ACERCA DEL «SHOWTIME» DE LOS ANGELES LAKERS / La pantalla doméstica examina el mito. Por Maximiliano Curcio

Creada por Max Borenstein para la cadena HBO y dirigida por el siempre perspicaz e incisivo Adam McKay (“The Big Short”, “Don’t Look Up”), “Winning Time” nos lleva directo hacia el corazón de uno de los fenómenos basquetbolísticos más preponderantes de la era profesional norteamericana. Si la ciudad de Los Angeles condensa todo el glamour, la ambición y la ilusión de grandeza al pie del valle de California, la franquicia de Lakers gestó un modelo de infalible éxito, ligado a la espectacularidad y los excesos en igual medida. Tampoco exento de los gigantescos obstáculos que se interpusieron en un camino minado de egos. Ofensiva de alto octanaje dentro del campo de juego, sexo, drogas y toda clase de tentación fuera de él. Fiestas populosas y descontroladas, ¿quién no quiere ser del jet set? Un cóctel explosivo en donde Jerry Buss (interpretado por John C. Reilly, el antiguo magnate de la franquicia púrpura y dorado) es el centro de una bestial escena. Afuera, la ciudad arde y parece que nadie duerme, mientras, dentro de los pasillos del Forum se cuece una guerra dialéctica. Por allí aparece Jerry West (en extremo malhumorado, bajo la piel de Jason Clarke), el aspirante a nuevo coach y cerebro del showtime (el ultra exigente Pat Riley, en los zapatos de Adrien Brody) y la futura estrella emergente de la competencia universitaria (simplemente Magic, encontrando en Quincy Isaiah un facsímil razonable). ¿Cómo recuperar el prestigio perdido? ¿Cómo convertir a este grupo de talentos individuales en un núcleo contendiente al título que aspire con poner en peligro la dinastía del archirrival Boston Celtics? Con gran realismo, la serie se sumerge en la febril atmósfera competitiva de cara a la captura del ansiado anillo de campeón, y sabe perfectamente los pormenores del caótico ambiente en el que se adentra. Una textura granulada simula un viejo VHS. De esos de colección que conservan la gesta Laker. Al fin, ganar a cualquier precio y aspirar al olimpo que rubrica la posteridad deportiva, es una batalla dispuesta a ser librada solo por aquellas estrellas de élite.

El siguiente artículo reflexiona acerca de una concepción baloncelista vistosa y veloz que elevó a la liga a un fenómeno marketinero sin antecedente similar, de cara a insertarse en plena era moderna de la práctica deportiva. Magic, por su parte, redefinió el concepto de superestrella con nivel mundial de reconocimiento, patentando una huella seguida luego por fenómenos de la talla de Michael Jordan y LeBron James. Los Lakers, mientras tanto, escribieron la página más gloriosa de su mítica trayectoria. Toda leyenda tiene su origen…

MAGIA PÚRPURA Y DORADO EN TIERRAS DE HOLLYWOOD

En el competitivo mundo de Pat Riley (1945, New York/USA), la palabra derrota simplemente no existe. El ambicioso Head Coach, que patentara la frase <<no rebounds, no rings>>, fue el encargado de reemplazar a Paul Westhead (1939, Pennsylvania/USA) como técnico en función de Los Ángeles Lakers, durante el primer mes de la temporada 1981-1982. Aquel año, ganaría su primer campeonato, cimentando su temprana leyenda. Había nacido el “Showtime”. El monstruo de tres cabezas, liderado por Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar y James Worthy, cambiaría la concepción moderna del básquet. Su éxito se amparaba, bajo total mérito, en el aporte de un cast de lujo: el incisivo defensa Michael Cooper, el escolta tirador Byron Scott, el rudo Kurt Rambis, el polivalente Jamaal Wilkes y el fiable auxiliar A.C. Green.

Protagonistas estelares de una década prodigiosa, esta noción de juego llevaría a la escuadra angelina a las instancias finales de competencia, durante siete ocasiones, ganando un total de cuatro campeonatos. El Showtime puso en práctica un espectacular sistema que hizo del “run and gun” su forma de vida. Colocando el peso de su éxito en el contraataque, proveyó un fértil territorio para el lucimiento de integrantes que hoy engrosan las filas del Salón de la Fama. El propietario de los Lakers, el emblemático Jerry Buss (1933-2013, Utah/USA), reunió semejante talento bajo el mismo uniforme con una fiel premisa: llevar entretenimiento a cada partido disputado en la meca de la industria fílmica. Las estrellas de Hollywood, desde Denzel Washington a Jack Nicholson, copaban las primeras filas, mientras las Lakers Girls (sus estruendosas cheerleaders) aportaron color y calor a cada evento. El Forum de Inglewood estallaba en magnetismo.

Magic Johnson (1959, Michigan/USA) amaba jugar, y su credo transmitió las convicciones que lo convirtieron en un influyente atleta para generaciones presentes y venideras. Hasta que su positivo de HIV truncara tempranamente su carrera (a los treinta y dos años de edad) y dejara tan acongojado como estupefacto al mundo del baloncesto, Earvin pisaba la duela haciendo, ante nuestros, posible lo imposible. Con extrema naturalidad, botaba el balón sonriendo y corría la cancha con un fuego interior inextinguible, que lo empujaba a buscar la mejor versión posible de sus compañeros y de sí mismo. Su genuina diversión y placer liderando ofensivas cambió la forma en que fue concebido el deporte. Rivalizó para la eternidad con el fenomenal Isiah Thomas (1961, Illinois/USA).

Su estrella cautivó a los fanáticos desde la rivalidad colegiada (portó los colores de Spartans de Michigan State) que estableciera con su némesis Larry Bird (un emblema de Indiana), duelo de estrellas que se prolongaría al baloncesto profesional regalándonos tres Finales de NBA (1984-1985-1987) para el recuerdo. Con habilidades de hechicero, su propio show dio rienda suelta el corazón californiano, a su debut en 1979. Sus contraataques furiosos, sus pases sin mirar o su dribble endemoniado enfervorizó al Forum de L.A. durante una década dorada. Anotando, reboteando o pasando el balón, aseguraba cada noche una triple decena (consiguió un total de 138 en toda su carrera) y hacía lo que fuera por llevar a su equipo a la tierra prometida. La destreza exhibida lo convirtió en un epítome del juego espectacular y un abanderado del trabajo colectivo que sacrificó todo privilegio personal.

Exudaba una extrema confidencia en sí mismo, haciendo fácil lo técnicamente difícil. Sin esfuerzo alguno, parecía concretar las más increíbles peripecias deportivas manejando la bola anaranjada. Poseedor de un físico privilegiado, sus robustos 2.06 metros de estaturas compendiaban las habilidades de armador con llamativa elasticidad. El talento del número 32 cautivó al entorno de la liga desde su mismísimo debut, bautismo triunfal de proporciones épicas. La noche del 16 de mayo de 1980, el inescrupuloso base de apenas veinte años de edad comenzaba a rubricar de gloria su leyenda: en el juego definitorio por las Finales, alternó todas las posiciones, incluida la de pívot, ante la ausencia del lesionado Kareem Abdul-Jabbar. Con una actuación magistral, llevó a la escuadra angelina a obtener su primer anillo de campeón de la NBA en casi una década.

Proveniente de las indigentes calles de Harlem, este inmenso pívot poesía una confianza en sí mismo a prueba de todo detractor. Antes de cambiar su nombre a Kareem Abdul-Jabbar, por motivos raciales y religiosos, Lew Alcindor (1947, New York/USA) se había labrado un nombre como estandarte de la Universidad de UCLA, concretando una de las carreras colegiadas más laureadas del básquet no rentado, obteniendo dos campeonatos consecutivos. Al presente, conserva una plétora de récords obtenidos durante el amateurismo y el profuso legado de la NCAA atesora su participación en el denominado ‘el partido del siglo’, venciendo a la escuadra de Houston, liderada por Elvin Hayes (1945, Louissianna/USA).

Durante veinte temporadas en la NBA, estilo, gracia e intensidad lo convirtieron en un competidor nato, que abordaba cada aspecto de su juego con una ética de trabajo feroz. Patentando su prolífico ‘Sky Hook’, desde incontables horas de práctica, y en su calma para ejecutarlo con absoluta belleza plástica, desafió las leyes de la física. Hacedor de un arma ofensiva letal e imparable, amantes del jazz e involucrado en la lucha por los derechos afroamericanos, en 1968 se convirtió al islamismo. Su compromiso no midió el peligro de convertirse en un target político: boicoteó las polémicas olimpíadas de Munich 1972, un evento que culminó en masacre terrorista.

Luego de un lustro prodigioso vistiendo la casaca de Milwaukee Bucks, su carrera contaría con un segundo acto triunfal. Llegó a Los Ángeles Lakers para reemplazar a Wilt Chamberlain en 1973, alzándose con tres trofeos de MVP (1975-1976-1979) y obteniendo un total de cinco campeonatos. Formando un tándem imbatible junto a Magic Johnson, abrazó el gran sueño americano a las órdenes de Pat Riley y jugó hasta cumplir cuarenta años. Su nombre continúa hoy ubicado en lo más alto de la tabla de anotaciones y bloqueos de todos los tiempos. Tan alto cuelga su casaca, en el ápice de un Staples Center atiborrado de leyendas.

Observar a James Worthy (1961, North Carolina/USA) correr la cancha en un contraataque, literalmente, quitaba el aliento. Perfecto ejecutor del básquet en su forma más bella, el portentoso alero de 2.06 metros llamó la atención de los especialistas, al tiempo que despuntaba su carrera universitaria. En 1982, llevó a la icónica North Carolina al título nacional, firmando un memorable juego definitorio perteneciente a los anales de la historia. Eficiente, prolífico y versátil, llevaría sus conceptos técnicos al Showtime angelino, interpretando un rol de reparto crucial en la conquista de tres campeonatos, dentro de un período de cuatro años.

El fenomenal y excitante Showtime encontró en Worthy esa llave irremplazable qué aceitaba una ofensiva de alto octanaje. Casi no desperdiciaba energías ni economizaba movimientos. Su altísimo porcentaje de campo lo convirtió en poseedor de una marca récord que todavía espera hacer batida. Sin necesidad de erigirse como el punto focal de un sistema ofensivo de valores repartidos, su condición camaleónica lo hacía igualmente vibrante: podía explotar en el aire o ejecutar el juego de transición; ser extremadamente preciso en su juego de poste bajo o comprender la ciencia de los intangibles, merced a su entendimiento del juego. Tales virtudes le brindaron confianza y lo convirtieron en una fuerza imparable, jamás bajo presión.

A medida que su carrera avanzó, incrementó sus estadísticas en cada postemporada y su apodo de ‘Big Game James’ no podría calzarle mejor: se probó la capa de héroe y saboreó el gusto, coronándose como MVP de las Finales en 1988. Alabado por la platea Laker, optó por un retiro prematuro, a la edad de 32 años. Su abrupto adiós no impide que la primacía de su genio aún perviva en la memoria de una de las dinastías baloncestistas más ilustres. Sus humildes inicios alguna vez lo colocaron en el lado equivocado de la vida. Worthy supo superar las barreras que el racismo colocó en su camino, transformando los obstáculos en valiosos frutos obtenidos.

El Showtime se convirtió en un fenómeno deportivo, acaparando la atención de celebridades, fans y especialistas del baloncesto. En las gradas del recinto brotaba el furor, mientras el carismático estilo motivacional impartido por Riley -ejecutor de un estricto régimen disciplinario, impensado para las nuevas generaciones- se esparcía en los vestuarios. La palabra del gurú los guiaría hacia a la tierra prometida, y tes fundamentales estandartes encarnan a la perfección los preceptos de dicha cosmovisión baloncestista.



Categorías:Desayuno de Campeones

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