Cuentos: La poca perfección del siglo XXI. Por MILAGROS ANTONELLA CORALLO

Estoy quietita esperando, se supone que en media hora me va a llevar el tornado, tengo una brújula rota, un calendario sin meses, y la intención de volver a cualquier hora. Me quité la remera, el pantalón y los zapatos, me encuentro casi desnuda bajo la sombra de un álamo. ¡Va corriendo! ¡El tiempo, saltando sobre los objetos! Desafiando las opiniones, enterrando las caras de asombro, ¡se revela contra todo! No roza, tampoco toca, acaricia y… ¡boom! ¡Explota! Incluso olvidó la cita que tendríamos que tener ahora. No reprocho porque estoy bajo la espontaneidad donde la libertad es un poco desordenada y no entiende de compromisos.

 Arrojo una piedra al lago, si ésta llega a golpear ojos… ¡lo ignoro! padezco de amnesia a diario. El tornado no viene, es la segunda vez que lo hago, comienzo a jugar al “veo, veo” para pasar el rato. Los animales escaparon despavoridos, las flores crecieron para abajo, nadie quiere estar presente y no entiendo por qué. Para mí es lo más normal y humano de la Tierra.

 Se cubren los ojos, se asombran de la cita pactada y piensan que toqué fondo. No entiendo esto de profesar algo y después hacer lo contrario, reniego de la hipocresía a diario. Sigo esperando, sin importar el maquillaje corrido, el delantal mal puesto, los pómulos inflados, o si aún tengo una porción de bizcochuelo en la mano.

 No interesa si previo a esto me bajé dos ibuprofenos porque el dolor de cabeza me estaba matando, quizás todo sea una enorme alucinación… ¡para ustedes! Porque yo estoy completamente segura de lo que estoy haciendo, y les aseguro que si sobra algo acá, es coherencia. Última vez que miro la hora, última vez que me quedo sin adrenalina, arrojé los pedazos de cebolla, le quité la harina al delantal y traté de enderezarme, que el dolor del nervio ciático no exista, o al menos no se note…

 En éste momento la gente simula que no tiene miedo, escapan del tornado y se quedan adentro. Sé muy bien que varias de mis conocidas van a cerrar la puerta, adentrarse en el sótano y decir:

— ¡Ay qué locura! ¡Qué peligro! Nosotras nos quedamos acá.

 Al término de pronunciar esa frase, que ni ellas se creen, cambiarán la bata de dormir por un vestido rojo, maquillaje excesivo, tacos aguja y uñas postizas. Sé que están saliendo por la puerta trasera, saludan a sus hijos les dan el beso de las buenas noches, miran de reojo a sus maridos y se escapan corriendo, las entiendo porque yo lo estoy haciendo…

 Ya besé dos veces a Jazmín y le dije tiernamente al oído:

—Mamá va a volver para cuando despiertes.

 Me enseñaron a sentirme culpable y lo lograron, por eso la tapo y la destapo cincuenta veces, no puedo irme sin taparla una última vez.

—Jazmín… vos sabes que mamá te ama, ¿no?

 Está completamente dormida, pero ese ronquido corto significa: “si lo sé, te amo hasta la luna y de vuelta a la tierra mamá” o algo parecido. Entonces puedo respirar por un segundo…

 Cuando parís a un hijo, parece que el mundo entero estuvo en la sala de parto con vos. Empiezan a brindarte… ¿cómo se llaman las críticas que te acuchillan y te clavan como puñales? Pero para no ser directos inventan palabras amables, ¡ay, sí! Los consejos… Estoy completamente acostumbrados a oírlos, así que por favor no pierdan su tiempo. No quiero escucharlos, ni entenderlos.

—Che, ¿te puedo dar un consejo?

—No, sabés que no.

 De todas maneras empiezan con la lista:

— ¿No te parece que la estás alimentando demasiado?

— ¿Por qué le hiciste dos colitas? Le hubieras hecho otro peinado.

—Hoy en día la criatura tiene que elegir el color de su ropa —me aseguran.

—Pero tiene dos meses todavía, no dijo sus primeras palabras, ¡no habla! —digo exasperada.

—No importa, igual tiene que elegirlo…

 Y no se imaginan la cantidad de recomendaciones por ser madre primeriza…

—Hacé que duerma sin medias.

—No le des tanto azúcar.

 —Apuráte, tiene que tener un hermanito, sino hija única… ¡te va a salir caprichosa!

 Me callo, me callo, contengo, hasta que un día… ¡boom! Estallo. Me dí cuenta hace poco que todas las mamás pasamos por esto, pero que tengamos que padecerlo y ser fuertes no significa que estamos exentas de quebrarnos, de deshacernos por dentro, y morir en este estereotipado intento… de ser madres perfectas, de no alimentar a nuestros hijos sino a las expectativas que el otro te genera.

 Ahora Jazmín está más grande, tiene un padre que la ama. La ama y va al trabajo, la ama y tiene hobbies, la ama y sale a festejar con sus amigos, ¡vé el partido!

 Jazmín tiene una mamá que la ama, una mamá que no sale, que se queda las veinticuatro horas en casa, independientemente de todo lo que pase, mamá no tiene hobbies ni se divierte, no porque ella no quiera… sino porque hace poco instalaron un cartel que dice:

 “Las mamas deben ser perfectas”.

 No es una broma, lo colocan en: “la sección de pañales”, luego en la de “juegos de encastre” y también en la de “útiles escolares”, la última vez que fui no me dejáron compran ni un lápiz, ¿por qué? Porque hubo un segundo en el que me quedé mirando la televisión y al parecer todo el mundo lo supo, me inculparon con el comentario más ofensivo del mundo.

—Es una mala madre, se distrajo.

 Entre los carteles de mamás perfectas, más precisamente debajo de esos carteles, se encuentra mi cara borrosa, y casi dopada con la frase: “Soy una pésima madre”. No sé quién la inventó, ni quién se tomó el trabajo y la molestia de imprimir mi cara, hacerme un parche en el ojo y señalarme como: “¡cuidado! ¡Es peligrosa!”. Los chismes son así, se difunden sin revelar la verdad. Si me dieran la oportunidad de dar a conocer la situación, diría que sí… estaba viendo el televisor, me asombraron las noticias acerca de los virus que podés contraer al no lavarte las manos bien, ¿y cómo se lo voy a enseñar a mi nena si yo no lo aprendo, y no me informo antes? Para aclarar, ella no estaba jugando con unas tijeras ni con un cuchillo como añadieron (intentando hacerlo más dramático), solamente se entretenía con su muñeca. ¡Y no! Yo no estaba vendiendo quiniela, ni traficando perros de raza, (siquiera sabía que se podía hacer eso) y tampoco había traído a ningún amante a la casa, porque hasta eso se inventaron. Más tarde me daría cuenta que lo difundió el papá de la nena, mi marido… amoroso, ¿no? ¡Hipócrita! El problema es que no puedo salir a contradecir nada, te enseñan a bajar la cabeza, corporizar las difamaciones y empezar a creerlas. Tengo que tejer y repetir traumada:

—Mi hija me va a salir bien.

 ¿Qué es? ¿Un bizcochuelo? ¿Un ejercicio? ¡Es un humano! Y en todo caso yo le doy todo de mí, le transfiero todos mis conocimientos, le digo qué está bien y qué está mal, y ella elegirá lo que hace.

—Es tu avatar, y las llamás “hija” sólo para exhibirla —me contradice —. Debemos crearlos a nuestra imagen y semejanza, ¡que sean iguales! Que nos hagan quedar bien frente a todo aquel que mire, para que todos puedan afirmarlo “es la mejor madre”, si su hijo/a también lo cree mejor, pero si no… da lo mismo. Lo importante es lo que se muestra. Bien peinaditos y arregladitos, someterlos adentro y presumir que son libres afuera… “yo a mi hijo lo hago elegir lo que quiera”, mientras estuvimos dos horas con un CD que decía cíclicamente “hacéle caso a mamá, hacéle caso a mamá”, toda la maldita noche. ¿Entendieron? ¿Entendieron mis colegas? —pregunta la presidente del consejo de madres perfectas.

 Un nombre bastante extenso, y es difícil pronunciarlo mientras corremos, persiguiendo a nuestros hijos para que no se metan los dedos en la nariz, ni se chupen el pulgar. Debemos corregirlos, sólo por si “el otro”, una sombra siniestra y juzgadora mira. (El “¿qué dirán?” de porquería).

— ¡Hijo, dejá de ser un bebé! Y no te chupes el dedo. ¡Ahora! ¡Ya! Ponéte los pantalones, buscá trabajo y… ¡pronunciá tus primeras palabras!

 Debemos pellizcarles la cola para que puedan hacerlo. Se consigue a cambio un:

— ¡Ay!

 Pero no importa, mientras tenga más de una letra se puede clasificar como un “bebito intelectual y bien cuidadito por su mamá”. Será por eso, que en éste pueblo de porquería todas las primeras palabras de las criaturas son “¡ay!”. Cuando logran su cometido, las integrantes del “consejo de madres perfectas”, los someten al reto colectivo, ahí les colocan auriculares y comunican mediante un audio la siguiente frase: “¡No servís! ¡No servís! ¡Nada te sale!” (Alrededor de nueve horas así). Transcurridas las nueve horas, utilizan el otro que dice: “¡tengo que demostrarle a otras mamás que yo soy el mejor bebé!”. Ya enloqueciendo las madres imitan voces de niños. Yo nunca hice eso, por este motivo clasifican a mi nena como “incapaz”.

 Todos los domingos se da la competencia de: “¿quién es la mejor mamá?”, y hasta son capaces de matar a sus propios hijos por ganar. Será que no quiero esto para mí, ellas tienen en sus mentes ese maldito chip, donde les prohíben ser imperfectas, donde las obligan a priorizar las apariencias. Hay un chip que les colocaron en la sala de parto, todos aquellos que las estereotiparon, que les instalaron como expectativa social: “tenés que ser la mejor mamá”.

 Yo pienso, en cambio, que soy una mamá con sus errores y sus desaciertos y que aprendo de ellos, que mis errores no se basan en satisfacer las observaciones de los demás, mis errores sólo pueden basarse en amar de más.

 Podes ser madre, y ser mujer, al mismo tiempo, a la vez. Y aunque estés siempre, y aunque tengas ojos en la espalda, y el olfato de un sabueso, tenés que darte un tiempo. A nuestros hijos les encanta ser amados, pero por sobre todo… aman que nos amemos.

 —Si no nos mimamos un poco, ¿cómo estaremos enteras para darles todo?

  La asociación de madres perfectas me echó al carajo.

 Por eso mismo estoy esperando el tornado, dejarme llevar por la imperfección, una especia de relajo, algunas lo llaman “boliches”, otras “reunión de amigas”, o una “simple caminata bajo la lluvia”, ese merecido descanso que nos debemos las mamás imperfectas.

—Tornado lleváme por un rato, pero que no sea largo, lo suficiente como para volver siempre y decirle a mi hija que la amo.  

Y así una vuelve eternamente, con la suficiente energía para seguir amando.

 No me pasa lo mismo con mi esposo, pero bueno… ya estamos tramitando el divorcio.

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