CUENTOS: ‘La muchacha de los libros’. Por María Nieves Gorosito.

Well-read girl with many books and suitcase outdoors

A ella le gustaban los libros, le gustaba leer. Con ellos aplacaba soledades, estos hacían que la soledad dejara de ser puro vacío, pura nada.

Allí estaba la magia, pues donde parecía haber nada, silencio y soledad; había un mundo entero para ella. Creció a través de ellos, paso a paso, mientras recorría los renglones de su lectura. Donde a simple vista del espectador había quietud y silencio, en su interior había movimiento de emociones y voces que resonaban haciendo eco en su interior; voces que abrían puertas. Cada rincón de ella alojaba la palabra que creaba y se hizo muy permeable a ella.

La lectura le regaló el contacto con todo lo bonito que jamás conoció, bellas palabras y bellos sentimientos. Sus libros le hablaron de la gratitud, de la bondad, la sabiduría, le hablaron del amor noble, de la rebeldía y de la pasión. Aprendió y se hizo con los libros.

Su entorno era poco amable con su sensibilidad, demasiado real y no alojaba sus sueños. Un entorno demasiado oscuro para su semilla, demasiado triste para su sonrisa; su entorno era, o como una hoja en blanco que no se dejaba escribir o como un escrito rígido y aburrido que no aceptaba modificaciones. Su realidad no alojaba sus deseos, le imponía los ajenos.

Ella parecía no rebelarse, parecía sumisa a su realidad dictadora; pero en verdad tenía un secreto: cuando bajaba la cabeza, para obedecer, sus ojos se posaban sobre un libro. Así, su lectura era resistencia.

En ella tejía sueños, amores y libertades. Tuvo miedo por un momento de quedar atrapada allí, perder la cordura entre sus libros; atrapada en su defensa contra su realidad insoportable. Y a su vez, pensaba que tal vez era lo mejor; puesto que en ningún lado había estado mejor que allí, junto a sus libros.

La mayoría del tiempo leía en su casa, sentada en la mesa o recostada en la cama. Pero los domingos, tomaba su libro, preparaba su mate en una mochila junto a una pequeña manta y caminaba hacia el río.

La rivera le esperaba, parecía guardarle su sitio, aquél que la alojaría el día entero. En otoño, buscaba que la ubicación sea bajo el sol, que sus rayos le den tibieza en sus horas de lecturas. Le encantaba leer al aire libre, sentir la brisa en su rostro. Mientras que, en verano, se refugiaba bajo un árbol para aguardarse del calor.

Los días domingos eran sus favoritos, le gustaba leer con los ruidos del paisaje, que parecían aplacar su miedo a caer en una profunda soledad. Se sentía acompañada y parte de algo más, que las fantasías de sus libros. Al levantar la vista de las páginas rara vez encontraba una mirada que la reconociera, es decir una mirada que la hiciera parte del paisaje que ella habitaba. Pensaba: “la soledad es la falta de mirada a los ojos, probablemente ellos estén tan solos como yo. Cada vez hay menos gente que te mira a los ojos. Y si lo hacen es como intento de posesión o aniquilamiento, ya nadie se detiene, no se tocan, no se miran, se pasan por encima”.

Pero un día, cuando intentaba volver a concentrarse en su lectura, luego de una de sus pausas para mirar el fluir del río, ve unas zapatillas pararse frente a ella y siente la voz de un joven que le pregunta:

– ¿Qué estás leyendo?

Ella levanta la vista lentamente hasta llegar al rostro del dueño de esa bella voz. ¿Alguien la vio?, – se pregunta en silencio- será que aún existe por fuera de sus libros; quizás haya una oportunidad de amor, de esos amores que ella lee, pero ahora real y ella protagonista. ¿Pero, era real? Había estado tanto tiempo sola, que no podía creer alguien se haya acercado así, como de la nada. Parecía desconcertada y no soltaba palabra, por lo que el chico insistió:

-Hola, veo que lees poesía. ¿Te gusta leer algo más?

-Hola – contestó la joven, al fin- me gusta leer de todo, pero cuando vengo al río me gusta leer poesía.

-Hace mucho que veo tu ritual del río – le dijo el joven mientras se sentaba a su costado.

– ¿Ritual?,– dijo ella con voz risueña-diría más bien una costumbre.

-Una bonita costumbre – replicó el muchacho mirándola a los ojos con dulzura.

La muchacha devolvió la mirada y esbozando una sonrisa se sonrojó; luego dirigió su mirada hacia el río.

– ¿Sabes lo que me gusta de mirar el río? – le dijo retóricamente a su nuevo acompañante- su leve transcurrir de las aguas. En éste, recuerdo el paso del tiempo, ese paso silencioso y continuo que me abre la oportunidad de acompañarlo en los cambios o revelarme en una pelea sinsentido en la que no ganaré nada.

– ¿Le temes al tiempo? – pregunta el muchacho.

-No, al tiempo no. Le temo a mi quietud en el tiempo. A una vida mal empleada, a desperdiciar sueños, a claudicar pasiones, a paralizarme mientras mi tiempo transcurre. A perder la cordura por la soledad y el dolor.

Esta última frase la dice dirigiendo una mirada cargada de angustia al muchacho, y con dificultad al tragar.

– ¿Dónde está tu dolor? Es decir – continuo el joven preguntando-, si tuvieras que señalarme a dónde alojas tu dolor en el cuerpo, ¿dónde sería?

El rostro de la joven expresó su dolor ya enraizado por años, sus ojos se cerraron lentamente al caer una lágrima y sus manos se deslizaron de su boca por la garganta hasta su pecho. Así, con la mano en el centro de su pecho y abriendo lentamente sus ojos, sintió como otra lágrima caí por su mejilla. Su rostro evidenció la soledad que cargaba, y en un sollozo se disculpó por su llanto.

Sintió el abrazo de este joven, completamente desconocido y misterioso, que se desenvolvía con el sentir y la dulzura de los personajes que ella solía leer en sus libros; aquellos con los que había aprendido a sentir, que le habían enseñado a ver un mundo más allá del que permiten ver los ojos.

Su lectura, le enseñó vivir con el alma, entregándose entera; pero la gente parecía usar demasiadas máscaras. Allí en esos brazos que le resultaron tan cálidos y confortables, como alguna vez lo soñó, su llanto se fue apagando, de a poco, hasta llegar a ese punto final en el que la última lágrima viaja con un suspiro por el alivio de las tensiones que angustian, el pecho se descomprime y uno siente el cansancio emocional en el cuerpo, que busca otro cuerpo de sostén.

La muchacha de los libros apartando su rostro del pecho del joven, le pregunta: – ¿y tus dolores?, ¿dónde se alojan?

Tomando el rostro de la joven entre sus manos, le dice:

-Como todos, al dolor lo he conocido y seguirá visitándome. En esta vida todas las rosas tienen sus espinas, pero ya no le temo como antes; lo que me genera mucha angustia es el dolor en los ojos de quién quiero. Y besó los ojos, aún húmedos por el llanto, de la joven.

Sorprendida, confundida por la situación, agarra al joven por las muñecas y quita sus manos de su cara alejándolas lentamente mientras le dice:

– No me conoces, no puedes decir que me quieres.

-Tal vez, -dice el muchacho- puede ser verdad que no te conozca, como lo que mundanamente estamos acostumbrados a entender lo que es conocer a otra persona. Sin embargo, – continúa hablándole con una dulzura que jamás antes ella había conocido, o que conocía sólo en sus libros- ¿quién puede creer que conoce a alguien completamente? Mi muchacha de los libros, -continúa- en tus ojos dejas ver lo suficiente. En esos ojos grandes, bellos y sinceros, puedo ver que estaremos unidos para siempre y cuidaré de tus días, recompensaré lo que la vida no te ha dado, el amor que te ha faltado. Otros te descuidaron, ojos, incapaces de lidiar con tanta belleza, que miraron para otro lado. Pero yo te veo, te miro y, si me dejas, mis ojos y mi alma se quedarán contigo y ya nunca te sentirás sola.

A la joven se les estremeció el corazón, nadie le había hablado así, nadie la había mirado de ese modo y con nadie había compartido sus dolores. ¿Al fin había llegado el fin de sus días tristes? ¿Se rompió el hechizo que la había empujado a la más triste soledad, un mundo donde la sensibilidad estaba devaluada, dónde la belleza tenía un brillo artificial, sin luz y frescura natural?

Sacudiendo su cabeza, como queriendo despertar de un sueño terriblemente romántico, y con miedo de estar jugando y tranzando con la irrealidad de la locura; apartó su cara de las manos del joven y le dijo:

-Te tengo una pregunta. Te prometo que si la respondes acertadamente creeré todas tus palabras, creeré en ti y jamás nos separaremos como tú dices. Seremos lo que tantas veces he buscado. Darás por tierra a todos mis miedos, viviremos como ensueños, entre libros y besos.

De acuerdo – dijo el muchacho, frotando sus manos y haciendo un gesto algo ridículo acomodando su pelo, para hacerla reír.

Entre risas preguntó:

– ¿Dime los dos momentos más importantes, en los que elijo leer? Convencida de que era imposible alguien pudiera saberlo.

Aquí voy- dijo el joven- comenzaré con la primera y a la cual tu puedes juzgar como evidente ya que aquí te encontré, y te veo desde hace tiempo. Te gusta leer al aire libre, te sientes acompañada por el ruido de la vida, que se pone en movimiento en este paisaje mientras tu lees, te permiten olvidar el eco de la soledad de tu departamento, que agujera tu alma. Voces que, si bien se mezclan con las voces de los libros, jamás confundes. El exterior resulta esa música que muchos suelen ponerse de fondo, para que ambiente su lectura. Te gusta sentir el sol, el aire y ver el río. A menudo, bajas el libro y recorres, con tus bellos ojos, todo a tu alrededor, para luego inhalar profundamente el aire, cerrando tus ojos, para luego exhalar y volver tu vista al renglón que habías abandonado, te llenas de aire fresco ese que falta en tu hogar.

Te gusta también, la pausa que tomas en esta lectura al exterior para preparar tu mate, que te acompañará en los momentos finales de tu día en el parque. Mientras lo preparas miras a la gente, buscas a ver si alguien por un segundo siente tu misma necesidad de mirar a los ojos. Pero siguen caminando, apurados, desconectados de todo a su alrededor.  Sé que te duele el estómago, cuando se acerca la hora de volver a tu casa, de volver a tus paredes blancas, frías y guardianas de tu soledad. Sientes angustia, esa angustia que se repite cada noche cuando las horas de oscuridad de la noche se asoman, donde el silencio en general se duplica, para ti resulta devastador.

En este punto, – continúa el joven- puedo situar tu segundo momento de lectura más importante: leer a la hora de ir a la cama. Un ritual triste para tí, que busca conciliar el sueño, un sueño que te arrastre de ese momento tan álgido de soledad. Se te estruja el corazón, mi dulce muchacha, el vacío crece en tu estómago y el dolor del cuerpo por la falta de abrazos, de amor, te hace estremecer e intentas, en un acto desesperado, abrazarte. Encoges tus rodillas a la altura del pecho y te envuelves con tus propios brazos, en vano, pues las lágrimas ya comenzaron a brotar los ojos.

Y las lágrimas de la joven mientras escuchaba el relato, de su nuevo amigo, comenzaron a escaparse, nuevamente.

Entonces- continúa el joven- al ver que no puedes consolarte, tu rostro adquiere dureza por el enojo y te dices: “basta”, secándote las lágrimas, “basta, basta”, repites una y otra vez, cerrando tus puños y golpeando la cama. Intentando poner las aguas del mar en su lugar, pero fracasas y lloras tus “bastas” con un llanto ahogado. Hasta que te rindes, y dejas que salga, te recuestas nuevamente en la cama y miras hacia el costado, con la vista nublada por el llanto, hacia tu hermosa biblioteca; tan perfectamente ordenada, sus colores, tamaños, texturas, sus letras en los lomos del libro. Así, de a poco, la calma llega y fijas la vista en alguno de ellos. Te levantas y lo tomas para volverte acostar, enciendes tu lámpara y comienzas a leer; te pierdes en sus líneas, en los paisajes, en los personajes y las historias que allí te cuentan. Hasta que de a poco comienzas a sentir tus ojos cansados, pero sabes que no puedes dejarlo ahí porque el desvelo aprovechará cualquier pensamiento triste que ronde cerca de ti, y tú los sabes, de ellos estás poblada. Así que lees, lees hasta quedarte dormida.

La joven está absorta ante la respuesta con tanta información y detalle, que sólo ella misma podía dar.

– ¿A caso nos conocemos? -preguntó la joven, un tanto confundida.

-Evidentemente nos conocemos- le contestó el muchacho- pero nos conocemos desde el dolor, desde la soledad. Te conozco porque también estuve allí, en tus soledades, que fueron mías. Éstas dejan algo a cambio si es que eres un buen aprendiz, dejan la capacidad de leer en los ojos de tus semejantes su oscura sombra. Te permite doler, el dolor del otro, que éste no te pase inadvertido. A veces, uno podrá ayudar, otras no. No depende sólo de uno el dar ayuda, sino que también el otro debe querer recibirla.

El joven tomando la mano de la muchacha de los libros, le pregunta:

– ¿Tú me dejarás?

Ella asintió con su cabeza, y en el rostro se dibujó su más preciosa sonrisa. Una sonrisa que hacía tiempo no se asomaba a su rostro, sus ojos recuperaron tibieza al mirar y todo su andar se llenó de frescura, dejando atrás ese cuerpo encarcelado y tomado por la soledad. Juntos sus pertenencias, se acomodó su mochila y tomó la mano de este amor. Se fue caminando, sin la angustia con la que siempre retornaba a su solitario hogar, ya nunca más estaría sola, se fue dichosa, se fue en paz. Pero lo que no sabía, era que se había ido completamente sola, su nuevo amor era un loco amor. Pero no por esas locuras conjuntas que hacen los amantes para verse, tocarse y abrazarse. Lo suyo era una locura radical, porque su alma ya no toleró tanto. Y su cabeza se inventó un amor, pero del que solo disfrutará puertas para adentro, como los libros. Así se cerró su historia como una novela de amor, esa que jamás vivió.

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