CUENTOS: Por venir a Madrid. Por NICOLÁS PIAZZO

Calle de los Libreros (street) in Centro district in Madrid (Spain).

Los tres leones me dan la espalda y miran hacia el lago, imperturbables, indiferentes: no sé si soy una presa poco apetecible o el bronce les quita el instinto. La gente pasea en botes con remos de brazos caídos, de abulia dominguera. Ellos sueñan que navegan, yo imagino que naufragan. El jazz se me antoja extraño en estas tierras, no menos que las miradas y las risas. Los mensajes me llegan del otro lado del océano con interferencia, distorsionados, ruido blanco de fondo y el eco de frases que rebotan cientos de veces en mi cabeza porque no las quiero dejar salir. Sentado al sol con mi cuaderno, trato de escupir unas palabras o de esquivar las que no quiero decir. Quizás por eso me cuesta tanto.

Al pie de uno de los leones un chico dibuja. Cada tanto levanta levemente la cabeza, mira en mi dirección y vuelve a dibujar. Imagino mi silueta tomando forma en los trazos de carbón sobre el papel. Tal vez, todos somos un fragmento anónimo de un poema, una pintura o una canción. Siento deseos de acercarme para decirle que me omita del dibujo, que soy un error en el paisaje, que no debería estar ahí. Hace unos días que en el televisor —enfrente de mi cama, que está dentro de una habitación, que está adentro de un hotel que asoma sobre La Gran Vía—, suena una y otra vez la misma canción: “No fue buena idea venir hasta aquí, no te iba a olvidar por venir a Madrid”. La frase, de tanto insistir, se metió en mi cabeza y se volvió verdad.

Conocí la ciudad hace cinco meses sin saber que volveríamos a vernos tan pronto. Fueron días de un calor hostil en que la vida recién se asomaba al cemento cuando el sol caía y la noche mostraba su peor cara. No me cautivó, no me enamoró. Ahora, en una tarde fresca y soleada en el Parque de El Retiro, estamos intentando darnos una segunda oportunidad.

Una estatua viviente que asemeja un carnero de oro hace esfuerzos para soportar el sudor, los calambres, la picazón. Los músculos se adivinan tiesos debajo de la pintura y un leve temblor se distingue al mirarla con detenimiento. Soñar con el mármol o el bronce en una plaza es una cosa; hacerlo para vivir es otra.

El dibujo parece haber sido abandonado porque el chico dobla la hoja y se la guarda en un bolso. La tirará a la basura cuando llegue a su casa, reduciéndola previamente a pequeños trocitos de papel indistinguibles, como un rompecabezas imposible de armar. Toda obra sin concluir debería ser siempre destruida: ahí viven las verdades sin camuflaje y las mentiras sin elaborar.

Una mujer vestida de gitana —nada prueba que lo sea— se acerca a venderme un billete de lotería.
—No quiero, gracias —digo y niego también con un ademán antes de que se acerque demasiado.
—También puedo leerle el futuro —me dice para ampliar su oferta de servicios.
—Si en mi futuro dice que voy a ganar la lotería, tal vez me convenga comprar el billete, ¿no le parece?
—Sí, mucha suerte en su futuro —responde con picardía y deja entrever una sonrisa incompleta.
La mujer me toma la palma de la mano y recorre las líneas con su dedo índice mientras sigue hablando de la buena suerte que voy a tener. No sabe que es imposible. ¿Cómo saberlo sin ver además mi pasado?
—Mire que ya me crucé muchos gatos negros, pasé debajo de escaleras, maté todos los grillos que pude y hasta alguna vez rompí con rabia un espejo —digo, para sortear la incomodidad que me genera el contacto con sus manos.
—Veo a una mujer —dice, con la seguridad de haber develado un secreto inconfesable.
—Yo también.

Me suelto la mano, y refriego las palmas tres veces para que desaparezca, para que se vaya de mí.
La gitana toma el gesto como una ofensa y comienza a balbucear palabras en un lenguaje ininteligible. No sé lo que me dice pero sé que está enojada. La dejo alejarse, le tengo más miedo al futuro que a las maldiciones.
Antes de irme me acerco a la estatua viviente que, estoica, resiste bajo el sol. Le dejo un billete de cinco euros y un secreto.
—Nadie lo sabe, pero yo inventé Madrid —le digo al oído—. No sus calles ni sus bares, ni sus museos, ni su arte, tampoco sus plazas. Inventé una historia a la que le puse de nombre Madrid.

NICOLÁS PIAZZO es Ingeniero en Sistemas y Docente Universitario. Ha participado en numerosos talleres y seminarios de actuación, narrativa y escritura teatral. Reside en Rosario, donde participa de diversos espectáculos teatrales como actor o autor. Actualmente, dedica parte de su tiempo a escribir y actuar. Es integrante de los grupos de teatro independiente Didascálidos y El Tren.

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