CUENTOS: MÁS ALLÁ DEL ODIO. Por Julio García Ventureyra / Tercera Parte

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    —Otra vez vos…¡ viejo guacho  ! ¿ Quién sos vos para merodear casa ajena…?

No te mato porque sos un viejo sucio y cobarde, pero si abrís la boca.. ¡.Ah… si

abrís la boca… te juro que me olvido de tus años y te dejo incrustada la espuela

entre los ojos !

    —¡ Ya vas a caer… tarde o temprano…!

    —¡ Ja…ja ! ¡ Estúpido… quién va a ser el guapo que se anime ! ¡ Soy el mejor

cuchillero…! ¡ Al que se me pone cara a cara se la hago pagar !

    —Alguien…alguien… te va a devolver lo que hiciste… van a recibir un castigo,

vos y esa pu…

    Gerardo lo escupió en el rostro cruzándoselo de un talerazo.

    —Si abrís la boca de nuevo… ¡Jo…Jo…te doy la yapa…?

    El anciano lo observó desde el suelo llevándose una mano a la herida.

    —¡ Ja… ja… ja…  parecés un colegial ! —se burló el hombre de la espuela

de plata bebiendo de la botella y emprendiendo una carrera por las calles

rompiendo en histéricas carcajadas..

    —Usted es un hombre valiente, amigo.—exclamó el pulpero con admiración.

    —¿ Yo ?

    —Sí, no cualquiera se interpone a los deseos de matar de Gerardo Luna

como acaba de hacerlo, señor…

    —Robuenes. Esteban Robuenes.

    El dueño del boliche lo observó compasivo.

    —¿ Nuevo en el pago ?

    —Sí, ando de paso.—contestó con sobriedad.

    Se había hecho tarde y quedaba poca gente.

    —Busco trabajo. Me dijeron que hay una vacante en la función…

¿ Dónde se presenta el teatro…?

    —Señor… este… no le aconsejaría trabajar allí… porque…

    —¿ Por qué ?

    —Eh…este… creo que no le será saludable… es … un simple

presentimiento mío y creo que haría bien en decírselo…

    —No, no, guárdelo, amigo.—expresó estas palabras con lentitud y

después de pagar se retiró.

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    Cuando Gerardo hubo terminado el contenido de la botella, la tiró al

suelo y fue tambaleante hacia el palenque. Al llegar, vio al sujeto de la

cicatriz que erguido sobre su zaino  lo contemplaba.

    Quedó petrificado con los brazos  colgando y las rodillas algo dobladas. 

La negra silueta permaneció en la misma posición durante algunos segundos,

luego tiró de las riendas y dándole la espalda comenzó a andar por la larga

calle hasta hundirse en los llanos.

    ¿ Qué le sucedía ? preguntóse sin apartar los ojos de la extraña figura.

Él, que a nada le temía había sentido por vez primera un miedo atroz

hacia aquel hombre de negro que se había entrometido en su lucha a

muerte.

    Matilde se levantó de la cama y después de vestirse salió comenzando a

tender la ropa.

    Apoyado en el tronco del alero, Gerardo se esmeraba en hacer relucir

la hoja del facón.

    Ella se le acercó.

    —¡ Ah… qué lindo día !—dijo desperezándose y aspirando el aire matutino.—

Gerardo… ¿ qué te pasa…? ¿ Por qué esa cara ?

    —Hoy no puedo ir con vos al baile.—contestó turbado.

    —Ya sabía… Tenés que ir a la pulpería a pelear, a mostrar que sos macho…

anoche… anoche… estuviste peleando…¿no? ¿ Acaso no te hastiás de matar

y matar…?

    —¡ Matilde !—le gritó.—¡ Mujer imbécil… hablás como si fueras mejor que

yo… y no sos más que una asesina !

    —Oh…oh perdoname.—musitó apoyándole la mano en el brazo al darse

cuenta del efecto de sus palabras.—No me hagas caso, no sé lo que digo…

¿ Sabés…?—lo miró a lo ojos y las lágrimas brotaron de lo suyos.—Gerardo.—

dijo dulcemente.—No vayas hoy al pueblo, no soporto estar sola, nos necesitamos

como nunca.

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    — Pero… es que…le prometí al turco que iría… vos sabés que hace mucho

que intervengo en esas estúpidas interpretaciones en el galpón de su casa…

¡ Ja…ja…ja…!  Siempre insiste en que soy el tipo indicado para hacer el papel

de gaucho salvaje en la obra. Además… que es tan divertido… Mirá, es de un

tipo que sentado en la pulpería aguarda a que venga alguien a desafiarlo;

los otros llegar a herirlo a veces, pero él, con su astucia, triunfa. ¡ Ja…ja…!

Como dice el turco, a mi no me cuesta nada hacerlo, y la paga es buena,

casi diez pesos por mi actuación. Quiero… quiero que vos vayas, va a ir

gente de la ciudá, dicen que quieren ver como son los hombres rudos

del campo…¡ Jo…jo…!

    —Basta Gerardo.—interrumpió levantando la voz; él, dejó de reír.

Quiero hablarte, se trata de que… si vas esta tarde, algo va a pasar…

no sé…

    —Pero no seas pava, qué me puede pasar si sabés que nadie se anima

a desafiarme, y… por otro lado, no soy manco…

    —Es que… tengo un mal presagio… por favor… querido, no vayas, te amo

y no quiero quedarme sola.

    —Dejate de zonceras, sabés que no le tengo miedo a nadie, y si así fuese…

¿ quién se atrevería a pelearme…?  nadie, nadie, son unos gallinas.

    Llegó la tarde, y se aprestó a partir; tras haberla besado montó alejándose

a rienda suelta. Ella lo contempló de pie en la puerta. Esbozó una triste sonrisa

a la vez que levantaba el brazo.

    —Adiós Gerardo, adiós para siempre. No sé si alguna vez te quise…

Una lágrima se deslizó por su mejilla.

    Cuentan en el pago que tiempo después que finalizara esta historia, Matilde

apareció una mañana sin vida en el rancho, abundando las versiones de que se

habría suicidado y dando fin de este modo a lo que parecía un extraño pacto

diabólico.

    En el enorme y rústico galpón que hacía las veces de teatro, la muchedumbre

sentada hacía ruido con pies y manos protestando por la prolongada espera del

comienzo de la función.

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    Por último levantóse la remendada lona que hacía las veces de telón, y reinó

el silencio.

    En el pequeño escenario apareció Gerardo mal sentado en una enclenque silla

tomando mate y representando –según la obra–a un cuchillero sin escrúpulos.

    Un hombre pésimamente caracterizado–lo que originó risitas burlonas en los

espectadores–salió a escena con barba y bigotes postizos.

    Luego de un diálogo cansador entre ambos, salieron a relucir las armas y tras

larga pantomima, Gerardo quitó la vida–en forma figurada..al otro actor.

    El telón cayó  dándose por finalizado el primer acto.

    Unos aplausos poco estridentes dejaronse oir acompañados por silbidos y

carcajadas.

    Dio comienzo  el segundo acto que se desarrolló  similar al primero ya que

éste aparecía nuevamente con el mate. Salió al escenario el otro actor que

no se trataba del anterior, y empezó diciendo:

    —¿ Comentan por hai que vos te las das de buen cuchillero y que has 

matao a varios ?

    —Sí.—respondió con aire despreocupado dejando el mate.—Y con eso…

¿qué…?

   —.Que no creo que seas tan bueno del momento que no me pasaste a mí.

    —Ansí ¿y querés probar entonces ?

    —Ajá.

    Levantándose tiró la silla de un puntapié y envolviéndose el poncho en el

brazo sacó el facón. El otro lo imitó  comenzando la lucha.

    De pronto, los ojos de Gerardo parecieron ver algo horrendo. Permaneció

sin movimiento mirando a su contrincante como si fuese una pelea verdadera,

y siguió en la misma posición en l transcurso del tiempo.

    A un lado del escenario los encargados de la presentación le susurraban

desesperados:

    —¡ Vamos idiota, no te quedes así! ¿ Te olvidaste que ahora tenés que

matarlo? ¡ Vamos… ! ¿ Qué esperás ? ¿ Querés que esto sea  un desastre

y tenga que devolverles la guita…?

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    La resplandeciente hoja  que sostenía el rival se hundió en el corazón de

Gerardo atravesándoselo.

    Se llevó una mano a la herida; tambaleándose dio unos pasos mirando

hacia el público.

    —Ah… ah… la cicatriz… la cicatriz…ah… ah…pero… pero… por qué…

la… ci… ca… triz…—balbuceó y abrió los brazos y se  desplomó boca arriaba.

    Cayó el telón.

    El otro actor se retiró por la derecha del escenario saliendo luego con

rapidez del galpón.

    Los concurrentes se encontraron sobresaltados y confundidos, algunos

alcanzaron a aplaudir por el realismo patético con que había salido la

escena, otros, advirtieron que la sangre que manaba del corazón de

Gerardo era verdadera y la realidad superaba lejos la ficción.

    Estaba de pie el viejo gaucho en una esquina de la calle por la que se

salía del pueblo.

    El jinete de negro se acercó deteniéndose a unos pasos.

    —Fue usted  ¿no?— preguntó el viejo.

    El viento sacudió los árboles.

    —Sí. Cobardemente. Yo… le temía.

    —Él, sabía decir que el fin justifica los medios.—exclamó el viejo en tanto

lo observaba pensando en el dolor de un padre.

    El forastero echó a andar su cabalgadura al trote hacia el fin de la calle.

    Volvieron a emerger de una guitarra la notas de un triste.

    El pueblo quedó atrás.

    Otra vez la llanura.

    Pensó en  “El que a hierro mata a hierro muere”. “Ojo por ojo, diente por

diente.” Y… “Si te pegan en una mejilla, pon la otra”. Aunque no hubiera

podido cumplir con lo último porque el placer de la venganza le produjo

un gran alivio ante el inmenso e insuperable dolor de la muerte 

de su hijo,  y la satisfacción  de haber exterminado una alimaña

humana.

    Se ciñó el poncho. El viento sur comenzaba a levantarse mientras el

día moría desangrándose en el horizonte..

                                                   F   I   N

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