CUENTOS: EL PERMISO PARA VIAJAR. Por Mónica Cena

(Inspirado en “La estrella sobre el bosque”, versión libre)

Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado.

—¡François! —Una voz conocida rompió el silencio desde las sombras—. ¡François!

—¿Juan Pablo? ¿Qué estás haciendo acá?

—Pensé que no… —Juan Pablo, su hermano gemelo, hablaba y se agachaba tratando de recuperar el aliento—. Pensé que no te alcanzaba.

—¿Para qué? Ya nos habíamos despedido en la posada. ¿Por qué viniste hasta acá?

—Oí a unos hombres decir que Gendarmería anda en los trenes pidiendo papeles. Si no tenés permiso para circular, te arrestan y te obligan a cumplir la cuarentena bajo custodia.

—No puede ser —murmuró François, llevándose las dos manos a la cabeza—. No contaba con eso.

—¿Qué vas a hacer?

—Tengo que volver a casa, Juan, no importa de qué manera. Mi hijo está por nacer, Luciana me necesita.

—Tomá —Juan Pablo le dio unos papeles que sacó de su bolsillo.

—¿Qué es?

—Es mi permiso para circular y mi documento de identidad.

—Estás loco…

—¡Agarralo! —dijo Juan Pablo mirándolo a los ojos—. Nadie va a notar la diferencia, como cuando nos confundían en la escuela, ¿te acordás?

—¿Y vos?

—Yo voy a cortar camino por el bosque. ¡Dale! —gritó Juan Pablo sacudiendo el brazo de su hermano—. ¡Ya llega el tren!

—¿Cómo agradecerte? —François abrazó fuerte a Juan Pablo—. En cuanto llegue…

—¡Subí de una vez! —Juan Pablo lo empujaba para que suba al tren que ya estaba en el andén—. Dale un beso a Luciana y a mi sobrino.

—¿Tiene permiso para circular, señor? —La voz de un gendarme los interrumpió.

—La verdad —dijo Juan Pablo con firmeza—, los perdí. —Se encogió de hombros y miró de reojo a su hermano—. Estuve buscando por entre los árboles, pero nada. Seguro que se me cayeron mientras corría.

—¿Y usted? —dijo el gendarme a François.

—Yo… —balbuceaba—. Aquí… Aquí tiene. —Y le extendió los papeles.

—Bueno… —El gendarme mirando a uno y a otro—. Usted me va a tener que acompañar —le dijo a Juan Pablo, poniéndole las esposas—. Y usted —ahora a François—: que tenga buen viaje.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .