Pulsos: AUTOPSIA. Por VECCA PREETZ

La sala estaba fría y el alma rota. Sobre una camilla descansaba un cuerpo. Se parecía a mi madre y sin embargo no lo era. Eso tienen las autopsias: despojan a los cuerpos de su condición de cadáver. No lo sé. Pasan a ser otra cosa. Se ven como un envase roto, parchado por todas partes. Sus ojos no son sus ojos ni su boca la que me besaba con el beso de las buenas noches.

Era difícil confirmar que esa mujer era mi madre. Tampoco parecía una mujer. Ni parecía mi madre.

Mi madre hablaba mucho. Hasta por los codos, decían algunos.

Alguna vez la imaginé muerta, pero con una tenue sonrisa.
Toqué sus labios y se los habían pegado. Creo que los pegan para evitar el desagrado de ver el cuerpo derretirse entre los jugos ácidos.

Antes de entrar a la morgue pensé que no podría lograrlo y sin embargo estoy aquí, parada como un extraño, a su lado. Tiene la piel pálida y entumecidas las manos. Sus demonios se habían esfumado. Sus gritos habían callado en este pedazo de universo.

El forense me miraba esperando confirmación.

Yo devolvía la mirada como una estúpida que no tiene idea qué hacer con un muerto que no le pertenece.

Me quedé parada junto a lo que antes había sido mi madre.

¡Qué extraña es la muerte! A veces quisiera cambiarle el lugar para entender lo que hace con los cadáveres. O los cuerpos. O lo que sea que son cuando ya no son.

La vida es una calle de un solo sentido. De eso no tengo dudas.

Es extraño pensar que existe el “alma”. Solo hay una pulsión eléctrica que nos mueve en el tren de la rutina. Un cable que carga las baterías.

Agarro la sábana blanca que cubre los pies de ese cuerpo y lo tapo. Como si sintiera frío de su parchada desnudez. Quizás lo cubro porque todos cubren a los muertos. Acción mecánica.

Respeto dicen algunos. Pero no considero que dejarlo destapado sea una falta de respeto.

Ya está muerto. No siente nada. No se avergüenza de su desnudez como sí nosotros.

Antes de salir de la morgue, giro la cabeza y regreso para destapar el cuerpo donde antes habitaba mi madre y salgo tranquila, con sus pertenencias en una bolsa plástica y sus demonios colgados de mi mochila.

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