RELATOS: EL DIARIO DEL LEÑADOR (PARTE II) . Por Mónica Cristina Cena

21 de mayo

Por la tarde

Cuando Caperucita y Cacho, el séptimo hijo varón de los Gutiérrez, salieron a la carrera para lo de la abuelita, yo me largué a seguirlos a suficiente distancia. ¡Cómo corrían esos pibes! Al final, los perdí de vista. Pero yo, tozudo como pocos, no me conformé, y, como conozco la casa de esa señora —a ella también le llevo leña cada tanto—, fui directamente a esperarlos.

La casa está en medio de una arboleda. Es chiquita, con un jardín en la entrada que le da un toque de casita de cuento. Al parecer, yo había llegado primero que los chicos, así que aprovechando que nadie me había visto, me escondí detrás de un masetero.

No tardó mucho en llegar Cacho montado en su bicicleta. Así nomás como venía, se apeó y escondió la bici en el galpón de atrás.

Ah, guacho…, pensé, Anastasia te la pasó en el camino. Tramposos.

Sin perder tiempo, el pibe se metió en la casa y se encontró con la abuela. Se nota que la mujer lo conocía porque lo saludó contenta y le ofreció un mate.

Desde donde yo estaba, no veía muy bien. Tuve que acercarme a la ventana a espiar más de cerca. Ahí vi que Cacho se había vestido con ropas que, según parecían, eran de la abuela. Tenía un camisón hasta los pies, un gorrito de lienzo floreado y una manta gris que lo envolvía. A todo ese atuendo le agregó unos lentes de aumento y se acostó en la cama.

Un montón de ideas se me cruzaron para tratar de entender lo que veía: “¿Será una broma para Caperucita?”, “¿Estará jugando con la abuela?” o, simplemente “¿está loco?” Dicen que el bichito de la curiosidad pica más fuerte que una avispa, y a mí me había picado.

Al rato nomás, llegó Caperucita roja transpirada y arrastrando la mochila. En cuanto entró, se fue a la habitación y encontró a Cacho haciendo zapping en la tele de la abuela.

—Hola, abue… —dijo Caperucita entrando en la habitación. Cacho tiró el control remoto y se tapó hasta las orejas—. ¿Te pasa algo, abuela? ¿Cómo te sentís?

—Bien —se oyó una voz finita de debajo de las cobijas.

—¿Tuviste fiebre? —dijo Caperucita, mientras le tocaba la frente con los labios.

—No…

—Dejame ver si estás bien abrigada —le dijo quitándole las cobijas y dejando a Cacho al descubierto—. ¡Cacho! Uy, pibe, qué boludo que sos… ¿qué hacés en la cama de mi abuela?

Cacho se tentó tanto de risa que casi rueda al suelo.

—Dale, tarado —le dijo Caperucita, con muy poco humor—: decime dónde está mi abuela.

—Y bueno —dijo Cacho reponiéndose—, tardaste tanto con las tortas y los pancitos que me la comí.

—Aaa… —dijo Caperucita mostrándole los dientes—, bobo. Querés que te diga que ganaste, bueno: ganaste. Ahora decime….

Un grito desgarrador llegó desde la cocina.

—¡La abuela! —gritaron Caperucita y Cacho al unísono, y corrieron para la cocina de donde venía el grito.

Yo también corrí, eso no era parte de la broma: alguien tenía un problema serio y estaba seguro de que era la abuela de Caperucita.

Quise entrar por la puerta de enfrente y estaba cerrada con llave. Fui por la puerta de atrás y, aunque cerrada también, la pude derribar de una patada. Entré.

No me imaginaba que iba a encontrar algo tan espantoso: un animal del monte se había metido por la ventana de la cocina buscando algo qué comer. En esa desesperación, el pobre bicho saltó sobre las hornallas y se prendió fuego. Y, en un intento por escapar de la muerte, desparramó las llamas por las cortinas que inmediatamente se encendieron. La abuela, que había estado escondida ahí para seguir con la broma de Cacho, también quedó envuelta en llamas. Gritos y llantos de dolor de Caperucita y de la abuela que no podían apagar el fuego. Yo me uní al intento.

—¡Cacho! —le dije al pibe—: traeme el fuentón con agua que está en el patio.

Pero el cobarde de Cacho, en vez de ayudarme, corrió al galpón, agarró la bicicleta y salió para el monte.

—¡Hijo e’puta, lobizón! —le grité. Y fui yo mismo a traer el agua.

Por suerte pude apagar las llamas, pero tanto Caperucita y la abuela quedaron con algunas quemaduras, no muy grandes. La sacaron barata.

Más tarde, las llevé a las dos a la casa de Caperucita.

Lo bueno de esto es que la piba aprendió a no juntarse con pibes raros, y yo…, yo pude blanquear mi romance con Aurora.

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