CUENTOS: “En las ceremonias… al temblor de la hogueras”. Por Carlos Pérez de Villarreal

La obscuridad era completa.

Una leve brisa comenzaba a sentirse.

El silencio se quebró con el ruido cada vez más intenso.

Un par de ojos se vislumbraron en la distancia.

Comenzaron a agrandarse.

Una ola de papeles empezó a danzar por todas partes, mientras el rumor ensordecía. Chirrido de metal sobre metal, crujidos de materiales.

Sin mediar nada más. ¡UUUOOOSSSHHHH…! El subte pasó raudo.

Diana, apoyada sobre la pared, veía pasar el juego de luces de las ventanillas, mirando los rostros, que como en una recorrida infernal se desdibujaban en la distancia.

Las lágrimas corrían por sus mejillas como un reguero gris que brillaba en las vías, alargando los rieles.

Su cuerpo, esbelto, se sacudía intermitentemente por los sollozos.

Un manto cubría su vestido que llegaba hasta el suelo.

Se detuvo.

Escuchó atentamente y sintió más que supo, que alguien la seguía.

En la lejanía, Vulcano, el ser, mitad hombre, mitad animal, tremendo ejemplar de casi cuatro metros de altura, el último de su raza, extinta ya hace tres mil años y creadora de los túrneles, estaba tras sus pasos.

Cuando la alcanzó, Diana sólo atinó a aferrarse a él con desesperación.

Una nobleza infinita cubrió el rostro del semidios y alzando con una mano a la bella Diosa, comenzó el largo peregrinar por la obscuridad, chapaleando agua putrefacta.

Su nombre era Ares.

Había matado a Tártaro el monstruo de la oscuridad y reinaba en su lugar.

Un reinado de luz.

Su cuerpo enjuto, fornido y musculoso, no dejaba entrever su gran edad.

Sentado en el trono, con el báculo de poder en su mano, meditaba.

El cuerpo retraído solo estaba cubierto por un manto blanco que dejaba el pecho al descubierto.

El símbolo del rayo colgado de una cadena, brillaba por la luz de cada subte que pasaba, dejando su estela.

Sus largos cabellos blancos y su poblada barba, gemían por el viento.

Diana había escapado.

Como su Diosa-esposa gobernaba junto a él, pero la llegada de Perseo, el humano, había trastornado todo.

Enamorada de sus hazañas, huyó con él.

Los buscó por centenias… y al final, los encontró.

Envió tras ellos a Céfiro, Dios del viento subterráneo, cuyos soplidos tan fuertes, aún hoy perduran en los túneles, permitiendo al subte alcanzar su máxima velocidad.

Enfrentado con Perseo, Céfiro debió usar todas sus argucias en la lucha.

Aunque aquel era humano, su figura, extremadamente musculosa con su casco guerrero, sus polainas de cuero trenzadas y su vasta experiencia, imponían respeto.

Las estocadas iban y venían.

El reflujo de estrellas que salpicaban al golpearse entre sí, se veía desde las ventanillas.

Los escudos entrechocaban con un ruido sordo y atemorizador.

El polvo se levantaba haciendo casi irrespirable la atmósfera, pero ninguno de los dos retrocedía.

El tiempo pasaba, el sudor empapaba el cuerpo de los dos contendientes, y en un paso en falso, la espada de Céfiro, haciendo una finta, penetró por el costado derecho de Perseo y lo atravesó como a una fruta madura, partiéndole el corazón.

El desgarrador grito de Diana se escuchó en los túneles.

Parecía el chirriar de los frenos del subte.

Tendida a los pies de Ares, suplicó, lloró y se desgarró, pidiendo por su amado.

Su pesar fue considerado sincero.

Perseo volvería a la vida como un semidios y a cambio Vulcano moriría.

Una vida por otra.

El mandato fue cumplido.

Aún hoy su corazón deja sentirse a veces: tata-tatán, tata-tatán.

Pero el verdadero suplicio llegaría poco después.

Se contaba en las ceremonias… al temblor de las hogueras.

Diana sería encerrada en uno de los infinitos trenes y Perseo, desde ese día la buscaría, descartando incansablemente cada subte.

Así es como llegan a nosotros: uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro…

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