CUENTOS: «ROSAS AMARILLAS». Por María Nieves Gorosito.

Miles de hipótesis: que se habría perdido, que lo habrían secuestrado, que habría tenido un accidente y estaría inconsciente en algún hospital. Lo único certero era que Don Mariano había desaparecido, como engullido por un agujero negro, luego de comprar el diario y un ramo de rosas amarillas.

La nieta del hombre les dijo a los efectivos de la Sub DDI de la ciudad de Balcarce que su abuelo, a pesar de tener ochenta años, era muy activo y acostumbraba a salir a caminar por las tardes. Tenía el trayecto establecido: compraba el periódico y luego merendaba en el bar de Norberto. Nunca se ausentaba más de dos horas de la casa. El puesto de diarios, el bar y su edificio conformaban el triángulo de las bermudas en el que Don Mariano se habría perdido.

Norberto le dijo a la policía que esa tarde el desaparecido no había ido a merendar como de costumbre.

—Me pareció raro —declaró al uniformado, mientras se colgaba al hombro el repasador con el que limpiaba las mesas—, pero como se había vacunado pensé que no se sentía bien.

Jorge, el quiosquero, les dijo a los oficiales que no había visto nada raro en Don Mariano.

—Me pidió el periódico como siempre. Se lo di. — Jorge escenificó lo que decía de manera teatral; siempre había querido participar de un operativo policial.  El oficial que anotaba los hechos lo miró por encima de los anteojos. —Después hablamos de cómo duelen los huesos por la humedad y del partido del domingo. Cosas de dos viejos como nosotros.

La joven que atendía la florería del barrio se acercó al grupo de personas frente al edificio del desaparecido y pidió que le tomaran declaración. Nunca antes había visto al hombre mayor que buscaban, pero reconoció su rostro en la foto que mostraban en el noticiero. No tenía dudas, era el señor del ramo de rosas amarillas.


Luego de la entrevista con la prensa se fue a la habitación del hotel para cambiarse e ir a caminar a la playa; siempre lo hacían cuando John, su marido, estaba vivo. Lo extrañaba, había sido un gran compañero. La de ellos fue una historia esperable entre dos apasionados del océano, pero quizás ese fue el problema…la pasión sólo había estado en el océano.

Se descalzó para sentir la arena bajo los pies. La playa era ancha, ella caminó sobre la línea húmeda y espumosa de la huella que dejaba la marea. Sus pasos eran en línea recta. Nunca había permitido que nada ni nadie la distrajera de su profesión como bióloga marina, ni el propio deseo. Fue la primera mujer que lideró un equipo de laboratorio submarino en los años ’70. Había pasado más de 7000 horas bajo el agua, y a sus setenta y tres años seguía entregándole su vida a las expediciones. Toda su juventud se la dedicó a su profesión, no había espacio para otra cosa. John se adaptaba con facilidad a sus planes, y por esa razón el día que le hablaron de amor, sintió terror.

La última vez que había recorrido aquellas playas argentinas fue con él, mientras su esposo arreglaba los últimos detalles del viaje que los llevaría de vuelta a Nueva Jersey. Cobardemente le dijo adiós al fotógrafo argentino que en un par de días le había alborotado su mundo prolijo. Con tan sólo un beso la sumergió en aguas que ella, una experta del buceó, jamás había conocido.

Se desempeñó como directora de los documentales para National Geographic y fue la primera científica jefe de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica. En una vida atiborrada de trabajo dejó que se hundiera, como un viejo buque en las profundidades del mar, el recuerdo del único hombre que la obnubiló.  Y aquellas olas, casi cuarenta años más tarde, sacaban a flote la reminiscencia de un viejo amor con olor a rosas amarillas.


No lo dudó, cuando abrió el periódico y leyó como título “Olena Moore, destacada bióloga marina norteamericana, en Mar del Plata”, se subió a un taxi con ese destino. Aquellos renglones informativos explicaban que la prestigiosa bióloga daría una charla en un reconocido hotel marplatense, ubicado frente al mar (dónde él la había conocido). Hablaría sobre un nuevo diseño de submarino construido por su empresa. “La viuda de Walker afronta el nuevo desafío de continuar sola a cargo de la empresa Deep Ocean Engineering, que fundó con su marido. Una empresa de excelencia en el diseño de sistemas robóticos submarinos”, decía el periódico.

—A Mar del Plata, por favor — le ordenó al taxista y luego le dio el nombre del hotel.

El taxista asintió y lo miró con inquietud por el espejo retrovisor. Don Mariano le esquivó la mirada y se sumergió entre las páginas del diario, pero en lugar de leer pensaba en ella. El cabello colorado con pronunciados bucles, su piel de luna y suave como los pétalos de las rosas que llevaba para ella. La foto del diario no era la misma imagen que él tenía en su recuerdo, pero su boca envolvente y el brillo de su mirada y sonrisa eran las mismas. Cerró los ojos para sentir el beso de sus labios con sal de mar, que él degustó como la más dulce miel. Flor de un néctar inolvidable que, aún en el ocaso de la vida, lo seguía atrayendo hacia sus pétalos como la abeja obedece a sus instintos.

Su esposa hacía años había fallecido, la quiso mucho y por ese cariño se había prohibido pensar en la sirena de cabellera colorada. No hubiese dudado un segundo en estrellar el barco contra las rocas de la isla y ser devorado por esa magnífica criatura; pero ella no se animó a cantar.

Tres encuentros bastaron para dejarle una huella imborrable del corazón. ¿Me recordará?, se preguntó en aquel taxi y a mitad de camino. La idea de un “no” como respuesta lo acobardó y se desplomó temeroso sobre el respaldar del asiento trasero de ese taxi que se había convertido en un carruaje de príncipe añejo. El rojo del atardecer derramándose sobre los campos lo trasladó hacia aquella última vez que la vio. Los últimos rayos de sol convertían en montañas de lava las dunas entre las que se deslizaba risueña y provocativa su sirena colorada, mientras él gatillaba, una y otra vez, la cámara de fotos. El atardecer y sus labios rojos parecían estar hechos del mismo material empíreo.

Cuando él había desviado la mirada para sacar del bolso una rosa amarilla, la mujer se perdió en el paisaje. Con la flor en la mano apretó el paso para alcanzarla. Su doncella se había sentado en la arena y contemplaba seria y nostálgica la marea. Él se acercó callado, sabía lo que estaba pensando…se imaginaba la respuesta. De todos modos, se sentó a su lado para contemplar juntos cómo la bola de fuego celestial se hundía en el mar; aquella ilustraba el destino de ese amor. Antes de que el último hilo de luz se apagara por el agua fría del mar, la sirena embistió la boca del fotógrafo. El rugido de las olas tapó el llanto del alma de los enamorados y con el último rayo de sol se extinguió en un beso aquella historia. Los labios de la norteamericana se abrieron y la lengua del argentino rompió con todo límite fronterizo de sus cuerpos. Ese día el atardecer duró más. Se soltaron agitados y febriles cuando oyeron que el esposo la llamaba del otro lado de la montaña de arena. Ella se levantó conmocionada por el beso, él le entregó la flor y la sirena se fue dejando como único rastro el perfume a rosas amarillas.

—Llegamos — le dijo el taxista.


Olena, después de mucho tiempo, volvía a aquellas dunas que fueron las testigos del único acto de locura y pasión que tuvo en su vida. El corazón nunca más se aceleró como lo había hecho bajo la mirada penetrante de ese hombre taciturno. Su piel nunca más se estremeció como lo había hecho por sus caricias.

Se quiso convencer con que todo lo que ella recordaba estaba alterado por sus hormonas juveniles. La adrenalina de lo prohibido le había jugado una mala pasada, y había magnificado la experiencia y el recuerdo. Esos amores no existían más que en las novelas que leía. Hizo bien en no cambiar su historia con John por un amor de tres días.

Sin embargo, durante toda su vida, bajo el último hilo de luz del atardecer la asaltaba el recuerdo del fotógrafo.

—¿Te gustan las rosas amarillas? —le preguntó luego de que se besaran y le entregó la flor antes de que se marchara con su esposo, que la llamaba del otro lado de las dunas.

—Son mis favoritas —le contestó un tanto aturdida por la situación.

—Me encantaría poder darte un ramo entero cada día. — Detrás de aquella expresión de deseo se escondía un ruego, pero los ojos de ella le pedían perdón.

La amante se perdió detrás de los médanos dejando atrás ese mundo paralelo. Vio a su esposo caminar hacia ella con serenidad y confianza y todo lo vivido le resultó de ficción. Sin embargo, los labios le ardían, reclamaban a ese hombre que como nadie la había besado arrastrándola por un mar de embravecidas emociones.

Mientras continuaba caminando, el frío la despertó de aquellas reminiscencias, el sol terminaba de llorar su última gota de sangre sobre el mar y la oscuridad había unificado el paisaje. Decidió volver al hotel. La playa estaba vacía, sólo una silueta corría cercana al gran espejo de agua en el que se reflejaba la luna. Sintió miedo por encontrarse sola en la playa a esas horas, el conserje le había advertido que la zona se volvía peligrosa durante la noche. Pero recobró la calma cuando descubrió que la silueta en movimiento era la de un joven deportista entrenando. Siguió caminando para alejarse de la oscuridad hacia una de las salidas de la playa frente a la entrada del hotel en el que estaba parando.

Un hombre mayor estaba sentado fuera del edificio y notó que tenía un paquete sobre el regazo, pero la oscuridad de la noche no le permitía distinguir qué era. Al verla se puso de pie, y ella descubrió que lo que cargaba entre las manos era un ramo de rosas amarillas. Era él, conservaba en la mirada ese halo de misterio en unos ojos ligeramente más avejentados. A ella se le dibujó en el rostro una ancha sonrisa, él respondió arqueando sus labios y levantando la mano. Olena cruzó la calle y quedó frente a Mariano, tenían los ojos cargados de emoción. Él le entregó el ramo de rosas y Olena lo besó en la mejilla. Se abrazaron ignorando las luces de la policía que ululaban y dibujaban círculos azules y rojos en el cielo de la noche.

—Don Mariano —le gritaba uno de los efectivos desde el móvil —, ¿es usted Don Mariano, de Balcarce?



Categorías:El Muro

2 respuestas

  1. Me gustó!!!!
    un cuento adorable 💕🌹

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  2. Carina, muchas gracias por dejar tu comentario. Saludos!🌹

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