DESAYUNO DE CAMPEONES: Alí versus Frazier (III) – Thrilla in Manila. Por MAXIMILIANO CURCIO

La prestigiosa revista ‘The Ring’ catalogó al tercer encuentro entre Muhammad Alí y Joe Frazier como la pelea más destacada del año, no obstante, la distancia en el tiempo nos lleve a considerar semejante combate, sin temor a exagerar, como el más legendario de toda la historia. El célebre ‘Thrilla in Manila’, una soberbia proeza de sobrehumana resistencia, se llevó a cabo en la ciudad capital de Filipinas, un exótico destino que se convertía en anfitrión del evento boxístico más importante de la década.

La insular urbe acopió el choque de dos de las fuerzas pugilísticas más devastadoras de todos los tiempos, bajo unas condiciones climáticas infructuosas: la noche del primero de octubre de 1975, el termómetro alcanzó los cuarenta grados centígrados. La anticipada lucha de titanes convergía a las dos potencias pesadas más preponderantes de la última década. Se habían medido por vez primera en 1971, en New York, en un combate a través del cual Alí reclamaba el cetro que le fuera quitado por razones extradeportivas. Aquella noche, Frazier “luchó con los puños mientras el retador lo hizo con su dialéctica”, tal y como tituló la prensa sensacionalista. Los archiconocidos juegos mentales del oriundo de Kentuchy se alternaban con furibundos contrataques mientras buscaban amedrentar, infructuosamente, la férrea defensa al más puro estilo “Philly Shell”, patentada por el campeón reinante. Carta ganadora que Frazier buscaba revalidar, casi un lustro después.

Colocando en perspectiva el peso histórico de aquella velada de octubre, Alí miraba con orgullo su experimentado transitar como rey de la división por segunda ocasión: venía de coronarse venciendo a George Foreman, en Kinsasha, Zaire, exactamente un año antes, torciendo un sinfín de pronósticos en su contra. Uno de los íconos deportivos afroamericanos más preponderantes del siglo XX atravesaba su más desafiante reinado en la máxima categoría, sorteando el desfachatado embate de rivales de fuste que abultaban el glorioso palmarés de la era dorada pesada durante los salvajes ‘70: Joe Bugner, Ron Lyle, Chuck Wepner y Ken Norton, habían sido víctimas de un proverbial Alí durante los últimos dos años de trayectoria.

Su contrincante, nativo de la siempre boxística ciudad de Philadelphia, había reinado en la categoría entre 1968 y 1972, curiosamente durante el lapso de tiempo en donde Alí había permanecido silenciado, bajo aquella conflictiva suspensión a su negativa de alistarse en Vietnam. Frazier representaba a su auténtico némesis: mientras el primero era visto como un modélico ‘Tío Tom’ que peleaba enarbolando los intereses económicos americanos, el segundo encarnaba los ideales rebeldes de todo ídolo popular. Sin embargo, el denominado ‘Smokin’ Joe’ (patentó su apodo echando humo al saco con cada golpe, en el icónico gimnasio que le sirviera de preparación, en su urbe natal) ya no poseía en sus puños el poder demoledor que le había hecho acreedor de semejante apodo. Su aptitud física se había diezmado notoriamente, luego de haber sido vapuleado por George Foreman en un cruento combate acontecido en Bahamas, en 1973.

De cara a completar una brutal trilogía para la historia de las profusas páginas que la categoría ha labrado para sí, Frazier iba al encuentro de Alí luego de haber caído derrotado ante éste en fallo unánime, un año y medio antes, en un combate que, como antecedente de una intensa rivalidad, llamativamente, no tuviera el título en juego. En tiempos donde los encuentros por la corona se midieran a quince rounds, el sanguinario cuerpo a cuerpo que sendos gladiadores rubricaran para la posteridad nos dimensiona el nivel sobrehumano de una entrega física, mental y espiritual exorbitante, excediendo todo parámetro habido y por haber. La victoria de Alí, por retiro de Frazier a la campana de salida del último round sería anecdótico: aquel bestial enfrentamiento transformaría sus existencias por siempre.

Frazier nunca se recuperó ni moral ni físicamente de su derrota. Sería aniquilado, por segunda vez, por George Foreman, en 1976, en desigual revancha donde el nativo de Texas vapuleó a un disminuido excampeón. Alí, por su parte continuaría su reinado venciendo a los aguerridos Ernie Shavers, Jimmy Young y Richard Dunn, antes de caer derrotado frente al ignoto Leon Spinks, en 1978, para luego vengar tal ignominia un año después, acaso su último gesto heroico. Sendos púgiles, acerca de aquella clausura a la barbárica trilogía no dudaron en afirmar ante la prensa que se trataba de la experiencia más cercana a la muerte jamás conocida, coincidiendo en que sacaron, uno de otro, lo mejor de sí.

Sálve César, los que van a morir te saludan.



Categorías:Desayuno de Campeones

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