EL BUSCÓN: Hacia la inmensidad de la copla -una lectura posible sobre Hedgar di Fulvio-. Por Martín Avalos

    

¿Dónde está la sentencia / del amor desvanecido(…)”, dice. ¿Cuál es el dolor que tanto lo aqueja entonces Doctor? Bailes primeros, cantos luego, la palabra poética siempre, y el final olvido reparador.

     Palabras de Señales (1) es el poemario de Hedgar Di Fulvio que abordaresmos.

     El cordobés de Carrilobo, departamento Río Segundo en la pampa provinciana, grabó discos de gran acogida popular en los años `70.  Un hombre de hondo sentir folcklórico se despidió de los escenarios para dedicarse a su otra vocación: la medicina. Pediatra en el interior bonaerense volvió a su provincia cuando mayor. Autor, compositor, escritor, investigador del folcklore y profundo poeta H.d.F. es una voz singular a la vez que emerge como una de tantas: Voces de la Tierra.

     Desde el Prólogo del mencionado libro nos anticipa que “siempre he perseguido sensaciones para llegar a la palabra que está por el idioma del silencio y la angustia de mi tierra, y sobre lo mejor de su paisaje que es lo humano, usando su lenguaje”. No es para menos esta verdadera declaración de principios filosóficos más que estéticos. Hedgar Di Fulvio, El Cantor de los Humildes. Cantor, no Profeta. Porque no lleva verdades que no ven, no. El Médico  acompaña en la pena y silencio con su mismo lenguaje queriendo aliviar la carga, al ser humano, lo mejor del paisaje; con ello espera cumplir con la posible magia de la eterna oración que es la poesía.

     Pero esa humildad que persigue y acompaña también está presente en sus palabras. Al comienzo nomás, antes del Prólogo existe una dedicatoria:

A quienes con singular paciencia y amor

hubiéronme rodeado la vida

y conquistaron mis temores.-

     La sombra en sus prístinas palabras. Sintiendo el amor y rodeado de él, vislumbra el temor. ¿Y qué es el temor sino la reacción al dolor conocido?

     El idealizar al ser literario en determinada situación nos permite ir “leyéndolo” en esa dirección que no deja de resultar caprichosa. Ese ejercicio que uno pone en práctica desde sus primeras lecturas allá con García Márquez, con Sábato, o con nuestro gaucho Martín Fierro o el Yupanqui de El Payador Perseguido nos ha arrogado resultados gratos y por ello uno, aferrado, no da brazo a torcer y otorgando rienda suelta a tal “ejercicio” avanza para el lado elegido, aunque dicho camino tiene autonomía. Veamos:

               En su primer poema Poema de señales nos da indicios sobre la base de sus motivos:

Flor de yuyo en este caso.

Yo quiero otro país para mi pueblo,

porque mi pueblo, ¡hermano!,

tiene una comarca

de jardines olvidados.

     No toma cualquier monumental árbol de nuestra pampa. Toma lo menos valorado del suelo, el yuyo. Término quechua utilizado para designar a “cualquier” hierba “silvestre”. A esos “jardines olvidados” poblados de “yuyos”  les dirigirá su poesía nuestro cantor. Poniendo su pluma al servicio de los olvidados, bien desea visibilizarlos, bien desea marchar con ellos al silencio. Esa marcha se emprende en los atardeceres donde surge el misterio, el dolor y se anhela la paz:

Es fresca y clara en la mañana presurosa,

Bulliciosa y leve bajo el sol que la imagina

Y misteriosa la luna por la tarde…

Nos confiesa en otro poema.

     Ante el trajín matutino no cabe la “oración del remanso” (2) Es en la tarde de nuestro poeta donde se peregrina a la reconstrucción.

El horizonte

puso una línea de patos suspensivos

cuando cruzaron la tarde… (3)

          Porque su bello mirar cargado de sensibilidad y figuras son palanca donde mover esa pena que lleva:

Solo con la muerte

y dos lunas en la tarde.

(…)

Corazón sin carne,

y dos penas en el alma.(4)

     Va cerrando la idea y es claro que a nuestro hombre fue la tarde la que lo marcó a cuchillo; en un atardecer a nuestro ser humilde y desconocido se le dio el hecho. Porque si es cierto que todos los poemas que se escriben no son más que un solo poema, el de él canta a ese desprendimiento doloso, pues:

de todo cuanto quise

también se me escaparon.

(…)

Esperaré como al asecho

al sol que amaneciendo por la senda

alumbrará el camino prometido.(5)

     La herida crepuscular trajo una larga noche de insomnio. Pero aún yace una esperanza en el nuevo sol. ¿Quién prometió el camino?

     Poemas más adelante veremos que la esperanza se ha perdido:

Al desatar el diablo en la muerte de la luna,

la noche en la del siglo,

la novela de la luz en los camellos

y en nosotros, el páramo. (6)

     El diablo como figura representativa del mal aparece ante “la muerte de la luna”; el dolor de ese atardecer fue producto de una muerte en la vida del humilde, y la noche será de un siglo, o sea, para toda la vida de nuestro apenado poeta. La esperanza ahora está en el viaje a camello por este desierto sin vida, sin fruto (¿Es un hijo el que muere?) hacia un páramo: la soledad. Por otro lado si la desafortunada muerte desata “al diablo” no sería descabellado pensar que dicha figura va como respuesta de choque y contradictoria a la energía que se llevó al niño convirtiéndolo en pequeño ángel; o sea Dios. Por eso lo reparador es el desértico páramo ya que el enojo es ingente. Ante la imposición de debemos ser un niño bueno cuántas veces hemos sido niño desobediente? Ya en el adulto ante la injusticia nos ha visitado la rebeldía o el encono: “A veces me entra tristeza y otras veces rebelión” canta otro poeta cordobés por adopción. (7)

     Ese encono ante lo vil y despótico lo lleva a referenciarse con el dolor en imágenes como las que siguen:

En el aire, el vértice lineal de hipocresía

le alcanza al hombre sin trabajo

el hambre de pan duro.(8)

Si así es el “primer mundo”, ya

renuncio al mercado y fulgor:

donde la sangre del obrero suda

la frivolidad con que actúa el que se burla.

(…)

También sucumben las familias y las fábricas. (9) 

     Pausa musical

     Ciertas labores mentales producen agotamiento, máxime cuando uno encuentra la tarea concluida. He  descubierto en la pintura del artista la pena que gobierna su mano: el elemento es el atardecer pues en su vida anónima ha visto morir a su pequeño. -Insistimos nuevamente que este es un ejercicio y un recorte de tantos que pueden hacerse o una simple ilusión-. Preparo unos mates y pongo uno de sus discos para relajarme en el paisaje, su voz y su guitarra. Aquí sus versos responden ya no a una métrica libre sino que se ajustan a las exigencias de los tiempos folcklóricos: Chacarera, zamba, cueca, gato, bailecito. Por lo que creo será otro mensaje: gran equivocación! Luego de la “Chacarera pa´ las viejas” de tono pícaro creo relajar mis músculos y tomo asiento en la silla junto a la ventana. Con una sonrisa que asoma en la comisura de mis labios pienso en que qué fabulador puede ser en ocasiones uno, y en que todo en lo he que pensado hasta hace un momento es una maquinación absurda. Luego del descanso volveré a mis apuntes y veré qué escribo sobre este gran músico y cantor. Pero lo anterior, es demasiado disparatado.

     En ese momento suena la armonía de una zamba con letra y música de Hedgar di Fulvio. Pienso que la zamba bien puede ser una melodía nocturna como de ocaso. Cavilo que la zamba es perfecta para los temas de amor como para las tragedias. Recuerdo en ese momento la de Vitu Barraza “El Moscardón Azul” sobre un duelo entre varones. Mientras nuevamente me pierdo en esos senderos ilusorios escucho que nuestro decidor afirma:

Yo llevo un changuito dormido

junto a mi destino, regalo de Dios.

Y hasta el amor de mi dueña

yo sé que lo sueña lo mismo que yo.(10)

     Desisto de desistir y confirmo mi hipótesis del desgarro por el pequeño; además de la figura que se niega a la muerte, por ello le otorga otra propia de la vida como es el sueño: Mi niño dormido, aparece junto a la de que es “regalo de Dios”. Allí se convirtió en Diablo nuestro hombre. Sentí abrazarlo en la pena y volver a sus poemas escritos. Con una empatía y un amor a flor de piel embracilé mi entorno y el pecho se engrosaba como se estiraba el mismo Universo: ¿Es esto acercarse a lo celestial de La Palabra?

Hacia la inmensidad de la copla

     En ese estado levítico, y pensando en la condenación y liberación del alma cavilé en que nuestro HdF no puede actualmente estar penando en estas pampas y sierras y debió hallar la forma de elevarse al cielo de su niño. ¿Cómo saberlo? En el mismo poemario vislumbraría la llave.

     En Poema a mi sombra nos sincera que:

Inventaré la copla de la inmensidad

para pararme en su sonrisa

     Inventar la “Copla de la inmensidad” qué es sino haber llegado a la “Inmensidad de la Copla”. Su ilusión ya no es el “Páramo sin fruto”. Su Alma comenzaba a sanar y de allí su ilusión y grato deseo de lo magnánimo junto a la alegría. Lejos iba quedando el:

¡Siempre el dolor ha marcado mi alma!

Pues ahora se da paso a otros pensamientos y emociones:

¡Ah, si pudiera volver a la aldea de mi niño! (11)

Del país del dolor también eso de:

el desierto profundo se destroza.

(…)

y las luciérnagas no están en el poema. (12)

     Lejos esas imágenes de tanta soledad:

descubre mi destierro desbordado.

(…)

para quedarme en sus cuencos sin palabras. (13)

O

(…) nueva lejanía del contorno,

(…)

La ausencia recupera el territorio. (14)

O

La intemperie me habita. (15)

 O

Todo es lento al momento de perderlo. (16)

          En la actualidad se comenzaba la marcha tras el sueño, la luz, el reencuentro con lo perdido: ilusión de los humildes. Por ello su último poema, el final de su poemario y su trabajo de sanación dice lo que dice. Iluminados por tu Estrella, quedamos con el deseo de que lo hayas logrado Maestro.

TE CUENTO

Hay un Cóndor de cerca -en mis sueños-

mirando una estrella,

y de mañana -un Niño-

lleva el pesado fruto de su corazón.

La desnudez fatal de la nieve,

se conforma con su ritual de luz y nube.

Enhiesto -el Cóndor- determina su figura,

y el Niño sube al lejano cielo de juguete.

Ya es vieja la sangre que me hiere

con algo que no cuenta el eco interminable

y el tiempo -cuando pasa-

tiene la lejana mirada de los dos.

HdF

Notas:

  • 1 Poemas de Señales, Ediciones del Corredor Austral, 1ra edición, Córdoba, 2001.
  • 2 Oración del remanso, canción de Jorge Fandermole.
  • 3 Poema La laguna.
  • 4 Jinete sin mapa.
  • 5 Canción ausente.
  • 6 Deciente.
  • 7 Nos referimos a Atahualpa Yupanqui y su canción “Quisiera tener un monte”.
  • 8 El fondo de la calle.
  • 9 Incredulidad.
  • 10 Mi viejo esperar.
  • 11 Poema para una canción.
  • 12 Es de tarde.
  • 13 Lluvia traviesa.
  • 14 Desmundo.
  • 15 Intemperie.
  • 16 ¿Ocaso o amanecer?

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