CUENTOS: “¡HUYE, HOMBRE, HUYE!”. Por Octavi Franch

Henry Wyl·lálh era el último de los humanos. Después de la Gran Revuelta, todos los suyos habían sido exterminados. Desde que habían abandonado la Vía Láctea, poco antes del estallido, nada había vuelto a ser lo mismo. Los androides eran demasiado inteligentes. Ante ese error técnico, los humanos fueros cayendo; uno tras otro. Hasta que tan solo quedó Wyl·lálh. Él solo, con su robot de compañía: el fiel 1900RCDE.

            A toda prisa, ambos se dirigieron a la estación orbital del satélite. La única salida era irse de allí. Se esconderían en algún asteroide por descubrir. O bien se arriesgaría y se adentraría en la corriente desconocida de un agujero negro. Cualquier cosa antes de rendirse a un pedazo de lata fabricada por sus antepasados. Era él quien tenía derecho a vivir, a crecer, a morir cuando le llegara la hora; y no por el capricho de los genocidios de metal.

            Con la ayuda del bueno de 1900RCDE, cargaba las cuatro cosas que había podido salvar de la persecución de un pelotón exterminador. La nave ya estaba a punto para irse. En menos de dos minutos, surcarían el firmamento.

            —Venga, aquí ya no tenemos nada que hacer. Estamos de más —sentenció, lloroso, Henky.

            —Amo… —intervino el robot.

            —Sea lo que sea, ya hablaremos arriba. Date prisa. Esta noche habrá una tormenta de meteoritos.

            —No voy —decretó, plantado con firmeza, 1900RCDE.

            —¿Cómo dices?

            —Lo siento, amo. No puedo ir. Y usted sabe muy bien por qué.

            —¿Tú también? ¿Tú también me abandonas? Otro que me odia…

            —No es odio… Es…

            —Te comprendo. Vete, que le vamos a hacer… No sufras, ya me las arreglaré. Gracias por todos estos años. Te echaré en falta. Cuídate mucho…

            Mientras el último humano subía a su nave, 1900RCDE lo miró entristecido. Él también lo añoraría. Había sido el mejor amo de los muchos que había tenido. Era una especie de mayordomo de la familia de los Wyl·lálh. Lo había heredado el bisabuelo de Henky. Antes de que cerrara del todo la compuerta, lo paró:

            —Amo…

            Se abrazaron. Durante un eterno minuto lloraron, sin consuelo. Demasiados años el uno al lado del otro. Amistad, protección, fraternidad; nunca una mentira, nunca un engaño, nunca una palabra más alta que otra. 19000RCDE, amigo mío…

            Henky no tuvo tiempo de recibir la respuesta. Estallaron al cabo de un segundo. Su robot se había programado el mecanismo de autodestrucción. No había tenido otra opción. Le habían ordenado ejecutarlo, como a los otros. Lo amaba demasiado para dejarlo solo, allá donde fuera.

FIN

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