DESAYUNO DE CAMPEONES – Marvin Hagler versus Sugar Ray Leonard: Fuimos Reyes. Por MAXIMILIANO CURCIO

Cuando Marvin Hagler finalizó su acuerdo de contrato para exponer la corona de peso medio ante Sugar Ray Leonard, era consciente de que su extenso trajinar en la categoría le había hecho perder algo de rapidez en comparación con la relampagueante habilidad de su contrincante, a quién también superaba en edad. Establecida la bolsa en 12 millones de dólares, se puso en marcha uno de los combates por la categoría mediano más altisonantes de la última década. Hagler, no sólo exponía su legado, sino el cabal motivo de su urticante obsesión durante los últimos años: alcanzar el récord de catorce defensas invicto que poseía el argentino Carlos Monzón, retirado de la actividad en 1977.  

La elegancia de su pegada zurda lo entronaba como un impar purasangre demoledor, habitante de su propia galaxia y alejado del resto de los mortales que otorgara peso específico a la categoría mediano. Mito a la altura de Harry Greb, Sugar Ray Robinson o Stanley Ketchel, Hagler accedía a su nueva defensa luego de recorrer un arduo camino. En noviembre de 1983, había agotado a un tenaz Roberto Durán hasta derrotarle a los puntos. Luego de demoler con ferocidad a Thomas Hearns en 1985, propinándole un fulminante nocaut en el tercer asalto, se había medido, en un bestial combate, con el medallista de plata olímpico John Mugabi, probando la aspereza de su férrea resistencia física.   

Al otro lado del espejo que refleja sueños de gloria, contemplábamos la grandeza del ganador del oro olímpico en Montreal ‘76 y campeón mundial desde 1979, cuando venciera a Wilfredo Benítez. Sugar Ray Leonard prefiguró el molde de moderna estrella lucrativa, sin embargo, con llamativa repetición, se retiró del boxeo cuatro veces y retornó en otras tantas. Espasmódicamente, desplegó su encanto sobre el ring, merced a una combinación de atractivos desplazamientos y depurada versatilidad ofensiva. El sendero de Sugar Ray, a lo largo de la década del ‘80, había estado plagado de intermitencias, acaso su legado trazaba una silueta diametralmente dispar a la de su némesis. Luego de derrotar Thomas Hearns en 1981, en un furioso intercambio que se prolongó por catorce asaltos, Leonard se preparaba para defender la corona cuando un desprendimiento parcial de retina vio cancelado el combate frente a Roger Stanfford, debiendo anunciar, en noviembre de 1982, su inesperada retirada del boxeo.  

Durante los siguientes años, y sólo mostrándose en combates de exhibición, su brillo se opacó. Regreso al profesionalismo, de forma endeble y desprolija, puesto en apuros por el ignoto Kevin Howard, a quién alcanzó a superar a los puntos sin la contundencia de antaño, para luego anunciar, en la rueda posterior al combate, un nuevo alejamiento de la actividad. Quizás por el deseo de reverdecer viejos laureles, cumplió a su entrenador Angelo Dundee la promesa de volver a su mejor forma física, recuperando gran parte de la confianza perdida. Para Sugar Ray, retar al campeón unificado Marvin Hagler implicaba, también, superar el escepticismo del ámbito periodístico y acallar las voces de un escándalo que salpicaba a las principales organizaciones mundiales: los principales aspirantes en la lista de espera por un combate mandatario habían sido ignorados, decantándose la WBC por otorgar a Leonard el derecho a acceder a un título teñido de polémica. La fecha fijada depositaba en el mes de abril de 1987 las coordenadas históricas de un encuentro impostergable. 

Sendos boxeadores de raza habían entrenado durísimo; y, como grandes campeones, se expusieron a extenuantes meses de trabajo, perfeccionando la lubricada maquinaria del ejercicio deportivo. Fueron antiguos gladiadores romanos haciendo de la rutina física su aliada, acaso milenarios monjes aislados en la soledad más absoluta. Hasta que el gran momento de la pelea arribara. Sobre el cuadrilátero, se disputaría la primacía de estos atletas griegos reviviendo hazañas de antiquísima olimpíada. Encarnaron la mejor versión de héroes de leyenda moldeados en bronce y barro, pero, al fin, de carne y hueso. A los ojos de la eternidad, sus pieles esculpidas en fino mármol que adquiere movimiento, consumaron el arte sagrado.

El Caesar’s Palace de Las Vegas abarrotó las gradas y la pecaminosa ciudad de las apuestas se vistió de gala, confirmándose como la meca indiscutida del boxeo más glamoroso del mundo.  El combate se desarrolló ante nuestros ojos como dos caras opuestas de una misma moneda: mientras Leonard llevó la delantera durante la primera mitad del mismo, Hagler torció el ritmo promediando el séptimo round y, de allí en adelante, acaparó la total iniciativa. Ambos púgiles midieron su resistencia intercalando espectaculares ráfagas de golpes, tanto como amarres contra las cuerdas. Si en aquella velada confluían la fascinante estratagema táctica pergeñada por Leonard con la bestial potencia física ejercida por Hagler, también el duelo profería la batalla mental de dos carismáticas personalidades. Adosando un ingrediente no menor, la categoría se adaptaba a la incipiente modalidad de reducir de quince a doce asaltos las peleas por el título mundial.

La máxima expresión del boxeo es, a fin de cuentas, no solamente un mero combate en dónde dos polos opuestos se enfrentan. Uno puede, frecuentemente, ver a un boxeador de inferior dominio físico enfrentar en el ring a un corpulento facsímil del mitológico Hércules. Esto sucede porque el primero ha establecido una dominación moral e intelectual sobre segundo. El hecho es que, el boxeo, también implica un encuentro entre dos mentes y caracteres opuestos. Y eso es, exactamente, la definición de drama y el arte ajedrecista que se pone en marcha en cada combate. El pugilismo es un arte que crea un carácter y lo revela ante nuestra mirada; sabemos que cada forma de expresión requiere de un artista capaz de ejecutarla. En aquella noche de dimensiones legendarias, sendos púgiles subieron al ring dispuestos a probar la relevancia de semejante afirmación.

Encontrar la belleza en el boxeo es percibir el entusiasmo y el asombro disparados a su enésima potencia, al sonido de cada campanazo. Como en cualquier otra forma de arte, sin que la aseveración resulte pretenciosa, el pugilismo revela su esplendorosa magnitud. Más allá de la concepción estética del ejercicio, existe algo claramente magnífico en el espectáculo en sí mismo. Dos contrincantes, en el pináculo de su perfección física y espiritual, miden sus fuerzas y ponen en juego algo más intangible que el propio orgullo personal. Aquello mismo hicieron Hagler y Leonard, a lo largo de quince devastadores asaltos. Enfrascándose en una lucha cuerpo a cuerpo, disparando pirotecnia de alto calibre y vendiendo cara la derrota.

Evaluando el resultado final, resulta intrigante preguntarnos que hubiera sucedido si la pelea se prolongaba por tres asaltos más. Repleta de polémica, la decisión dividida de los jueces dio la victoria de forma injusta al retador. Una incomprensible tarjeta, emitida por el tercero de los jueces, otorgó un amplio margen a favor del Leonard (118-110), torciendo definitivamente el destino de ambos púgiles. Pasaría un año para que el renuente vencedor volviera a pelear, retando al blondo Donnie Lalonde, por la corona de semipesados de la WBC, en búsqueda de ser el primer boxeador en alcanzar el título mundial en cinco categorías diferentes. 

No existió melodía más adecuada para acompañar la tristeza del bueno de Marvin, a su final descenso del rectángulo, que una elegía a modo de blues. La imagen impávida de un campeón derrotado podría acompañar el sonido de lentas guitarras y suaves trompetas, dando el golpe de gracia al campanazo final. Hagler, burlado en la confianza de que había hecho lo suficiente para retener el cinturón y alcanzar así la cifra récord del santafesino Monzón, acaso robado en su orgullo más íntimo, sintió tal decepción que no volvió a combatir jamás. Emigraría a Italia y se convertiría en un recluso del foco de la prensa. Prematuramente retirado de la actividad boxística, trabajaría ocasionalmente como actor y rechazaría el sinnúmero de ofertas recibidas para retornar a un negocio que consideraba corrompido hasta la médula.  



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