Crónicas de un melómano: Playas somnolientas/Johnny Pearson. Por CARLOS AVALLE

Como siempre suelo decir, en el ADN musical de los seres humanos cualquier tipo de música puede dejar su registro. No importa la procedencia, el ritmo, si es cantada u orquestal; la música como el agua, siempre encuentra una hendija por donde filtrarse a nuestro interior, y desde allí brotar en el momento menos esperado.

Alguien, en uno de esos grupos de whatsapp en los que muchas veces colocamos el ícono del pulgar hacia arriba sin siquiera ver de qué se trata, publicó un link recomendando este disco. Inmediatamente apareció el recuerdo del primer día que vi/escuché este vinilo. Les cuento: Demás está decirles que esta pequeña crónica está ambientada en la era pre digital, o sea, en este caso, hacia mediados o finales de la década del ´70.

El sistema que tenían las disquerías (¿las recuerdan?) para conseguir nuevas grabaciones y así ofrecerle a sus clientes era más o menos así: las compañías discográficas, sobre todo las multinacionales, tenían un vendedor/representante, que llegaba hasta los disqueros con un portafolio dentro del cual tenía las muestras de los futuros lanzamientos discográficos. El dueño o el encargado del local los escuchaba y según criterio personal o recomendación del vendedor, encargaba cierta cantidad de unidades para el día que ese disco saliera a la venta. Casi siempre era así. Pero también había una muy pequeña cantidad de personas dentro de ese rubro que ofrecían ediciones de sellos independientes, con mucho menos “catálogo” en sus valijas.

Explicado esto voy al grano, ¡o a la crónica!

En esos tiempos trabajaba en una disquería muy cool del barrio de Belgrano. Aclaro esto porque las disquerías manejaban cierto material según el perfil de sus clientes.

Es así que una mañana se presenta un señor al dueño de este lugar, abre una valija, y saca un disco; si, uno solo disco. Creo recordar que en la tapa ni siquiera tenía algún logo a marca que identificara a ese Long Play. Si recuerdo la portada, en blanco y negro, con la foto de una pareja abrazada en una playa al borde del mar. El dueño al ver que el disco era interpretado por un artista desconocido, y que aparte era netamente instrumental, lo cual hacía (eso se decía entonces) más difícil su venta, le negó la compra. El vendedor insistió y el dueño siguió en su negativa. Pasaron los minutos y el vendedor ante la ya rotunda falta de interés por parte del disquero, decidió saludar, y antes de retirarse, deja de obsequio ese único disco que llevaba consigo y su tarjeta personal.

Por lo general las disquerías, aparte de tener música dentro del local, colocaban un par de parlantes a todo volumen, en la entrada, para atraer la atención del público. Debo decir también que la música que se propalaba solía ser de los discos más pedidos por la gente y también se pasaba cierto tipo de temas según la hora. Aunque parezca raro era así. Por la mañana ritmos tranquilos, luego algo de melódicos, y el ritmo iba subiendo hasta la hora de cierre del negocio.

Al otro día, por la mañana, uno de los empleados, como era costumbre, buscó un vinilo de música tranquila y orquestal para comenzar el día. Por algún motivo, el disco que tan amablemente había dejado de obsequio el vendedor la jornada anterior, se encontraba sobre el mostrador; así que ese fue el primer vinilo en llegar a la bandeja giradiscos.

A los pocos minutos, comenzaron a entrar clientes pidiendo esa “bella música” que salía por los parlantes. ¿Se imaginan la sorpresa? El dueño, que era el primero en llegar, miraba esto sin entender nada. Decía que no podía ser, que era solamente una casualidad.

Tantas personas entraban a pedirlo, que en un determinado momento el dueño sacó del bolsillo la tarjeta que junto con el vinilo dejara aquel señor, y me pidió que lo llamara por teléfono y le solicitara, en carácter de urgente, una buena cantidad de unidades. Al final del día ya teníamos encargados, por parte de nuestros clientes, bastantes discos de Johnny Pearson.

Demás está decirles que durante un buen tiempo ese disco inauguraba todas las mañanas con su música el aire del local. Lo vendimos largo tiempo, y en buenas cantidades. Por supuesto cada vez que tenía su oportunidad, el dueño nunca dejaba de jactarse por su “descubrimiento”.

¡Así son las cosas a veces!

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