la autobiografía clásica. Se plasma la idea de la elaboración de una memoria como un proceso de buscar que, debajo capaz del silencio forzoso, emerjan aspectos de la identidad propia.

A su vez, el libro habla de la identidad colectiva, hace un estudio de los efectos del colonialismo, del patriarcado y el clasismo. Maryse Conde escribe en una situación colonial que aún perdura. Plantea la cuestión de la alienación y la concientización, convoca a los lectores a realizar cuestionamientos propios. El mapa que presenta es geográfico, pero a la vez político en cuanto a raza y clase, pero también contiene otros rasgos de la presencia imperialista. Muestra la sombra presente de la esclavitud y las estructuras que ha dejado instauradas.

En el capítulo “Vacaciones en el bosque” se muestra un racismo incorporado; los signos que utilizan los personajes para ayudar a incrementar su rango social no funcionan. Se intenta la construcción de una posición social que no era dada ni considerada merecida, en esa sociedad.

La obra recurre a la intertextualidad para realizar un trabajo de desdoblamiento de lectura de discursos, mediante la cita de un poema dado en la escuela. Se realiza una crítica a la política de asimilación (a Francia) y una búsqueda de fomentar una resistencia. Se fisura la imagen que antes pareciera ser la única forma de ser. Se busca de salir de los circuitos hiper controlados y descubrir otras cosas, otras maneras de ser, de entenderse y vivenciar la identidad propia.

El libro aborda la cuestión del uso de la lengua, las tensiones entre el idioma francés y el criollo, y el trabajo de elaboración de memoria mediante contar la historia de la madre de la narradora. Se plasma la cercanía entre la esclavitud y los viajes a Paris, las perlas, el estudio del idioma francés, como una brecha frente a la que se elabora la lengua de la memoria. La educación autodidacta, paralela a la de las instituciones oficiales, aparece como un elemento clave en lo que luego surge como una resistencia al francés. Hay una insistencia en hacer un lenguaje propio, que una ambas dimensiones de la historia y en forjar el revelamiento de memoria. Aparece en los cuentos una noción de África como quizás, una zona pura primitiva. El caribe, en su situación colonial, se muestra como una degradación doble, de la cultura francesa y de lo que podría haber sido la naturaleza pura africana.

La autora inicia esta obra con la intención de recuperar su concepción y nacimiento, con la consciencia de haber sido una hija no deseada, que está presente en el resto del relato. Vemos que, como género, incluso cuando miente, la autobiografía dice la verdad, ya que se plasman en estos textos una reconstrucción de episodios que no es posible recordar.

El libro posee el subtítulo “Cuentos verdaderos de mi infancia”, lo cual funciona como una delimitación temporal, ya que el texto se avoca exclusivamente a la infancia de la narradora, haciendo focalización en los ritos iniciáticos (primera vez con el amor, la muerte, etc.). Se diagrama una trayectoria que va desde el aislamiento, la soledad y la ignorancia individualizante hacia una conciencia colectiva, hacia la pertenencia a una comunidad más extensa.

Hay una sutileza entre la construcción del mundo de la infancia como lejano, de niña alienada, y la construcción de un mundo que ya no es, pero dotado de familiaridad con el presente. Se presentan características de la niña que se pueden pensar como una línea de continuidad hacia el presente. Aparece la postulación de una infancia en la que la niña negocia con la realidad, como una opción a la idea de la infancia marcada por la magia. No hay una recuperación pura del pasado, sino un proceso de constitución y formulación de memoria, basada en la negociación y fricción con los imperativos de la realidad.

En estos cuentos no se da el prototipo de infancia idealizado, sino que aparece la conciencia de que se ha terminado una época que solo retrospectivamente puede considerarse feliz. Los momentos de felicidad son acompañados de mucha angustia. Se trata de un texto en el que abundan las prohibiciones, los mandatos sociales, y los intentos de domesticar a los niños, casos en los que la niña siempre termina evadiéndolos. Ese pasado infantil no puede ser feliz por estar hundido y expresado en un mundo falso, de pura forma y moldes, que se constituía a partir de la propia identidad. Hay un intento por mapear los modos en que la violencia colonial funciona, registrar como la violencia está en las leyes sociales (no en lo pulsional), institucionalizada en las figuras del conocimiento, como la maestra y la niñera.

En ese mundo alienado, aparece una grieta que se va abriendo hacia la conciencia, mediante la dialéctica entre lo ausente y lo presente. Se hace alusión a una perdida imprecisa que durante el relato va tomando diferentes formas y funciona bajo la lógica del duelo. El vacío y la ausencia están en la distancia constitutiva del acto de recordar, se recupera de una manera distinta, mediada y reformulada. La autora trabaja con el relato infantil del devenir, con la pregunta de ¿en qué me convierto?, que en este caso es ser lo que se es, auto descubrirse, se trata de la depuración de las máscaras.

Aparece la figura de una persona alienada, alguien que trata de ser lo que no es, porque no le gusta lo que es. Hay un ir hacia una identidad vinculada con la cuestión de la duplicidad, que en el mundo colonial se presenta como un proceso infinito de duplicaciones y desdoblamientos. Justamente el título del libro, “Corazón que ríe, corazón que llora”, da cuenta de la duplicidad de ese mundo.

Hay en los cuentos una permanente sensación de ser no original de la protagonista, la duplicidad aparece como una constante, en oposición a los desdoblamientos. Se expresa la envidia de cuando la duplicidad puede sintetizarse en uno, reconstituirse en una unidad. Algo que se convierte en una amenaza para quien no puede llevarlo a cabo. La autora trabaja, a su vez, con lo que queda por fuera de las duplicidades.

Este libro es el primero que publica Maryse Conde y se instaura como su entrada a la literatura, como práctica de la escritura sin la figura de autor. Surge la idea de que la literatura es menos importante que la vocación por decir la verdad a través de la escritura. Se trata de una apuesta por llevar adelante una retórica de la verdad.



Categorías:Reseñas de Lápiz y Papel

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