Crónicas de un melómano: “Pogos”. Por CARLOS AVALLE

Los pogos, las peleas o las trifulcas son (o eran) dentro de los recitales de rock, algo bastante frecuente. Tanto en shows de bandas emergentes como así de otras que transitan las primeras ligas de la música, el pogo sule ser esa pequeña y breve “fiesta” que se forma súbitamente entre el público asistente.  A veces suelen ser divertidas con no más que algunos empujones o tropiezos, y en otras oportunidades la temperatura de estos encuentros sube peligrosamente.

Lo que les quiero decir es que este tipo de acontecimientos no es exclusivo de los conciertos de rocanrol. Mucho antes también sucedían cosas muy parecidas a estas.

A mediados de la década del ´60 (podría ser un poco antes también pero les cuento las que viví en carne propia) los shows musicales, o más bien dicho, los bailes en donde la gente se reunía para disfrutar de algún acontecimiento en especial, eran animados por música grabada que se propalaba por parlantes colocados alrededor de un salón o de ciertos recintos adecuados para estas cuestiones. También solían animar estos encuentros orquestas “en vivo”. Estas agrupaciones eran bastante eclécticas y podían tocar desde tango hasta jazz y música popular e internacional.  Esto pasaba de forma frecuente en los clubes de barrio, que era el lugar casi exclusivo donde la gente se reunía.

Hubo una orquesta de tango, y sobre todo su cantor, a los cuales los caracterizaban las peleas o primitivos pogos que sucedían en sus actuaciones; y les aseguro que eran bastante complicadas.

Lo que cuento, específicamente pasó en un baile de carnaval (antes eran muy convocantes) en la pista de baile (que era una cancha de básquet) descubierta, en el club de mi barrio. El escenario estaba en una de las cabeceras y todo alrededor del perímetro las familias se sentaban en sillas dispuestas rodeando mesitas de madera. Ahí se bebía y comía algo mientras se observaba a las personas bailar y divertirse en el centro de la pista.

El cantor que estaba anunciado para el show de esa noche y que venía con orquesta propia,  era de una convocatoria sorprendente, se los aseguro. Tal es así que no había más lugar dentro del recinto para persona alguna. Las altas paredes que rodeaban a la entidad habían sido ocupadas en su parte superior por muchachos que allí se habían subido. Y aunque les parezca mentira, los árboles de las dos calles circundantes (el club estaba en una esquina), estaban llenos de pibes que se habían trepado a sus ramas. Un gentío absoluto.

Este cantor tenía como costumbre incitar a cierta parte de la audiencia, mientras cantaba, con letras bastante provocadoras, y consecuentemente a ponerse del lado de otro sector de la audiencia. El asunto es que en un momento determinado, estas dos fracciones, la provocada verbalmente por el cantor y la que lo defendía, comenzaron a insultarse y a empujarse (híbrido del pogo actual). Todo terminó en un caos absoluto. Decenas de personas se golpeaban y se insultaban. Desde arriba de las paredes y árboles comenzaron a tirar objetos contra el cantor y la orquesta. El pánico se adueñó de la mayoría de las personas que no intervenían en esta gresca y las familias comenzaron a protegerse como podían y a retirarse del lugar. Los dos bandos que se enfrentaban en la cancha, se corrían, empujaban y se golpeaban a “puño limpio”. Alguien bajó el telón y la orquesta y el cantor desaparecieron custodiados por la policía y por algunos miembros de la comisión directiva del club. De a poco volvió la calma y la música por los parlantes. Botellas, piedras, sillas y todo tipo de objetos quedaron desparramados sobre el piso de baldosas.

 La fenomenal bataola puso fin al baile.

Quien escribe estas líneas pudo contemplar todo esto escondido y acurrucado debajo del escenario, sin saber que ese acontecimiento se convertiría en una crónica.

Por si no se los dije, el cantor era Alberto Castillo.

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