COLUMNA LITERARIA:“El cautivo de blanco”, de Francois Villanueva. Por JESICA SABRINA CANTO

El bagaje literario de un autor

El conocimiento, la lectura y el estudio de obras literarias y autores es condición necesaria para formarse como escritor. Ello se refleja de manera indirecta en la propia producción, pero en ocasiones también algunos autores escogen hacerlo de forma indirecta, mencionando referencias explícitas en sus textos a obras de otros escritores.

Esto se da en el poemario “El cautivo de blanco”, de Francois Villanueva. Un libro divido en tres partes, con poemas, en su mayoría, de versos largos y que juegan permanentemente con la intertextualidad con otras obras literarias. Por nombrar un ejemplo, se menciona el aleph, una idea de intersección de infinito presentada por Borges en su cuento titulado de ese modo.

Entrevista con el autor:

-¿Cómo fue el contacto con la literatura de joven?
Como la mayoría de los niños, empecé leyendo o, debido a mi temprano gusto por la lectura, devorando los libros escolares y todo lo que se pudiera leer: cómics, poemas, cuentos y hasta incluso obras de teatro y novelas. A los doce años ya había leído considerablemente a Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Rubén Darío, Gabriela Mistral, Javier Heraud, César Vallejo, Federico García Lorca, el Nuevo Testamento y, además, los poemas de unas tres antologías literarias de Literatura Peruana, Latinoamericana y Universal, que compraron mis padres y donde colocaban hasta los tres mejores poemas de los autores más importantes del mundo. Así conocí la poesía de Pablo Neruda, Alfonsina Storni, Jorge Luis Borges y Dante. Lo fantástico de leer literatura era que podía leerlos y releerlos cuando quería refugiarme de la soledad, el tedio o la amenaza de la monotonía del día a día. Los disfrutaba obnubilado, embelesado, deleitado, creyendo que era un placer incluso mucho mejor que ver la televisión o ir a jugar fútbol. La verdad, prefiero el género narrativo, con especial énfasis en el cuento y la novela, porque también fui un gran lector de cuentistas y novelistas. A los doces años ya conocía, por ejemplo, a Abraham Valdelomar, Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Ciro Alegría, José María Arguedas; y de otros países a Hemingway, Edgar Allan Poe, o, por ejemplo, las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Ahora, a mis treinta y un años, me alegro de haber leído la obra casi completa de Tolstoi, Dostoievski, Marcel Proust, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, William Faulkner, Miguel de Cervantes, William Shakespeare, James Joyce, Gustavo Flaubert, entre otros genios de los que siempre se aprende bastante y de los que nunca uno se cansa de releerlos.

-Aparecen muchas referencias culturales y literarias en los poemas. ¿Por qué esta elección?
Siempre he creído en la figura del poeta como “detentador”, quien posee y hace uso de algo que no es suyo propiamente, y en este caso es sobre el “lenguaje al infinito” o “lo que no cesa de repetirse (escribirse)”. Aquel término lo utiliza Michel Foucault en uno de sus ensayos, donde incluso lanza la hipótesis de que la Literatura, con mayúscula en este caso, “es la palabra de Dios”. Los críticos literarios que prefiero han afirmado que la mejor poesía es la que camufla, metaforiza, viste, oculta la idea central que prefiere plasmar. Y para ello debe valerse de un respetable conocimiento en el plano formal de las figuras literarias, las retóricas, la métrica, el ritmo, las pausas, la fuerza, y otros. En el plano del contenido, debe elegir los temas literarios por excelencia; lo novedoso, pero con sabiduría de la tradición y el canon literario; los demonios culturales, históricos y personales más fuertes que poseemos; y así otros asuntos que nos hieren y nos muerden. Por ello que utilizo muchas referencias culturales y literarias en “El cautivo de blanco”, porque aparte de estudiar Literatura con mucho cuidado (que me ha ayudado para ser cuidadoso en el plano formal), he tratado de ser lo más sincero posible con mis propios demonios literarios (debido a la educación de la sensibilidad).

-En el libro aparecen poemas escritos en segunda persona (“tú”), lo cual es la más inusual de usar. ¿Qué te parece que aporta que no brinda la primera y tercera persona?
Yo creo que cuando el hablante lírico utiliza a la segunda persona, está buscando más compenetrarse con el lector, quien descubrirá mayor subjetividad y más intimidad de no solo una voz o personaje, sino de un par complejo, conflictivo o deseante. De algún modo, es capaz de colocarse en los zapatos de la voz poética y del aludido, y entender aquella afinidad que los liga, como una especie de triángulo amoroso de las bermudas, donde lo que desaparece es la distancia o la indiferencia.
Por ello, a diferencia de la primera persona, que en mayor grado solo refleja el punto de vista de aquel único hablante lírico; y la tercera persona, que es más impersonal y referencial; el uso de la segunda persona pone en juego y jaque a una pareja, un par de sujetos, donde existirá mayor profundidad de exploración de dos cosmovisiones personales e íntimas, y que hará más complejo y rico la condición humana que se trata. Además, porque es un gran recurso válido para la poesía romántica o metafísica, que es la que me interesa bastante. ¿Quién no se ha enamorado o ha sufrido una crisis existencial? Creo que todos. Y por eso pienso que la poesía es la expresión de los sentimientos más universales que todos los hombres sintieron.

-La mayoría de los poemas están construidos con versos largos. ¿Cuál es el motivo de esta elección?
Prefiero los versos largos porque ayudan a condensar una idea reflexiva, un saber independiente, una especie de aforismo. La poesía que admiro es de versos medianos o largos, como la de César Vallejo, Góngora, Quevedo, Rodolfo Hinostroza, Saint John Perse, Baudelaire, Rimbaud, Ezra Pound, T. S. Eliot, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Gabriela Mistral y otros cultores de sonetos, sextinas, décimas, romances, y otros poemas de arte mayor. Sin embargo, también admiro la poesía de arte menor, y eso se debe a mi temprano descubrimiento de Javier Heraud, a quien luego de leer “El río” y varios poemas suyos, me conmovió y ayudó a amar la poesía. Por ello, jamás desdeño o falto el respeto a cualquier forma poética, sé que cada una tiene una cosmovisión particular y fundamental.

-Hay varios elementos que se repiten en los diversos poemas: la luna, las plantas, el mar. ¿Qué representan estos para vos a la hora de escribir?
Son figuras simbólicas que crecieron mientras educaba mi sensibilidad literaria a través de varios años de lectura y experiencia vital. La luna, por ejemplo, tiene para mí cierto sentido de locura o depresión, angustia o compañera de la soledad. Lo veo como espejo de lejanía, eternidad, distancia o separación, y que cobra mayor fuerza cuando uno lo admira en la tristeza, solitario, añorante, y descubre su belleza infinita, en especial cuando es luna llena o plenilunio; es decir, cuando rebalsa de plenitud vital. Sobre las plantas y, en especial las flores, aunque tengo vergüenza de explicarlo, refieren a las figuras femeninas, a aquellas ilusiones amorosas platónicas, consumadas, frustradas o sufrientes. Son idealizaciones de los amores contrariados o soñadores, donde siempre he puesto a la figura femenina en un recinto sagrado, importante o delicado; es decir, especial. El mar, desde que leí a Jorge Manrique, a Javier Heraud y a Homero, se ha configurado en mi poesía como símbolo de la muerte, la tormenta de amenaza mortal, la lucha ante los obstáculos, la deriva y amenaza letal que sufre el hombre durante su existencia. El mar, en efecto, es una figura más polisémica que las otras dos figuras en mi poesía, y, como bien lo señalaste, los tres son de vital importancia en “El cautivo de blanco”. Estos artificios los he aprendido con mayor claridad con la lectura y relectura de César Vallejo, Federico García Lorca, Octavio Paz y Luis de Góngora y Argote, que son maestros de la simbología, la metáfora y la sensibilidad camuflada.

-El libro esta divido en tres partes ¿esta organización fue previa a la creación de los poemas o posterior, y en qué está basada?
La verdad aquella organización fue posterior a la escritura de todos los poemas, pero los agrupé de esa manera, porque siento que el contenido de aquellos tiene un vínculo común y un lazo que obedece al tiempo en el que fueron escritos, las preocupaciones que me asolaban, los sentimientos que me acosaban o los deseos que me acaparaban. La primera parte “La lluvia y el desierto”, desde el punto de vista de la fecha en que fueron escritos, la mayoría pertenecen a mis épocas universitarias (aunque no todos), donde aquel poema “Trópicos” lo escribí en el Taller de Poesía I del pregrado de San Marcos, gracias a los maestros Marco Martos y Gonzalo Espino. Considero que es uno de mis mejores poemas. Creo que aquella primera parte es la más reflexiva con respecto a la dimensión poética y la preocupación vital. Los poemas más antiguos (pero no todos) se encuentran en la segunda parte “Las orillas y el crepúsculo”, donde existe una gran cantidad de poemas románticos y amorosos. Son los poemas más tempranos que rescaté de la hoguera. Los poemas que fueron escritos más recientes, antes de la publicación, se encuentran en la tercera parte “El abismo y el mar”, y reflejan cierto desencanto, pesimismo, decepción con la vida que vivía cuando los escribí. Sin embargo, ahí se encuentra un poema de adolescente que lo escribí a los diecisiete años, luego de una epifanía cuando tuve un sueño deprimente, doloroso y conmovedor: ese poema es “El cautivo de blanco”, que da título al libro.

-¿Qué te llevó a publicar este libro?
Creo que la decisión de haber elegido la edición de este libro como mi segunda publicación, es que en el fondo necesitaba ser considerado como poeta, una necesidad latente y poderosa que sólo un escritor lo entiende y lo siente en lo más profundo de su ser. Es aquella necesidad que hace que un poeta se convierta en poeta, o que un escritor se convierta en escritor. Además, la relectura del poemario siempre me recuerda situaciones y momentos cruciales en mi vida, hasta incluso veo las imágenes del contexto en el que fueron escritas, y tal vez, sean fotografías sublimes de mis estados de ánimo de las cosas que viví y sentí.

-Contanos respecto a tus otros proyectos literarios.
Por el lado de la poesía, tengo un poemario inédito terminado, que trata sobre los placeres, sentimientos, enseñanzas, paroxismos, que sufrí cuando leí obras maestras, como “El Quijote”, “El ruido y la furia”, “La guerra y la paz”, “Los miserables”. Es un poemario escrito del 2018 al 2019, justo cuando cursaba la Maestría en Escritura Creativa de la San Marcos, y espero publicarlo pronto. También tengo otro poemario en proceso, todavía no culminado, y por eso creo que sería imprudente hablar de ello. Por el lado de la narrativa, aparte de “Cuentos del Vraem” (2017), “Los bajos mundos” (2018), “Cementerio prohibido” (2019), y “Azares dirigidos” (2020), tengo dos libros de cuentos inéditos (“Sacrificios bajo la luna” y “Fábulas de amor, libros y vino”) y dos novelas inéditas, una de mediano aliento y la otra de corto aliento. La más pequeña trata sobre la bohemia literaria en provincias, y la mediana versa sobre la toma de una compañía por unos terroristas, donde se mezcla el cuidado ambiental y un consecuente apocalipsis.

Agradezco a Francois Villanueva por responder a mis preguntas.

Datos del libro: “El cautivo de blanco”, de Francois Villanueva (Perú, 2019, Apogeo Editorial, Género: Poesía, Págs. 50).



Categorías:Reseñas de Lápiz y Papel

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