ESTRENOS DISCOGRÁFICOS: “CURSO DE LEVITACIÓN INTENSIVO” (2020), DE ENRIQUE BUNBURY. POR MAXIMILIANO CURCIO

BUNBURY CONTRA LO IMPOSIBLE

CALIFICACIÓN: Excelente

Artículo de opinión. Comenzamos…

El tsunami de mañana. Los escombros del después. La estafa que vimos venir. Leer más allá de un titular. La verdad dicha a sotto voce. Un nuevo big-bang. Una razón estrujada. Enmascarados para enmudecernos o confinados en un pozo sin fondo, vivimos tiempos de teorías conspirativas y macropolíticas unidireccionales. “Curso de Levitación Intensivo”, estrena a Bunbury por partida doble en este cruel 2020 y se revela, ante la atenta escucha, como una gloriosa catedral sonora de aires tenebrosos, que rezuma el estado de alerta de un artista habitante de un tiempo caótico. En sus generosas texturas vibrantes, este nuevo álbum nos ilustra acerca de la necesaria gravitación de un músico eminentemente contemporáneo y nunca fuera de contexto.

Con absoluta personalidad, contundencia y nitidez, Bunbury traza pinceladas de un inquietante friso distópico para denunciar la agresividad humana. Rebelándose en tiempos de alas atadas, lenguas cortadas y libertad cercenada, el artista nos interroga acerca de la artificial ilusión de aquel que se cree superior a su semejante, ¿podrán advertir su insignificancia? CDLI no teme aferrarse al clavo más ardiente, y nos enseña las coordenadas de un mundo tan disfuncional que acabar por tropezar con la ilusa necedad de guardar el inmenso mar en una pecera. Es el auténtico viaje a ninguna parte del porvenir en inaccesible país, haciendo trizas un presente regado de manipulación en espeluznante escena final. Sagaz y pragmático, Bunbury escribe contra el olvido porque sabe de las circunstancias que requieren nuevos principios, a golpes de rima genuinos -ya ni digamos de kung fú-.

Podría ser la sabia enseñanza de un antiguo maestro zen, también una guía chamánica para un viaje de meditación en donde el espejo estallado de posibilidades transmute en preciosos elementos. Pensemos este disco como una piedra filosofal, acaso una ventana planetaria a la curiosidad inmanente y salvadora, que duda acerca del relato vertebrado a su alrededor y no teme optar por el menú menos sencillo de digerir. Denunciando falsos ídolos con destreza para destrozar (“Malditos Charlatanes”) y advirtiendo acerca de los sermones hipócritas que pueblan las pantallas que consumimos a diario, el cantante se calza las ropas de un llanero solitario protagonista absoluto de un western tan crepuscular como catastrófico (“Nuevo Orden Mundial”). Con asombrosa capacidad camaleónica, luego se viste de detective noir y riega de sensualidad una atmósfera policial cinematográfica (“El Pálido Punto Azul”).

Dando rienda suelta a su poderosa dialéctica, Bunbury se vislumbra como una estrella en un millón de ellas sobre el firmamento y no es exagerado decirlo. En tiempos donde la identidad conceptual se cotiza en oro y el formato disco carece de sustento -si es que no perece lentamente-, que el aragonés errante ostente tal conducta y dignidad a la hora de preservar la estética en el acto creativo tras esa arquitectura preciosa que llamamos canción, nos habla, irremediablemente, de su condición de artista total. Jamás temeroso de caer en la mediocridad, flota liviano sobre tanta gente de pie, ratificando la profecía spinetteana, cuatro décadas después.

El flechazo se dispara certero e implosiona en nuestro sentido común. Esquivando injurias y diatribas, el compositor no demuestra tibieza alguna a la hora de reflexionar acerca del hombre de nuestro tiempo, capaz de fagocitarse a sí mismo, si se lo propone. Foco disidente e irracional que ilumina con su luz cegadora y replica, como un mantra, aquellas verdades incómodas de escuchar. Incluso, aunque hiciera falta repetir mil veces para poder creer, y que lo mucho no nos canse. CDLI es un disco urgente que se cuece lento, merced a unas letras profundas que se cantan pausadamente, de modo en absoluto altisonante.

No olvidemos lo que importa, anuncia EB, y el disco cobra una magnitud testimonial, como registro de una época convulsa. Artista con impronta y carisma de esos que hoy día escasean, desgrana, canción sobre canción, ritmos lentos para un cuento sombrío, denunciando a los tiranos que manejan los hilos del poder, empecinados en la destrucción masiva. Aquellos incapaces de crear belleza nos obligan a beber de la engañosa pócima de la mentira. La cohesión conceptual de CDLI es indiscutible: llegó para despabilarnos y despertar, ahora que todo ha cambiado; para hacer contacto, para hacer preguntas bajo la urgencia del ahora. Al otro lado de la infranqueable barrera especulativa, el siempre perturbado y ofendido escuadrón de la moral sabrá recibir sabios consejos de supervivencia con buena dosis de sorna para el día de mañana.

“Nuevo Orden Mundial” reafirma aquello que ‘si sucede no es un accidente, el universo nunca se equivoca…’ (“Mariachi sin Cabeza”, Posible/2020), y vale preguntarse si todo tiempo pasado fue mejor, bajo la óptica de un artista presto a derribar ciudades blindadas en tiempos de cadenas mentales. Pegadiza, “El Precio que hay que Pagar” contiene el ADN Bowie, para convidarnos un atractivo aperitivo de vermouth con hachís. Allí resuena la desesperanza, la extrañeza y la soledad, en el confuso corazón de un otrora ciudadano ilustre quien, traicionado, cree merecer una mejor bienvenida. Acto seguido, la perla titulada “Tsunami” se despliega ante nuestros oídos a cámara lenta, refleja su esplendor en la hierba, expande la psicodelia en nuestra conciencia y dinamita el resultado final que arruina predicciones.

La huella sonora de “Palosanto” (2013) y “Expectativas” (2017) se propaga en nuestros oídos, mientras alumbra el camino para que CDLI fluya en su propia esencia y singularidad. Si analizamos en profundidad sus rítmicas y melodías, observaremos abundantes juegos electrónicos en reverberación y una fortaleza sonora universal. Interesantes e inspiradores juegos de guitarra (“El Pálido Punto Azul”, “El Día de Mañana”, “El Momento de Aprovechar el Momento”, “Tenías Razón en Todo”) se acompasan con una contundente sección de vientos (“El Precio que hay que Pagar”, “Tsunami”, “Ezequiel y Todo el Asunto del Big Bang” y “El Momento de Aprovechar el Momento”), igualmente destacando una sólida percusión (“La Gran Estafa”, “El Pálido Punto Azul”).

En CDLI se observa el gen Bunbury desde el primerísimo acorde: esa marca musical singular e inimitable, tan inasible de encasillar. Si en su anterior trabajo discográfico -editado apenas siete meses antes, aunque este cambio de rumbo sonoro diluya las barreras del tiempo- abundaban los sintetizadores y los loops sampleados, aquí lo hace el saxofón y las trompetas, el afro-beat y una peculiar inclinación por el free jazz de corte espiritual. Moderno y sorpresivo, la voz del cantante se amalgama, entre teclados y variedad electrónica, a una lírica contestaria que no teme denunciar los males del mundo actual.

Un Bunbury en plena metamorfosis ensaya un literal ladrido de perro (¿recuerdan el aullido inserto en “Las Palabras”?) mientras se percata de que nunca sonó tan actual aquello de ‘ladran Sancho, señal que cabalgamos’, cumpliendo la máxima de Cervantes. Allí está Bunbury, sin medias tintas: este héroe de leyenda sopla una brisa nuclear en nuestras narices y porta un vendaval de verdades en su inmaculada garganta. Es su naturaleza insobornable, incorrecta y libertaria volcado sobre este magnífico decálogo de canciones. Testigo de escena de vodevil y actos de vanidad compartidos, Bunbury tolera los oídos sordos de una audiencia hostil. Sin temores, desnuda ánimos crispados en cautividad, coexistentes en la distancia entre lo vulnerable y lo falaz, mientras descubre los velos que ocultan la vacuidad que reviste a los opínologos de turno.

Orquestando una obra maestra del rock contemporáneo, Bunbury nos invita a un banquete de introspección y compromiso social. Romper las reglas establecidas y alejarse de “Posible” lo más pronto sea posible -según sus propias palabras-, reformula el territorio habitado y lo propulsa a conquistar nuevos horizontes, difuminando las fronteras del rock moderno. Fabricando canciones como un testamento que resistan al paso del tiempo o desafiando las leyes del destino, nuestro hombre delgado no flaquea jamás. Autor de canciones sobrevivientes, pensantes, comprometidas, arriesgadas, desgarradas y descarnadas. Aquí, la música funciona como elemento transformador. Si hablamos de desobediencia con respecto a aquello que sucede alrededor y nos incomoda, y nos pronunciamos al respecto, bien vale también pensar cual es el disparador que activa ese deseo de aceptación. En CDLI podrán encontrar fecundas respuestas…

En definitiva, la inclinación por lo políticamente incorrecto siempre tensiona las fuerzas del deseo y el deber, inclinándose nuestro anarquista pragmático por la primera, y sabiendo que todo artista posee una voz que funciona como antena receptiva de aquello que está sucediendo en el mundo. Valiente afronta en estos tiempos, de control social, masificación, censura e inteligencia artificial, en donde damos por sentado ciertas conductas y patrones a nivel mundial. Tomando el cuestionamiento como herramienta primordial del arte, Enrique Bunbury es de aquellas voces culturales que escasean. Una gema brillante que se codea con los más grandes rockeros de la historia y cuyo incansable afán compositivo, rumbo a la reinvención permanente, lo ha convertido en un creador prolífico y fundamental.

Mientras aguardamos el retorno al vivo de una presencia en escena magnética, este fértil y flamante trabajo nos inunda del carisma y la virtud visionaria de un cantante apasionado y libre pensante, jamás aprisionado de sus designios creativos. De hipnótico encantamiento, CDLI surca horizontes para transformar el panorama de un tiempo caótico en energía inconformista. Si hace casi una década, Bunbury firmaba aquello de que, necesariamente, debemos de comprender que nada es como habíamos imaginado, el mundo actual se ha precipitado ante nuestros ojos, en necesaria toma de responsabilidad acerca de aquello que nos inquieta. Esos versos, crepitantes en el presente tan convulsionado que vivimos, resuenan como un eco, más que nunca. Una vez más, la desobediencia es menester. Acaso, ¿de qué hablamos cuando hablamos de rock si no es rebeldía, imperiosa búsqueda de libertad, deseo de romper normas establecidas y un regreso al estado primigenio que conoce todo aquel nacido para ser salvaje?

En épocas de automatismo y masificación, de educación para la programación, de bacterias expandidas y pastillas que no salven a nadie, consciente del paso del tiempo y de los males que alertan al mundo, Bunbury es ese faro receptivo que alienta a la rebelión bajo un lema que suena veraz y vital. Una búsqueda conceptual como una declaración de intenciones musicales que reverberan, en delicada forma que se amolda a su espeso contenido, en este auténtico manifiesto iconoclasta. Un músico talismán con un puño en alto que no concede un ápice al poder de turno. Que desconfía, que cuestiona, que exige un cambio. ¿Tu misión ha concluido?

Si “Posible”, tan discrepante y tangencial, retaba a las fronteras de la música contemporánea, bajo su prisma de realidad testimonial, CDLI es un reverso perfecto. Es un salto al vacío sin red, es un nuevo comienzo, es la resurrección del Ave Fénix, hijo adoptivo angelino. Esta figura mitológica de nuestro rock, lo suficientemente valiente como para un acto de arrojo kamikaze, lo suficientemente astuto como para eludir la penúltima lapidación moral. La obediencia no forma parte de su vocabulario y no debería en el ABC de ningún genuino divergente. A fin de cuentas, en terrenos de rock n’ roll la incomodidad es regla y la honestidad necesaria e infravalorada virtud.

Cautivante y reflexivo, el atractivo de este puñado de eslabones-canciones de un relato urticante radica en una rabia imperecedera, cuyo hilo conductor aprieta la soga al cuello sobre la hostil mirada social y el duro precio a pagar a quien no se autocensura. Nuevo orden mundial y tiranía del miedo estallan sobre nuestras cabezas al tiempo que nos preguntamos, haciéndonos eco de Bunbury: ¿cuándo fue que perdimos la libertad para hablar de la libertad? Desobediente, CDLI, invita a un diálogo necesario, como terapia sanadora para estados alterados. Es un monumento sónico que derrumba todo estereotipo imperante. Un curso de supervivencia. Un arte de levitación por sobre los restos de una ciudad fantasma. No esperábamos menos de tí. La música como arte elevado y el carácter intensivo como regla sine qua non de tiempos vertiginosos.

Bienvenidos a la atenta escucha de una banda sonora de diez canciones que revitaliza el sentido de un disco de larga duración, en cuya génesis se vislumbra un relato consecuente, un concepto unificador, una historia que refleja un estado de ánimo y un pronunciamiento. Aquel precepto que un músico de raza como Bunbury cumple, de modo inclaudicable, a lo largo de una carrera solista que continúa surcando cielos. El embellecimiento de la canción y el sentido homogéneo de una grabación musical como propósito profesional cobra magnitud en estas épocas, mientras exige una rigurosidad y una honestidad de principios de la cual las nuevas generaciones deberían aprender.

Desnudando por enésima vez su alma, el gran cantautor español refleja el naufragio intelectual y emocional de un artista sorteando la penúltima tormenta. Astuto, sabe que la salida es hacia adentro y la fuga está por delante. CDLI es la auténtica odisea en medio de un dantesco apocalipsis now. Sin más demoras ya, denle las llaves del reino y calcen sobre su sien la corona al eterno rockstar Enrique Bunbury.

“Y esto es todo por el momento, muchísimas gracias por atenderme”



Categorías:Alta Fidelidad

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