RELATOS: YO SOY YO (Semblanza). Por MÓNICA CENA

“¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!” es lo único que digo en la mañana hasta apagar el despertador. Si no fuera por ese ruido infernal seguiría en la cama hasta el mediodía. “¿Qué día es hoy? ¿Qué me pongo? ¿Hará frío?” son las preguntas que solo me sirven para tomar consciencia de que todavía estoy en el mundo. Con los ojos apenas abiertos, me asomo a la ventana para ver el cielo y la luz que da a las hojas de mi aguaribay. Eso es más preciso que el servicio meteorológico. En realidad, no sé si será tan exacto, pero ver esa cascada verde sobre mi ventana es el mismo Dios que me sonríe; si hace frío o llueve deja de ser importante.

Después de ducharme, el espejo aún empañado apenas me refleja, aun así, me peino y me pongo un poco de crema humectante. “Tenés que mirarte bien y observar cada detalle”, me dije, “¿por qué te escondés?”

“Porque es invierno y hace frío”, me contesto, “porque vivo adentro de un caparazón de lana. Porque para soñar no hace falta mirarse en el espejo”. La verdad es otra: porque soy más linda por dentro que por fuera.

Quiero escaparme sin darle mayor importancia. “No te animás, ¿eh?”, me digo. En un acto de valentía, acepto mi propio desafío, limpio el espejo y me miro fijo. Noto que sin maquillaje me parezco a papá: frente ancha, cabello gris con dos pequeñas entradas sobre las sienes. ¡Hasta las cejas arqueadas y finas! “Menos mal”, me digo,” mamá tenía cejas muy tupidas”. Sí, definitivamente de la nariz para arriba soy igual a él, especialmente por los pliegues de los párpados y las bolsitas que tengo debajo de los ojos. Tengo la mirada cansada, seguramente necesito ajustar la graduación de los len-tes.

El mentón angular y los labios carnosos los heredé de mamá, pero su sonrisa era más linda que la mía. Ella siempre sonreía, aunque las cosas no anduvieran bien. En cambio, yo no pude impedir quedarme con el gesto duro que me provocó mi trabajo. “A ver, Moni, sonreí”, me digo. Y sonrío. Y me siento bien haciéndolo y lo repito.

—Suficiente por hoy —digo en voz alta—. Tapemos esas horribles manchas de la vejez con un poco de maquillaje.

En realidad, no son todas de la vejez, algunas me quedaron de los embarazos. Eso que dicen que hay cremas que las sacan son mentiras: probé de todo y ahí están.

“No fue tan difícil”, pienso mientras me visto. “Deberé hacerlo más seguido”.

Voy a la cocina, me hago un café y, con la taza humeante, desde la ventana mi-ro mi jardín dormido. Solo el lirio se animó a florecer, las demás esperarán a la primavera. Si tuviese una casa grande, sembraría flores para cada estación del año. ¡Y un bosque! Sí, un bosque para pasear entre los árboles y así poder escapar de mis propios fantasmas.

Me siento a la máquina y tecleo palabras sueltas. Nada coherente. Tendré que esperar a la noche y dejar que ella me hipnotice como lo hace siempre.

Soy noctámbula por naturaleza, no puedo evitarlo.

Es que la noche es algo especial: mientras algunos duermen, otros están despiertos en un mundo diferente, en otra dimensión; tal vez, haciendo cosas que jamás contarían. La noche encierra secretos, es provocativa, le da alas a mi imaginación. Es el momento mágico en que puedo tomar contacto con mi yo interior, con esa Mónica que se esconde durante el día y que aprovecha ese momento de intimidad para soñar o recordar viejos tiempos. Bajo un manto de estrellas, puedo encontrarme conmigo y tejer historias en el aire. Mientras todos duermen, con el crepitar de la leña como música de fondo, encuentro ese infinito tan dentro de mí: mi mundo.

Mis vecinos deben pensar que volví a la escuela o que encontré un trabajo que me obliga a quedarme en vela —que agradezcan que la PC no hace el ruido que hacía mi vieja máquina de escribir—. Recuerdo que mi papá insistía a que tratara de escribir en otro horario.

—La mañana se inventó para dormir —le decía.

—Bueno, andá a soñar a la cama —rezongaba, pero en el fondo me entendía.

Los que me conocen ya no se asombran, pero los que no, seguramente, creen que sufro de algún mal incurable. Tienen razón.



Categorías:El Susurro de las Gárgolas

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