HISTORIAS CASI OLVIDADAS: El combate de San Lorenzo. Por Carlos Pérez de Villarreal

En este mes de agosto, sanmartiniano por excelencia, retomamos esa otra historia que dejamos inconclusa en abril de este año, cuando hablábamos de la llegada de San Martín a Buenos Aires.Hoy escribiremos sobre el combate de San Lorenzo que se desarrolló el 3 de febrero de 1813.

El día 28 de enero, llegan al cuartel del Regimiento, las órdenes emanadas por el Triunvirato, que establecían frenar cualquier tipo de desembarco, actividad realista y ofrecer batalla si se lo consideraba necesario, ya que se sabía que operaban sobre las costas del Río de la Plata, el Paraná y el río Uruguay. San Martín selecciona a los granaderos del 1er.y 2do. Escuadrón, que son los que él considera más preparados; alrededor de 140 hombres. A las nueve de la noche de ese día parten muy sigilosamente del Retiro, para no levantar sospechas, dejando al resto de los Escuadrones en su tarea habitual. En las afueras de la ciudad, se les unen unos 100 efectivos del Regimiento 2 de Infantería, montados en caballos de correo, al mando del Teniente Coronel Juan Bautista Morón. Cuando llegan a la primer posta en Santos lugares, sorpresa: el maestro encargado no había sido avisado para tener preparada la caballada. San Martín comisiona a un joven oficial de 16 años, Ángel Pacheco, para que vaya adelantándose a las siguientes, evitando que suceda lo mismo y decide continuar solo con los granaderos mientras los infantes los siguen a pie.

Para el 2 de febrero, junto a su joven oficial, se adelanta hasta san Lorenzo, dejando la tropa al mando del Capitán Justo Bermúdez. Vistiendo ropas de paisano espía las evoluciones de los realistas. Envía a Pacheco para que apure el arribo del contingente, quienes llegan al convento de San Carlos alrededor de las diez de la noche.

Han cabalgado 420 kilómetros en cinco días, pasando por doce diferentes postas. Esta hazaña es considerada como la marcha forzada a caballo más rápida de la historia militar para presentar combate. ¡Formidable!

Sin prender fuego y en silencio los granaderos se refugian en el gran patio para no ser vistos por los vigías realistas. San Martín dormita unas horas, pero con una idea ya establecida de lo que va a llevar a cabo, Años de milicia desde niño, en las cuales vio de cerca a la muerte, lo han formado militarmente. Conversa con el comandante Celedonio Escalada y sus poco milicianos que lo acompañan, venidos de Rosario hacía unos días.

Y así llegamos al 3 de febrero, día glorioso para el Regimiento.

Para las cinco y media de la madrugada, los doscientos cincuenta infantes españoles más dos piezas de artillería se despliegan y ya clareando, comienzan su aproximación al convento entre parches y flautines.

Desde el campanario San Martín observa los desplazamientos, baja rápidamente, monta su bayo de cola recortada y se encamina hacia sus hombres que ya estaban divididos en dos columnas. “Señores, ya los tenemos cerca. Los atacaremos a sable y lanza, ¡nada de tiros!, ¿entendido? Para eso están las tropas del Comandante Escalada y doce granaderos con escopetas apostados en el convento. No olviden lo aprendido. Y recuerden el empuje, ¡el empuje es importante! No tengo dudas que los señores oficiales y mis granaderos se portarán a la altura de las circunstancias. ¡Bermúdez!. Su columna cargará el flanco izquierdo de los godos. Nos encontraremos en el centro de las columnas enemigas y le daré nuevas órdenes.”

El viejo convento, con sus blancas paredes, es solo un testigo más de lo que va a ocurrir.

Alrededor de las seis y cuarenta y cinco de la mañana, las dos columnas salen al galope desde atrás de las murallas y en un ataque sorpresivo, avanzan como una ola embravecida. Dos filas de treinta hombres, una atrás de la otra cabalgan por el centro como centauros. ¡Granaderos al galope! ordena San Martín y cuando ya se encuentran encolumnados ordena: ¡A la cargaaaa! Por el otro lado los restantes avanzan rápidamente. Una formidable máquina de guerra.

El comandante realista Zabala se sorprende, nunca esperó encontrar tropas uniformadas y perfectamente sincronizadas en un ataque de caballería, que maniobran al estilo francés. Ordena formar “en cuadro”, típica maniobra de infantería, pero ya sus tropas son arrolladas por los granaderos

La carga es mortífera, mientras la orden se escucha clara entre los alaridos y el clarín: “¡A degüeeeeelloooo!”. El zumbar de los sables en el aire, el crujir de huesos, los ayes y los gritos confunden todo.

San Martín ve como Bermúdez alarga el rodeo para entrar por retaguardia a los realistas y no por el flanco. Se da cuenta que llegaría tarde al combate, por eso la primer descarga de los realistas alcanza a cinco granaderos y un disparo de cañón mata el caballo del jefe que cae aprisionado por una de sus piernas.

Los infantes realistas son atropellados y se desbandan, pero San Martín está en una situación de peligro inminente. Zabala se acerca y descarga un sablazo sobre él, que ladea su cabeza recibiendo una herida en la mejilla.

En ese momento un grupo de granaderos rodea a su jefe. Se llevan todo por delante apartando a los infantes. El sargento de infantería español Almada logra zafarse del atropello y carga con su bayoneta sobre San Martín caído, pero el granadero Juan Bautista Baigorria de la Punta de San Luis lo lancea de costado, levantándolo del suelo por la fuerte embestida.

En ese preciso momento algunos granaderos desmontan para ayudar, entre ellos el correntino Juan Bautista Cabral. San Martín le grita: ¡Hágalo al estilo araucano! Cabral toma las riendas de su caballo y las ata en el bozal del bayo muerto. Un chicotazo en las ancas del caballo libera la pierna de su jefe, pero un balazo atraviesa su hombro. El Coronel le pide que se vaya: ¡Ahora retírese de acá!, pero Cabral desoyendo la orden lo ayuda a ponerse en pie y lo aleja del peligro. El jefe alcanza a ver como el oficial Hipólito Bouchard arrebata la bandera realista del oficial Manuel de Olloa quien cae bañado en sangre, pero la muerte que no sabe de valientes, permite que un sargento español clave su bayoneta en la espalda de Cabral quien cae suavemente. San Martín gira -otro granadero parte la cabeza del sargento realista de un sablazo- y deposita a Cabral muy despacio en el suelo. Su casaca azul se mancha con la sangre del bravo correntino, notando que casi no podía respirar. El oficial Manuel Escalada se aproxima para ayudar pero el jefe lo para en seco: ¡Reúna al Regimiento y vaya a morir!, le dice ronco.

La columna realista sorprendida por la violencia del primer choque se retira para reagruparse. Bermúdez dándose cuenta de la situación da la orden de girar y entra en las filas enemigas al grito de ¡A degüello! El clarín del bravo Chepoya vuelve a sonar. En forma inmediata la columna de San Martín se organiza y ataca nuevamente.

La carga es tan mortífera que los infantes realistas se desbandan huyendo hacia las barrancas, un disparo de cañón rebota en el suelo y las esquirlas alcanzan a Bermúdez que cae con su rodilla destrozada.

Caído el capitán, toma el mando el Teniente Manuel Díaz Vélez, quien continúa con la carga junto a los granaderos a sablazo limpio, llegando hasta la propia barranca. En su ímpetu se desbarranca cayendo herido.

Los infantes rompen filas y tratando de salvarse corren hacia el río, destrozándose algunos al caer, embarcándose en las pequeñas chalupas para pasar a la seguridad de los barcos.

Para las ocho de la mañana todo ha concluido, un poco más de una hora. El trompa llama a reunión. El último en llegar es Bouchard que con la bandera tomada en ristre, montado a caballo, desafía a las tropas realistas en claro desafío. San Martín recorre el campo con su ayudante, ve al Capitán Bermúdez caído y ordena trasladarlo al monasterio, pero no baja de su caballo. Todavía sigue enojado con él por llegar demasiado tarde al combate.

En el convento quieren atenderlo, pero no accede. Con una pierna golpeada, un golpe muy fuerte en el pecho, el hombro derecho luxado y un corte en la mejilla, prefiere que cuiden primero a sus hombres.

Comienza la tarea de recoger muertos y heridos, mientras el jefe se dirige al comedor del convento donde descansa el cuerpo sin vida del bravo correntino Cabral, fallecido alrededor de las diez de la mañana. San Martín observándolo lanza una serie de improperios en guaraní y toma un botón de su chaqueta guardándoselo. Luego pasa al huerto. El Teniente Necochea le redacta el parte que por chasqui es enviado a Buenos Aires. 16 patriotas mueren como resultado del combate en algunos días y 6 más son los heridos. Por parte de las tropas imperiales, tuvieron 40 muertos y 14 prisioneros, entre ellos varios lesionados, sin contar con los que se despeñaron en las barrancas. Dejan en el campo de batalla 40 fusiles, 2 piezas de artillería, 4 bayonetas y 1 bandera.

Existen muchos detalles que serán parte de otro escrito, pero sepamos que sin que él lo supiera, José Francisco había comenzado a trenzar la historia… nuestra historia.



Categorías:Historias Casi Olvidadas

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