CUENTOS: MAS ALLÁ DEL ODIO. Por Julio García Ventureyra / Primera Parte

  

                                             

1

     La pampa desplegaba una serenidad inamovible coloreada por destellos rojizos

del poniente inalcanzable.

    Una brisa  peinaba los altos y amarillentos pastizales como atraídos  por un

imán oculto en las entrañas de la tierra.

    El hombre que corría daba la sensación de ser una flor muerta arrojada del

horizonte en aquel llano desértico.

    Los cascos de los potros resonaron al golpear la tierra reseca, agrietada.

    No se detenía. En su carrera sin fin miraba sin ver los objetos y criaturas

que lo rodeaban.

    Dos caranchos revoloteaban en la cúpula azul.

    Uno de los jinetes hizo girar las boleadoras sobre su cabeza y las arrojó

con ímpetu endemoniado.

    Con el zumbido un surco invisible atravesó el aire.

    Las boleadoras se enredaron en las piernas del hombre que cayó sin

defensa. El jinete se aproximó entonces al galope. Con brusquedad detuvo

la cabalgadura y antes de apearse quedóse observándolo con mirada

animal aunque era de correctas facciones.

    Por fin desmontó y miró divertido como la presa quería librarse de lo

que causaría su ocaso. Luego de un movimiento imperceptible en su

diestra apareció la mortífera lengua del facón. Se acercó con pasos

lentos conservando la rara expresión y lo hundió en la parte derecha del

pecho del caído. Lo extrajo con precisión contemplando la sangre que

lo bañaba, y viendo la profundidad de la herida, procedió con la misma

tranquilidad a hundir el acero dos veces en el corazón del fugitivo.

    La anterior expresión de súplica que se dibujaba en los ojos del

moribundo, desapareció, ahora estaban fijos en los destellos rojizos

del horizonte. Tras guardar el arma, se volvió.

Fijóse con asombro en el otro jinete que le aguardaba sin inmutarse

desde su cabalgadura.

2

    —–Todavía esto es poco para él.—- le dijo, y posó los ojos sobre el

muerto.—No sabés que soy… Gerardo Luna, ni lo sabrás…

    Otra vez la brisa agitó los cardos.

    El otro descabalgó con pereza. Era el prototipo de una raza rebelde, y en

él estaba simbolizado el gaucho cruel y astuto pero que como decían los

del pago: “se las sabía aguantar”.

   Sin mirarlo se acercó al cadáver.

    —Bueno, ¿y..?

        —Miralo.—dijo el matador después de recoger las boleadoras.–Miralo

bien. ¿eh?.—-y para recalcar su tarea levantó el pie y descargó  la espuela

plateada que sobresalía del talón de su negra bota, sobre la frente del

desdichado, donde quedó un moretón negro y circular.

    —Casi me olvidaba de hacerlo, la marca de los Luna.—vaciló unos instantes

con la vista fija en el rebenque que sostenía.

    —.Nadie la escupe en la cara a los Luna ¿no’?—volvió a decir.

     Aferró dos lazos de su cabalgadura arrojando uno a su acompañante

que no había cambiado de posición.

    —Vamos, falta terminar.—exclamó.

    El otro tomó el lazo y procedió a amarrarlo en la pierna izquierda del difunto

mientras que éste lo hacía de la derecha. Cada uno sostuvo una soga y espoleando

los animales, arrastraron boca abajo el cadáver a desenfrenado galope.

   El triángulo salvaje se hundió en la arcada del horizonte.

    — ¡ Gerardo…Gerardo ! ¿Dónde estás? –gritó la mujer ojos de buitre y extraña

belleza morena, plantada en el marco de la puerta del rancho de adobe. Dio unos

pasos de duda buscando con la mirada. El ruido la atrajo hacia un lado de la casa

donde fijó esa mirada de cansancio y sobresalto.

    —Pero…¿qué hacés?—atinó a decir sin dejar de mirarlo.—Cortando leña…

¿ahora?

    Levantó el hacha y volvió a descargarla con indiferencia. Era de estatura

algo superior a la media, delgado aunque de brazos fuertes y abundante cabellera negra.

3

    —Gerardo ¡contestame! ¿me oís?

    El hacha quedó hendida en uno de los troncos. Giró sobre sus talones y esbozó

una sonrisa de ironía al verla.

    Comenzó a caminar hacia el pozo para lavarse.

    —¿Qué querés ?—dijo mojándose las manos.

    Se oyó el mugido lejano del ganado.

    —Anoche…anoche te estuve esperando… y no viniste. ¿Dónde andabas?

¡Ah…ya sé…ya sé, otra vez con ésa y…!

    —¡ Dejame tranquilo !—interrumpió con  voz de trueno.—¡ Me tenés harto!

—empezó a lavarse el rostro.

    —Gerardo.—exclamó apacible.—Vení, vamos adentro…

    —Josefina…—vaciló secándose.—No, no.

    Ella le dirigió una mirada de odio y desapareció por el marco de la puerta.

    El jinete que se aproximaba parecía descender de la tormenta de estío que

se avecinaba. Gerardo se dio vuelta con la misma indiferencia que lo caracterizaba.

    —En el pueblo todavía no se enteraron de lo que hicimos.—dijo Rufino a su

hermano cuando llegó.

    —Me importa un…

    —Ya sé.—atajó secamente.—A mi tampoco…

    Gerardo sonrió con tranquilidad y dio unos pasos adelante mirando el cielo.

    —Hace calor…y parece que tenemos tormenta.—exclamó.

    El recién llegado ató el caballo al palenque y se encaminó a la casucha..

    —Rufino.

    Detúvose al oir su nombre.

    —Esta noche vamos al pueblo.—prosiguió.—A  la pulpería. O…¿tenés miedo?

    —Miedo…—meditó Rufino, y por fin entró.

    En el interior de la vivienda había sólo una mesa rodeada de unos bancos de

troncos y paja.

    —Matilde…—llamó.

    Un trueno quebró el silencio. Pasó a la habitación contigua.

3

    — ¿Todavía en la cama…?

    Iluminados por un relámpago sus ojos fueron hacia él.

    —Sí, no estoy bien.

    —Pero…¿ qué te pasa ?

    —Nada, no sé…no sé… dejame.

    La noche invadió el día y los negros nubarrones reemplazaron las constelaciones

fugaces.

    Dos jinetes se perdieron pampa adentro.

    La pulpería, con la muerte del sol, se hallaba en su apogeo. De una vieja guitarra

ejecutada con mala técnica pero con mucho sentimiento, emergían las notas de

algunos cielos, tristes y vidalas , no muy perceptibles debido al constante murmullo

de la muchedumbre agrupada.

    Rufino y Gerardo ataron los animales al palenque y entraron. Nadie les prestó

atención.

    — ¡ Hola Rufino ! ¿ Qué tal Gerardo? —musitó el encargado.

    — ¡ Qué cosas se cuentan !—respondió el primero a modo de saludo.   

    —Nada… che   , siempre igual este pueblo. Dos ginebras ¿no?

    —Sí.— agregó a secas.

    Bebieron en silencio. Afuera bramaba la tormenta.

    —Parece que no se anima a largarse.—volvió a hablar el de las bebidas.

    Apareció en la puerta un viejo gaucho de rostro barbudo y sucias ropas

que permaneció erguido contemplando a los presentes.

    —Acaban de hallar el cadáver de Eduardo Robuenes.—expresó con semplante

grave.

    Reinó el silencio.

    La multitud fijó su vista en el viejo.

    —Tenía tres puñaladas.—añadió.—Y en la frente la marca de los hermanos Luna.

    Los concurrentes observaron a los nombrados interrogativamente.

    Rufino permanecía inmóvil devolviendo las miradas. Gerardo bebió de un solo

trago la ginebra y echóse a caminar en dirección al emisario escudriñándolo de

pies a cabeza.

5

    —Sí. sí.—exclamó con aire de disertador.—Es cierto, nosotros lo matamos, eso

es lo que ustedes saben… que nosotros lo matamos…—paseóse unos instantes

hasta que por fin se detuvo con la vista fija en un punto.–…pero no saben por qué.

Yo…yo se los diré, sí…sí. El pueblo entero está al tanto de que la mujer de Nicolás

lo engañaba con Robuenes; las cosas se empezaron a poner feas y Nicolás vino al 

pueblo decidido a matarlo pero ocurrió lo contrario. Se dan cuenta… nuestro

querido hermano, después del engaño se encontró con la muerte. En defensa

propia… como dicen todos. Ja…ja…¿qué importan cómo? ¡Otra ginebra !.—

pidió al encargado.—¡ Ja…ja…total… el fin justifica los medios !

    Bebió con avidez dando por finalizado el discurso.

    Estalló un murmullo seguido con miradas de asombro y risas de burla.

    Corría el año 1870 y había pueblos del interior de la provincia de Buenos

Aires , Argentina,  donde imperaba el desorden y la justicia por mano propia como en

estos pagos donde la ley actualmente no existía ya que un comisario

había muerto asesinado y el siguiente en el cargo de muerte natural

y las autoridades principales se demoraban  en nombrar sustituto.

    –Vamos Rufino, esto me aburre.

    —No, me quedo… quiero chupar toda la noche.

    Gerardo se encogió de hombros dirigiéndose al exterior.

    Segundos después oyóse el galope de un caballo mezclando sus crines con

la tormenta.

    Resultaba tétrico el aspecto del rancho amenazado por los nubarrones.

    Desmontó y traspuso el umbral.

    —Hola Gerardo, sabía que vendrías esta noche..—saludó provocativa.

Él, casi no le prestó atención.

    —¿ Rufino ?

    —Se quedó en el pueblo… no va a regresar esta noche.—hizo caer con

lentitud sus palabras.

    —¿ Vamos…? —insinuó ella señalando la habitación contigua.

    —¿ Y Matilde ?

    —Está´en cama, no se siente bien.

    Caminó hacia el lugar.

    —Gerardo.—lo detuvo apoyando la mano sobre su brazo.— Quiero hablarte.

Voy a tener un hijo.

    Hubo un silencio.

    —¿ Sí…? Supongo que es normal…—musitó con indiferencia.

    —Pero…Gerardo…¿ No te importa acaso…? Yo…yo quiero que nos casemos

como Matilde y Rufino.—hablaba con desesperación.

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