RELATOS: Perdices. POR MILAGROS ANTONELLA CORALLO

—No se puede creer que admirando tantas perdices tengas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa cara que no llega a tener expresión de nada.

—Es mi cara.

Mientras tanto acariciaba suavemente el marco, la admiraba como si se tratara de algo especial, cuando en realidad era igual a todas, ignoraba que yo me había distraído cinco veces mirando la hora, ese sonido peculiar que hacen las agujas cuando el tiempo te agobia.

Nos quedamos así, sin decir nada. El intentó ponerse las manos en los bolsillos, pero el pantalón carecía de ellos, dos huecos que solo sirven para evadir el aburrimiento. Me empecé a interesar en ese jean desgastado, que tiene, si miras fugazmente, unas rayas defectuosas en la zona de las pantorrillas. Empieza con la ausencia de forma, carece de línea temporal, tampoco está a la moda. ¿Estaría en un negocio? ¿Habría tenido el cartel de oferta? Me impresionaría aún más el saber que no poseía botones, que finaliza sabrá Dios donde. Descubrí entonces que había más belleza visual en un pantalón sucio que en esa pintura.

—Debes amar esto ¡Yo no podría cansarme nunca! —dijo enfocado en su exposición.

—Es lo que me toca.                                            

—¿Pero no te gusta?

¿Cuál era el punto? ¿Mentirle? Ignorar la sombra rigurosa, que no coincidía con el fondo. Le falta ese efecto, le falta darle volumen, y el brillo del lado izquierdo no seduce. Haría lo de siempre, evaluar, dar las correcciones, ser crítica y que me odien. Él no sabía que había presenciado 659 veces el mismo recorrido, la misma actitud, las misma ideas, todas yendo al mismo destino.

—Estoy cansada de las perdices.

—¿Qué?

—Sí, estoy harta, perdices en el centro, con colores que se complementan y hacen resaltar esa especie de cosa sin fundamento, no entiendo el sentido. Perdices representadas por diferentes nombres, dirán ser otros artistas, pero siempre se trata de eso, de perdices.

—Las perdices son todo aquello que se necesita en una pintura, calma, convicción, estabilidad y…

—Si ya sé estabilidad y serenidad, ya conozco todo eso ¿Sabes cuantas perdices vi? ¿Sabes cuantos manuales me estudié? ¿Cuántas teorías analicé? ¡Miles! Y no sirvió de nada.

—¿Pero te gustó?

—Es vulgar.

Se lo dije, punto, ya está. Sabía que continuaba con la charla para averiguarlo, para que califique su trabajo.

—Me causas gracia ¿Quién podría sentir rechazo por las perdices? —preguntó.

—Yo.

Sacó el cuadro de la pared y se fue. Quedó entonces un salón repleto de vacío, de reiteración, de perdices invadiéndome la razón. Tenía que evaluar 26 pinturas iguales, las diferenciaban algunos centímetros, por ahí, muy extrañamente la perdiz podría escaparse del centro, correrse para un costado, pero nunca salir del recuadro.

Es un misterio que a nadie le interesa resolver ¿Por qué todas las malditas pinturas tienen perdices? ¿Por qué ni una logra evadir esa estructura tan asfixiante y aburrida? Que me remueve a una realidad ficticia ¿Qué pasa? ¿Toda persona que me cruce tiene el deseo irracional y estúpido de ser perdiz?

No quiero parecer loca, pero me manifiesto completamente en contra, no le encuentro sentido, no tiene lógica, vivir toda tu vida tratando de encontrar una perdiz en una alfombra, pasa que todos tienen el sueño extraño de convertirse en perdices, la gente hace pinturas de perdices, tartas, muebles, cerámicos, relojes, y no sé qué cosas más. Uno no disfruta su nacimiento porque lo educan para eso, para ser perdiz. Están tan pendientes de conseguirlo, que se olvidan del resto, obsesionados, desesperados.

—¡Ay! yo tengo 854 perdices.

—Yo 855, voy a ser más perdiz que vos.

¡Pero que manga de estúpidos por Dios!

¿Saben qué? Me cansé, incendié mis 19868 perdices, lo único que hacían era ocuparme espacio en la casa. Al ver el humo, vinieron los vecinos, no llamé a los bomberos, no quería que nadie las venga a rescatar. Pero los inconscientes pusieron las manos en el fuego, se peleaban:

—Dame esa, dame la necesito.

—No, yo la necesito más.

—¡Necesito ser perdiz por favor!

Se quedaron con algunas, quemadas. Me observaban con asco.

—¿Cómo desperdiciaste tu oportunidad de ser perdiz?

Me reí.

Al día siguiente fui al trabajo, otra vez presentando esas pinturas comunes, ya vistas, horribles. Mantuve la calma, me saqué la campera, los miré a todos fijamente y les dije:

—Sus perdices no me importan, son todas iguales. Nadie va a ser perdiz, menos si se la pasan buscando mi aprobación ¿Para qué demonios quieren ser perdices?

Sacaron los cuadros del salón. Tomé el bastidor, hice el bosquejo de un poroto.

—Bueno señores hoy vamos a pintar porotos, porque yo quiero ser un porto. Así suenan ustedes, así de locos.

Me despidieron.

Llego a casa, mi hija está acostada en la cama, es de noche. Su abuela acaba de pronunciarle la frase, la frase formulada para torturarnos, nos crea una falsa y estúpida expectativa, a lo que resumo como simples mentiras.

—Y comieron perdices…

—Porotos hija, comieron porotos, no hace falta que coman perdices, pueden hacerse un pollo al horno, unas pizzas, unas papas fritas, vegetales. Lo que sea, y acordate no enloquezcas nunca tratando de ser perdiz. Tapate, hace frío, mamá te va a comprar otro libro.

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