RESEÑA DE SHOWS: ENRIQUE BUNBURY LIVE STREAMING. POR MAXIMILIANO CURCIO

EL ÚLTIMO GRAN HÉROE

Como una cápsula espacial. Como una máquina en el tiempo sacada de la emérita novela de H.G. Wells. El portentoso escenario montado en el Palacio de los Congresos de Zaragoza parecía dispuesto a tomar vuelo. Allí estaban Enrique Bunbury y Los Santos Inocentes (su banda estable desde 2008), quienes no actuaban en vivo desde el ya lejano concierto brindado en el mítico Palladium angelino, allá por abril de 2019. Renuente a aceptar la nueva modalidad de conciertos vía streaming, Enrique se ha mantenido vigente, tan cuestionador y expectante (no nos sorprende, de parte de un artista que es una auténtica especie en extinción mundial), mostrando su preocupación acerca del cercenamiento de libertades impuesto a artistas de diversas expresiones a la hora de presentarse en directo. Jamás tibio al pronunciarse al respecto, su postura es encomiable; no obstante, todo fan aguardaba con ansias la ya impostergable cita tras la pantalla. Paliativos para un mal mayor…

Un reloj en cuenta regresiva había llegado a cero, mientras imágenes de previas preparativas nos convidaban de la antesala del evento musical más esperado de los últimos meses. La escena inicial nos hacía sentir partícipes de un viaje hacia un pasado teñido de sepia: mientras un delicioso instrumental de “Los Términos de mi Rendición” incrementaba nuestras expectativas, un telón dejaba traslucir las sombras expresionistas del siempre serpenteante Bunbury y sus fieles tripulantes. Una vez caído el mismo, tendríamos asiento en la primera fila virtual de un acto musical-artístico que prometía conectarnos, por vez primera, con las flamantes canciones pertenecientes a los últimos dos discos del compositor aragonés (“Posible” y “Curso de Levitación Intensivo”), editados en tiempos de confinamiento, durante 2020.

Si bien la conformación del setlist se anunciaba fuertemente anclada en el repertorio más reciente (de las veinticinco canciones tocadas, trece pertenecen a su última tríada de álbumes, si sumamos “Expectativas”), es sabido que Enrique diagrama su itinerario musical de cada concierto sin descuidar ninguna de las etapas precedentes, como la era Héroes del Silencio y la posterior aventura solista con El Huracán Ambulante. Sin embargo, si pensáramos que la lista de temas elegidos se limita a porciones cronológicas que enmarcan una carrera musical en segmentos, estaríamos totalmente equivocados. Miremos más de cerca y observaremos el laborioso y prodigioso relato distópico que trazó el maestro Bunbury anoche, frente a nuestros ojos.

Artista perfeccionista si los hay, era de esperar este tipo de declaración de intenciones; y semejante toma de decisión artística adquiere una dimensión aún mayor cuando un puñado de líricas van vertebrando las inquietudes esenciales de un cantante jamás dispuesto a jugar al conformismo y la sumisión. Como un gran friso social y político, cada tema, magnificado bajo la coyuntura mundial que atravesamos, se nos reveló de forma elocuente (algunos con un llamativo rasgo anticipatorio). Así es como Enrique, finalmente, persigue una integral reflexión acerca de los males de su tiempo y consigue resignificar su prolífica obra, haciéndola dialogar con el presente tan convulso que como humanidad vivimos, sin temer pronunciarse al respecto.

La atractiva “Cualquiera en su Sano Juicio”, primer registro de “Posible”, siempre proporciona nuevas lecturas y se conforma como el puntapié inicial de la presentación, validando aquella máxima que no teme ofender al tibio y acomodaticio escuadrón de la moral. Demoledora, “N.O.M.”, el tema que abre “Curso de Levitación Intensivo”, como una iconoclasta y nada complaciente declaración de principios, sabe cómo indagar en la malicia de los sermones dictados por oscuros oradores de turno. Sin darnos respiro, danzando y contorneando su silueta con suma destreza y encanto, E.B. entona inmediatamente después la pegadiza “El Precio que Hay que Pagar”, colocándonos irremediablemente de su lado acaso si las cosas se pongan feas.

Levantando temperatura desde el refugio doméstico, “El Momento de Aprovechar el Momento” se percibe como una de esas canciones creadas para cantar desde lo alto de una platea, con el sentimiento a flor de piel y la exacta dosis incorrecta que requiere una generación: sabemos que el trato cordial en cautividad no es una virtud de la cual congraciarnos. Hábil maestro de ceremonias, Bunbury recurre a “Las Palabras” como infalibles musas, sin caer en la complicidad confortable de aquel que prefiere continuar dormido. En tiempos donde todo es tan fugaz, imaginamos la certera destinataria de la lyncheana “Deseos de Usar y Tirar”, preciosa reformulación del género bolero tamizado bajo una heterogénea y rica instrumentación.

En absoluto una paradoja a desestimar, una línea desgarradora de “Cuna de Caín” nos anuncia que ‘el exilio es mejor que nuestra prisión de vulgaridad y mediocridad’, desafiando nuestra capacidad de asombro. Mientras, el segmento medio se aproxima en los acordes iniciales de “Despierta”, melodía que nos remite al fenomenal “Palosanto” (2013) y donde Bunbury repite con urgencia, como un mantra inoxidable, aquel paradigma cambiado sobre aquello imaginado. Con clarividencia profética, encuentra su eco en la más reciente “La Gran Estafa” (último videoclip estrenado a la fecha), advirtiéndonos sobre las verdaderas intenciones de una farsa profana, repetida mil veces, para poder creerse.

En “Porque las Cosas Cambian”, un enérgico frontman clamó por el espacio para nuevas libertades y, como en un espejo que jugó con nuestra capacidad de credulidad, en “Más Alto que Nosotros Solo el Cielo” nos preguntamos, no sin cierta pasividad, qué tan pronto fue que se hizo tarde, aquí en nuestra perpetua condición. Opiniones y convicciones que reverberan en nuestra conciencia, sin explicarse ni pedir perdón, a la escucha de “Hombre de Acción”, vigoroso rescate de “Posible”. El siguiente díptico del repertorio abordó dos temas claves del exquisito “Expectativas” (2017). En “Parecemos Tontos”, Enrique nos anima a despabilarnos de aquellos que intentan engañarnos en medio de abanicos de pantomima, mientras que en “La Actitud Correcta” se produce uno de los momentos más altisonantes de todo el show; sabemos que siempre nuestro anfitrión tendrá las palabras bien escogidas y una sensatez abrumadora para convencernos de lo que le plazca.

Conmovedora, la interpretación vocal brindada en “Deshacer el Mundo” adquiere matices superlativos, con aquello de ponernos, ya sin demora, ‘fuera del alcance del bostezo universal, nos veremos en el exilio o en una celda’. Inamovibles de cada setlist, sonaron “Que Tengas Suertecita” e “Infinito”, mostrando a una banda en perfecta cohesión y sincronía. El subidón emocional trepó decibeles con Bunbury calzándose la guitarra para ejecutar el extasiado punteo inicial de “Los Habitantes”, celebradísima canción que siempre echaremos de menos sin importar las consecuencias, en mundos más allá o en mundos venideros.

Sin temer arrojarse a la deriva (¡los pies en el suelo son un estorbo!), el compositor sortea prisiones de deseo (y de las menos gratas, jamás acatadas) en “Mar Adentro”, al tiempo que en “El Extranjero” emprende el próximo naufragio, sabiéndose inconformista sin redención ni apego existencial y, a menudo, extraño en su propia tierra. Nunca atrapado por lo mundano y esquivando aprietos que no están en sus manos, Bunbury afronta un acto de finísima sutileza e inmejorable timing, digna de elegidos y utiliza sus palabras como certeros golpes al blanco, destinado a todo aquel poder corrupto que saca rédito a su conveniencia, mientras tanto músicos alrededor del globo se ven privados de ejercer libremente su arte: ‘que no me dejen sin mi sustento, en vano’, adquiere en “De Todo el Mundo” una dimensión contestataria deliciosa y, si las miradas hablaran tendrías razón en todo, en tanto el silencio cumpliría su parte con hidalguía. A buen entendedor…

Acto seguido, “Lady Blue”, infaltable registro de su primera etapa solista, nos deja de recuerdo esta grabación, mostrándonos a un Bunbury como auténtico astronauta en órbita lunar: todavía no había llegado el tsunami en cámara lenta y todo se había ido con el huracán. El preludio de los bises nos ofreció un intermedio donde, con el escenario vacío (decorado con una soberbia puesta futurista) y las luces aún encendidas (inmensos focos anaranjados simulando ser globos oculares se extendían de forma horizontal), pudimos escuchar fragmentos del audio original del día 20 de julio de 1969, fecha en la que aconteció el desembarco del hombre en la luna. Épica gesta que retoma la idea de la cápsula espacial temporal citada al comienzo de este artículo y que se conforma en el enésimo guiño alegórico que Bunbury nos arroja, estimulando nuestra capacidad de análisis. Minutos después, sonaba la bellísima “El Pálido Punto Azul” mientras desde aquí a esta distancia advertimos el espacio que se nos permite habitar; luego, la clásica “Maldito Duende” convertía en magia a toda noche si fuera posible escapar de este lugar, precediendo el final con la sugerente “La Constante”.

Es sobre el escenario donde el fan puede apreciar la grandeza y enorme trascendencia de un Enrique en la cumbre de su arte. Exiguo ejemplar dentro del panorama musical contemporáneo, ejerce su oficio sin fisuras ni flaquezas a la vista. Su inmaculado e inconfundible registro vocal se combina con una presencia en escena sencillamente magnética. Carismático y habitante de una clase superior, nos hipnotiza con sus gestos y despliegue corporal sin igual. Emulando una suerte de hibridación entre Jim Morrison y David Bowie, nos regala la inagotable potencia derramada y el control absoluto sobre la atmósfera de cada canción. Dueño de cada instante inspirado, la lente de la cámara se posa sobre su figura que, inclusive, se pasea solitaria por las vacías butacas del recinto. Su habilidad y astucia de performer consumado nos hace, meros mortales, arrepentir de nuestra falta de talento como rockstar…

Luego del sentido saludo de la banda al respetable, allí aguardando del otro lado del umbral digital, los créditos finales se reprodujeron en las frías pantallas personales de millones usuarios, al tiempo que, estimo, igual cantidad de aplausos reprodujeron con sostenida calidez un eco planetario desde la intimidad de cada hogar. Accidentes del azar -¿y opción infalible del nuevo orden mundial?-, mecanismo que nos priva de la quintaesencia de todo concierto musical: la mutua vibración entre músicos y espectadores. Quizás con destino de registro en DVD, este impecable concierto se recuerde como una rara avis dentro de un tiempo confuso y aciago.

Una veintena de canciones favoritas nos colocan en perspectiva apenas una porción del inmenso cuerpo de obra de un autor musical cuyo ápice creativo pareciera no encontrar horizontes. Canciones presentes e imperiosas, canciones desafiantes y disidentes. Canciones sempiternas e inextinguibles, canciones talismán que han sobrevivido al paso del tiempo. Mientras tanto, y tras dos horas exactas de impecable y monumental presentación, aguardamos el regreso presencial de Bunbury a nuestras tierras -truncada su anunciada visita durante 2020- con una ciega certeza: si bien el evento vía streaming se estimó como único y definitivo para este tipo de modalidad, sabemos que con el ilustre hombre delgado nuestra capacidad de sorpresa se presume inagotable. Es conveniente atender a su consejo y dejar la luz encendida…



Categorías:Alta Fidelidad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: