CRÍTICAS: “EL ÚLTIMO VERMEER”. Por Maximiliano Curcio

EL AURA ATROFIADA

  1. El lado B de la historia

“El Último Vermeer”, de Dan Friedkin (quien no posee parentesco alguno con William, el mítico director de “Contacto en Francia”), nos trae al presente la historia real de Henricus Antonius van Meegeren, un pintor y retratista neerlandés, quien pasó a la historia de modo infame: es considerado como un ingenioso falsificador de arte, relacionado con la oscura maquinaria de poder nazi durante la ocupación holandesa. Ángel caído devenido en traidor, antes héroe impostado que toda sociedad fabrica para sí, admiró en sus inicios a los grandes artistas de la Edad de Oro neerlandesa y buscó desarrollar su talento como un joven y atractivo pintor, pero los críticos de arte desaprobaron su trabajo. Llevando hasta un extremo cuestionamiento ético sus aptitudes artísticas, Van Meegeren decidió debatir el juicio que la crítica posó sobre su figura falsificando pinturas de grandes referentes, como Johannes Vermeer y otros maestros del lienzo.

Bajo esta tesitura es donde se inserta en el relato la figura de Johannes Vermeer van Delft, uno de los pintores neerlandeses más reconocidos del arte Barroco. Habitó la llamada Edad de Oro neerlandesa, no obstante su obra posee una particularidad: se ve reducida a apenas treinta y cinco cuadros comprobados de su autoría. Se dedicó a pintar para mecenas y muchas de sus obras hoy se encuentran perdidas. Tiempo después, solo pudo conocerse acerca de ellas a través de subastas. A la moderación de su éxito en vida le siguieron siglos de olvido, hasta que su talento y maestría para el uso de la luz comenzó a ser reconocido hacia fines del siglo XIX. El lado oculto del legado de Vermeer y el modo extraño en que su obra ha dialogado con la historia del arte y la trascendencia que su propia figura adquirió con el tiempo, es la interesante faceta que el film aborda, casi de modo paralelo a la intriga política y policial que se cierne sobre la figura del escurridizo estafador.

En la piel del siempre magnético Guy Pearce, Van Meegeren demuestra un ego a prueba de toda mirada desconfiada que sobre él se pose: replicó estilos y colores a la perfección, creando copias de obras maestras que se comerciaban como tales. Durante la SGM, se vinculó al poder nazi y el exquisito gusto por el coleccionismo de arte de los discípulos de Hitler (un tema que el cine ya ha abordado, como en el film dirigido por George Clooney “Monuments Man”), vendiéndoles sus pinturas por sumas monetarias estratosféricas. En 1947, fue condenado por falsificación, estafa y fraude

2. Parte de la historia

Aquí vale la pena hacer un punto y explicar el contexto histórico que la película nos presenta, soslayadamente. Con la efeméride del día cinco de mayo de 1945, el pueblo neerlandés celebra el Día de la Liberación, recordando la expulsión de las tropas hitlerianas de su territorio. Sendas naciones verían sus relaciones resquebrajarse al fin de la guerra, al tiempo que las heridas abiertas de Holanda no ocultaban la neutralidad política ejercida hasta 1940; menos aún aquella postura los protegió de la brutal invasión sufrida por el ejército alemán y el extermino de más de 100.000 judíos.

Especialistas afirman que la población no judía de los Países Bajos luchó contra la persecución, mientras otros tantos millares de ciudadanos se unieron a las SS alemanas.  Con las aguas divididas, los sentimientos agrietados entre ambas naciones no harían más que profundizarse hacia la conclusión de la contienda. Hasta allí, parte del contexto político que vinculó a ambas naciones, del cual no nos ocuparemos en profundizar. Porque la presente recreación histórica no lo hace en sí, y porque el séptimo arte ya lo ha abordado en films recientes -con mayor o menor suerte-, como “Riphagen” y “El Banquero de la Resistencia”, para sendas producciones de Netlifx.

3. La figura del artista y como su arte sobrevive a través del tiempo

La historia del arte está hecha de contradicciones, acaso las circunstancias que rigen la producción artística actual no son la excepción. La figura del artista ha ido evolucionando, sufriendo radicales modificaciones y mutando con el transcurrir de los siglos, adaptándose al devenir de los diferentes movimientos, estilos, corrientes y tendencias que conforman la historia del arte. No obstante, no ha perdido su esencia, inalterable al signo de los tiempos. Cabe observar que, actualmente inserto en un mundo desarrollado y capitalista, globalizado económica y culturalmente, la figura del artista se ve atrapada por un factor comercial que, con frecuencia, desprecia la tradición en su formulación clásica.

El especialista Robert Morgan (crítico de arte, historiador de arte, curador, poeta y artista estadounidense) afirma que el arte se ha visto subyugado por la lógica del mercado: el factor monetario ejerce, invariablemente, su poder. Este pensador contemporáneo interpreta los efectos de la globalización económica, como un denominador común a lo largo de su crítica obra, en búsqueda de pesquisar las relaciones emergentes entre mercado y artista, sujeto éste último al devenir de la coyuntura presente, a riesgo de convertir su arte en mera mercancía de moda funcional a los nuevos patrones imperantes de publicidad. Morgan califica al artista contemporáneo no sin cierto pesimismo, bajo la denominación que delimita cierta especie de “logotipo cultural”, cuyas expresiones creativas deben orientarse hacia problemáticas relacionadas con la propia identidad, a fin de auto validarse. La frustrada carrera pictórica del protagonista del film podría trazar una triste alegoría con la percepción vertida por Morgan y su ecuación mercantil: no dudamos de la pasión, la pericia técnica y el talento nato del polémico e inescrupuloso Van Meegeren, pero cuestionamos hondamente sus métodos y su noción ética.

La reflexión también nos sirve para entender el instrumento cinematográfico que nos provee este film, como un interesante ejercicio para reflexionar acerca del impiadoso rol que cumplen determinados factores en el mercado del arte. Al servicio de sus intereses, los medios de comunicación, someten -de forma deliberada, usurpadora y pendular- a talentosos artistas al ignominioso anonimato o lo elevan a la inmediata celebridad, según sea conveniente. Resulta fácilmente comprobable que el mercado, los medios y la crítica de arte ejercen su influencia sin claudicar. No olvidemos el momento crucial, no solo artísticamente hablando, en el cual el film se emplaza. Hacia la eclosión de la globalización cultural a comienzos del siglo XX, y posibilitada por el avance de las tecnologías de la comunicación, el artista persigue liberar su obra de arte de todo designio comercial. Capaz de crear y proyectar conceptos, a través de formas sumamente radicales, que pocas veces serán interpretadas por el público como auténticas y valederas obras de arte. Y aquí deberíamos preguntarnos que entendemos por auténtico y valedero. Una colección de obras maestras inéditas siempre puede resultar un punto de partida atractivo para la enésima estafa pergeñada. Para muestras, pueden adentrarse en el caso jurisprudencial sobre una galerista de dudosa procedencia, expuesta en el documental de Netflix “Made You Look: Una historia real sobre arte falsificado”

4. La originalidad en el arte: una mirada políticamente incorrecta

¿Qué hace a un artista original? ¿Qué golpe de suerte hace trascender su obra en el tiempo? ¿Qué factores hacen a una obra vendible? ¿Se puede ser, de modo radical, absolutamente auténtico? El cine se ha encargado de abordar tan atractiva temática, y bajo los más variados formatos. A nivel nacional, podemos recomendar la producción “El Artista” (2009), ópera prima de la talentosa dupla conformada por Mariano Cohn y Daniel Duprat. La sátira siempre es un fiel terreno para burlarse de los códigos del arte contemporáneo. En el plano internacional, puede que no haya habido mejor acercamiento que el llevado a cabo por Orson Welles en “F for Fake” (1972). Todo un manifiesto audiovisual acerca de la delgada línea que separa lo genuino de la fuente de la que indefectiblemente bebe.

En similar orden, Walter Benjamin se explayó acerca de la transformación del arte en la era de su reproductibilidad técnica, una referencia insoslayable para entender una teoría del arte funcional a la formulación de demandas revolucionarias en la política del arte. Despojada de su valor ritual tradicional y corriendo los velos sobre cada objeto analizado, el arte tendría repercusiones políticas en la época de su reproductibilidad técnica, tal y como el filósofo, crítico literario y ensayista versó al respecto de la ‘Pérdida del aura y politización del arte’. Quizás, esta conocida sentencia pueda graficar de inmejorable manera las motivaciones estéticas, políticas y sociales que llevaron a juicio al tristemente célebre estafador de arte. Si Benjamin identifica ‘el aura con la experiencia de lo irrepetible y la reproducción técnica destruye toda originalidad’, ¿cómo podemos establecer el valor de un objeto con respecto a su funcionamiento dentro de la tradición? Síntomas de un ámbito artístico desvinculado de su derecho de autonomía, el contexto político imperante, al momento en que la figura del frustrado falsificador fue puesta bajo escrutinio público, explica el paradójico desenlace de la historia. El ‘contorno del sentido’ al que hace mención el autor de “Sobre el Concepto de Historia”, en sus alcances conceptuales a nivel estético-plástico, atañe a la epidermis social y política sobre la que se estructura “El Último Vermeer”.

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