CUENTOS: Contar hasta tres y meditar. Por Antonella Corallo

No llegué a leer la primera oración del libro pero ya atiné a revolearlo, golpearme la cabeza contra la pared y gritar:

— ¡Prefiero condena perpetua!

Hasta que se me apareció la ancianita esa, ¡bah! Si hubiera leído al menos la contratapa sabría su nombre. Ahora que estoy sentada como india, con una flor de loto no recuerdo los viejos tiempos. Mi respiración rítmica me lleva a un descampado, donde socializo con las personas a diario. Aquellos seres histéricos, y posibles contaminantes de mi mundo interno, me preguntan:

—Pero, ¿vos conociste a buda? —relacionan la calma y la armonía con su figura representativa.

—No, conocí a Indra Devi.

Se hace el silencio porque nadie sabe quién es, su cuerpo aun no forma parte de ningún adorno hogareño, tampoco lo tuvieron en la heladera de la cocina. El nivel decorativo parece apasionarlos, ¡obsesionarlos! Obligarlos a una vida entera de consumismo, donde lo que se puede colgar en las paredes o usar como tapete va a ser alabado.

Les enseño acerca de la concentración y los múltiples procesos para evitar la distracción; la unión del espíritu con la materia, pero se quedan dormidos cuando me escuchan decir: «hay que contemplar la luz de una vela».

—La postura de loto, no aparece sola, hay que practicarla mientras se la mira fija, se la sigue con las pupilas, abrazando a la llama, al tanto de sus movimientos, reteniéndola, como un brillo latente en la memoria visual, cierren los ojos, y atrápenla. Entre las sensaciones cálidas, entre la oscuridad profunda de los pensamientos, aparecerá aquella luz y…

Juan le voló la tapa de los casos.

—Juan, ¿cuántas veces te dije que no hay que asesinar a tus compañeros?

—Perdón, es que estaba muy cerca.

—Bueno, ahora vas tener que levantarte, olvidarte de la vela de porquería, agarrar el trapo azul que está detrás de tu cama, ver si los penitenciarios siguen comiendo empanadas, y luego limpiar toda la salsa de tomate.

—La sangre.

—La salsa de tomate.

—Pero si la bala la atra…

— ¡Callate!, y por favor no quiero verte chupar la salsa, te comportas —Juan obedeció porque sabe que yo llevo más años en esto—. Bueno, ahora seguimos, por favor no se distraigan con los ruidos ni miren el cadáver. ¿En qué estábamos?

—Con la vela —responde mi aprendiz favorito o quizás mi némesis, aun no lo tengo decidido.

— Ricardo, todos sabemos que esa cosa que inhalas te da una falsa felicidad pero no por eso vas a burlarte de la meditación y la conexión espiritual, así que no digas estupideces que ya tengo bastante con el olor a pudrición, háganme viento, ¡viento!

—Pero estábamos viendo la luz.

—Ahora deliran, ¿qué les pasa? ¿Qué luz? ¿Nunca mataron a alguien? ¿Tanto les impactó? No escuchan un carajo, por eso nunca van a ser como Indra Devi, ¡Indra Devi! —suspiro—. Indra Devi suprema gloriosa, y santificada. Respiramos hondo, nos calmamos, dejamos de lado las malas vibras y retomamos en lo que sabemos: la posición del pez.

— ¿Qué es eso?

—Javier te callas y empezas a nadar.

—Pero no hay mar.

—Javier sos un pez fuera del agua atravesado por rejas exóticas, pez payaso mezclado con un molusco discapacitado.

— ¿Puedo ser un molusco sin un brazo?

—Los moluscos no tienen brazos, pero es una buena idea, te inspiraste en Jonathan, ¿no? El narco ese que recibió el lunes pasado un balazo.

— ¿Cómo sabías? —se quedaron asombrados.

—Aprendices míos, yo tengo conexión con Indra Devi, ella, amiga de mi capacidad psíquica y mi respuesta exotérica. Ahora naden, naden y serán liberados, están ahogándose muy placenteramente, están siendo atrapados por unas redes que los hieren, pero les gustan.

— ¿Y por qué nos gustan?

—Porque a veces les dan comidas, ahora cierren los ojos, y sigan nadando, ¡conectando!, choquen contra varias rocas y sufran, sufran mucho, y finalmente sigan pecando.

— ¿Puedo ser un molusco atropellado?

—Brian, ¿cuántas veces te dije que no trates de proyectar tu accidente con la moto en cualquier lado?, ahora estamos haciendo yoga, ni rememorado tu estadía en este lugar transitorio, ni contando quién tuvo la mejor víctima, eso va a ser en un rato, ahora todos vuelven a la respiración rítmica. Busquen su pulso, colocando los dedos índice medio y anular de la mano derecha sobre su mano izquierda, cuenten en voz alta el compás de sus pulsaciones; uno dos, tres cuatro, hasta que ese ritmo se instale en su mente y…

— ¿Podés decirlo sin leer el libro? Nos desconcentra.

— ¿Qué les pasa?, ¡manga de delincuentes!, ¿ahora son exquisitos? Me lo sé de memoria porque yo conocí a Indra Devi, y soy instructora de yoga, no leo ningún libro.

—Marta, ¡se está quemando!, ¡la vela! —gritaron.

Muchos van a decir que esa noche los presos provocaron un incendio en la penitenciaría de Ezeiza, pero nosotros incapaces de un acto tan inhumano, sabremos con certeza eso; solamente estábamos practicando yoga.

Si se encuentran interesados en saber sobre Indra Devi, la posición del pez, del loto, la postura de la cobra, la postura pelviana, o muchas más doy clases en la casa de mi tío; buen tipo, vende alucinógenos por si quieren averiguar.

Y si por esas casualidades buda nos allana la propiedad y de repente se encuentran tras las rejas, tengo dos opciones para ofrecerles: quemen la cárcel o cómprense el libro de Sai yoga, van a ver que de ese modo veinte años se pasan volando, ahora bien… para cadena perpetua consíganse una soga, cuélguenla al techo y empiecen a treparla, hacer ejercicio libera endorfinas, no les prometo felicidad pero de algo estoy segura, el tiempo se les va a pasar…  

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