CUENTOS: “CARCELERA DE SU PROPIA JAULA”. Por MARÍA NIEVES GOROSITO

Ella, como todos, había nacido con la habilidad soñar y amar. Era curiosa, apasionada y desobediente. No había cielo al que le temiera y en los que no se atreviera a desplegar sus alas.

– “El cielo se ha hecho para volar”– se decía-. Le ponía el alma entera a su vuelo, no se guardaba nada.

No todos sus vuelos eran de excelencia, pero lo importante era volar. A veces sus alas podían estar cansadas, menos veloces o enfermas; no podían sostener el vuelo. No importaba. Aun así, sus piernas caminaban su cielo, y su alma lo disfrutaba. A veces, los contratiempos te cambian el paisaje, pero ella lo sabe, ningún paisaje será en vano. Y así, cuando sus alas no puedan, pisará fuerte, dejará huella. Otras veces, a lo mejor sus alas estarán en perfectas condiciones, pero el clima tampoco le permitirá volar: conoce las tormentas, conoce la ira del viento sobre sus alas; la derribaron más de una vez, pero al igual que el ave fénix, aprendió a resurgir de sus cenizas. De sus caídas aprendió a remontar el vuelo y a cuidarse del mal tiempo; es valiente se anima a ir por la tormenta. Pero también sabe que la astucia del buen aviador está en elegir el clima para su vuelo. Estar a la espera, preparar sus alas, para en el momento óptimo lanzarse al vuelo.

Pero todos tenemos un límite en los golpes de nuestro vuelo, y cuando ese límite se cruza, lo rompen; las consecuencias suelen ser bastante devastadoras. Golpes cruciales, que pueden ser, si son superados, como la llegada de unas alas muchos más grandes y ágiles en el vuelo; pero cuando, el golpe acobarda y las alas pierden sus fuerzas y su brillo, estas se oscurecen y pierden su blanco resplandeciente, por la falta de vuelo.

Así le sucedió a ella, la zamarreó la vida con mucha violencia, le doblegó sus alas, le quebró sus piernas y le acobardó el alma. El cuerpo tarda en sanar esos golpes, en ella tardaron bastante, pero se recuperó. Sus piernas sanaron primero, se curaron sus huesos, sus músculos y sus heridas; luego las alas se les enderezaron de a poco, le crecieron nuevamente su plumaje. Faltaba poco, el cielo ya había aclarado, la tormenta había pasado y el clima le prometía un vuelo limpio. Así que se puso de pie y cuando estaba por lanzarse al vuelo ve una pequeña nube en el firmamento que la hizo retroceder, cayó al suelo. Temblorosa se le llenaron los ojos de lágrimas, y no pudo volar. Esa pequeña nube le recordaba aquella tormenta que la había arrastrado a un profundo dolor; se prometió que al día siguiente lo iba a volver a intentar. Pero al día siguiente, la nube permanecía allí y, aunque no había una tormenta amenazante, siguió postergando su vuelo. Lo que ella no recordaba es que podía volar con las nubes en el cielo; de hecho, siempre lo hacía y ni las percibía, pero después de aquella gran tormenta nada volvió a ser igual, mucho menos su manera de percibir el cielo.

Tras varios días de postergar el vuelo por la pequeña nube, comenzó a perder interés por el cielo. Su rostro perdió luminosidad, se entristecieron sus ojos, se le perdieron los sueños. De este modo, se construyó su propia jaula con sus miedos. La decoró, logró engañarse en parte, y creer que eso era lo mejor que tenía. Llenó de flores hermosas el techo de la jaula, pero en realidad lo que quería era no ver el cielo, que le recordaba de lo que no se animó, y le despertaba ganas de volar.

Pero la angustia no engaña, esta crecía mientras se marchitaban sus alas. Se les tiñeron de negro por la falta de cielo. Se sentía enferma, pero en realidad se le habían enfermado los sueños; se la había empobrecido la existencia. Miraba la puerta de la jaula, se convenció de que estaba cerrada y no podía abrirla. Cuando le preguntaban, los que pasaban por allí, ¿por qué no salía?, ella les respondía porque la puerta estaba cerrada y no se podía abrir. Les decía que no se preocupen, que ella estaba bien y seguramente ya la iba a arreglar para salir. Pero la verdad es que ni siquiera sabía si la puerta abría o no, hace un tiempo que ya no intentaba salir. Se convencía de lo segura y linda que era su jaula.

Un día alguien que pasaba, y no se conformó con su respuesta, se acercó y abrió la puerta.

-Ahí tienes- le dijo- ya eres libre de nuevo.

Ella seguía en su rincón, y cuando se abrió la puerta se acurrucó aún más, como con miedo a que la saquen de ahí por la fuerza.

-Gracias- contestó con la voz temblorosa.

-Ven – insistió este San Pedro de las jaulas.

-Gracias, ahora estoy cansada, pero en un rato saldré – le dijo, sin poder mirarlo a los ojos por temor a que descubriera su mentira. O, mejor dicho, por temor a que viera su miedo.

Pero los abridores de jaula saben que lo difícil no es abrir la jaula, de hecho, la mayoría de las veces no tienen cerrojo.

-Bueno, esperaré aquí. Me encanta ver los vuelos- dijo apoyándose de lado en la jaula.

-No sé si volaré hoy- insistió ella con ganas de deshacerse de él.

-Sé que no lo harás- dijo él. Sin mirarla y mirándose sus propias manos, como evaluando el largo de sus uñas.

No sabría ella explicar que emoción la recorrió, con el disparo de esas palabras. Fue una mezcla de sorpresa, vergüenza, enojo y tristeza, todo junto.

-Sé que crees que soy cruel contigo- continuó San Pedro- pero si lo piensas bien, no soy yo quien te tiene encerrada allí; tú misma te tienes ahí. De hecho, yo soy uno de los que quiere verte volar.

Parada frente al espejo de su habitación, despierta de su ensueño y se mira por primera vez después de tantos años. Cuánto ha cambiado, cuántos años sin soñar, metida en su jaula decorada de mentiras, con miedos propios y ajenos, que tomó prestados para no tener que mirarse, para quedar bien con quién no le importaba. Para ser aceptada por quién no es, aceptada por quienes nunca la aceptarán porque no pueden aceptarse ni ellos mismos.

Llora en silencio mientras sigue parada allí, con sus pelos alborotados porque recién se levantó. Por la ventana el sol brinda esa preciosa tibieza con la que rompe la oscuridad y el frío; lo siente en su cuerpo, cierra sus ojos y se abraza con ternura, siente paz. Después de mucho tiempo se reencuentra y siente paz, al fin es ella. Ni la más linda, ni la más buena, ni la mejor amiga, ni la mejor hija, ni la mejor madre, ni la mejor esposa; es ella lo mejor que puede. Pero es con todas sus fuerzas ella misma, consciente, auténtica; ella al mando de su existencia con todo lo fantástico y difícil que eso tiene. Dueña de su vida con sus peligros e incertezas, con las rosas y sus espinas.

Miró para su costado y ahí tendido en la cama estaba él, su San Pedro, quién la ayudó no sólo a abrir la jaula sino a querer salir de ella. Ese hombre de pocas palabras, pero certeras y justas. Ese hombre de mirada penetrante y bondadosa, ese hombre que tanto ama.

Y allí, en esa mañana, mientras él aún duerme y se enrosca en las sábanas, ella lo observa, lo disfruta con la mirada; su rostro sonríe y su alma llora de felicidad y gratitud. Las buenas compañías son esenciales para transitar en paz este recorrido que llaman vida; y ella lo tiene a él.

Sólo un hombre, con la sabiduría que te da la simpleza, podía haber acompañado su proceso de recuperar el vuelo. Parado en la entrada de su jaula, esperando sin apurar, pero decidido a no entrar. Él espera, paciente pero no fuerza, no entrará con ella a la jaula corriendo el riesgo de quedar ambos allí. La espera con los brazos tendidos para que ella vaya a él, al lugar de la libertad.

Ella se acerca en silencio a Pedro y lo despierta con un beso; lo que ella no sabe es que ese día Pedro la iba a dejar. En ese abandono iba a saber si realmente se había salvado ella, en aquella ocasión, o la había salvado él. Si las alas con las que volaba las había tomado prestadas o eran las suyas. No hay certezas en los vínculos, los para siempre se renuevan una y otra vez conforme al presente. Las buenas compañías embellecen la vida, por eso hay que dejar ir a quien no se quiere quedar; entristece incluso enoja, pero no siempre el que se va es malo, menos aún su Pedro, quien había sido un sostén importante en su historia; mediante su amor ella había fortalecido sus alas.

 Existe un escrito anónimo que dice, que el pájaro que se posa sobre una rama no tiene miedo de que ésta se corte o se rompa porque su confianza está depositada, no en la rama, sino en sus alas. A ella hoy se le rompería una rama, se le iría un sostén, se le terminaría un amor; puede que otro amor pronto llegase o puede que no. Puede perder muchos amores, pero lo que no debe es volver a perder el amor propio, ese que te da vuelo y evita el encierro:  ella, hoy sabrá si es soñadora o su propia carcelera.

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