RELATOS: ‘Cualidades’. Por MÓNICA CENA

—Señorita Chávez, venga a mi oficia, por favor. —La voz de mi jefe sonó detrás de mí. Siempre hacía lo mismo: se acercaba silencioso, se paraba a medio metro y me hablaba con afectada sensualidad.

Contuve el aliento y esperé un momento para no contestarle una grosería. Al fin y al cabo, no me había dicho nada que me ofendiera.

—Sí, señor Velázquez, enseguida. —Sonreí forzada—. ¿Quiere que lleve la carpeta del cliente nuevo?

—No hace falta, muchachita. Con su presencia es suficiente.

Ya en su oficina, me senté frente a su escritorio mientras él servía dos pocillos de café.

—Como usted sabrá —comenzó diciendo al momento que me alcanzaba el azúcar—, el cliente nuevo fue un logro muy esperado, pero ahí no termina nuestro trabajo. Al contrario, comienza una ardua tarea. Y usted, señorita Chávez, es la persona indicada para llevarla a cabo.

Cuando me licencié en Relaciones Públicas, soñaba con tener mi propia empresa. Luego la realidad me encadenó a un escritorio bajo la supervisión de un relacionista mediocre y desactualizado. Ahora, él veía mis cualidades y me daba la oportunidad de destacarme… y de ascender, ¿por qué no?

—Usted me halag…

—Mañana habrá un cóctel —me interrumpió— al que deberá ir sin falta. Si necesita un vestido acorde, podemos darle un adelanto que luego le descontaremos de su salario. No use faldas largas, al contrario, muestre bastante piel. Deberá lucir espléndida, medidamente provocativa.

—¿Es necesario, señor Velázquez?

—Sí, porque si logramos que el señor Ivanov y su socio estén encandilados con usted, no cuestionarán el proyecto que yo les presentaré. Trate de hablar poco y reírse mucho, especialmente de las pavadas que digan. Hágalos sentirse conquistadores, irresistibles. Auménteles el ego.

—Señor Velázquez, yo…

—Mientras usted hace lo suyo, yo haré lo mío: un trabajo en equipo. ¿Acaso no quería pertenecer al grupo ejecutivo de la empresa? Esta es su oportunidad, señorita Chávez.

Mientras él hablaba yo vacilaba si levantarme y darle un puntapié en la cabeza o tirarle a la cara el contenido de mi pocillo de café, pero recapacitándolo me dije que de promoverse un altercado allí, la que llevaría todas las de perder era yo, y cuando me disponía a marcharme contra mi voluntad porque aquel sapo humano me atraía con la inmensidad de su desparpajo, él, obsequiándome con la más graciosa sonrisa de su repertorio que dejaba al descubierto su amarilla dentadura de jumento, dijo: *

—No se sienta mal, Chávez, y aproveche los dones de la juventud para aprender lo que no le enseña la facultad. No todo es teoría, a veces hay que dar golpes bajos.

—Qué curioso —dije poniéndome de pie—, mi novio dice lo mismo. No sé ´si porque es celoso o porque es profesor de artes marciales, pero le encanta ponerlo en práctica.

Al rato, el batracio humanoide me llamó para decirme que el cóctel se había sus pendido.

—Muy conveniente —le dije. Y le entregué mi carta de renuncia.

  •  Inspirado en un fragmento de El jorobadito de Roberto Arlt

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