Relatos: CAFÉ CORTÁZAR. Por DANIELA PATRONE

Agustín estaba sentado en una de las mesas del Café Cortázar, ubicado en la esquina de Cabrera y Medrano, esperando por su mujer Natalia y Ramiro, su hijo de cuatro años recién cumplidos. Ese bar había sido testigo de su historia de amor desde un principio. En él había conocido a Naty, seis años atrás, cuando ella iba a ese sitio a estudiar y él a encontrar un poco de calma luego de una dura jornada laboral. Los recuerdos de ese 27 de marzo estaban grabados con sumo detalle en su memoria y en su corazón.                                                                                                Ella leía y tomaba apuntes, hasta que en un momento decidió levantar la cabeza y sus miradas quedaron prendadas. Agustín le dedicó una sonrisa a la que ella respondió tímidamente y de inmediato volvió a zambullirse en los libros. Él no pudo quitarle los ojos de encima en lo que duró la consumición de su capuchino italiano. Como si lo hubiesen planeado, ambos se levantaron y se dirigieron hacia la salida. Afuera llovía torrencialmente. Ella no tenía paraguas, él le ofreció el suyo.

            —Agustín.

            —Natalia.

Caminaron unas cuadras tomados del brazo y a partir de esa noche, no se soltaron más.                                                                                                                             El Café Cortázar también había sido testigo de la propuesta de matrimonio y, allí mismo también, Naty le había anunciado que estaba embarazada. Esas cuatro paredes encerraban los momentos más felices de su vida y los más importantes, como en esta oportunidad, que el encuentro sería de gran importancia pero de poca dicha.                                                                                                Agustín miró su reloj, eran las 9:30 de la mañana y habían quedado en encontrarse a las 9. Justo cuando agarró su celular para enviarle un WhatsApp la vio venir, a toda prisa, con el hijo de ambos tomado  de su mano. A pesar de los años y los momentos compartidos, la imagen de esa mujer le seguía sacudiendo el alma.

Natalia entró al café y lo buscó con la mirada hasta encontrarlo en la mesa de siempre, la que estaba pegada al ventanal, la mesa que pertenecía a ellos. ¿Por qué lo había buscado en otra parte del salón? ¿Acaso había podido olvidar que ese era el sitio de ambos? El corazón se le estrujó, Natalia estaba cada día más lejos.                                                                                                                                            Al verlo, Ramiro corrió hacia él gritando de felicidad. Agustín se paró y lo tomó en brazos, haciéndolo girar. El niño reía, el hombre lloraba. Cuando lo depositó nuevamente en el piso, Rami le dijo:

 —Papito, ¿por qué no venís a vivir a la casa de la abu con mamá y conmigo? ¡Te extraño mucho!

Agustín y Natalia se miraron. Ella decidió responder.

 —Rami, papá por ahora no puede, sabés que está muy ocupado con el trabajo.

Esa respuesta, a Agustín le supo a indirecta, a reclamo. Como siempre, ella se quejaba de la cantidad de horas que él le destinaba a su empleo.

 —Hijo, te prometo que muy pronto vamos a estar los tres juntos otra vez.  —Diciendo esto, miró a Natalia con intención. Ella no acusó recibo y se sentó frente a él, ubicando al niño a su lado.                                                                                                El mozo se acercó y tomó el pedido: Un café doble para Natalia, un submarino para Ramiro y una lagrima para Agustín. Luego, la mujer sacó de su bolso un librito para colorear y un par de crayones que entregó al niño.

 —Esto lo tendrá un rato ocupado y nosotros podremos hablar tranquilos.

Agustín estiró la mano y tomó la de ella.

 —Te extraño, Naty. Volvé, no nos hagas esto.  —Ella se apartó.

 —Agustín, yo no estoy haciendo nada que vos no me hayas hecho antes.

            —No seas tan dura, estoy sufriendo ¿Acaso no te importa?  —Natalia rio con amargura.

 —¿Te pensás que sos el único que sufre? ¿Te creés que yo la estoy pasando bomba con esta situación de mierda?

—Sé que no y por eso mismo te pido que reflexiones y vuelvas a casa. Por vos, por Rami, por mí, por nuestro amor. ¿Ya no sentís amor por mí?

En ese momento llegó el mozo con las bebidas.

            —¡Iupi!  —Celebró Ramiro.

Cuando el mozo se retiró, Agustín volvió a atacar.

            —Respondeme lo que te pregunté ¿Ya no sentís amor por mí?

 —Mmmm ¡qué rico que es este chocolate!  —dijo Rami, en su mundo, ajeno a la discusión de sus padres.

Natalia suspiró.

 —¿Te soy sincera? Ya no sé qué es lo que siento. Tengo muchas dudas.

            —¿Querés que te diga cómo se llaman tus dudas?  

 —Agustín, no empieces con eso otra vez.

 —Sí, empiezo, tus dudas se llaman Martin López, tu simpático compañerito de trabajo.

 —Yo también tengo en el jardín un compañerito que se llama Martin y es muy simpático  —acotó Ramiro, dejándolos pasmados, pues ambos pensaban que no les estaba prestando atención.

Trataron de serenarse, pero la paz duró poco.

 —Está bien, fue Martin, pero también podría haber sido Pedro, Juan o Mario ¿Y sabes por qué? Porque no se trata de ellos, sino de vos. Vos me dejaste relegada, sola, abandonada.

 —¡Natalia! ¿Cómo podés decir eso? Vos y nuestro  hijo son mi vida.

 —¡Vaya vida! Trabajando hasta tarde, todos los días, incluso los fines de semana. Hasta llegué a pensar que tenías una amante, pero no, nos abandonaste por algo mucho peor, por algo contra lo que no puedo competir.

            —Todo lo que hago, lo hago por ustedes, para que tengan una buena vida.

 —Claro, una buena vida, sin necesidades materiales, pero sí espirituales. Agustín, yo no quiero una vida de reina, yo quiero amor, sentirme amada, cuidada, compartir las cosas simples de la vida, lo normal.

 —Yo siempre estuve con vos.

 —¿Ah, sí? Entonces contáme, dónde estabas la noche en la que me dieron mi título de arquitecta o por qué Ramiro y yo tuvimos que ir solos a la celebración de la boda de oro de mis padres.

Agustín guardó silencio.

            —No tenés respuesta ¿verdad? Entonces te lo digo yo, estabas en tu maldito trabajo, en tus malditas reuniones, en tus malditas conferencias, en cualquier maldito lugar menos conmigo y con él.  —Natalia no se pudo contener y comenzó a llorar. Ramiro se asustó y la abrazó.

 —Mami, ¿por qué lloras?

            —No pasa nada, amor, cosas de grandes. ¿Te pido otro submarino?

            —¡Sí!

Se mantuvieron en silencio un buen rato, hasta que por fin Agustín dijo:

 —Lo siento. Sé que tenés razón en todo lo que me decís y sé que el único culpable de todo lo que sucede soy yo, pero así, con mis errores, con mis millones de defectos, te amo y no quiero perderte.

Natalia asintió, estaba agotada. Esperó a que Ramiro terminase su segunda taza de chocolate y le dijo a Agustín que había sido demasiado por ese día. Volverían a encontrarse y a tratar de ponerse de acuerdo sobre lo que sería lo mejor para los tres. Él la dejó ir.

Otra vez solo, en el café de sus amores, mirando por la ventana, la vio partir  junto a su hijo. Pagó la cuenta y también se marchó, pero antes de hacerlo, le dirigió una última mirada a ese lugar que tantos buenos recuerdos encerraba y que ahora lastimaban, dolían, sangraban, y tuvo la certeza de que ya nunca más volvería a él.



Categorías:Pulsos

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