CRÓNICAS DE UN REGRESO: Irse es volver. Por MARÍA CELESTE PORTA

“… y así voy a aprender

que irse es volver a volver”

Me despierto boca arriba, tengo la garganta hecha un fuego, debe ser todo lo que fumé, pienso. Al lado mío, H duerme boca abajo y respira de forma tan profunda que me dan ganas de imitarlo y volverme a dormir. Sin embargo, salgo de la cama despacio, tratando de no despertar a H y de no acrecentar el mareo de la resaca. 

Un café, pienso, un café que me aclare la cabeza y la garganta; pero al llegar a la cocina me quedo mirando la calle desde la ventana. Está gris, plomizo, en cualquier momento llueve, pienso. Me asomo por el balcón y llevo la mirada un poco más allá de la vereda, la llevo hasta la esquina, la llevo hasta ese rincón de la ciudad en el que se junta la calle del departamento con el río: esquina San Martín y el Río. Esa vista fue la que me ayudó a tomar la decisión de alquilar este departamento. H me llama y me arranca de la calma. Me pide que junto con el café, le lleve algo para el dolor de cabeza; somos dos, pienso. 

Al llegar a la habitación, me sorprende la cama vacía, me quedo parada en la puerta con la taza de café en una mano y una pastilla en la otra. Desde el comedor la voz de H vuelve a llamarme, no entiendo, si estaba acá, pienso. Entonces, repaso con la mirada, una vez más, la habitación vacía, la cama tendida, la persiana perfectamente cerrada. Mientras trato de entender quién me había llamado entonces desde la habitación, si H no está ahí, siento su mano en mi hombro y gracias al sobresalto suelto la taza de café que se rompe contra el piso y salpica la botamanga de su pantalón. 

H me mira desconcertado, está vestido con ropa formal: una camisa cuadrillé y pantalón de vestir, nunca lo había visto así, pienso. Quiero hacerle un chiste sobre su ropa, pero veo en su mirada algo triste. Me detengo en sus ojos, pero no son sus ojos: ¿H, te cambiaste el color de ojos?, pregunto. Parece no haberme escuchado y como respuesta me pregunta si ya estoy lista para salir. Es domingo, respondo, no vamos a ningún lado. Me señala la puerta ventana del balcón, y me dice que se hizo tarde, que no hay tiempo. Trato de mirar en la dirección que me señala, el vidrio de la puerta ventana me devuelve mi imagen, vestida con el uniforme que usé los últimos años: pantalón negro, camisa blanca. 

Quiero decirle a H que basta, no me está gustando nada lo que está pasando. Pero mi garganta está estrangulada, no sale ningún sonido por más fuerza que haga. H me agarra de las manos y me arrastra hacia el balcón. Yo siento frío, mucho frío. Quiero soltarme de sus manos, pero no tengo fuerzas y por el balcón empieza a trepar un agua marrón. Es el río, me dice, llegó hasta acá, te quise avisar más temprano, pero se hizo tarde.  Antes de terminar la oración, me empuja por la puerta ventana. Me voy a ahogar, pienso.

Me despierta mi propio ronquido, tenía la boca muy abierta y al intentar cerrarla siento la rigidez en la mandíbula. Me acuerdo de la pesadilla, quiero revivirla, narrarme esa historia de la forma más detallada posible, tal vez trabajar el sueño en terapia. Cerca de mi cama siempre tengo cuadernos y algunas lapiceras, escribo en uno de ellos la secuencia del sueño como un bosquejo; no me importan los detalles, de lo que no me quiero olvidar es de la angustia, pienso.

Desde el costado de la ventana de mi habitación, entra la luz de la calle. Es de madrugada, es primavera, mis oídos se llenan con el silencio de la noche del pueblo, el canto de los grillos y el maullido de alguna gata en celo: estoy a salvo. Cierro los ojos y vuelvo a ver la esquina de calle San Martín y el río, desde el balcón del tercer piso. Es imposible que el río llegue hasta ahí alguna vez, pienso. 

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