DESAYUNO DE CAMPEONES: Sugar Ray Robinson versus Joey Maxim – Noche febril. Por MAXIMILIANO CURCIO

La noche del 25 de junio de 1952 no fue una más en la historia de New York. Los cuarenta grados centígrados que alcanzó el termómetro fue la cifra más alta que aquella fecha del calendario registrase alguna vez. No existió otro 25 de junio tan agobiante.

Promediando medianoche, las luces del mítico Yankee Stadium alumbraban los vestigios de un campeón colapsando en su esquina, incapaz de salir a competir en el décimo cuarto round. Sugar Ray Robinson, considerado el mejor boxeador libra por libra de todos los tiempos, sufría el primer nocaut técnico de su carrera a manos de Joey Maxim, un más que respetable contrincante, quien en aquella velada no había hecho absolutamente nada para merecer la victoria. Robinson le había proferido una clase magistral de boxeo: con brillantez lo dominó técnicamente, pero su incesante actividad, a lo largo de trece rounds, lo dejó exhausto. Llevando sobre sí todo el peso de la pelea, de principio a fin, el ex monarca se deshidrató, producto de la exigencia física que le fuera demandada durante las horas previas, debiendo alcanzar el pesaje adecuado para validar la lucha por la corona.

Sucede que aquel representaba su debut en la categoría semipesado y, luego de reinar en el peso welter y en el peso medio a lo largo de la última década, el múltiple campeón debió adaptar su cuerpo al nuevo kilaje. El último acto heroico no fue posible. Sugar Ray buscaba la hazaña de convertirse en el primer triple campeón en la era de Queensberry, sin embargo el límite de 175 libras al que debió acceder, en un corto lapso de tiempo, acabo pasándole factura. Aquella fue la única derrota por nocaut que sufriera en el total de 202 peleas profesionales que disputara. El colapso de Robinson en su banquillo de salida fue un golpe al corazón para las esperanzas de los neoyorkinos: en las gradas; un total de 48.000 almas había sido testigo del permanente y rústico forcejeo de Maxim. Desesperada busca de contrarrestar la autoridad boxística de su siempre galante desafiante.

El sólo pensar que Sugar Ray Robinson se encontraba a seis minutos de gloria y que, al momento de ser detenida la pelea, lideraba holgadamente las tres tarjetas de los jurados, sólo agudiza el estupor que dejará como saldo uno de los giros más dramáticos en la historia del boxeo. Al sonar la última campana, el staff médico rodeó al púgil y lo examinó con profunda preocupación. Física y mentalmente agotado, su periplo había llegado tan lejos cómo humanamente posible. De rodillas, caído sobre sus brazos y a punto de escalar la cima de su propio Monte Everest, sus sueños se hacían añicos sobre el canvas. A su alrededor, el estadio bullía, convertido en un hervidero. Oficiada por el histórico referí Rudy Goldstein, la pelea pasaría a los anales del boxeo: el infernal cotejo había consumido la velocidad de pies y de manos de uno de los atletas más fenomenales que el último siglo haya visto.

El mundo del cine ha testimoniado su excelencia sobre el cuadrilátero, plasmando en la gran pantalla (“Toro Salvaje”, 1980, de Martin Scorsese) una de las sagas más crudas y encarnizadas en la historia del pugilismo. Se enfrentó a su némesis Jake LaMotta, en un total de seis ocasiones, entre los años 1942 y 1951. Luego de aquella derrota con Maxim, Walker Smith Jr. -tal su nombre de nacimiento- continuaría luchando por el término de trece años más y volvería a coronarse campeón mundial en un par de ocasiones más, regresando al peso medio y transitando múltiples periplos, luchando en recintos europeos. Considerado el boxeador del siglo por la revista especializada ‘The Ring’ y por ’The Associated Press’, Robinson totalizaría el astronómico número de dos centenares de combates antes de retirarse, a la edad de cuarenta y tres años. Sería exaltado al Salón de la Fama de forma póstuma, en 1990.

Mientras tanto, el campeón reinante Joey Maxim, nunca sería el mismo luego de la brutal golpiza recibida. Habiendo expuesto su físico a condiciones climáticas en extremo degradantes, perdería la corona a manos del no menos emblemático Archie Moore, seis meses más tarde. Su declive sería irreversible: encadenaría un total de seis derrotas consecutivas, antes de retirarse en 1958. Poseedor de uno de los jabs más efectivos y destructivos en la historia del boxeo, poco quedaba de su entereza luego de aquella noche donde el tiempo se detuvo, derritiendo los relojes.



Categorías:Desayuno de Campeones

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