Cuentos: ‘Flechazos’. Por MILAGROS ANTONELLA CORALLO

 

Al tipo le gusta alcoholizarse, teñirse el pelo y usar pañales, eso no lo hace un ser responsable, yo que trabajo de seis a seis soy señalado como:

 —Ahí, va el fracasado.

 Me lo crucé hoy, con una botella de vino en la mano, todos afirman que está volando, libre por el aire, repartiendo su simpatía y… está dado vuelta que es algo muy distinto, literalmente, camina con las manos sobre el suelo, fuerza tiene, pero no coherencia. El loco de Córdaba que va disparando flechas, no es un indio, tampoco un trastornado, no tendríamos que enviarlo a ningún hospital psiquiátrico solo porque se hace llamar cupido, o mejor dicho; el loquito del amor, así definido por él mismo. Un apodo que visiblemente nos da indicación de su salud mental, pero claro, como las flechas son de plástico y tienen corazones ordinarios en la punta, todos lo aplauden, y encima le tiran plata. Pretenden la unión; esa cosa idealizada a la que describen como amor, se dice que aquellos flechados por cupido duran más de dos semanas, un record en este sitio, donde todos se relacionan amorosa e infielmente con la pareja de uno. Se disponen a recibir flechazos, entregados a sentir el dolor, ¡arde! Te hace llorar, te ponés rojo como un tomate, pero si llegaran a preguntarles: ¿Duele? Responden:

 —Bastante estimulante.

 Una manga de masoquistas trastornados que aman sentir flechazos, tengo ciento cincuenta y cinco en el brazo, confieso que los cuento. Al paso que voy, me terminan gustando.

 —Uno no nace masoquista —le digo a mi terapeuta—. A uno lo hacen. El idiota este me flecha con mujeres de noventa años, a mí, que no llego ni a los treinta, y no me vengan con la estupidez de que para el amor no hay edad, el desgraciado lo hace porque sabe que no le doy un centavo, mezquino sí se nace. ¿De qué me sirve hacerle caso a una flecha mordida?, ¡por el mendigo adicto ese encima!

 —Dígame, ¿qué piensa sobre las personas de diferentes clases sociales?

 —¿En serio doctor?, ¿usted también va a ponerse de su lado?, ¿ahora me tilda de discriminador?

 Su actividad matutina es ir al supermercado a recibir ofertas, no es que lo esté mirando, pero me doy cuenta. Dice:

 —Soy cupido.

Y todos se desesperan, un poco más le regalan la caja registradora abierta, ¿qué les pasa? Voy yo y apenas me dan el ticket. Paso noches enteras preguntándome qué tiene el individuo ese, que con solo dar un paso, hace desmayar a hombres y mujeres. En la iglesia no tiene que dar el diezmo, está eximido de cantar las canciones eternas y lo peor es que nadie lo juzga, ni lo trata de maleducado si se olvida las letras. Cierto día en vez de decir «Virgen María», se me trabó la lengua y grité: «Virgen marchita», y me trataron de ateo por un año y medio, señalado por hacer bromas inapropiadas, y tener al diablo adentro. Todas las ancianas lucían margaritas en sus manos, las deshojaban llorando, me dieron pie para la equivocación… Encima era el funeral del diacono, murió atropellado por el sacerdote (las malas lenguas dicen que el padre andaba con la amante del diácono), imagínense lo penoso que era ese día, y la elección deprimente del adorno floral.

 —Tenías que vestirte de negro, no de amarillo —me aseguraron. El loquito del amor viene en pañales y todos lo abrazaban, traspirado y mugriento como nadie.

 Si cupido se confunde es idolatrado, piden autógrafos de un vagabundo mugriento, y yo que uso perfume todos los días no recibo ni un beso. ¿Será cuestión de dar lastima? A veces lo pienso… Una vez quise imitarlo solo que se dieron cuenta y pensaron que me había disfrazado. Cualquiera puede ser Cupido, finjo demencia por dos segundos y listo, pero el loquito del amor tiene algo especial, no es su apariencia, ni sus alas, sino su manera de bailar.

 Bailar, con las piernas derechas, la puntería exacta y los ojos cerrados, de repente… ¡te dispara! Se dice que las secuelas no son traumáticas, por el contrario, tener una flecha incrustada en el corazón te genera un placer indescriptible, donde todo tu cuerpo; entumecido, cansado y transpirado, celebra. Beben como unos desahuciados, se descontrolan, trascurren por la etapa de «¿quién es el más el enamorado?» y después el cardiólogo tiene que hacerse cargo. Así de injusta es la vida, debo atender a doscientas noventa y nueve adolescentes por día, pasan a propósito por donde está el loquito del amor para ser atravesadas con fervor.

 —Pero… ¿no pensaste que, si presionabas con incisión, la flecha iba a atorarse?

 —No, una no piensa en eso cuando se siente en el cielo, mucho menos cuando el loquito del amor…

 —Está bien, no quiero saber tanto, ¡ya es demasiado! —contesto.

 Todos los malditos días es la misma historia: «el loquito del amor provoca infartos», aseguran. No sé si hay una cámara oculta en el consultorio y finalmente se trata de un reconocimiento por ser el doctor más paciente del año, pero por lo que veo, no está sucediendo. Falta bastante para jubilarme, y lamentablemente, no sirvo para otra cosa que pare ser médico, porque si ustedes creyeron que cupido solo deja daños referentes a lo cardiaco, están completamente equivocados; ¡sistema respiratorio afectado! Vienen agitadas, confesando diversas incoherencias, una de ellas: «estoy enamorada». Y ni hablar cuando llegan con las piernas quebradas…

 —Con la plata que tenés Rubén, dejáte de embromar, ¿para qué seguís trabajando?

 —Porque la plata siempre puede ser más.

 Ellos se piensan que ser adinerado es cosa fácil, será obsesiva, loca, ilógica, codiciosa, hasta incoherente, pero fácil seguro que no, menos constante, en cualquier momento puedo caer, ser miseria, dejar de existir y volverme como el psicópata de cupido que vive en la calle, necesito seguridad, no gastar, invertir y generar más, más, ¡más!

 —Rubén, ¿y si contribuís con un poco dinero para ayudar a los nenes de oncología?

 —Ya doné hace siete años, gracias igual.

 —Vos sí que mezquinas…

 En fin, deshacerme del loquito del amor, de cupido, o como carajo quieran decirle, va a ser la solución, al fin y al cabo lo único que provoca es insatisfacción, destrucción visual de una sociedad limpia, y con status elevado. Además, las personas se apenan cuando quito las flechas de sus órganos, transcurren la etapa de la abstinencia.

La etapa del no estar enamorado, es la más violenta de todas, ninguna droga se compara, vienen a insultarme por cualquier cosa.

 —Amargado, resentido, despechado, ¡avaro!

 No podés decir ni «a» que ya te revolean una silla en la cabeza y luego de haberte roto la mitad de las planillas, lloran.

 —Doctor, ¿en serio acabo de destruir el historial médico de Juanita? Dígame por favor que va a sobrevivir.

 —Señora, esa es la planilla de los fallecidos, Juanita murió de desnutrición el mes pasado. Sus últimas palabras fueron: «Doctor por favor deme algo», hasta en el último día de vida los africanos piden comida.

 —Perdón el desamor me tiene así —confiesa llorando.

 Claro, porque si todos los seres humanos viviríamos con una flecha atravesada, experimentando sensaciones placenteras las veinticuatro horas del día dejaríamos de ser humanos, para convertirnos en seres de luz, que están de buen humor todo el año. Lo cierto es que las situaciones emocionales lo son todo en el trabajo, para ser sincero cuando estoy deprimido, tardo un poquito más con las operaciones a corazón abierto…

 Debo ejecutar la acción con mucho sigilo no quiero terminar por ser linchado. Deshacerme de cupido no es «misión imposible», pero tampoco moco de pavo, quizás todo se soluciona si me quedo con los brazos cruzados, dejo que el viento siga su curso, que sople muy fuerte, y de repente… ¡BOOM! Permito que los pañales de cupido salgan volando, y ahí no lo dudo; ¡lo acuso de exhibicionismo! Luego comprendo que no tendría sentido, todos aplaudirían y repetirían: «Amo a cupido». Lo detesto, lo aborrezco, ¡lo odio! No sé por qué, pero me genera asco, recelo, ganas de vomitar sobre su pelo.

 —¡Pordiosero! —le grito, pero sacude su inmundicia por todo el mundo—. Sos sucio, e indigente, ¡estúpido! —se hace el disimulado y sigue flechando.

—Dejá de juzgarlo, él se entretiene así —me comentan, mientras intento acogotarlo.

 Ya me contuvieron diez veces, un desequilibrado pedigüeño usa pañales, ¿y yo soy el que necesita un psiquiátrico? No me voy a hacer problema, sé que diversos pacientes vendrán, voy a hablarles del sistema cardiaco, de las válvulas, de cómo no alterarse, evitar la carne roja, controles de presión, impedir recibir flechas e introducirlas con obsesión, y finalmente, cuando luego de la ardua explicación sigan sin entenderlo, voy a agarrar mi caja de herramientas y voy a martillarles el corazón. Así fue como todos los habitantes del mundo odiaron al igual que yo a cupido. El loquito del amor tuvo que irse a otra localidad, para ser alabado y consentido, por breves minutos… momentos incoherentes e inalcanzables que duran lo que dura un suspiro. Bah, lo peor es que el desgraciado dice que un día lo amamos y otro día lo queremos asesinar.

—Son bipolares, ¡háganse tratar! —gritó mientras se iba corriendo con unos pañales manchados en la parte trasera.

 Algunos dicen que yo tenía razón, varios empresarios y gente importante, coherente, ¡estable! Sin embargo, personas de bajo status e intelecto como los son los colectiveros, carniceros y verduleros, comentan que en un ataque de ira le clave una flecha en el ojo, gozando, gritando:

 —Fuera indígena.

 No le guardo odio a la gente pobre, sucia y encima de otra raza. Mañana tengo que declarar en el juzgado, estoy tranquilo porque sé que es mentira, cuando empiezan hablar de la igualdad y los derechos humanos me da una risa… Aunque, bajo juramento, voy a decir que fue en defensa propia.

 —Su pobreza estaba amenazando con la íntegra imagen de mi riqueza.

 Espero no cruzarme con Romina, estuve conviviendo con ella dos años, ¿para qué? Para que luego de vivir en una mansión, me abandone por el primer cartonero que le preste atención, le de amor, y no la golpee. Qué mal que está la sociedad, ¿no creen?



Categorías:Pura Ficción

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