CUENTOS: Una Flor sin Tiempo. Por MARÍA NIEVES GOROSITO

El clima de otoño y nuestro caminar iban imprimiendo notas en la partitura del suelo dejando a nuestro paso una bella canción otoñal. Un colchón de hojas amarillas que nos guiaba los pasos hasta el rosedal; así recuerdo nuestro último paseo. No importaba el color del cielo, si gris o un celeste radiante por los rayos del sol, cuando mi abuela me contaba sus historias de amor el alrededor se me perdía. Me encantaba escucharla narrar, esperaba con ansias aquél momento en el que íbamos al jardín a trabajar las flores, el horario lo marcaba la estación del año que transitábamos. Mi favorita era el otoño, por el sol tibio que trataba con dulzura y tibieza mi piel, mientras compartíamos la tarde.

Los viernes por la tardecita mi abuela me esperaba en su casa, cuanto anhelaba esos días en su compañía. Me pasaba la semana descontando en mi cabeza, como quien cuenta ovejas para dormir, los días que me separaban del viernes a las seis de la tarde. Ambas nos esperábamos, no nos lo decíamos, pero se nos notaba la alegría mutua en el encuentro. En los planes meticulosamente programados de nuestra rutina, por ambas; la cual abarcaba el momento de mi llegada hasta el sábado a la nochecita, cuando mis papás me buscaban.

Preparaba mi valijita con mis muñecas y sus ropitas, mi pijama y mi cepillo de dientes. Me llevaba dos mudas de ropas, una para estar en casa y hacer nuestros trabajos en el jardín. La otra, para ir tomar el helado a la plaza que se encontraba a seis o siete cuadras de la casa de mi abuela. Ella sabía que yo adoraba el helado, mis favoritos eran los de aquella heladería enorme con sus grandes hamacas mecedoras en la esquina de mi pueblo. Me encantaba sentarme en ellas con mi helado y mecerme a un ritmo que parecía coordinado entre mi lengua, tomando el helado, y mis pies. La nana, así le decíamos con los chicos del barrio, se sentaba en una silla porque el vaivén de mi paseo le producía vértigo. Se quedaba allí haciéndome compañía, a veces ni helado tomaba. Nunca me falló, tomara ella helado o no, siempre estaba ahí por y para mí. Nuestras charlas en la heladería eran variadas, pero principalmente eran sus proyectos en alguna ropa para mí. Mi abuela era costurera y de las mejores, me solía contar de las novedades que habían llegado en la revista nueva de modas. Siempre encontraba un vestidito hermoso para mí.

Se pasaba horas en su máquina de coser que era su herramienta de creación; lo suyo era un arte con las telas. Porque de un pedazo de tela ella hacía algo maravilloso. Cuando me acuerdo de ella, me parece oír el ruido de la tijera cortando la tela, así como también el de su enorme regla de madera golpeando la mesa mientras marcaba la tela y el trazo del jabón con el que marcaba el camino que llevaría el corte. Me acuerdo de esas noches acostada en la cama, que mi abuela preparaba especialmente para mí, verla desde lejos, por la puerta entreabierta, y la luz tenue de su taller, sentada frente a su máquina con su pie que marcaba el paso a su costura.

 Tenía siempre mucho trabajo, es que era la mejor y todas las novias de mi pueblo acudían con sus tules y telas blancas a que mi abuela las haga ver radiantes para ese día tan especial.

Yo me encontraba tomando mi taza enorme de mate cocido con unos ricos criollitos, cuando llamaban a la puerta sus clientas. Mi abuela dejaba su mate recién preparado y al que solo le había dado tres sorbitos, y que muchas veces se le enfriaba por lo que cuando volvía a tomarlo, hacía una mueca graciosa por el asco que le había dado el mate frío. Se la pasaba calentando la pava para tomarse como mucho cinco mates en toda la tarde.

Sus clientas llegaban casi siempre acompañadas de sus madres, mi abuela con el centímetro colgado al cuello les habría la puerta porque apenas si podían caminar con la cantidad de tela que traían a cuestas. La dejaban sobre la mesa y se ponían a intercambiar cumplidos sobre la tela; para mí y mi poca capacidad de apreciar el mundo de la moda era muy aburrido y poco comprensible ver a las mujeres hablar sobre telas que aún no tenían forma. Yo quería que se vayan y la desocuparan para nuestra partida de tatetí, que mi abuela había armado con una tapa de caja de zapatos y seis botones.

Mi abuela le tomaba las medidas a la novia y anotaba con su lápiz en su pequeña libreta con espirales: el ancho, el largo y todas las medidas que necesitaría después para la creación. A su vez les iba contando, mientras les caminaba en círculos como rombo alrededor, por donde irían las telas, sus cortes y las pinzas que destacarían la belleza en la figura de la novia.

Era su sueño hacerme el vestido de novia, yo en ese entonces tenía recién trece años, sin miras de tener novio, con poco gusto para la moda y dedicada al deporte. Casi pena me daba cuando me lo contaba y por dentro le pedía a Dios que le diera ese regalo.

Seguramente en su cabeza había armado ese sueño, las telas que usaría, cómo elegiríamos el vestido juntas, las tres: mi mamá, ella y yo. Saldríamos a ver modelos, yo me los mediría y el que me gustase, con asentir con la cabeza, mi mamá empujaría al vendedor fuera del vestidor y cerraría en un solo movimiento la cortina. Todo eso con un gesto cortés, para que mi abuela sacara de su bolso su fiel libretita y centímetro. Tomaría las medidas, las anotaría y también dibujaría el modelo para poder copiarlo. El arte de mi abuela era indiscutible porque, aunque los vestidos eran tomados de las revistas o de alguna prenda en alguna vidriera, lograba con su amor y dedicación anexarle un plus propio en el que la copia, con su mano, superaba la versión original.

Cuando terminábamos de almorzar, le ayudaba a juntar la mesa y luego me daba mi flancito de postre; mientras ella lavaba los platos y mi abuelo se despedía de las dos para su siesta. Luego de quitarse su delantal de lavar, se ponía el que usaba para trabajar en el jardín. A mí me había hecho uno muy colorido con unos retazos de telas que siempre le sobraban de las confecciones de sus trabajos. Me ajustaba delicadamente los hilos a mi cintura y luego me apretaba fuerte el hombro, y yo sabía que esa era su manera de besar. Así que saltaba sobre sus hombros y la apretaba con mis brazos para darle un beso ruidoso en la mejilla.

Salíamos al patio con regadera, palita, rastrillo y una enorme bolsa en la que depositábamos las hojas, flores o frutos feos que arrancaríamos a las plantas para que crezcan más fuertes. Y no hacíamos dos pasos que ella comenzaba su historia y yo entraba en un profundo silencio de placer y me dejaba llevar por ellas. Me encantaba el amor que narraban sus historias.

Sospechaba que los personajes eran siempre los mismos; me di cuenta porque siempre los describía de la misma manera; describía características o gustos de ellos que eran siempre los mismos. La escena cambiaba, sus lugares, sus diálogos, su vestimenta y el final que por lo general siempre era feliz, también siempre era diferente. En sus historias, solo una vez su final no había sido feliz, por lo general los amantes siempre lograban darle cauce a su amor pese a las trabas del destino.

No pasó mucho tiempo para que confirmara mis sospechas de que esos protagonistas del romance habían existido alguna vez; y que uno de ellos había sido mi abuela. Primero casi por asociación lógica e inocente pensé que el otro protagonista era mi abuelo, con quién estuvo casada desde que tenía diecinueve años. Otra cosa que me llamaba la atención era que en sus relatos ponía todos los besos, abrazos y la libertad de expresión que en la vida real no se permitía. Realmente creo que mi abuela tenía miedo a amar en demasía, es que el amor viene adosado al abandono, a tener que dejar ir en algún momento al amado; y eso da miedo.

Su nombre era Iris como las flores que tiene en su patio y que a su vez son mis favoritas; creo porque me hacen acordar a ella. Una vez leí en un libro de botánica, que mi abuela tenía entre sus cosas de jardín, un capítulo entero dedicado a la simbología de esa bella flor. Quedé perpleja con los paralelismos que podía armar entre esa flor y mi abuela; quizás sea como muchos dicen: los nombres nos marcan más de lo que pensamos. Decía que la flor de iris era de un perfume tan agradable que enamora, y sus colores resultan de lo más peculiar formando un abanico de tonalidades que van desde el violeta, blanco, amarillo o púrpura. Explicaba que su nombre se lo dieron los antiguos griegos en honor a su diosa Iris, que representaba la unión entre el mundo terrenal con el celestial y cuya vestimenta se la dibujaban con las formas y los colores del arco iris. Esta diosa iba más allá de la realidad mundana dado que su fuerza se extendía hasta el mundo divino. Yo nunca me interesé en la mitología, pero esta descripción quedó resonando en mi oído, sentía la curiosidad como de estar leyendo en aquella historia, la historia de mi abuela. Iris, la diosa, era hija de Taumas y de la Ninfa Electra, por lo que se la consideraba la diosa del aire que abría las nubes y las iluminaba formando el arco que lleva su nombre.

Mi abuela llevaba en su rostro ya envejecido, las marcas de una belleza irrefutable. Sus arrugas no borraron el rastro de que en su juventud su atractivo le habría hecho honor a su nombre mitológico. En las fotos que ella me mostraba pude cotejar esta teoría, con su ropaje siempre colorido, su rostro siempre delicadamente maquillado y esa fragancia que siempre desprendía su piel. Al igual que la flor y la diosa, su perfume, habría cautivado a más de un corazón.

También leí que al parecer esta planta es muy resistente, nace en primavera o verano y cuando logra hacer sus primeros brotes no requiere de muchos cuidados. Con tan solo retirar de ella las malas hierbas y las flores marchitas, puede tener una expectativa de vida muy larga. Así era mi abuela una flor sin tiempo, el tiempo le pasaba pero ella parecía acobijarlo y a pesar de sus marcas en la piel, su alma se rejuvenecía con el pasar de sus años y la experiencia.

 Al igual que la flor de iris, mi abuela tenía una belleza delicadamente salvaje. Sus manos eran fuertes por trabajar la tierra y lograban movimientos delicados al trabajar las telas. No había polaridad a la que no se adaptara.

Pero había un secreto en mi abuela que sus ojos no sabían guardar. Una tristeza que la acompañaba y ella se resistía soltar; sospecho aquella medallita que guardaba en su mesa de luz estaba relacionada a esta historia anidada en su corazón. Ese dolor mudo y tibio que le había marcado el andar, pero el cuál hacía que a su vez su entereza, sencillez y sonrisa resultaran aún más llamativos y vitales. Es decir, su fuego de vida estaba atado a esa tristeza que ocultaban sus ojos; y que de un modo la hacían aún más especial.

Desde que nacemos es nuestro cuerpo y nuestra alma un recinto en el que lidian la vida y la muerte, el amor y el odio; dichosos los que logran hacer preponderar la pulsión de vida sobre la pulsión de muerte. Pero a sabiendas que la vida solo es posible porque hay muerte, así como el todo existe porque una vez fue nada. No puede haber batalla ganada para la vida desmintiendo la muerte; sólo tendremos la chance en esta batalla de supervivencia, mirando todo lo mortífero a través del amor. Así miraba mi abuela al dolor y sus ojos brillaban aún más. Creo esa era su paz y sabiduría.

Estoy volviendo a mi casa después de verte por última vez, de despedirte con un beso en la mejilla. Y me es inevitable recordar esa despedida mientras taconeo en las baldosas mi dolor a cada paso.

Sentada en tu lecho de muerte, tu respiración ronca  me anunciaba que la muerte me contabilizaba el tiempo que tenía para despedirme, entonces te tomé fuerte la mano recordando todas esas noches en la que el calor de ellas espantaba los fantasmas que no me dejaban dormir. Tus manos grandes y largas, llenas de pinchazos, como toda modista, esas mismas que calentaban los trapos de tela que pondría en mi pecho, antes de dormir, para calmar mi tos en el invierno. Casi de manera instintiva te apreté la mano como queriendo retenerte, pero enseguida caí en la cuenta que lo mejor para ti ya era descansar. De a poco mi mano, con este amor un poco menos egoísta, te fue soltando.

Mi esposo está en el trabajo, entro a mi habitación y me encuentro sobre mi cama con el vestido limpio que mi mamá seguramente había pasado a dejar para que lo guarde en la vieja maleta en la que mi abuela me lo había entregado.

Me siento a su costado y recuerdo como una semana antes de mi casamiento Nana se descompuso y los médicos nos aseguraron que esta vez no había vuelta atrás. Su espacio vacío en la iglesia y su sueño a medio cumplir.

Comienzo muy suavemente a doblar el vestido para guardarlo y con mis manos acaricio sus costuras como queriendo seguir los hilos que me llevan a su cuarto de trabajo, dónde la encontraría a ella cociendo, como antes. Cuando comienzo a introducir el vestido dentro de la maleta toco al interior de uno de sus bolsillos un papel, lo tomo y al abrirlo encuentro esa medallita que guardaba mi abuela en su cajón. Aquella que yo sospechaba escondía su más silencioso dolor pero a  su vez su más profundo amor. En el papel dice: “nos encontramos al final del arco iris”, pero no es la letra de mi abuela y su aspecto es el de un papel viejo, ya amarillento en sus bordes, por el paso del tiempo. La firma dice: “Siempre tuyo. Juan” y la fecha, “3 de noviembre de 1951”.

La medallita tiene la imagen de la diosa Iris con su vestido de colores, seguramente era un regalo muy importante para ella y por el mensaje quién se lo haya entregado lo hizo en el marco de una despedida. No sé si porque ambos caminaron diferentes caminos o él había dejado este mundo. Y de pronto lo recuerdo, recuerdo esa frase “Nos encontramos al final del arco iris” y lo relaciono con una de sus historias, aquella de triste final, y con lo aquél mito dice que allí donde el arco iris termina se haya un tesoro y el puente mágico que une el mundo humano con el mundo de los dioses, el camino al cielo.

Aquél cuento había sido una historia de amor anidada al corazón de mi abuela, antes de conocer a mi abuelo. Juan fue su primer amor con quien compartía el delirio por el helado, los libros, el baile y el cine. Uña y carne, novios, pero fundamentalmente amigos. Por lo que recordaba de su historia, Juan había enfermado gravemente y su deterioro fue inminente como su temprana partida. Esa medalla seguramente se la había dado a mi abuela en su despedida, y ella hasta sus últimos días la llevó cerquita, pero había llegado la hora de reunirse en aquél puente a su querido amigo y su joven amor. Una parte de mi esta triste porque ella se irá pero otra parte de mi siente felicidad por aquél encuentro tan esperado de Iris y Juan. Yo caminaré junto a esta medallita el resto de mi camino, hasta que llegado el momento mi abuela me busque al final del arco iris.

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