ANÁLISIS DE DISCOS: “CRIPTOGRAMA” (2020), DE LISANDRO ARISTIMUÑO. POR MAXIMILIANO CURCIO

LA LECTURA CODIFICADA

Calificación: Excelente

Criptograma: documento escrito en clave, mensaje cifrado o significado inteligible. Un manual de símbolos, significantes y sentidos.

Nuevas formas de comunicación, una manera de deconstruir el lenguaje, reconocernos a nosotros mismos y reinventar nuestro vínculo con los demás. Tan pragmático de comprender como imposible es abrazar en la distancia. El reciente disco editado por Lisandro Aristimuño, se agradece como una necesaria reflexión en tiempos dónde la acción humana se lleva a cabo a través de redes virtuales y viciadas pantallas sin piel que no siempre dicen la verdad, amparadas en la incierta metáfora que encierra un ícono. Menos contacto y emoción versus símbolos más símbolos. Mensajes ocultos, errática percepción, lábiles interpretaciones, inciertos interlocutores y la fugaz e irreal materia digital que nos cobija en tiempos de confinamiento. Con participaciones especiales del rapero WOS (en “Comen”) y del histórico Lito Vitale en teclados (para “Hoy No Fue Ayer”), el disco fue editado por el propio sello discográfico de Lisandro -Viento Azul-, emprendimiento personal que confirma el fuerte rasgo independiente y autogestivo que su obra ha protegido y propulsado, con encomiable integridad. De esta forma, el artista confirma su fulgurante presente, consolidado como un emblema del rock argentino contemporáneo.

Este ejercicio conceptual-estético representa la séptima placa de estudio de Lisandro, sucesor del magnífico “Constelaciones” (2016). Tal muestra de talento resulta la fehaciente presencia de la notable capacidad, ductilidad y artesanía musical que ostenta un fulgurante ser creativo, permeable a expandir las fronteras del canon de la canción de rock, fusionándola con ritmos de jazz, latinos y afros; sin jamás olvidar tamizar tan rica arquitectura sonora a través de la tradición de nuestro folklore autóctono. Abriendo el disco, “Levitar” nos trae las pupilas envejecidas de aquel que aguarda a ver allí dónde el silencio grita. En lo inasible del aire, donde se enredan cuerpo y voz; o en lo profundo del bosque, donde nacen duendes. “Levitar” se comprende como un estado de trance necesario que nos devuelva la contemplación y el respirar; antes de ‘quedarnos sin saber…’ (“Constelaciones”/2016).

Con su habitual sensibilidad, Lisandro reformula pareceres: “Cosas del Amor” considera discos como gran invento, cielos que encierran misterios, un plan fallido que no es el nuestro, círculos en perfecta proyección y los inciertos designios del amor. Con la exactitud secuencial acompasada de un bucle musical, el tercer tema del disco (“Loop”) reverbera en nosotros como un mantra pegadizo y poderoso; buscando la mejor manera de cuidar su voz y escapar de este laberinto sin salida, el cantante, ya con poco que perder por delante, busca atrapar el sol en preciosa lírica que derrite una bola de fuego en bocas que eclipsan toda la luz. Acto seguido, la portentosa poesía visual de Lisandro se revela en su máxima dimensión fotográfica. Sublime en “Sombra 1”, probablemente la canción más destacada de todo el disco, nos seduce entre referencias al arquetipo de la sombra junguiano y guiños a la doble sombra literaria. Dubitativo, el cantautor patagónico exorciza el dolor de toda pérdida, se cuestiona el motivo de aquella presencia esquiva y, entre espejismos paralelos, reconoce la nueva forma de su corazón desordenado, transformando el pensamiento bajo un juego de palabras llamativo: nebulosos indicios de un yo y un otro, el perdón derrochado que vacía la memoria y la creación destructiva resultante en un simbolismo profundo como disparador de sentidos.

Desnudando su cara oculta, quizás descifrando el castigo voyeur, o animándose a una interpretación que acumula el placer sadomasoquista, las primeras líneas de la canción “Nido” nos interrogan hondamente. Es aquel sentir que renace en las cenizas de un recuerdo vivo y dibuja paisajes en un papel. Plena de abstracciones y etérea, nos ofrece un viaje sensorial glorioso. “Comen” encierra la contundente profundidad ideológica de un artista que jamás teme pronunciarse contra el avasallante poder de turno. En búsqueda de la irrenunciable libertad, denuncia a todos aquellos que pretenden cercenarnos, los siempre siniestros titiriteros del poder. Lobos con atuendo de cordero que comen barro, árboles e hijos; viles tiranos al comando de un sistema que pervive (y bebe) de nuestra sangre, esa que mancha sus manos. Bestias invisibles borradoras de rastros, hambrienta maquinaria que no vacila en saciar su apetito sin miramientos de falsa ilusión, bailando entre las colinas de su tierra corrompida.

Iluminando rincones ausentes, el tema “Señal 1” precisa captar el signo divino en el viento y allí está la voz de la antena artística receptiva de su autor, reverberando preguntas atemporales, acaso reformulando a dos de sus mentores musicales: en ‘cómo voy a hacer para ser más libre’ nos remite al deseo de ‘alguna vez voy a ser libre’, del amado rosarino Fito Páez y en ‘al mirarme actuar, vuelo entre la gente’ nos abriga en la memoria el inolvidable verso de ‘volar entre tanta gente de pie’, de Luis Alberto Spinetta en “Canción para los Días de la Vida”. Promediando ya la segunda mitad de la placa, la belleza armónica y melódica de “Hoy no fue Ayer” dilucida, por enésima vez, el alma y esencia de la canción. Quienes pudieron escuchar el streaming de Aristimuño a comienzos del mes de diciembre, en dónde presentara las flamantes canciones del disco, se habrán deleitado con su sensible habilidad para descomponer las diferentes capas sonoras de cada pieza musical y hacer brotar así, en modo acústico, gemas de fulgurante belleza. Esa misma sensación nos brinda este singularísimo tema, bajo una ecuación nada sencilla: quebrar las barreras del tiempo en búsqueda de recuperar toda magia y disfraz, entregando su corazón mediante formas y fórmulas de amor que no fallan.

En amores imposibles que no se corporizan, “Cuerpo” regresa a la idea de la sombra, intentando una forma de diálogo aún no probada, en pos de un perdurable nosotros para mañana…o, acaso, un quimérico encuentro matinal. Persigue la visibilidad del tiempo, sustenta el sentimiento que come de su propia savia y retorna el fulgor a un lugar que guarda recuerdos rotos, donde todo lo que se ama se escapa. Epílogo del álbum, “Baguala 1” nos trae sonidos procedentes de la población indígena del noroeste de nuestro país y, bajo la experimentación sonora permanente, nos induce bajo su atmósfera. Imprescindibles canciones para una meditación curadora: contemplemos el canto que se envuelve a sí. En sus casi cuarenta minutos de duración, “Criptograma” resuelve con éxito el enigma de una obra íntima, siembra respuestas en clave y muestra a un autor inquieto por la electrónica, eterno explorador de gamas sonoras y dueño de una paleta musical tan versátil.

Inspirado disco dueño de un territorio implícito valioso, lo espiritual y lo intangible prevalece conceptualmente a lo largo de una obra homogénea, íntegra y arriesgada. Viaje cósmico que huye de la literalidad, bañando escenas de melancolía y agridulce soledad. En su núcleo, pugnan fuerzas que gravitan como la luna sobre las mareas, revelando razones del inconsciente y estados de ánimos diversos, tramando un manifiesto musical que juega con las reglas del lenguaje para buscar subvertirlas: en la analogía de saber que sólo es posible comprender el significado total siguiendo el patrón anteriormente determinado, este decálogo de canciones hace honor a su característica intrínsecamente orgánica. “Criptograma” es, entre otros hallazgos,  en el eco personal que cada oyente devolverá, un torrente onírico, adivinatorio, liberador y revelador. Sigamos su huella como si de un libro de mutaciones se tratara.



Categorías:Alta Fidelidad

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