HISTORIAS CASI OLVIDADAS: Efemérides Argentinas / 10 de noviembre, Día de la Tradición

                             

                 EL GAUCHO MARTÍN FIERRO

Por JUAN CARLOS PONCE

    Desde el nacimiento de la patria en 1810 a 1820, en las guerras por la independencia de los distintos gobiernos revolucionarios del Río de la Plata se proveyeron de una metodología utilizada por los españoles: la leva forzosa y la destinación, que tenía por objeto reclutar hombres para la guerra y el sindicado por las autoridades fue el gaucho.

    La leva forzosa y el enganche fue una especie de reclutamiento obligatorio para integrar las fuerzas, de modo compulsivo y estricto por las autoridades militares, policiales y judiciales. Los gauchos sindicados por la leva eran aquellos marginados en la sociedad, sin ocupación ni oficio, presidiarios, liberados para la agrupación militar. Se agregaban los mendigos, los desocupados denominados peyorativamente «vagos y malentretenidos”-La leva fue utilizada en distintas etapas de nuestra historia, como en la campaña del Ejército del Norte con Belgrano.

    El gaucho debía tener papeleta de conchabo. Era de uso obligatorio para aquellos no propietarios que trabajaban en las estancias rurales donde los patrones los habilitaban para transitar libremente con esa papeleta llamada precisamente conchabo. La validez era de tres meses y dentro de los límites de su pueblo de residencia. Esta forma de trabajar en las zonas rurales de la Argentina duró hasta finales del siglo XIX. Los gauchos que incurrieran en la falta de conchabo eran condenados a servir al ejército de línea por varios años. Los infractores que tuvieran problemas de salud cumplían igualmente la condena, realizando trabajos de servicios públicos sin percibir haberes por el doble de años previstos. Estas medidas abarataban el costo de mano de obra.

    A mediados del siglo XIX irrumpe como un indicativo de propiedad privada el uso de alambrado, poniendo límites a la movilidad del gaucho en los campos. Es evidente la función de “leva forzosa” de utilizar como carne de cañón al gaucho para la guerra.  Este perverso sistema fue desapareciendo después de la Guerra de la Triple Alianza (1865 -1870), con la organización de fuerzas militares profesionales y permanentes. Cabe recordar que esta guerra contra el hermano país Paraguay, no recibió el apoyo de los gauchos del interior. En cambio los gobernadores estaban de acuerdo con el presidente Mitre. En Catamarca la gente se niega a la incorporación.

    Un testigo calificado, el juez nacional Filemón Posse, explicaba al Ministro de Justicia Eduardo Costa los procedimientos compulsivos que había utilizado el gobierno local de Víctor Mauvecín, al expresar que “se ponían guardias hasta en las puertas de los templos para tomar a los hombres que iban a misa, sin averiguar si estaban eximidos por la ley”.

     El mismo testigo señala el estado de desnudez de las tropas, lo cual movía la compasión del vecindario cuando salía a la plaza para recibir instrucción. “Más parecen mendigos que soldados que van a combatir por el honor del pueblo argentino”, afirmaba, agregando que tal situación suscitó la piadosa intervención de la Sociedad San Vicente de Paul que les proveyó de ropa y comida.   Nadie en el interior quería ir a una guerra fraticida, pero Mitre, haciendo caso omiso, esgrimió su poder y lanzó una brava campaña en el interior para reclutar hombres que más tarde servirían solo para satisfacer sus glorias militares,

     Tras la leva de “voluntarios” catamarqueños existe el documento de un herrero que dice: “Recibí del Gobierno de Catamarca” la suma de 40 pesos bolivianos, por la construcción de 200 grillos para los voluntarios catamarqueños que marchan a la guerra contra Paraguay”. El 8 de octubre de 1869, tres años antes de la aparición del “Martín Fierro” de José Hernández, el senador Nicolás Oroño expresaba ante sus pares “…se ha comprobado que las guarniciones de los fortines eran insuficientes, que estaban desnudas, desarmadas, desmontadas y hambrientas…”. Naturalmente esos sufridos soldados abandonados eran los gauchos argentinos.     El Ministro de Guerra ni se inmutó ante la denuncia del senador Oroño. Apenas treinta días antes que apareciera la obra “Martín Fierro”, el diario La Nación hacía resaltar la gestión ejercida por el Ministro y que las inversiones en las fronteras equivalían a 23 millones de pesos fuertes. Un aviso del diario La República decía “muy pronto saldrá a la luz un folleto en versos gauchescos, escritos por el señor José Hernández. Pocos días después –nunca se pudo precisar la fecha exacta- aparecieron esos versos gauchescos con el título “El Gaucho Martín Fierro”, que fueron editados en un modesto volumen de 76 páginas impresas en papel de diario. Agotó su primera edición en dos meses.

     Buenos Aires y la clase intelectual con aires de suficiencia, decidió guardar silencio ante la obra de José Hernández, como si con esa actitud descalificara la denuncia de atropellos que sufría el gaucho. Como dice la sentencia “nadie es profeta en su tierra”. Los primeros aplausos y aprobación provienen del Uruguay. El periódico La Tribuna, refiriéndose al libro dice que reconocen y se reconcilian con el gaucho argentino al leer todas las peripecias vividas en su propia tierra. Además este humilde folleto produjo una enorme repercusión y fue recibido con júbilo en Francia y España. En Estados Unidos una sociedad literaria nombró Miembro Honorario a José Hernández y se ingenió para conseguir por medio del periódico uruguayo la imagen del poeta barbado.     Esto sucedía en el mes de junio de 1873, pero la prensa argentina seguía guardando silencio. El autor destacaba  a los sectores sociales de las zonas rurales como principales lectores. El dueño de la pulpería generalmente leía en voz alta para los gauchos, analfabetos en su mayoría. Los versos quedaron tan grabados en sus cabezas que los recitaban de memoria. En el mismo lugar de reunión de la paisanada, el gaucho compraba yerba, azúcar, tabaco, harina, la ginebra junto con el “Martín Fierro”. En los primeros seis años se vendieron 48.000 ejemplares, lo que motivó a Hernández a escribir la segunda parte del libro que tituló “La vuelta de Martín Fierro”, que se publicó en 1879. Su tiraje fue de 20.000 ejemplares, una cifra descomunal para la época. Y nuevamente encontró mayoría de lectores en los gauchos de las zonas rurales. La clase intelectual y la oligarquía gobernante recogieron el sayo tirado por Hernández.

     Pérez Amuchástegui, en su libro “Mentalidades Argentinas 1860 -1930” sostiene que “Martín Fierro” es la antítesis de “Facundo” de Domingo Sarmiento, de la ‘Civilización y Barbarie’, libro lleno de odios hacia nuestra sangre criolla, haciendo hincapié en los defectos de lo autóctono y original de nuestra tierra.



Categorías:Historias Casi Olvidadas

2 respuestas

  1. Muy buena nota de Juan Carlos Ponce. Historia y literatura que muestra la precariedad social de los gauchos reflejada en esta magnífica obra de Hernández

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  2. Muy interesante reflexión sobre una obra con un gran valor literario y que sigue representando nuestra cultura, no debe quedar en el olvido. Saludos desde Córdoba

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