Recordando a Idea Vilariño en el centenario de su nacimiento, por Tania Anaid Ramos González

Fue un martes a las diez y treinta de la mañana del 29 de agosto del 2000 cuando pude tocar de cerca el misterio de su poesía. La muerte, como una de sus temáticas principales, me llevó hasta su puerta. Estaba en la fase investigativa de mi tesis de maestría y una beca me había abierto el camino para llegar hasta Montevideo y conocerla. Ella no recibía a nadie, pues se aliaba sin reparos junto a una soledad segura y productiva.

            He de aclarar, que en realidad me llevó hasta ella una herida que pronto entendí que era compartida. Ciertamente, yo estaba allí frente a su puerta esperando hurgar entre sus versos, entre su laconismo, para comprender el ritmo de sus palabras, para conocer a la “Suplicante” que perdió su paraíso, su pobre mundo, sus poemas de amor. Llevaba conmigo una libreta, una grabadora, copia de las cartas que ella le había escrito al poeta Juan Ramón Jiménez, una hija en el vientre y el frío desnudo de quien se acerca a un precipicio. Toqué el timbre de aquella puerta oscura que cobijaba dentro a una extraordinaria poeta. Fue entonces cuando la vi por primera vez.

            Estaba tan cerca de mis ilusiones que sentí la fragilidad del temor constante a equivocarme con cada palabra pronunciada a su lado. Una biblioteca inmensa llenaba la sala donde tenía lugar aquel encuentro. Poco a poco entendí que la realidad puede a veces superar la fantasía. Comenzamos a conversar, rompiendo el abismo que se forma ante la presencia de un desconocido. Yo solo tenía fragmentos de su vida; ella la tenía toda; yo solo tenía preguntas luego de haber devorado su obra publicada; ella, pocas respuestas y una mirada serena. Sin darnos cuenta, las horas se acumularon en el sofá mientras conspirábamos a favor de la poesía.

            El mate de aquella tarde y tanta palabra suelta fueron marcando el territorio entre el cariño, la admiración, las coincidencias y el amor. Yo traté de indagar sobre diversos asuntos. Empecé a preguntarle acerca de su círculo de amigos e intelectuales; sus ojos decían más que sus palabras y los silencios eran buenas señales para cambiar de tema. Yo quería saber siempre más, pero no debía abrumarla.

            Hablamos de su poesía, de literatura y de algunos escritores. Fue entonces cuando saqué las cartas que ella le había enviado a Juan Ramón Jiménez. Abrir esas cartas fue hurgar en un baúl de nostalgias. Tesoros escondidos, y poco comentados por la crítica, iban aflorando frente a mí.

            Ella lo admiraba y lo leía. Había mantenido una relación de amistad con el poeta y algo de esa correspondencia la intercambiaron mientras él vivió en Puerto Rico. Vilariño recuperó copia de sus cartas, y en recompensa, me permitió leer las que Juan Ramón le había escrito. Transitar por aquellas letras cerradas, enigmáticas, amorosas y desbordadas, ya era un gesto de confianza que agradecí pronto. Sentí aquella impertinencia autorizada como un cumplido en medio de nuestra prolongada conversación. Una llamada nos interrumpió, ya habían venido a recogerme; visto estaba que necesitábamos un segundo encuentro. No me atreví decirlo, pero ella lo sugirió.

            Al salir aquella noche de la calle Anzani, esquina Italia #2129, un diluvio interno me invadía el pecho, estaba aún tratando de apalabrar la experiencia. Aquel martes inolvidable, había conspirado con la poesía, había empezado a cerrar una que otra herida y había prometido regresar. No regresé, salvo por alguna correspondencia que mantuvimos aquellos primeros meses. Los apuntes de aquel encuentro quedaron sepultados bajo las páginas de mi investigación como apéndice. Aunque mucho ha cambiado mi forma de pensar de ese tiempo para acá, y estoy segura de que hoy serían otras mis preguntas, comparto al final de este artículo, esos apuntes fruto de la ingenuidad y candidez de la aprendiz y estudiante universitaria de aquel momento.

            Idea Vilariño, la poeta a quien le dediqué año y medio ininterrumpido de amaneceres y desvelos; la estudiosa de la “ciencia de la poesía”, del ritmo, del objeto sonoro cuya “célula rítmica”  ha de sentar las pautas del texto artístico a través de la repetición; para quien las estructuras formales del poema —la versificación, la métrica y el ritmo— fueron su objeto de estudio más preciado y para quien la disposición gráfica estaba supeditada, primordialmente, a una intención musical cumpliría estos días sus cien años. Su poesía, sin duda, es el resultado organizado de tanto conocimiento teórico previo de la técnica de lo lírico; el que antecede al instante creador, sin que ello implique un menú de fórmulas para establecer un abecé de la composición poética.

            Su legado poético ha sido una ganancia estético-musical para la poesía hispanoamericana, pues con Vilariño no hay desbordamiento del verso, ni kilómetros de líneas cortadas a capricho, sin estructura, y a veces sin intensidad. En su poesía, hay lirismo sin improvisaciones; hay cotidianidad sin “versolibrismo”.  Su poesía produce e instala en la memoria una emoción estética a través de los esquemas sonoros. Quizá no logremos entender cuán atrapados estamos en esa “masa sonora” al leer su poesía, pero basta que ella sí se haya ocupado para que en nuestro inconsciente existan múltiples resonancias semántico-rítmicas que han de quedar cautivas ante el oído oculto de nuestra piel. 

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