SERIE DOCUMENTAL «AL DESCUBIERTO»: Detrás del escándalo entre Indiana Pacers y Detroit Pistons. Por Maximiliano Curcio

La fuente de archivo recopilada nos provee imágenes que continúan generando desconcierto y asombro. Los testimonios de los involucrados en semejante caos, la noche del 19 de noviembre de 2004, se encargan de poner en perspectiva los daños y consecuencias de un hecho que enlutó el baloncesto norteamericano. Una velada en donde reinó la ausencia de sentido común y buen juicio. La dupla de directores conformada por Chapman y Maclain Way elige repasar uno de los hechos más bochornosos de la historia reciente del deporte profesional. Anverso perfecto de la cima y la gloria reflejados en “The Last Dance”, en el primer capítulo de la docuserie “Al Descubierto” se desnudan las miserias y el salvajismo de una batalla campal. Netflix echa leña al fuego, reviviendo la polémica diecisiete años después.  Recordemos los pormenores en la siguiente reseña periodística:

MALICE IN THE PALACE, TERROR EN AUBURN HILLS

Viernes 19 de noviembre de 2004, Palace de Auburn Hills (Michigan). Por varios motivos, dicha fecha y lugar se convertirían en permanente efeméride de uno de los episodios más lamentables -si no el más- de la historia del básquet profesional norteamericano. El auténtico motín que se desatara, en las postrimerías del partido disputado entre los locales Detroit Pistons y los visitantes Indiana Pacers, resulta un hecho vergonzoso, cuyo infame legado perdura hasta hoy, habiendo impactado, no solo las medidas de seguridad implementadas por la NBA de allí en más, sino también las trayectorias profesionales de cada uno de los jugadores involucrados en una riña que se propagó hacia las gradas, dejando perpleja a la opinión pública entera.

Dilucidando los componentes deportivos de ambos bandos enfrentados aquella noche, podemos comprender la intensa rivalidad entre ambas escuadras y acaso vislumbrar el fogonazo inicial de aquel incendio descontrolado en gigantescas proporciones de testosterona humana colisionando en pleno parqué. Su antecedente más directo ocurrió en el juego de Playoffs que enfrentara a ambos, en el mes de mayo de 2003. Indiana y Detroit dirimían un pasaje a la Final de Conferencia Este, y en un reñido sexto juego una falta antideportiva del siempre incontrolable Ron Artest (1979, New York/USA) derivaría en la penalidad que sellara el triunfo de Detroit. El equipo oriundo de Michigan obtenía su pasaje para enfrentar a New Jersey Nets, en búsqueda de un boleto a la Final, mientras los Pacers saboreaban el amargo sabor de quedar a las puertas de repetir la gesta finalista del año 2000 (en donde habían caído apabullados ante los Lakers de Phil Jackson, Kobe y Shaq). En el vestuario del equipo de vestimenta azul y oro, el alero Artest era el centro de las miradas inquisidoras y enemigo público número uno, responsable de la eliminación, producto de su descalificadora infracción al escolta Rip Hamilton (1978, Pennsylvania/USA). Los jugadores de Indiana estaban convencidos que, de no haber existido tal toma de decisiones por parte de Artest, probablemente el resultado haya sido distinto. Ahora, solo hacía falta una próxima oportunidad para tomar revancha deportiva y probar quien, en verdadera igualdad de condiciones, era el reconocido como ‘equipo a vencer’ en la Conferencia.

Con tales antecedentes y en la polémica que alimentó la escalada de la rivalidad, era esperable que los ánimos estuvieran en absoluto aquietados, en aquella noche de viernes otoñal, en donde Indiana se enfrentaba ante su némesis y antiguo verdugo deportivo. Con algo del maltrecho orgullo propio por probar resarcido, los Pacers eran considerado la fuerza a vencer en la Conferencia Este; muchos especialistas coincidían en que el núcleo formado por jugadores como Reggie Miller, Jermaine O’Neal, Stephen Jackson (recientemente incorporado, vía traspaso), Ron Artest y Jamaal Tinsley constituía el balance ofensivo/defensivo más talentoso de la liga. Y era de esperar que, sin llegar a constituir un exceso de confianza en las capacidades atribuidas, debieran ratificarlo ante los ojos de la prensa y en un partido televisado a nivel nacional. Enfrentar a su principal rival por la corona podría ser, a fin de cuentas, un infernal castigo disfrazado de bendición.

En este punto resulta oportuno mencionar, colocando en perspectiva el legado mancillado de ambas franquicias una vez concretado el furibundo desmán, la implicancia que tuviera, no solo ilustrando las páginas más gloriosas de la liga, sino portando, cada una y en su especificidad, el vital signo de tradición en su más pura acepción al aporte realizado a la historia del basquetbol norteamericano. Dicho de otra forma, las ciudades de Indiana y Detroit respiran baloncesto y poseen ambas una estirpe a la cual honrar con dignidad. La primera llegó a la práctica profesional a través de la primacía de la ABA, luego fusionándose con la NBA en 1976. Hijo pródigo de Indiana (y estudiante egresado de su Universidad local) es el emblema celta Larry Bird (1956, Indiana/USA), quien en el año 2004 cumplía funciones como General Manager, y había sido el responsable de concatenar semejante colección de destacados individuos, conformando un equipo de temer para todo rival aspirante al título. Detroit, por su parte, buscaba revalidar antiguos laureles del bicampeonato obtenido en las temporadas 1989 y 1990. Aquellos inolvidables Bad Boys, caracterizados por un juego rudo y en extremo físico, estaban liderados por Isaiah Thomas, Joe Dumars (actual Gerente General del equipo), Rick Mahorn, Dennis Rodman y Bill Lambeer. La trayectoria trazaba un paralelo con los Boston Celtics liderados por el citado Bird. Los Pistons se convertían en leyenda viva, habiendo tomado el comando de la Conferencia Este, postergando, una y otra vez, a los de casaca verde y blanco y a los emergentes Chicago Bulls de Michael Jordan (1963, New York/USA).

La resultante de aquel episodio acabó dañando, de forma irreparable, la carrera del longevo Reggie Miller (1965, California/USA). Epítome del equipo de Indiana, y constituyendo la única casaca que vistiera durante sus dieciocho temporadas como profesional, el bueno de Reggie entregó a su equipo sangre, sudor y lágrimas, literalmente. Escolta longilíneo y escurridizo, un triplero mortífero que martirizara, una y otra vez a los New York Knicks. Esa sombra fantasmal a la que Michael Jordan jamás quería enfrentar. Las temporadas se habían sucedido, una a otra, y Reggie penaba con equipos carentes de ese plus necesario para convertirse en firmes candidatos a la corona. Con excepción a aquella campaña 2004, y esa colección tan singular de rebeldía, talento y necesidad de probar lo contrario a quienes descreían de este grupo de incomprendidos. Era la última oportunidad para torcer el rumbo esquivo que su carrera hacia el anillo había proveído, y Miller miraba el desempeño desde el banquillo de inactivos: una lesión en su mano lo había llevado a perderse el primer tramo de la temporada. Alistándose para su regreso, de cara a los Playoffs, Indiana era el claro favorito y nada parecía poderse interponer en la marcha de un equipo que, comandado por el especialista táctico Rick Carlslile (1959, New York/USA), iba camino a quitarle a Miller el poco grato mote de ‘campeón sin corona’.

Miller, en pleno declive de sus facultades deportivas, depositaba en jóvenes y ascendentes talentos el éxito de la franquicia. Allí estaba Ron Artest, preso de su volatilidad pero, al fin, un diamante en bruto considerado futuro MVP de la Liga. Especialista perimetral defensivo y legítimo perro de caza, portaba unas condiciones físicas francamente inusuales. Allí también asomaba la emergente figura de Jermaine O’Neal (1978, South Carolina/USA), precoz talento surgido de la escuela secundaria y desestimado por Portland Trail Blazers. Dispuesto a probar a sus detractores como equivocados, O’Neal se había revelado como una fuerza de asombro en la pintura, tan intimidante en ataque como impenetrable en defensa. Stephen Jackson (1978, Texas/USA) completaba este peculiar trío de chicos malos, bajo la figura de aquel sexto hombre dispuesto a sacrificarse cada noche, para beneficio de su escuadra. Proveniente de San Antonio Spurs (donde había obtenido un anillo de campeón), Jackson aportaba química en el vestuario: era el elemento intangible de cohesión. Todo marchaba acorde a lo previsto, hasta aquel fatídico 19 de noviembre…los últimos meses en el profesionalismo del histórico emblema de Indiana no resultarían como pensado de antemano. De hecho, la retirada cobraría forma de extraña pesadilla, epílogo injusto para alguien que había entregado su total fidelidad a una ciudad que lo consideraba un hijo ilustre.

Por su parte, Larry Brown (1940, New York/USA) comandaba tácticamente los designios deportivos de un equipo atiborrado de talento. Los Pistons hacían ostensible el honor al legado de una cuna baloncelista hasta la médula, caracterizada por el juego duro, el entrenamiento en extremo exigente y el mínimo respeto por las reglas, al borde de lo dictado por el reglamento. Merced a una férrea defensiva, Brown buscaba alcanzar en su carrera como entrenador de NBA los éxitos que le fueran esquivos, a juzgar por su palmarés al frente de contendientes camadas de la UCLA (1980-1981) para el torneo NCAA. Carente de estrellas individuales, los Pistons se apoyaban en un andamiaje colectivo perfectamente orquestado. La suma de las partes conformaba una gema sólida y en perfecto andamiaje. El infravalorado base Chauncey Billups (1976, Colorado/USA) organizaba cada ataque equilibrando su fuerza física y espiritual, el efectivo escolta Rip Hamilton podría encarnar a una joven versión de Reggie Miller, el alero Tayshaun Prince (1980, California/USA) se configuraba como la máxima expresión de la entrega y el tesón, el díscolo alero Rasheed Wallace (1974, Pennsylvania/USA) buscaba una segunda juventud deportiva dejando atrás años de mala conducta y el as defensivo Ben Wallace (1974, Alabama/USA) se convertía en el timón y ancla emocional de un quinteto de temer.

Resulta llamativo observar que en el incidente estuvieran involucrados las principales estrellas de los Pacers; aquellos que, supuestamente, deberían brindar el ejemplo. Si entendemos por ‘estrella’ a todo jugador que sea recompensado económicamente como tal, no será arduo dilucidar la responsabilidad ética y moral que se desprende de las astronómicas cifras salariales firmadas. También debes comportarte como estrella y ser consecuente con dicho liderazgo, además de abultar tu cuenta bancaria. La responsabilidad deportiva implica tal compromiso. Inadmisible resulta que tanto O’Neal como Artest y Jackson, obnubilados por la furia y el revanchismo, hayan quebrantado los límites deportivos para ir a medirse, golpe a golpe, ojo por ojo y a puño limpio, con los encolerizados fans que iniciaran el incidente.

Conocido como The Palace y ubicado en los apacibles suburbios de Auburn Hills, el estadio en el que hiciera las veces de local la franquicia de Detroit es un templo deportivo sin igual. Para cuando pasara a la prehistoria deportiva (cerró sus puertas y fue demolido en 2017), aún en sus paredes resonaban los fantasmas de aquella funesta noche. No obstante, su legado preserva un costado mucho más luminoso y plagado de gloria. Fue el recinto que viera coronarse campeón, por partida doble, al equipo comandado por el coach Chuck Daly (1930-2009, Pennsylvania/USA). Fueron sus gradas las que albergaron, por exactas tres décadas a una legión de partidarios de lo más representativas de toda la nación NBA. Vale decir, a estas alturas, que Detroit respira baloncesto y que su fanaticada encarna el típico y sacrificado simpatizante ‘blue collar worker’ que engendra la pasión absoluta por aquellos colores sagrados a los que entrega su vida, como si de un ciego credo se tratara.

Tal legado se apoya en la tradición anaranjada y pasión de multitudes de una urbe con pasado insigne, excediendo las estructuras del pabellón sito en Auburn Hills: en el estado de Michigan conviven dos universidades que son consideradas genuinas masterclass de baloncesto. Los Spartans de Michigan State vieron a un joven prodigio llamado Magic Johnson mostrarse al mundo como un reluciente y pionero base en molde moderno. Mientras que los impetuosos Michigan Wolverines cambiaron para siempre las normativas publicitarias del deporte colegiado, bautizando a los fantásticos Fab Five, liderados por los futuros NBA All Stars Chris Webber, Juwan Howard y Jalen Rose. Puede que, a excepción del surgimiento estelar de Grant Hill, a mediados de los ’90, la historia reciente de los Pistons no hiciera estricto honor al binomio campeón durante la era de Bad Boys, pero esta nueva versión contendiente encendía la ardiente llama deportiva de una horda de adeptos ruidosos a la bandera tricolor, dignos de convertir al Palace en el lugar más hostil para cualquier equipo visitante que osara adentrarse en el recinto.

Dicen que la historia es circular y vuelve a repetirse. Bajo tal paradigma, no resulta extraño cotejar que el disparador del incidente ocurrido fuera una falta antideportiva…cometida por Ron Artest. Podríamos filosofar acerca de si puede un ser humano, como entidad pensante, cometer el mismo error, en repetidas ocasiones. Como un eco de aquel episodio bochornoso de postemporada, los fanáticos del baloncesto nos encontrábamos, nuevamente, viendo a Artest deleitarnos con su especialidad: perder los estribos en pleno juego. Faltaban apenas dos minutos y quince segundos para un partido que ya estaba definido. Detroit ganaba por abultado margen y se interpreta la conducta irresponsable del alero como un acto de pura frustración. Sin embargo, la NBA -jamás presa de la costumbre de contemplar forcejeos e intercambios verbales poco felices dentro del rectángulo de juego- no estaba preparada para lo que iba a contemplar a continuación.

Un gesto provocador de Artest en la mesa de anotaciones aceleró la virulenta reacción de la fanaticada, quien atacó al jugador de Indiana, arrojándole objetos contundentes. Lejos de amilanarse, el mercurial Ron contraatacó. En pocos segundos, un pandemonio enloquecido se había desatado. La autoridad policial brillaba por su ausencia, en esta batalla campal que no distinguía a jugadores fuera de sí de irritados y enfervorizados simpatizantes. El espíritu deportivo se había esfumado en el aire y la falta total de criterio y raciocinio había nublado el juicio de un grupo humano en plena pelea callejera. El saldo se asumía desparejo: un total de 30.000 locales destruían las instalaciones de su propio estadio y las dirigían, como proyectiles, hacia la humanidad de desprotegidos jugadores. El desconcierto era mayúsculo, la liga jamás visto la situación salirse de causa con semejante virulencia y magnitud. A los pocos minutos de aquietados los focos de agresión, las cadenas televisivas y las portadas de los periódicos eran contundentes: un fidedigno tumulto había sacudido por completo a la liga.

En las horas subsiguientes a tan dantesco y sublevado desenlace, las sanciones no se harían esperar. Tampoco la estigmatización a la comunidad de jugadores afroamericanos, a quienes se calificó de matones y gángsters. Las voces de las altas esferas dirigenciales se hicieron oír estruendosas: era inminente un rotundo cambio en las normativas de seguridad de la liga y en el código de comportamiento que regula las actividades civiles de los jugadores en ejercicio. David Stern (1942-2020, New York/USA), comisionado en funciones de la liga desde 1984, castigaría con inédita severidad a los Pacers involucrados en la barbarie, siendo Artest el destinatario de una penalidad sin precedentes: sería suspendido por el remanente de la temporada. Excediendo la reprimenda deportiva para afrontar cargos judiciales que salpicarían de polémica el curso de una temporada con rumbo incierto, el trío Pacer involucrado en la reyerta debió enfrentar la ignominia y la lapidación pública. Envuelta en un clima enrarecido, la prensa especializada, impiadosa y poco contemplativa, se encargó de enjuiciar moralmente a los deportistas profesionales que tomaron partido del denominado ‘Malice in the Palace’.

A la temporada siguiente, las estructuras de Indiana Pacers se desmantelarían. Reggie Miller, mentalmente exhausto tras llevar las riendas anímicas de una organización devastada por el incidente, optaría por el retiro de la práctica profesional ya sin la búsqueda del ansiado anillo a la vista, mientras que los disidentes Ron Artest y Stephen Jackson serían traspasados a otros equipos, con miras a descomprimir un ecosistema humano viciado y carente de positivos objetivos. O’Neal, notoriamente perjudicado en sus aspiraciones de grandeza, permanecería como líder de un roster en plena reestructuración. Los Pistons, sin embargo, se conformarían como el exacto opuesto de tal ecuación, saliendo claramente mejor parados de un escándalo que cobró magnitud de dilema nacional. Conservando entereza y con sus objetivos deportivos intactos, Larry Brown y sus dirigidos marcharían camino a convertirse en campeones de la NBA, catorce años después de la última conquista ‘Bad Boy’. Lo harían de manera contundente, derrotando en cinco juegos al all-star cast (Shaquille O’Neal, Kobe Bryant, Karl Malone y Gary Payton) reunido por los siempre poderosos Los Ángeles Lakers.



Categorías:Desayuno de Campeones

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