CRÓNICAS DE UN REGRESO: Soledad. Por MARÍA CELESTE PORTA

Acá adentro somos indestructibles. El caparazón que nos protege de lo que pasa afuera o en otros lugares es el techo de la casa que nos abriga. Creció todos estos años como una segunda piel, como una piel última y resistente a lo que acecha del otro lado; si es invierno se trata del frío, si es verano, del calor, si somos mujeres, de los hombres.

Mientras trato de concentrarme en algunas lecturas, te veo acostada boca arriba pasando las cuentas del rosario por tus dedos gruesos y artríticos, moviendo los labios en silencio, murmurando el mantra que nos ubica debajo del manto del santo de turno. Entonces, el caos se ordena de a poco, nuestro universo empieza nuevamente a encontrar su ritmo.

Margueritte Duras dice, que en una casa se está solo, pero no en un jardín. En esta casa ese principio se cumple a la inversa. Adentro, siempre todo es vigilancia. Mirar por el otro, la otra. Cuidar su (sus) sueño (sueños). Que arda el fuego, que nunca se apague.

Entonces, abandono la inútil tarea de concentrarme. Es de noche y el patio cantado de grillos me llama a sumergirme en su soledad necesaria y fría. Al revés de lo que cualquiera supondría, no hay silencio afuera, los ruidos son lejanos. Otra vez: encontrar la soledad en un pueblo es cosa de exteriores. 

Escucho el paso del tren, el ladrido de un perro (¿o de una perra?) me eriza la piel, me recuerda que yo también soy parte de una manada, pero ahora, acá afuera, estoy sola. Pienso que al final la soledad es eso, el ladrido de un perro en el pueblo, una noche de invierno.

Como una ventana pop up aparece un recuerdo: cuando vivía en la ciudad, para sentirme menos sola, salía al balcón del departamento. Era el único exterior posible en la jungla de cemento. Ahí los ruidos eran cercanos, si pasaba un auto, lo veía y lo escuchaba, todo era puro presente, aunque ahora sea puro pasado. La ciudad es un círculo cerrado, un pasado perfecto.

El perro ya no ladra y mientras se quema la última brasa del cigarrillo, me sorprende 

la certeza de ser 

una mujer 

que, en el medio de la pampa húmeda, 

vela el (los) sueño (sueños) 

de otra (otras) mujer (mujeres), 

soplando las chispas 

que van quedando 

para que el fuego de este universo 

(y todos los universos posibles) 

no deje (dejen) de arder. 

Una mujer 

que busca huecos en la noche 

en los que pueda haber respuestas. 

Huecos en los que pueda dejar sus preguntas, 

aunque sea por un rato, y así, descansar el dolor. 

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