EN ESCENA: Reseña de la obra «Cosméticos» (Teatro del Pueblo/C.A.B.A.)

LOS SURCOS DE LA VERDAD

por MAXIMILIANO CURCIO

Escrita por Bernardo Carey y representada a lo largo de los últimos cuarenta años, “Cosméticos” regresó con total pertinencia, y pertenencia, a la cartelera local. Habiéndose estrenado el día 1 de octubre, la obra llegó a su décima función el pasado 10 de diciembre, en Teatro del Pueblo (Lavalle 3636). La puesta homenajea a su director, el renombrado Julio Ordano, recientemente fallecido y quien llevara a cabo su primera representación en 1979. En su nueva versión, se encuentra protagonizada por Roxana Randon, Mariángeles Bonello, Cecilia Labourt y Julieta Ceolin (reemplazando a María Laura Cali, quien llegó a formar parte de la última reposición); mientras que la escenografía y vestuario está a cargo de Alejandro Mateo y la iluminación corresponde a Roberto Traferri. Ambientada en la convulsa Buenos Aires de 1978, la historia reúne a cuatro mujeres bajo un mismo techo: una casa familiar que guarda verdades y secretos, y sobre la que se avecina una decisiva tormenta emocional.

Al iniciar la obra, vemos a Doña Generosa (Roxana Randon), sentada en su sillón. Desde allí, mueve los hilos del clan femenino. Manipula, domina, ejerce poder. Por costumbre, tradiciones porteñas. Cuida las apariencias y se preocupa en recordarle a su hija -Raquel (Cecilia Labourt)- como eran las cosas allá entonces. De allí venimos, esto es lo que supimos construir. Primera identificación, pasa en las mejores familias. Raquel emprende una actitud que enciende el conflicto, sin poder hacer demasiado las paces con su pasado, mientras su madre es el vivo recuerdo de la familia; es la voz de generación en generación. Y anuncia la llegada de Ágata, su nieta, de regreso a la casa familiar. La intriga nos invade, no es un retorno heroico ni mucho menos. Ágata perdió su trabajo (en un hospital), busca refugio (¿de quiénes escapa?). Extravió también su propio rumbo, dice Doña Generosa; pero ni un ápice de su belleza, agrega. Y que cambiada está, remarca su abuela, y el elogio, en su envés, dispara un dardo venenoso contra su hija, la madre de Ágata. Ella sí, vos no. Hay algo en el paso del tiempo y esas marcas físicas que no son solo rasgos. Aunque el rostro de la menor del clan se ilumine cuando su abuela le recuerda rituales tradicionales, gustos y conductas de su infancia. La magdalena proustiana. Pero no, lo que aflorará a continuación no serán recuerdos ingenuos.

Ágata reconoce el espacio que la rodea, estudia las sensaciones que corren por su cuerpo. Es el suelo que pisa, es la historia que se abre, y el interrogante que permanece. Un golpe de vista que, a primera impresión, incomoda, y un reencuentro que aligera la tensión en una botella de vino que Ágata implora abrir, de rodillas. Ella también sabe manipular, insiste su abuela, admirando la capacidad de persuasión de su discípula, que, en realidad, no es más que inocente juego en los labios de Ágata. Doña Generosa interpela a su nieta mientras ella, metódica y cuidadosamente, despliega los elementos de su maletín y prepara una medicina. La más joven de la casa va y viene por la habitación. Busca, indaga y examina; interpretamos, por su lenguaje corporal, la forma de procesar la historia detrás de la historia que cobijan esas paredes. La abuela insiste sin sutilezas y con puntería certera, la nieta contesta con sarcasmo e ironía. Un registro que roza lo delirante y que abundará a lo largo de la hora de duración de la obra. Aunque no se trate, en absoluto, de una trama sencilla de digerir, el efecto disuade la tensión que se cierne sobre el círculo familiar. Sabemos que el ser humano puede recurrir al instrumento humorístico en el peor de los escenarios. A veces, una risa nerviosa, al fin, maquillando parte de la cruda verdad; paradojas que definen a nuestra condición y mecanismos de autodefensa, quizás.

Mientras tanto, en el cuarto de atrás una agonía puede avivar secretos guardados de aquellos que mejor callar. No lo vemos, pero lo intuimos, y el cuerpo en tránsito a la inevitable muerte podría representar una metáfora de una verdad a punto de estallar. No hay tiempos para duelos. Hay un relato familiar sesgado y un lugar vacío dispuesto a ser llenado. Figuras intercambiables, actos inconfesables, nada cambia realmente, la sangre es para siempre, ¿qué podemos hacer? Atraviesan el relato mandatos asumidos por obligación. ¿Por qué íbamos a cuestionarlo? Es el poder de la decisión y qué partido tomar. Afuera, en las calles, había miedo y paranoia. Puertas adentro, en la casa, es mejor guardar la compostura y no hablar de aquello horroroso que una sociedad hipócrita y una concepción patriarcal avalaron. Aunque madre e hija intenten ocultar sus miserias, aunque se tergiversen los recuerdos. Aunque Ofelia (Julieta Ceolin), fiel compañía de la familia en igual medida que víctima del rol marginal que le tocara en suerte, cargue dentro suyo una profunda angustia y acuse recibo de los efectos etílicos que obnubilan los sentidos. Acaso sea mejor así, ¿cómo soportar el peso sino? Verbalizándolo para soltar, no hay otra opción. La obra va ganando en intensidad y el motivo de la discordia comienza a revelarse, paulatinamente.

Como fuerzas pugnando, Doña Generosa y Ágata enfrentan sus convicciones a la manera de dos extremos opuestos. Miradas polarizadas, diametralmente confrontadas. La dilatación de una mentira. La urgencia de una verdad. Y allí, la extraordinaria, magnética, Mariángeles Bonello se convierte en el eje absoluto de la obra. Su personaje engendra el contrapeso ideológico al que interpreta la igualmente excelsa Roxana Randon, constituyéndose en el motor y canal argumental que activa lo que veremos a continuación. Adueñándose del escenario con notable carisma y magnitud, en la piel de Bonello, Ágata representa y enarbola una opinión radical que opera el cambio. Ella no teme definir al género masculino de la forma más contundente y menos condescendiente posible. Sin piedad, las marcas en su piel nos aleccionan que no debería tenerla. Y expulsa su dolor, grita su verdad, valientemente. Y percibimos ese silencio aprisionado en cada facción de su rostro, en cada gesto contenido. Brutal y mérito de su intérprete.

Verdad que se sabe, pero no se dice, todo queda puertas adentro. Cuidando los buenos modos que resguardan un acto perverso, que sabemos acallado por años. El horror de una historia multiplicada en miles de mujeres y un instante de inflexión primordial en la obra. Y es esa rabia expulsada por Ágata que es frustración, sin ya poder más contener toda su angustia latente en años de robada inocencia, si no se asume el daño causado. Sin ánimos de impostar, todo es temblor sobre el escenario, desenvuelto en unos instantes de arduo cara a cara con el personaje de Randon. Se nos brinda una clase magistral de actuación y motivo de aplauso de pie. Allí, se resume el cabal sentido y la extraña belleza de una obra para nada sencilla de digerir. El rapto de furia por tiempo retenida que busca sacudir a las conciencias dormidas, y es el llanto de dos mil años de incontables abusos acallados. ¿No te acordás, mamá? No era así, insiste Ágata, ante la pasividad de Raquel y empuña su verdad como un fusil. Militante disimulada bajo su impecable vestuario, al fin todos portamos nuestras máscaras. Todo disfraz oculta sus marcas, disimula su dolor.

De boca de Ágata se pronuncian sentencias incontrastables. Genuinamente, se pregunta si todavía dentro suyo hay lugar para amar. Si habita un corazón dispuesto a brindarse, brota en esa toma de conciencia la sensibilidad total. Y al amparo de esas paredes que todo lo distorsionan, se anima a desafiar a dos presencias femeninas envueltas en hipocresía. Con carácter suficiente, no teme profanar el retrato intocable del abuelo, una presencia fantasmal. Desdibujar la figura idealizada del patriarca, un peso ausente. En Ágata visibilizamos la fragilidad de un ser quebrado internamente, pero no derrotado; que encuentra en la lucha, en el empoderamiento, en la resistencia y en el cambio, una vía de escape para no morir en el intento. Y empatizamos, creemos en los motivos de su indignación. Lágrimas negras inundan su mirada perdida, quien sabe divisando en qué rincón aquel recuerdo, pero no hay maquillaje que prevalezca intacto, ni maltrato por años reprimido que no desee pronunciarse. Un acto de justicia y un valiente decir de urticante verdad.

“Cosméticos” se encumbra, entonces, y gracias al talento de su elenco, como una obra relevante y necesaria, que perdura en nuestra capacidad de autocrítica como espectadores. Esa casa y esa historia familiar es la pequeña escala de un mosaico social poderoso. Actos ocultos por conveniencia y tradición de apellido salvaguardado por las apariencias. Aquella foto en el retrato permanece intacta. Aunque el recuerdo, se vuelva borroso. La memoria partida sabe guardar silencio. La imagen saturada pone de manifiesto temas de hondo calado actual, colocando en jaque aquel paradigma, asimilándolo a nuestra realidad, tanto en las conquistas logradas como en las cuentas pendientes a saldar, trayendo los ecos de un tiempo de sumisión, postergación, desigualdad y sometimiento. ¿Te pusiste colorete? Repite, una y otra vez, Doña Generosa. El artificio que maquilla una realidad opaca.

“Cosméticos” examina vínculos disfuncionales y cegueras tóxicas que naturalizan el síntoma. Dinámicas de un tiempo conservador, cicatrices abiertas de un país en donde las libertades individuales no estaban aseguradas. Resquicio de duda sobre la cual replantear nuestro presente y heridas que se perpetúan en la fibra más íntima de nuestro ser. Esas arrugas no se van, ese daño causado imposible de disimular ni pasar desapercibido. Estas arrugas no se van, incrédula exclama, presa de la desesperación, el personaje que interpreta la siempre impecable Randon para clausurar la obra. Minutos antes, en amplio arco dramático, y luego de la catarsis a oídos (no tan) sordos acometida por Ágata, llegaba la calma reposada de un sueño en brazos protectores. Mientras se hace más lenta su respiración, como si la mentira aquietara a la mente, paliativos para un mal menor. Un cofre que resguarda la buena fortuna familiar pareciera ser el antídoto mágico. Cuando se vive de recuerdos, si la memoria no hace trampas a la hora de reconstruir la propia identidad mutada. Recuerdos, que a veces son tan solo una ilusión. Al fin, dice la abuela, la mentira prevalece…que cuanto más grande es más fácil de comprar se hace. Verdades que engañan y pecados veniales -y no tanto- para alivianar el peso a la hora de devolver el reflejo al espejo. No hay nadie más que uno mismo ante quien sostener la mirada.



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