CUENTOS: La niña del bosque (Versión libre de “Caperucita roja”). Por MÓNICA CENA

Había una vez una niña llamada Amapola que vivía con su madre viuda   en una casita muy cerca del bosque. Para un cumpleaños, su abuela le tejió con lana roja un abrigo con una caperuza. La niña fue tan feliz que no se lo quitó nunca más. No le importaba si hacía frío o calor, lo usaba porque de esa manera se sentía con su abuela. Pronto todos la llamaron Caperucita Roja y olvidaron su verdadero nombre.

Una mañana, la mamá de Caperucita la llamó muy angustiada:

—Caperucita —le dijo—, me llegaron noticias de que tu abuela está enferma y yo no puedo ir a cuidarla. ¿Podrías llevarle esta canasta con galletas, leche y medicamentos, y quedarte un día con ella?

Caperucita, a pesar de sentir pena por la enfermedad de su abuela, se sintió feliz de ir a su casa.

—Pero cuidado, Caperucita —le dijo su mamá—, tendrás que rodear el bosque; no lo cruces porque ahí hay un lobo feroz muy peligroso.

La nena la llenó de besos a su mamá y le prometió que haría como le había indicado.

Al llegar al bosque, Caperucita recordó las palabras de su madre y tomó el camino lateral.

—¿A dónde vas, Caperucita? —La voz de un hombre salió de entre los árboles.

La nena quedó paralizada de miedo; pensó que era el lobo del que tanto la había prevenido su mamá.

—¿Te comieron la lengua los ratones, Caperucita? —dijo el hombre, es-ta vez saliendo a la luz.

La nena lo reconoció: era un cazador que andaba siempre cerca de su casa.

—Voy a la casa de mi abuela —dijo Caperucita, ahora más tranquila—. Está enferma. —Y sin decir más, retomó su camino.

—¿Y qué llevás en la canasta? —dijo el cazador, mientras caminaba a su lado.

—Llevo un poco de leche, galletas y unos medicamentos.

—Pero la leche se te va a poner fea si vas por ese camino. Mejor andá por el bosque, así llegarás más rápido.

—No, mi mamá me pidió que no lo cruce, porque hay un lobo peligroso por ahí.

—No tengas miedo —dijo el cazador—. Yo te acompaño. Si el lobo me ve, no se va a animar a acercarse.

Caperucita aceptó su compañía y se internaron juntos en el bosque. Y tal como el hombre le había dicho, había un lobo que los observaba desde lejos.

Luego de caminar un rato, llegaron a una casa de madera escondida entre unos matorrales.

—Esta no es la casa de mi abuela —dijo la nena.

—¿Estás segura? ¿No será que te falla la memoria? Entremos y verás que adentro te espera tu abuelita.

Caperucita accedió.

—¿Abuela? ¿Abuelita? —dijo al entrar en la casucha.

—Seguramente está en la cocina —la animó el cazador—. Voy a buscarla, mientras vos dejá las cosas por ahí.

Caperucita apoyó la canasta sobre la mesa, colocó un mantel y acomodó todo lo que había llevado. Estaba poniendo en un florero unas flores silvestres que había recogido, cuando vio aparecer a su abuela envuelta en una manta, con la cara tapada con un pañuelo.

—¡Abuelita! —dijo la nena feliz.

—Hola, Caperuc… —dijo la abuela en medio de un asalto de tos.

—Abuela —dijo Caperucita—, mejor acostate y te alcanzo la leche y las galletas que te mandó mamá.

Al rato, la nena se acercaba con una bandeja con lo prometido.

—Vení, Caperucita —dijo la mujer—. Vení acá a mi lado que quiero ver qué grande y linda te estás poniendo.

—Abuela —dijo la nena acercándose—, qué voz rara tenés.

—Es la gripe, mi amor. Vení, acostate a mi lado que hace frío.

La nena se quitó la caperuza y se acostó al lado de la mujer.

—Abuelita: qué brazos peludos tenés.

—Para abrigarme mejor, mi chiquita —dijo la mujer mientras se acomodaba las mangas del camisón.

—Abuela —dijo la nena acercándose más—: qué ojos tan grandes tenés.

—Para mirarte mejor, Caperucita.

—Abuela: qué aliento raro tenés.

—Son los medicamentos, nena…

Caperucita notó que la voz de su abuela cambiaba por cada respuesta.

—Abuela, abuelita: qué rara estás.

—¡Basta de estupideces, mocosa! —respondió quitándose las mantas.

Llena de estupor, la nena vio que su abuela era en realidad el cazador disfrazado. Ella quiso escapar, pero él la agarró con fuerza de los brazos y la volvió a meter en la cama. Inútil fue rogar y llorar, las manos ásperas del hombre la recorrían entera; y ese aliento ácido que la invadía no la dejaba respirar.

Ya no le quedaban fuerzas a Caperucita para defenderse del cazador, cuando la puerta de la habitación se abrió de un golpe. Había entrado el lobo. El hombre lanzó un grito desgarrador y empujó a Caperucita que cayó de espaldas en el piso.

—Así te quería agarrar —dijo el lobo—. ¡Por fin te tengo, cobarde abusador!

El lobo saltó sobre la cama y puso las cuatro patas encima del cazador. Una baba espesa le caía de los colmillos y pegaban en el cuello del hombre.

—No me hagas daño, lobo —dijo el cazador con un hilo de voz.

—Caperucita —dijo el lobo a la nena, sin mirarla—, quiero que salgas y esperes afuera. Todavía sos una jovencita muy frágil, no quiero que veas lo que va a ocurrir.

La muchacha se levantó, se puso la caperuza y salió de la casa. Desde ahí pudo escuchar los gritos desesperados del cazador entre los gruñidos del lobo.

De pronto, reinó el silencio.

El lobo salió de la casa, descansó un rato al lado de Caperucita mientras se lamía las patas, y después la acompañó a la verdadera casa de la abuela.

Dicen que desde entonces el lobo y Caperucita fueron amigos inseparables. Juntos paseaban y jugaban por el bosque, ¡hasta la acompañaba a hacer las compras para su mamá! Al cazador, en cambio, no se lo vio nunca más por el pueblo.

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