CLÁSICO…: «Demonios de Darío Argento» (1985). Por Hernán de Ávila.

Dirigida por Lamberto Bava

El cine de los demonios
Un mundo dentro de otro. Multiversos que se cruzan. El metamensaje. Pareciera una idea propia de estos días. Aunque ya es un recurso con cierta recurrencia en el cine, en la literatura y en el mundo del comic; aquí; Darío Argento, quien produce este clásico; junto a Lamberto Bava, quien dirige, nos ofrecen, un festín de gore y terror. Vayamos por parte, antes de entrar de lleno a la historia.

Terror a la italiana
Sin dudas, los 70 fue más que el uso abusivo del zoom in, si no esa presencia de sangre de color artificial y un asesino serial con ocurrentes formas de acabar con sus desafortunadas víctimas: sí, estamos frente al Giallo. Está claro que esta forma descarnada de contar una historia se la damos por iniciada a Mario Bava (padre de Lamberto) pero será Argento que lo popularizará con cintas como El pájaro de las plumas de cristal (1970), El gato de las nueve colas (1971) y Cuatro moscas sobre el terciopelo gris (1972). Retomará el thriller con otro gran título como lo es Rojo Profundo (1975), cintas más que recomendables, pero siempre teniendo la siguiente premisa: es un cine clásico, que, seguramente, el paso del tiempo las ha castigado en su armado tan artificial, pero; querido lector; deje su visión CGI, y disfrute un cine puramente artesanal. Muertes, sangre roja, colores saturados, una gran fotografía y una historia que cierra, a veces a presión, pero concluyen.

La trilogía de las brujas, Suspiria (1977), Inferno (1980) y La Terza madre (2007) será su paso más reconocido por el tema sobrenatural. La primera es considerada la película más bellamente filmada, donde cada plano, es un cuadro; con las paletas saturadas antes mencionadas y composiciones para el análisis y el disfrute visual. Siguen las muertes artificiosas, sangre a borbotones y la música de Goblin (rock progresivo italiano, que hasta hoy, pueden encontrárselos muy activos, por lo menos, antes de la pandemia).

En la interesante trayectoria de Argento hay otros títulos para repasar, incluso las participaciones en televisión que le han devuelto la relevancia que fue trastabillando con el paso del tiempo.

Esa es tarea para el hogar.

Argento ha calado en el cine slasher, antes de que este naciera. En Demonios, confluyen estos elementos tan a la perfección que hasta el mismísimo Wes Craven recreó una escena, pero no nos adelantemos…

¿Vamos al cine?
La historia nos presenta a Cheryl, está en una estación de trenes (Berlín) y espera sola, la música nos da entender que alguien la acecha y para sorpresa de todos no es más que un promotor de un cine, quien le ofrece entradas para la función. Con su amiga Kathy deciden ir a la sala llamada Metropol, único dato que ofrecía la entrada.

Las luces del cartel y de la sala de entrada se encienden. Se encuentran allí un decorado peculiar: una moto, una armadura de caballero con una catana en la mano y una máscara en la otra. Detrás varios carteles de películas, incluso algunos del mismísimo Darío. Allí nos encontraremos con personajes variopintos (un ciego y su lazarillo, el amante de este, unas prostitutas, una joven pareja, entre otros) y a los galanes de turno: George y Ken. Acá comienzan “los guiños”, el
metamensaje, ellos; cada uno, no son más que una caricatura de sí mismos, a veces bidimensionales, pero funcionales para la historia. Ni hablar de las relaciones actanciales: la chica débil, el fortachón y ayudante, el galán rudo y su secuaz.
En esta presentación de personajes vemos como una de las chicas, amiga del morocho (un seudo “proxeneta”), como sacados del Bronx, toma la máscara, se la coloca y se lastima la mejilla.

Una vez comenzada la proyección se suceden en la pantalla situaciones semejantes a lo que ocurren en la sala, a saber; uno de los protagonista, quienes están vagando por un cementerio abandonado, rondando por la tumba de nada más y nada menos que de Nostradamus, toma una extraña máscara y sufre un corte en la cara; otro de los personajes toma un pergamino y lee que quién se coloque la máscara se transformará en un demonio y traerá consigo el apocalipsis… en la butaca, aquella joven ve que sucede lo mismo y le espera una trasformación monstruosa en un lúgubre baño del cine (unos efectos prácticos y una iluminación propia de los ochenta: colorida y sangrienta y mucho pus verde fluorescente).
Al igual que los zombies, las mordidas y los rasguños conllevan a un inevitable contagio.

La segunda víctima termina atrapada entre bambalinas, corriendo detrás de la pantalla, con cuello ensangrentado con enormes surcos de una gran garra, grita buscando la salida, y en coordinación con gritos ficticios (uno de los espectadores, para calmar el miedo de su pareja le dice que es el “surround sistem”), la mujer cae muerta, aparentemente, cortando la tela de la pantalla duplicando la acción proyectada. Esta escena, podemos verla recreada por Wes Craven en Scream 2, donde los protagonistas van a ver a su versión metaficticia: Stab. Carpenter hará algo similar “En la boca del medo”. El cine de la autoreferencia, pero será charla para otro momento.

Se sucederán situaciones, que a pesar de su acotado presupuesto, y su distribución muy por debajo de los stándares del cine comercial; son dignas de mención: una horda de demonios subiendo por las escaleras, contraluz y ojos luminosos, uñas que crecen de las yemas de los dedos, colmillos que empujan a los dientes normales, una lengua larga y monstruosa, todo en un primer plano, unos “muñecos” que, casi, hoy, están en desuso. Y una batalla encima de una moto, catana en mano y una gran canción de heavy metal de fondo como es el tema de Accept Fast as a shark…

Un demonio saliendo de la espalda de alguien, ojos aplastados, gargantas abiertas, cabezas que ruedan y hasta un helicóptero cae en medio de la sala, de manera impensada. Sin duda, al encerrar a los personajes tan herméticamente en el cine, los creadores se encontraron con semejante dilema, y sacarlos de allí no les coartó la imaginación.

Con ritmo frenético al son de bandas de heavy metal (Billy Idol, Scorpions, y la mencionada Accept, bajo la mirada del gran Claudio Simonetti, también integrante de Goblin, con manos en el piano y los sintetizadores), con dos partes bien diferenciadas (que de hecho, ese juego de cajas chinas o matrioshkas en algunas copias, durante la destrucción del proyector, aparece en la pantalla; para ellos y para nosotros Fine primer tempo) para sumar nuevos personajes, y momentos realmente inesperados, es de obligada visión para los fanáticos del género. Ya lo saben, estómagos fuertes.

Sin spoilar tanto, el final nos invita a un gran apocalipsis de los hombres contra los demonios, que ojalá, algún cineasta se motive a retomar la historia desde este punto.

Demons, Demoni es una pieza fundamental que el creador italiano nos ha ofrecido, hay una secuela, que se copia a sí misma, incluso, actores que murieron en la primera, aparecen en la segunda encarnando nuevos personajes, esta vez; será la pantalla chica que traerán a los demonios, una idea que muchos no se han percatado, pero de alguna manera aparecerá años más tarde en la japonesa Ringu (1988) de Hideo Nakata.

Peliculón con muchos elementos de estudio marcados en su guión (personajes, el escenario, los efectos, la fotografía, la máscara, la cuarta pared) para que no nos dejen indiferentes y nos hagan pensar, si quiénes observamos, somos otra parte más de ese mundo dentro de otro.



Categorías:Clásico y Moderno

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