RELATOS: EL PESO DEL SILENCIO – Vecca Preetz

Existe una realidad enigmática e inaprehensible llamada silencio, justo del otro lado del universo. Allí van los momentos carentes de sonidos. Allí guardamos silencio.

Es una caja de paredes invisibles, que un gigante de muchas edades, sostiene. Anoche me ha visitado en sueños para pedirme que encontrara la unidad de medida con que se mide el silencio. —El peso del silencio es insostenible —Me dijo con los brazos agotados y una suerte de ausencias que lo van debilitando.

Dentro de la caja hay silencios que gritan desesperados, silencios demacrados y enfermos, silencios persuasivos, silencios lacerados, silencios convenientes y macabros, silencios esclavos y silencios acomodados.

El universo tiene tantos silencios guardados que me aturde el pensamiento con solo imaginarlo. Si pudiera acceder a una sola gota de silencio, cuantas palabras indecibles encontraría. Podría escribir poesía hasta terminar mis días.

El gigante me hizo advertir que hay presencias de silencios donde cabría esperar palabras y presencia de palabras donde se espera el silencio.

—Llevo muchas edades tratando de encontrar la palabra que ponga en números el peso del silencio —le respondí.

Para mí, el silencio, era una manta sobre el universo, flotando encima nuestro. Un peligroso misterio. Un lugar donde caen burlando a la gravedad los pensamientos que no tienen palabras. A veces la miro y muero.  De miedo. Si la manta cayera de golpe, estaríamos todos muertos. La manta blanca que acumula silencios. Silencios de todos y cada uno de los que ya estamos muertos.

Acumulamos silencios como si no pesaran nada.

El silencio acumulado debajo de la piel es una bomba explotando frases en la manta de mi atmósfera.

Ahora sé que se guardan en una caja. Quizás mi manta los recoge para que no decaigan.

Depositamos silencios y los ahorramos para colaborar con el universo cuando el apocalipsis aturda de gritos hasta nuestros huesos.

¿Cuál será la variable para medir el silencio?

—No puedo ayudarte —le respondí al gigante, y me quedé en silencio, agregando sin querer más peso a su cuerpo que comenzó a rajarse, inevitable, vencido por el peso, mientras me miraba con ojos llorosos, en el más descomunal de los silencios.

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