Relatos: NUNCA MÁS. Por DANIELA PATRONE

Fue en plena adolescencia cuando Victoria sospechó que no era hija de los Quiroga. Un comentario de Adela, su madre, disparó todas las alarmas.                                 

Esa tarde, había llegado del colegio junto con su amiga Perla y, sin querer, ambas escucharon una discusión entre los padres de Victoria.     

                                        Su Padre, Augusto Quiroga, era un militar perteneciente a la Fuerza Aérea Argentina. Era difícil la convivencia con él. Hombre estricto, de pocas palabras y escasas o nulas demostraciones de afecto. Victoria soñaba con un padre que la llevase a la plaza a andar en bicicleta, que le leyera un cuento antes de dormir, que dibujasen juntos, que la abrazara fuerte aunque sea en el día de su cumpleaños; pero no, esas cosas tan comunes en la vida de otros niños, parecían estar negada para ella. Lo que no se le negaban eran las discusiones siempre presentes entre sus progenitores. Como en esta oportunidad, en la que Victoria escuchó a su madre decir entre gritos y sollozos: «Ya no es una niña, no le podemos ocultar su derecho de saber quién es, tiene que conocer la verdad, estoy cansada de mentir».                                                                                            

    Adela le temía a Augusto, sus gritos e incluso golpes la habían convertido en una mujer sumisa y sufrida, pero ya estaba harta de los engaños y de vivir escapando. Cada tres años, la familia abandonaba el barrio en el que vivía. No tenían amigos, y la escasa familia que les quedaba, residían en la provincia de Misiones. Solo eran ellos tres y su vida de engaño.                                                              Al escucharlos, Victoria no los enfrentó. Dividida entre la vergüenza y el dolor, se volvió a marchar junto a Perla. Ambas amigas se sentaron en una plaza.

—¿Escuchaste lo mismo que yo?

—Sí, Vicky… creo que no son tus padres.

—No sé qué hacer… De ser así, viví catorce años en una mentira.

—¿Y si los enfrentás y les preguntás?

—Dudo de que me digan la verdad. Tendré que averiguarlo por mis propios medios, aunque… nunca echamos raíces en ninguna parte, no tenemos amistades ni parientes, no sé por dónde empezar.

Laura Escalante estaba sentada en el húmedo y frio piso de su calabozo. Tenía los ojos vendados y la boca reseca. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde el último vaso con agua? Según sus cálculos, se lo trajeron al amanecer y ya estaba cayendo la noche. No tenía una noción exacta del tiempo, pero algunos sonidos la ayudaban a orientarse. Especialmente cuando llevaban a un prisionero a la sala de tortura que estaba frente a su celda. El horario habitual era al mediodía, y el suplicio no duraba menos de cinco horas. Los gritos de hombres y mujeres se clavaban en su cerebro y seguían resonando aun cuando ya habían acabado. Laura estaba en las entrañas del terror y lo único que le daba fuerzas para poder resistir ese infierno era la vida que crecía dentro de ella.                                                        

La habían llevado prisionera a la ESMA un mes atrás. Primero no sabían que estaba embarazada y la torturaron sin piedad para que dijese donde se encontraba Miguel. Solo Dios sabe cómo su bebé se salvó ante tanto salvajismo. Después, al conocer su estado, solo la sometieron a pasar hambre y sed, más allá de que en algunos días la despertaban con un baldazo de agua fría. En otras circunstancias hubiese deseado morir, pero ahora estaba aferrada a la vida más que nunca. Se había obligado a sobrevivir por su hija. Si bien no había llegado a conocer el sexo del bebé, su corazón de madre le decía que se trataba de una niña. Su misión en la vida era salvar a esa criatura y lo haría con uñas y dientes.     De Miguel no sabía nada. Habían perdido contacto una semana antes de que se la llevaran. Lo había buscado como loca, pero sin ningún resultado. Literalmente se lo había tragado la tierra. Tampoco tenía conocimiento de sus actividades, ni de lo que lo acusaban sus secuestradores. Ella solo sabía que estudiaba periodismo y que era un apasionado por la política. Se habían conocido gracias a una amiga en común y se enamoraron a primera vista. Pensaban casarse en cuanto naciera el bebé e irse a vivir a Mendoza, la ciudad natal de Laura. Tenían tantos planes, tantos sueños y proyectos que ahora estaban truncados. Con un poco de suerte, tal vez su bebé sobreviviría, pero desconocía lo que sucedería con ella y Miguel.

                                                                     Victoria acababa de cumplir los veintiún años de edad y estaba en tercer año de la carrera de derecho. También trabajaba de secretaria en un estudio de abogados, lo que le dio cierta independencia económica y le permitió abandonar la casa de su infancia.                                                                                                                                 La relación con sus padres no era la mejor. Si bien los quería, y sabía que a su manera ellos también, el vínculo que los unía era débil. Su padre nunca modificó su actitud autoritaria y hosca; su madre, por su parte, nunca dejó de someterse a él, a su voluntad y mal trato. Solo una vez la escuchó rebelarse, la tarde en la que presenció la discusión junto con su amiga Perla.                        

  Desde ese día, las palabras de Adela resonaban en su mente una y otra vez, pero Victoria nunca se animó a enfrentarlos. Quería saber la verdad, pero al mismo tiempo le temía.                                                                        

                             Una tarde, a la salida del trabajo, Perla la fue a buscar.

—Vicky, tengo que hablar con vos ¿Vamos a tomar un café?

Ambas amigas se reunieron en el bar de la esquina. Sin preámbulos, Perla le dijo:

—Tengo la sospecha de que sos hija de desaparecidos.

Victoria se atragantó.

—¿Por qué se te ocurrió?

—Todo concuerda. Naciste durante la dictadura, tu viejo es militar, nunca vivieron durante mucho tiempo en el mismo lugar, no tenían contacto con la gente. En fin, puede que sea una locura, pero con probar no perdemos nada ¿no?

—¿Y qué debo hacer?

—Ayer leí en el diario que desde hace tres años, en 1995, se creó el BNDG, es decir, el Banco Nacional de Datos Genéticos que funciona en el hospital Durand. Allí, la sangre de los familiares de desaparecidos debe ser conservada hasta el año 2050. El BNDG entrecruza los datos genéticos de las personas que dudan de su identidad, con los datos de las familias que están buscando al hijo de algún desaparecido.   

—¿Y la prueba me la puedo ir a realizar directamente?

—No, tenés que tener la autorización de la CONADI, Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad o la orden de un juez federal. Si te presentas en la CONADI, ellos inician una investigación y si consideran que podes ser hija de desaparecidos, te envían al hospital Durand a hacerte la prueba genética.

Victoria estaba en shock, nunca sospechó que podría ser hija de desaparecidos, pero su amiga tenía razón, muchas cosas concordaban. Emocionada tomó las manos de Perla.

—Gracias amiga por toda esta información. Mañana mismo iré a la CONADI.

—Si querés, puedo acompañarte.

—Sí, por favor, no podría hacer todo esto sola.

Las contracciones habían comenzado la noche anterior. Laura sentía que miles de agujas ingresaban a su cuerpo y la hacían retorcerse de dolor hasta perder el sentido. Pocas fuerzas le quedaban para gritar, mucho menos para llorar.                                                                                                                                           Estaba sobre la mesa de una de las salas de tortura, totalmente sola. Cuando pensó que ya nadie acudiría y que moriría sin más remedio allí, junto a su bebé, la enorme puerta se abrió y entró un hombre precedido por una mujer. Esta le tomó los signos vitales y le ordenó que abriera las piernas. Mientras tanto, el hombre se colocaba unos guantes y un camisolín de médico. La mujer se acercó a él y le dijo algo por lo bajo. El hombre asintió.                                                                         De repente, Laura se despabiló y volvió a tomar dominio de su cuerpo. El dolor no cesaba, pero tenía esperanzas de que su bebé pudiera ser salvado y eso la hizo reaccionar. La mujer volvió a hablarle, esta vez la instó a que pujara.                       La llegada de su hija al mundo distaba mucho de ser como ella la había soñado. En un hospital, contenida por médicos y enfermeras y tomada de la mano de Miguel. En su lugar, se encontraba con dos personas que la trataban como si estuviese haciendo un trámite, con frialdad y hastío. Sintió que la odiaban, pero ¿por qué? ¿Qué mal había hecho ella? ¿Qué mal había hecho Miguel? ¿Qué culpa tenía su niña para que el mundo la recibiera de aquella forma? Haciéndose estas preguntas y rezando, fue cuando de repente escuchó el llanto de un bebé. El dolor se calmó y en sus brazos depositaron a una niña llorando a todo pulmón. Los milagros eran posibles, ¡por fin la tenía entre sus brazos! Lo había logrado, había sobrevivido para traer a su pequeña al mundo. Laura la besó entre risas y llantos, ensuciando su boca con su propia sangre, porque no la habían limpiado. A pesar del horror, todo había salido bien y allí Laura decidió el nombre:

Te llamarás Victoria. ¡Mi Victoria!

            En ese momento, la mujer que la había ayudado a traer a su hija al mundo, se la arrebató de los brazos y se la entregó al hombre que miraba la escena impávido.

Señor Quiroga, le entrego a su hija.

            La Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad evaluó el caso de Victoria e inmediatamente la hicieron presentar en el hospital Durand para que se realizara la prueba genética. Poco tiempo después le informaron que era hija de Laura Escalante y Miguel Canepa. La verdad de la que había hablado Adela era revelada. Las dudas de Victoria, resueltas y un torbellino de emociones se apoderaron de ella.

            Sus padres adoptivos, o mejor dicho, a la fuerza, reaccionaron cada uno de forma diferente. Adela se sintió liberada, Augusto acorralado y vencido. Ninguno de los dos le pidió perdón.                     

                                                                 Victoria pensaba que sus padres biológicos habían muerto, era una verdad a medias, Miguel nunca apareció, Laura había sobrevivido y la buscaba con la misma desesperación desde que se la arrebataron de los brazos en el día de su nacimiento.                                                                                                                                   El encuentro entre madre e hija se produjo en una cálida tarde primaveral. Ambas estaban nerviosas e inseguras. Temerosas de no ser lo que la otra esperaba. Pero cuando ambas estuvieron frente a frente, las dudas y miedos se disiparon para darle lugar al instinto y a la necesidad de amor. Se abrazaron, lloraron y besaron al mismo tiempo. Se miraron a los ojos y se reconocieron. ¡Había tanto por hablar, compartir, aprender, proyectar, vivir!       

                                     La vida les daba una segunda oportunidad que aprovecharían hasta el último segundo de existencia, y ambas, al unísono dijeron: «¡NUNCA MÁS!»



Categorías:Pulsos

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