RELATOS: Riachuelo. Por Yalal Massud

Debajo de la ciudad hay un mar que te transporta a una dimensión de difícil definición. No cualquiera puede llegar hasta ahí, es una especie de inframundo nirvanesco. En otros hemisferios se queman a lo bonzo para llegar a lo trascendente, acá solo basta con sumergirse en el Riachuelo. Nadar desnudo hasta el fondo del río y sin darte cuenta pasar al otro lado.

Muchos mueren en el intento, otros quieren ganarle al misterio y hacen trampa nadando con tanques de oxígeno. De poco les sirve. La trascendencia es sabia y no se deja engañar por cualquiera. Tenés que estar despojado de anhelos, vaciado de frustraciones y libre de odios. Andar sin pensamientos y oler perfumes de hortalizas. Los naranjos en flúo te eclipsan los ojos y tus ojos dejan de ser ojos. Las pestañas se exilian a otros cuerpos y comenzás a ver 24/7 por el resto de tu vida. Te bancás la realidad tal cual es. Todos quieren llegar ahí. Rebotando entre adicciones y pastillas nos pasamos la vida intentando. Y no pasa nada, ¿quién nos corre?

El otro día Franco me comentó que ya se sentía preparado para realizar la experiencia. Me pidió que lo acompañara por si no lograba entrar. Y fuimos. El Riachuelo estaba de lo más hermoso, una espesa bruma asomaba en la superficie del agua y la luz del atardecer hacía más lindo el paisaje. Se sacó toda su ropa y me dio un abrazo que considere medio incómodo. Estaba completamente desnudo y un poco excitado por lo que estaba a punto de vivir (o intentar vivir). Se tiró de cabeza y me puse a rezarle al Diego.

Pasaron horas y no volvía. Ya pensaba lo peor. Me asustaba. Todo me generaba miedo. El color del Riachuelo empezó a pintarse de Naranjo en flúo y algunos pescaditos saltaban de la emoción. No sabía qué hacer, ¿qué le iba a decir a su mamá? Me dieron ganas de llorar y dejé escapar un par de pétalos que me sirvieron de canoa para buscarlo por el Riachuelo. Me puse los auriculares y dejé de escuchar los pensamientos. Ya lo dijo el Piti, pensar tanto no es bueno. Había que hacerle caso al Goyeneche. Andar libre, desafiar la estabilidad y amigarnos con la impermanencia. Un constante fluir y saber que debajo del agua hay una ciudad que no entiende Dios, ni de ciencia. Es un refugio donde llorar.

Volvió.

Franco estaba de vuelta. Después de esperar 5 horas en la orilla, VOLVIÓ. Como todo lo bueno, vuelve. Y volvió volando. Una nube de plástico corrugado lo trajo hasta a mi. Ya estaba vestido y sus ganas de profesar estaban a punto caramelo. Yo me encontraba huérfano de creencias y necesitaba escucharlo. Algo en qué creer. Me dijo “Pichu salimne, wapala alephero”. Por suerte, el director de mis ojos le puso subtítulos a la escena y comprendí que a veces es más fácil escribir, que intentar vivir.

Franco me empezó a balbucear lo que había visto en la ciudad mental. No era para tanto. Me contó que fue como estar viendo una buena película de Netflix, pero en modo “vive tu propia aventura”. “Es más simple de lo que parece, amigo. A veces nuestras fantasías y sueños son más amarillistas que la propia realidad”. Me regaló un pedazo de su nube de plástico y me puse a pensar. Mañana me voy a tirar al Riachuelo.

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